CapĂtulo 1: El bosque de los Colores Locos
En el Bosque de los Colores Locos, todo era diferente. Los árboles bailaban cuando soplaba el viento, las flores reĂan a carcajadas y las nubes siempre llevaban sombreros divertidos. En este bosque vivĂa un pequeño dragĂłn azul llamado PompĂłn. PompĂłn tenĂa alas de arcoĂris, cola de espiral y unos ojitos grandes y chispeantes. Le encantaba saltar entre los charcos de purpurina y hacer burbujas con su nariz.
—¡Hoy será un gran dĂa! —decĂa PompĂłn todas las mañanas—. ¡Hoy voy a hacerme amigos humanos!
Pero habĂa un problema. Aunque el bosque estaba lleno de criaturas mágicas, los humanos nunca se acercaban. DecĂan que el bosque era demasiado raro, demasiado loco, demasiado... ¡divertido!
PompĂłn soñaba con tener amigos humanos. QuerĂa jugar, reĂr y bailar con ellos. AsĂ que una mañana, mientras se lavaba los dientes con una rama de menta y agua de arcoĂris, decidiĂł algo importante.
—¡Voy a resolver el misterio de los calcetines desaparecidos! —gritó Pompón, mirando su reflejo en el charco—. ¡Seguro que asà los humanos querrán ser mis amigos!
Porque en el pueblo de los humanos, todos los calcetines desaparecĂan. ¡Solo quedaban los calcetines del pie izquierdo! Nadie sabĂa por quĂ©. Y todos los humanos estaban muy confundidos. Un calcetĂn azul por aquĂ, un calcetĂn rojo por allá, pero nunca un par.
Pompón preparó su mochila: una lupa de chicle, su gorro de detective y una galleta mágica de chispas de colores.
—¡Estoy listo para la aventura! —dijo, y saliĂł volando entre las ramas que aplaudĂan.
CapĂtulo 2: El misterioso camino de los calcetines
Mientras PompĂłn volaba, se encontrĂł con su amigo el elfo Tito. Tito tenĂa orejas puntiagudas, pelo verde y siempre llevaba una bufanda larga, muy larga, que arrastraba por el suelo.
—¿A dónde vas tan rápido, Pompón? —preguntó Tito, dando saltitos.
—¡Voy a resolver el misterio de los calcetines desaparecidos! —dijo Pompón—. Quiero hacerme amigo de los humanos y jugar con ellos.
Tito sonriĂł, moviendo su bufanda de un lado a otro.
—¡Yo te ayudo! Yo soy muy bueno buscando cosas perdidas. Ayer encontré mi zapato en la tetera.
—¡Genial! —dijo Pompón—. ¡Vamos juntos!
Los dos amigos siguieron el sendero de huellas de calcetines. SĂ, porque los calcetines, cuando están solos, dejan huellas de algodĂłn en el suelo. Siguieron una huella azul, una huella amarilla, una huella con lunares.
Por el camino se encontraron con la señora Rana, que llevaba gafas grandes y leĂa un libro de recetas de sopa de estrellas.
—¿Han visto mis calcetines? —preguntó Pompón.
La señora Rana soltó una carcajada.
—¡Yo solo uso botas! Pero vi un grupo de calcetines saltando hacia la Montaña del Queso Gigante. ¡Iban muy contentos!
—¡Gracias, señora Rana! —dijeron los dos amigos y corrieron hacia la montaña.
Por el camino, PompĂłn tropezĂł con una piedra saltarina y cayĂł de cabeza en un charco de gelatina rosa.
—¡Ay, ay, ay! —se rió Tito—. ¡Eres el dragón más divertido del bosque!
—¡Y el más pegajoso! —dijo Pompón, riendo mientras se sacaba la gelatina de las alas.
Siguieron subiendo la montaña, guiados por risas y huellas de algodón.
CapĂtulo 3: El club secreto de los calcetines
En la cima de la Montaña del Queso Gigante, habĂa una cueva muy especial. De la cueva salĂa mĂşsica, luces de colores y... ¡olor a pies!
PompĂłn y Tito entraron despacito. Dentro, cientos de calcetines bailaban la conga, jugaban al escondite y hacĂan carreras de salto. HabĂa calcetines de rayas, de estrellas, calcetines con pompones y hasta uno con forma de rana.
—¡Hola! —gritó Pompón—. ¿Por qué están aquà y no con los humanos?
Un calcetĂn naranja, con gafas de sol y bigote, se acercĂł bailando.
—¡Hola, amigos! Somos el Club Secreto de los Calcetines Perdidos. Nos escapamos porque los humanos siempre nos pierden. ¡Nunca nos buscan bien! Además, aquà podemos bailar, saltar, ¡y nadie nos mete en la lavadora!
Todos los calcetines aplaudieron y gritaron: —¡Viva el Club Secreto!
PompĂłn se riĂł tanto que le salieron burbujas por la nariz. Tito hizo una voltereta y se enrollĂł en su bufanda.
—Pero los humanos están tristes —dijo Pompón—. Quieren encontrarlos y jugar con ustedes. Yo también quiero tener amigos humanos.
El calcetĂn naranja pensĂł durante un rato, moviendo su bigote.
—Si los humanos prometen jugar más con nosotros y no perdernos, ¡volveremos!
PompĂłn y Tito aplaudieron.
—¡SĂ! ¡Tenemos que llevar el mensaje a los humanos!
CapĂtulo 4: Amigos para siempre
Pompón y Tito bajaron corriendo la montaña, rodando, saltando y riendo. Cuando llegaron al pueblo, todos los humanos miraban sus pies tristes y desparejados.
PompĂłn se subiĂł a una caja y gritĂł:
—¡Tengo buenas noticias! ¡Los calcetines están bien! ¡Están en la Montaña del Queso Gigante bailando y jugando!
Los humanos abrieron los ojos como platos.
—¿De verdad? —preguntó la señora López, que llevaba dos calcetines rosas distintos.
—Sà —dijo Tito—. Solo quieren que los busquen mejor y que jueguen con ellos. ¡No quieren estar solos ni en la lavadora!
Los niños empezaron a reĂr. Un niño gritĂł:
—¡Prometemos buscaros y jugar con vosotros!
Todos los humanos aplaudieron y gritaron: —¡Prometemos! ¡Prometemos!
De repente, los calcetines corrieron y saltaron montaña abajo, directos a los brazos de sus dueños. HabĂa abrazos, saltos y muchas risas. Incluso el calcetĂn naranja le dio un gran abrazo a PompĂłn.
—¡Gracias, dragón azul! ¡Eres nuestro amigo!
PompĂłn estaba tan feliz que volĂł en cĂrculos, dejando un arcoĂris en el cielo. Tito bailĂł con su bufanda y todos cantaron una canciĂłn muy alegre:
—¡Calcetines y humanos, amigos para siempre! ¡Y dragones y elfos también!
Desde ese dĂa, PompĂłn tuvo muchos amigos humanos. Jugaba al escondite, bailaba la conga y comĂa galletas mágicas con todos. Y cada vez que un calcetĂn se perdĂa, PompĂłn y Tito iban a buscarlo, riendo, saltando y viviendo aventuras locas y divertidas en el Bosque de los Colores Locos.
Y asĂ, entre risas, saltos y abrazos, todos aprendieron que la amistad es el mejor misterio de todos.
¡Y colorĂn colorado, este cuento se ha acabado!