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Ciencia-ficción 9/10 años Lectura 15 min. Disponible en audiocuento (1)

El lobito Lumo y el cometa que bebĂ­a la luz

Lumo, un lobito guardián del Observatorio de la Lluvia de Estrellas, descubre una señal roja que anuncia la llegada del peligroso Cometa Hueco y, junto a su amigo mecánico Píxel, idea un plan para proteger el Corazón de Prisma y el observatorio.

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Un pequeño lobo guardián (loulou-loup) de pelaje gris con puntas azuladas y ojos dorados, ajusta con cuidado una pequeña lámpara estelar junto a un cristal luminoso; Píxel, un orbe mecánico redondo con patas finas y cuerpo metálico pulido, sonriente y emitiendo pequeños destellos, reparte mini-lámparas y sostiene un hilo de plata junto al lobo; fuera, a través de grandes ventanas en cúpula, se perfila una sombra circular azul noche de bordes difusos, el Cometa Hueco; todo ocurre en un amplio observatorio interior con suelos espejados que reflejan constelaciones, cúpulas plateadas, un antiguo telescopio con runas y espejos flotantes en cobre unidos por hilos de plata; el lobo y el robot colocan cientos de lámparas alrededor del Corazón de Prisma, un cristal multicolor flotante, y los espejos multiplican la luz creando un velo que ahuyenta la sombra del cometa. reportar un problema con esta imagen

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DuraciĂłn del audiocuento: 16:52

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CapĂ­tulo 1: El Observatorio de la Lluvia de Estrellas

La noche no estaba quieta: chispeaba. Sobre la cima del Monte Miraluz, el Observatorio de la Lluvia de Estrellas abría sus pétalos de metal como una flor gigantesca. Sus cúpulas plateadas giraban con un zumbido suave, y entre sus anillos flotaban pequeños faroles mágicos, luciérnagas de cristal que no se apagaban ni con el viento.

AllĂ­ vivĂ­a Lumo, un lobito de pelaje gris con puntas azules, como si hubiera pasado demasiado tiempo mirando el cielo. Sus ojos dorados parecĂ­an dos monedas que sabĂ­an secretos.

Esa noche, Lumo caminaba con cuidado por el Pasillo de los Signos. En las paredes habĂ­a mapas del firmamento dibujados con tinta luminosa. Cada vez que una estrella fugaz cruzaba el cielo, una lĂ­nea nueva aparecĂ­a sola, como si el muro respirara.

—Tranquilo… —murmuró Lumo, olisqueando el aire—. La lluvia de estrellas siempre trae regalos… y también problemas.

A su lado rodaba un pequeño orbe mecánico con patas finas, como una araña redonda y simpática. Se llamaba Píxel y no paraba de hacer “tic-tic” con emoción.

—“Tic-tic”: ¡Señales frescas! —dijo Píxel con voz metálica—. ¡Hoy el cielo escribe rápido!

Lumo se detuvo frente al Telescopio Mayor, una torre con lentes enormes y runas talladas en su base. La tecnologĂ­a y la magia estaban tan mezcladas allĂ­ que nadie recordaba dĂłnde terminaba una y empezaba la otra. Si tocabas un botĂłn, aparecĂ­a un holograma; si susurrabas una palabra antigua, el holograma te respondĂ­a.

Lumo apoyĂł una garra en el panel y susurrĂł:

—“Orión, abre la lectura”.

El telescopio se inclinĂł como si hiciera una reverencia. En el aire se formĂł una constelaciĂłn azulada, girando lento.

Entonces, una luz roja apareció entre las estrellas proyectadas. Una sola. Pequeña… pero insistente.

PĂ­xel se quedĂł quieto.

—Eso no estaba en el mapa de ayer —dijo el orbe.

Lumo ladeĂł la cabeza.

—Ni en el de hace cien años.

La luz roja parpadeó tres veces, como un guiño nervioso.

Y el observatorio, por primera vez en mucho tiempo, crujiĂł como si tuviera miedo.

Capítulo 2: La Señal que No Debía Estar

Lumo bajó al Salón del Agua Celeste, una sala circular donde el suelo era un espejo oscuro. No era agua de verdad, sino un líquido mágico que reflejaba el cielo aunque estuvieras bajo techo. Allí se leían los signos mejor que en cualquier pergamino.

Lumo se arrodilló y sopló despacio sobre la superficie. El espejo tembló, y la luz roja apareció reflejada, creciendo hasta convertirse en un símbolo: un ojo cerrado con una lágrima de fuego.

—Eso es… —susurró Lumo.

—¿Un ojo con acidez? —aventuró Píxel—. Porque puedo traer bicarbonato.

Lumo soltĂł una risita, pero su cola se mantuvo tensa.

—No. Es el Sello del Cometa Hueco. Una roca que viaja vacía por dentro… y cuando pasa cerca, se traga la luz.

Píxel hizo “tic” más alto.

—¿Tragar la luz? ¿Como cuando me trago una tuerca por error?

—Peor —dijo Lumo—. Si el Cometa Hueco roza el observatorio, apagará las runas, dormirá los telescopios… y los mapas dejarán de escribir. Sin signos, estaríamos ciegos.

En el espejo oscuro, el símbolo cambió. Ahora se veía el observatorio, pequeñito, rodeado por una sombra circular, como un aro de noche.

Lumo dio un salto hacia atrás.

—Está cerca… pero no grita. Es un riesgo discreto. Silencioso. Eso lo hace más peligroso.

Píxel alargó una patita y señaló un rincón del espejo.

—Mira, Lumo. Hay otra cosa.

En el reflejo, una línea brillante dibujaba un camino desde el telescopio mayor hasta la Cámara del Núcleo, el lugar más protegido del observatorio. Era donde se guardaba el Corazón de Prisma: una pieza antigua, mitad cristal mágico, mitad batería estelar. Daba energía a todo.

—Si la sombra llega al Corazón de Prisma… —dijo Lumo, tragando saliva—, el observatorio se apagará como una vela bajo la lluvia.

PĂ­xel, que siempre hacĂ­a chistes, esta vez hablĂł bajito.

—Entonces hay que encender otra llama.

Lumo mirĂł las cĂşpulas por la ventana. Arriba, la lluvia de estrellas empezaba: trazos blancos, azules y verdes cayendo como un festival.

—No podemos detener un cometa empujándolo con la cabeza —dijo Lumo—, pero sí podemos cambiar lo que le damos para comer.

PĂ­xel inclinĂł su cuerpo redondo.

—¿Vamos a cocinarle luz?

—Vamos a compartirla —respondió Lumo—. Y a esconder lo importante antes de que la sombra lo note.

CapĂ­tulo 3: La Biblioteca de Chispas y el Plan del Lobito

La Biblioteca de Chispas estaba en lo más alto, entre dos cúpulas. No tenía libros normales. Allí, los conocimientos se guardaban en frascos con luces dentro: memorias capturadas en destellos. Para leer, solo había que destapar un frasco y dejar que la chispa te contara la historia al oído.

Lumo y PĂ­xel entraron con respeto. Miles de frascos titilaban como un enjambre ordenado.

—Necesitamos algo sobre el Cometa Hueco —dijo Lumo—. Pero también… algo que lo distraiga.

—Tengo una idea —dijo Píxel—. Si le gustan las luces, podemos darle una fiesta de luces. ¡Una fiesta tan grande que se olvide del Corazón de Prisma!

Lumo moviĂł las orejas, pensativo.

—Eso suena… ridículo —admitió—. Y a veces, lo ridículo funciona.

Se acercó a un frasco con etiqueta: “Cánticos de Fulgor Antiguo”. Lo destapó. Una voz suave llenó el aire, como una canción hecha de campanas.

—“La luz compartida pesa más que la sombra”—susurró la chispa—. “Cuando los ojos se unen, el cielo se abre”.

Lumo sonrió. Esa era la clase de frase que parecía poesía… pero también un manual de emergencia.

—Píxel, escucha —dijo—. El Cometa Hueco se alimenta de luz concentrada. El Corazón de Prisma es como un plato servido.

—Entonces hay que… ¿desparramar el plato? —preguntó Píxel.

—Exacto. Vamos a repartir la energía del Corazón en muchas pequeñas lámparas. Si el cometa llega, no encontrará un gran bocado, sino cientos de migas.

PĂ­xel abriĂł una compuerta en su costado, orgulloso.

—¡Yo puedo fabricar lámparas! Pequeñas, resistentes y con olor a victoria.

Lumo corrió hacia el Taller de Anillos, donde se construían espejos flotantes que capturaban meteoritos diminutos. Las máquinas allí tenían engranajes de cobre y también plumas encantadas que escribían fórmulas en el aire.

ActivĂł una mesa de trabajo y hablĂł en voz alta:

—“Runas, despierten. Engranajes, giren. Hoy trabajamos por esperanza.”

Las herramientas se movieron solas. Píxel escupía piezas como si fueran semillas. Lumo, con su astucia, iba guiando el plan: lámparas estelares en cada pasillo, cada cúpula, cada ventana. Una red de luces compartidas.

Mientras trabajaban, la lluvia de estrellas golpeaba el techo con sonidos como dedos sobre tambor.

—¿Y si no basta? —preguntó Píxel.

Lumo encajĂł un cristal en una carcasa.

—Entonces haremos lo que hacen las constelaciones —dijo—: juntar puntos pequeños hasta formar un dibujo enorme.

CapĂ­tulo 4: La Sombra que BebĂ­a Claridad

Al filo de la medianoche, el cielo se volvió extraño. Las estrellas fugaces seguían cayendo, pero algunas parecían apagarse a mitad de camino, como si alguien las mordiera.

—Ya está aquí —dijo Lumo.

Subieron al Mirador Circular. Desde allí se veía todo: las cúpulas abiertas, los anillos del observatorio girando lentamente, y más allá… una mancha en el cielo. No era una nube. Era una ausencia. Un agujero de oscuridad moviéndose con paciencia.

Píxel tembló, haciendo “tic-tic-tic” sin querer.

—No tiene cara… pero me está mirando.

Lumo tragĂł aire frĂ­o. La sombra se acercaba sin ruido, como un pensamiento triste.

—No le daremos lo que quiere —dijo.

Corrieron a la Cámara del Núcleo. La puerta tenía cerradura doble: una rueda de códigos y una palabra mágica. Lumo giró la rueda con rapidez y susurró:

—“Albor”.

La puerta se abriĂł y el CorazĂłn de Prisma apareciĂł, flotando sobre un pedestal: un cristal que latĂ­a con luz multicolor. ParecĂ­a un pedazo de aurora atrapada.

Lumo colocó a su alrededor las lámparas estelares recién hechas. Eran pequeñas, como frutos luminosos, conectadas por hilos de plata.

—Ahora —ordenó—. Píxel, al ritmo.

Píxel lanzó un pitido y las lámparas se encendieron una tras otra, como si el observatorio encendiera mil sonrisas. La energía del Corazón se repartió, fluyendo hacia cada rincón.

En ese instante, la sombra del Cometa Hueco rozĂł la cĂşpula principal. Las runas chisporrotearon. El aire se enfriĂł.

El observatorio tembló… pero no se apagó.

La sombra buscĂł, tanteĂł, como un animal confundido. En lugar de encontrar un solo faro brillante, hallĂł una ciudad de lucecitas.

—¡Funciona! —gritó Píxel—. ¡Se atraganta con migas!

Lumo, sin perder tiempo, abrió los paneles del Techo de Espejos. Cientos de espejos flotantes salieron y se colocaron alrededor de la sombra, reflejando las lámparas y multiplicándolas hasta que el cielo pareció lleno de nuevas constelaciones.

La oscuridad vacilĂł.

Pero entonces, una parte de la sombra se deslizó hacia un pasillo lateral, donde una lámpara parpadeaba débil. Era un detalle pequeño… justo el tipo de riesgo discreto que Lumo temía.

Lumo corrió. Olfateó el aire y vio el problema: un hilo de plata estaba flojo. La energía allí se acumulaba en un punto, creando un “bocado” para la sombra.

—¡Ajá! —dijo Lumo—. Te gusta lo fácil, ¿verdad?

Con un movimiento rápido, mordió suavemente el hilo y lo recolocó, repartiendo la energía de nuevo. Luego, con la pata, ajustó la lámpara hasta que brilló pareja.

La sombra, al no encontrar concentraciĂłn, se desviĂł otra vez hacia los espejos.

—Bien —susurró Lumo—. Sigue el camino falso.

CapĂ­tulo 5: El Gran Canto de Luz Compartida

AĂşn asĂ­, el Cometa Hueco no se marchaba. Giraba alrededor del observatorio como si estuviera decidiendo si insistir o rendirse.

Lumo subió al Mirador y miró la lluvia de estrellas. Entonces tuvo una idea más grande que sus orejas.

—Píxel —dijo—, abre el Canal de Lectura.

—¿El que transmite signos a distancia? —Píxel abrió sus patas con sorpresa—. Eso conecta con otros observatorios… con faros lunares… con nidos de búhos astrónomos…

—Con cualquiera que sepa mirar —respondió Lumo—. La luz compartida pesa más que la sombra, ¿recuerdas?

PĂ­xel activĂł una antena plegable que parecĂ­a una rama brillante. En el aire, se formaron cĂ­rculos de sĂ­mbolos, como ventanas hechas de estrellas.

Voces y sonidos llegaron de lejos: un búho de plumas violetas que leía constelaciones en voz alta; un zorro de arena que contaba meteoritos con piedritas; una familia de nutrias que guardaba luciérnagas en frascos para estudiar sus patrones. Ningún ser humano. Solo criaturas del mundo, unidas por la curiosidad.

—¿Qué pasa, Lumo? —preguntó el búho, con tono serio.

Lumo respirĂł hondo, y su voz saliĂł clara.

—Una sombra intenta beber nuestra claridad. No vengo a pedir que peleen. Vengo a pedir que compartan.

Hubo un silencio breve, como cuando el cielo se prepara para un trueno.

—Compartir es fácil —dijo la nutria mayor—. ¿Qué hacemos?

—Enciendan sus luces —dijo Lumo—. Una lámpara, una luciérnaga, un espejo. Lo que tengan. Miren al cielo y piensen en un deseo de esperanza. No para ustedes solos. Para todos.

Píxel, emocionado, añadió:

—¡Y si pueden, canten! Aunque canten mal. La sombra odia el entusiasmo desafinado.

—¡Oye! —protestó el búho—. Yo canto muy bien.

Desde la distancia, comenzaron a encenderse puntos en el horizonte, como si el mundo entero estuviera respondiendo. Pequeñas luces subían a los cielos: faros de luna, cometas en miniatura, runas despertadas, espejos orientados.

En el Observatorio de la Lluvia de Estrellas, los espejos flotantes captaron esa luz lejana y la mezclaron con la propia. Se creĂł un resplandor inmenso, no concentrado en un punto, sino extendido como un manto.

La sombra del Cometa Hueco se retorció, confundida. No podía beber un océano repartido. No podía morder una canción.

Lumo levantó el hocico y aulló, pero no era un aullido de miedo. Era una nota larga, firme, que se unió al canto de los demás. Píxel acompañó con pitidos valientes.

La lluvia de estrellas, como si entendiera, cayó más brillante.

Y el Cometa Hueco, al fin, se alejĂł. No explotĂł ni hizo drama. Simplemente se fue, vencido por una claridad que no podĂ­a agarrar.

Cuando la sombra se convirtiĂł en un punto oscuro y luego en nada, el observatorio dejĂł de crujir. Las runas se calmaron. Los mapas volvieron a escribir lĂ­neas suaves en las paredes.

Píxel soltó un suspiro mecánico.

—Creo que… acabamos de ganarle con una fiesta de luz y un coro dudoso.

Lumo se sentĂł, cansado pero feliz.

—No fue solo nuestra luz —dijo—. Fue la de todos. Eso es lo que la hizo invencible.

En el SalĂłn del Agua Celeste, el espejo mostrĂł un nuevo signo: dos estrellas unidas por un hilo brillante.

—¿Qué significa? —preguntó Píxel.

Lumo sonriĂł, mirando cĂłmo una Ăşltima estrella fugaz dibujaba un arco perfecto.

—Que cuando compartimos, el cielo no se apaga. Se vuelve más grande.

Y mientras la noche seguía chispeando, el pequeño lobo guardián del observatorio supo algo importante: incluso frente a sombras silenciosas, la esperanza puede hacer ruido… del bonito.

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CĂşpulas
Techos redondeados que cubren y protegen parte del edificio.
Runas
Símbolos antiguos grabados que guardan poder o mensaje mágico.
Holograma
Imagen en el aire que parece real y se ve en tres dimensiones.
ConstelaciĂłn
Grupo de estrellas que forma una figura en el cielo.
SĂ­mbolo
Dibujo o señal que representa una idea o un objeto.
Engranajes
Ruedas con dientes que se unen para mover máquinas.
Destellos
Pequeños brillos o luces que aparecen y desaparecen rápido.
Pedestal
Base o soporte donde se coloca algo importante para mostrarlo.
Antena
Aparato que recibe o envía señales en el aire.
Reflejada
Cuando una imagen o luz aparece en una superficie como un espejo.

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