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Cuento fantástico de brujería 9/10 años Lectura 11 min. (1)

El jardín de las voces

Bruna recibe por error una carta con una llave que la conduce, junto a Lía, al Jardín de Invierno, donde escuchan plantas y emprenden una aventura para aprender a oír y compartir las voces escondidas de la tierra.

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La bruja principal es una chica llamada Bruna, con rostro redondo, ojos grandes y brillantes, cabello castaño en un moño despeinado, delantal manchado de tierra, sosteniendo con la mano derecha una pequeña llave de cristal brillante y apoyando la palma izquierda en una puerta cubierta de musgo; la segunda es una adolescente, Lía, vivaz y traviesa, con trenzas, un abrigo con bolsillos llenos de semillas, que sonríe y sostiene una linterna de luciérnagas detrás de Bruna a la izquierda; plantas susurrantes (helechos viejos, lianas de hojas redondas, flores con ojitos) se inclinan hacia la puerta formando un marco vegetal; el lugar es un pasadizo subterráneo entre raíces gigantes, paredes de madera y raíces retorcidas, musgo espeso, luciérnagas con bufandas diminutas que emiten luces amarillas y azules, gotas brillantes en las hojas y mariposas plateadas pegadas en la puerta; la escena muestra a Bruna abriendo suavemente la puerta musgosa con la llave de cristal mientras Lía ilumina, en una atmósfera misteriosa pero acogedora, paleta verde esmeralda, dorado suave y toques de rosa pálido, estilo chibi kawaii, trazos redondeados, texturas suaves y luz tenue. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La carta que no era para ella

La carta llegó un martes, escondida entre pétalos secos y un folleto de semillas. La brisa del pasillo la dejó temblar en el felpudo de la puerta como si supiera un secreto. Bruna la recogió con dedos de alquimista: uñas cortas, manchas de tierra y un anillo con una hoja grabada. No reconoció la caligrafía: trazos inclinados y golpecitos alegres al final de las letras. Solo decía: "Para la que escucha las palabras que nadie oye". Y abajo, en letra más pequeña, "No abrir — destinatario equivocado".

Bruna sonrió. Era imposible que una carta no fuera para ella: desde que aprendió a doblar las hojas para que sus recetas no se escaparan, las palabras parecían encontrar su casa. Aun así, algo en el aviso la hizo vacilar. La ley de los sobres mal entregados no estaba escrita, pero su abuela decía que las cosas que llegan por error traen aventuras que no se deben obligar. Aun así, la curiosidad picó como una planta con espinas risueñas.

Dentro había un mapa diminuto y una llave de cristal del tamaño de una aceituna. Y una nota: "Si no eres tú, entrégala al Jardín de Invierno. Las plantas chuchoteras sabrán qué hacer". Firmaba: Lía, aprendiz de murmullos.

Bruna guardó la llave en el bolsillo de su delantal y, con la carta doblada en la palma, fue hacia el Jardín de Invierno. Tenía un rincón mágico al final del callejón donde cultivar voces: helechos que susurraban recetas, hiedras que contaban historias y una palmera que tosía notas musicales. Era su refugio, su laboratorio y su casa, porque ser bruja no sólo es usar varitas: es comprender lo que escucha el mundo.

Capítulo 2: Plantas que cuentan secretos

El Jardín de Invierno olía a jengibre, lluvia antigua y hojas recién regadas. Las plantas se inclinaron al verla, como si la brisa misma la presentara. "¡Bruna!" gimió una enredadera. "¿Traes pan? Tengo un antojo de migas." Bruna rió y señaló la llave de cristal. "Traigo algo mejor: una llave y una carta."

Las plantas se detuvieron. Un helecho llamó a las demás con un suspiro verde: "¡La llave de Lía... las hojas no mienten!" Y entonces apareció Lía, no la autora de la carta, sino la persona de la letra. Era pequeña, con trenzas eléctricas y una mirada que parecía curiosa como un gato callejero. Llevaba un chal de lana con bolsillos llenos de semillas de risa.

"No tenías que abrir la puerta del taller," dijo Lía en tono divertido. "La carta era para alguien que puede escuchar las respuestas en las raíces." Bruna mostró el sobre: "Decía que la carta no era para mí." Lía frunció el ceño, luego soltó una carcajada que hizo vibrar a las campanas del jardín.

"Entonces es un buen error," dijo. "Porque hoy necesito ayuda. Estoy buscando las Palabras de Raíz. Son antiguas y se esconden si no las llamas con el corazón. Solo una bruja que escucha puede hacerlo." Bruna sintió cómo la llave pesaba más en su mano, como si supiera que aquella era la puerta correcta.

"¿Por qué yo?" preguntó Bruna, pero en su voz hubo menos duda que deseo. Ella ya había pasado noches enteras intentando distinguir el murmullo de una violeta de la conversación de una escoba. Escuchar era su oficio. "Y si vamos juntas, será mejor." Lía asintió con una determinación temeraria que resultó contagiosa. "Entonces vamos. Pero prométeme que no ignorarás una voz, por pequeña que sea."

Capítulo 3: El pasadizo de raíces

La llave encajó en una puerta que no parecía haber existido antes, cubierta de musgo y pequeñas calcomanías de mariposas plateadas. Al girarla, se oyó un sonido como piedras que susurran debajo del agua. La puerta se abrió a un pasadizo que descendía entre raíces gigantes, iluminado por luciérnagas que llevaban bufandas diminutas.

Bajaron juntas, las sombras proyectando formas de manos y coronas en las paredes. "¿Sientes eso?" preguntó Bruna. Lía cerró los ojos. "Como si las raíces respiraran historias." A mitad del camino, una raíz habló en tono grave: "¿Quién toca mi costado?" Bruna dejó que las palabras llenaran sus oídos, como quien se prepara para una melodía. Respondió en voz baja: "Somos buscadoras. Queremos escuchar."

Las raíces se aflojaron en una risa silenciosa y las dejaron pasar. Cada tramo del pasadizo ofrecía pequeñas pruebas: un enigma hecho de hojas que cambiaban de color, un charco que mostraba recuerdos en lugar de reflejos. Lía resolvía con saltos audaces, atando ramitas como si hilara ideas. Bruna, paciente, susurraba a las paredes y las paredes le devolvían ecos de viejas canciones que indicaban el camino. Juntas, la valentía de Lía y la paciencia de Bruna hicieron que el pasadizo se volviera amable.

Al final encontraron una cámara donde crecían plantas que no parecían pertenecer a ningún catálogo: flores con ojos, arbustos que sostenían pequeñas puertas, enredaderas que cantaban a contrapunto. En el centro, una piedra con una inscripción que solo se podía leer cuando la escuchabas. Bruna apoyó su palma y oyó: "Las Palabras de Raíz no son para poseer; son para compartir." Lía casi tropezó de emoción. "¡Entonces empezamos compartiendo!"

Capítulo 4: Lo que la magia susurra

Se sentaron en círculo, las plantas inclinadas como público expectante. Bruna cerró los ojos y dejó que la respiración de la tierra la atravesara. No era una voz única, sino muchas: tintineos, zumbidos, susurros largos como raíces y cortos como semillas. Las palabras que escuchó no eran frases directas, sino sensaciones: calor cuando alguien ayuda, una nota aguda cuando alguien miente, un cosquilleo cuando alguien está solo.

Lía preguntó en voz alta, sin miedo: "¿Cómo podemos llevar esto al pueblo?" Una rosa plateada murmuró: "Con historias." Un helecho añadió: "Y con manos que compartan." Bruna entendió que la magia pedía algo sencillo: ser usada para unir, no para presumir. Así, decidieron crear una noche de escucha.

Pero no todo era fácil. Un soplo helado, como un viento de desacuerdo, se coló por la cámara. "No permitiré que las voces se compartan," gruñó una sombra que se alimentaba de secretos guardados. Quería mantener a la gente dividida, cuidando para sí lo que conocía. Lía se irguió, temeraria, y plantó su corona de semillas contra el viento. "No me asustarás," dijo. Bruna, calmada, habló al viento como se habla a un niño enfadado: "Si solo te guardas el miedo, te secas. Ayuda a crecer y te alimentarás de risas."

La sombra dudó, porque las palabras de Bruna no atacaban sino ofrecían. Lía tomó la llave de cristal y la levantó. "Les ofreceremos nuestras manos." Entonces, en un gesto de confianza, colgaron duros anillos de rama de las ramas del Jardín de Invierno: promesas de escuchar. Las plantas emitieron un coro que fundió la sombra en niebla, y la cámara se llenó de luz cálida.

Al salir, el Jardín de Invierno parecía más vivo, como si las hojas hubieran recibido cartas de agradecimiento. Llevaron consigo pequeñas bolsitas con semillas que susurraban historias al germinar. Prometieron enseñar al pueblo a escuchar no con los oídos solamente, sino con el corazón.

Capítulo 5: La noche de las pequeñas voces

La plaza del pueblo se transformó en un patio de voces. Lía repartía semillas y Bruna enseñaba a colocar la palma sobre la tierra para que las palabras salieran sin prisa. Los niños reían cuando una semilla contó un cuento sobre una hormiga que creía ser gigante. Los mayores cerraban los ojos y descubrieron recuerdos tejidos en la música de una enredadera. Un señor que siempre estaba serio, llamado Mateo, dejó escapar una risa que nadie había oído en años, y todos miraron como si hubiera encontrado una luz bajo su sombrero.

En un rincón, la sombra intentó volver a hacer ruido, mezclando rumores para sembrar miedo. Las voces nuevas la empujaron con canciones de ayuda y manos ofrecidas. Una niña ofreció su manta a un vecino, y la sombra se deshilachó ante ese gesto simple. Bruna y Lía se miraron: la magia no había vencido por fuerza, sino por solidaridad.

Al final de la noche, alguien encontró la carta inicial en el bolsillo de Bruna. Lía la sostuvo entre las manos y leyó: "Para la que escucha las palabras que nadie oye." Miró a Bruna y dijo: "Creo que, por accidente, esta carta cayó en las manos correctas." Bruna sonrió. "A veces los errores nos traen lo que necesitamos." Lía se inclinó y, con voz seria y risueña, añadió: "Y a veces lo correcto es aprender a compartir."

Cuando la plaza quedó en calma, las semillas ya murmuraban nuevas historias bajo la tierra. El Jardín de Invierno seguía allí, con sus plantas chuchoteras que ahora sonreían con hojas más verdes. Bruna se sentó en un banco, Lía a su lado, y ambas escucharon el mundo como si fuera una canción que apenas empezaba.

La llave de cristal descansaba entre las manos de Bruna, y la carta, aunque no fuera para ella al principio, había abierto una puerta que nadie había imaginado. Las voces, antes escondidas, ahora encontraban oídos y manos. La magia, suave y luminosa, se volvió un puente hecho de palabras compartidas y gestos pequeños. Y en la siguiente mañana, al regar una maceta, Bruna escuchó una voz que decía, sin prisa: "Gracias por escuchar."

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Alquimista
Persona que mezcla y prueba materiales para crear cosas nuevas o transformarlas.
Caligrafía
Manera bonita y cuidada de escribir las letras con estilo y orden.
Felpudo
Una alfombra pequeña que se pone en la puerta para limpiar los zapatos.
No abrir — destinatario equivocado
Aviso que indica que la carta fue enviada a la persona equivocada.
Aprendiz de murmullos
Alguien que está aprendiendo a escuchar y entender voces muy suaves o secretos.
Enredadera
Planta que crece trepando y enrollándose alrededor de paredes o ramas.
Luciérnagas
Insectos que brillan en la oscuridad con una luz pequeña y parpadeante.
Contrapunto
Cuando dos sonidos o voces diferentes suenan juntos y se combinan como música.
Inscripción
Texto escrito en una piedra u objeto antiguo para decir algo importante.
Promesas de escuchar
Acuerdos para prestar atención y cuidar las palabras de otras personas.
Cámara
Sala cerrada dentro de un lugar, a menudo secreta o especial.

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