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Cuento sobre las pantallas 5/6 años Lectura 8 min.

El horario de colores y las historias sin pantalla

Aina, de seis años, aprende sobre límites y honestidad tras pasar más tiempo del acordado frente a la tablet; con la ayuda de su familia y amigos crea un horario de colores y juegos sin pantallas para reparar la confianza.

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Aina, niña de 6 años, alegre y concentrada, pega una hoja rosa en una casa de cartón; la madre, ~35 años, sonriente, le pasa cinta mientras sostiene unas tijeras; el padre, ~37 años, tranquilo y orgulloso, corta una ventana en una caja de cartón con un cutter seguro; Emma, niña de 6 años, ríe mientras pinta estrellas amarillas en una cartulina verde; Lucas, niño de 7 años, curioso, sostiene tarjetas con palabras como «árbol» y «estrella». La escena transcurre en un salón luminoso con mesa de madera llena de cartulinas, pinturas, cintas y cajas de cartón; familia y amigos crean juntos un juego sin pantallas, pegando, pintando y riendo en un ambiente cálido y creativo. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La pantalla de colores

Aina tenía seis años y una caja de colores, una bici roja y una tablet con dibujos animados que brillaban como caramelos. Cada tarde, después de quitarse las botas y lavarse las manos, se sentaba en el sofá con la tablet sobre las rodillas. Los dibujos la hacían reír, le enseñaban canciones y le mostraban mundos donde todo parecía muy fácil.

En la cocina, su mamá preparaba la merienda y su papá leía cerca. Habían hablado en familia una tarde sobre cuánto tiempo era bueno ver la pantalla. Decidieron que Aina podría mirar dibujos durante treinta minutos después del cole, y el fin de semana un poquito más, pero siempre después de hacer los deberes y jugar fuera. Todos estaban de acuerdo. Aina dijo "sí" con la boca y con la sonrisa.

Un día, mientras la lluvia tocaba la ventana como si tocara tambor, Aina estaba viendo su dibujo favorito. De repente, sonó la alarma de la tablet que avisaba que el tiempo había acabado. Aina miró la pantalla: había una parte nueva del dibujo que quería ver. Su corazón latió rápido. Recordó la regla, pero también sintió curiosidad. Tocó la pantalla otra vez para seguir viendo. La imagen cambió y aparecieron aventuras nuevas. Se sintió contenta, pero también un poquito culpable.

Capítulo 2: La mentira y la segunda oportunidad

Esa noche, en la mesa, su mamá preguntó cómo había ido la tarde. Aina dijo que había respetado el tiempo. Su mamá sonrió, pero notó que la mirada de Aina estaba un poco apagada. Más tarde, cuando su papá apagó la tablet para guardarla, vio la historia a medias y su sorpresa. Papá habló con voz tranquila: "Aina, la tablet estaba encendida más tiempo del que acordamos". Aina bajó la cabeza. Se sentía mal por haber mentido.

No hubo gritos ni castigos grandes. Su mamá se sentó a su lado y la abrazó. "A veces es difícil parar cuando algo nos gusta mucho", dijo. "Lo importante es aceptar lo que pasó y buscar cómo mejorar". Aina contuvo las lágrimas. Tenía miedo de enfadar a sus padres, pero también quería arreglarlo.

Al día siguiente, la familia se reunió en el salón con una hoja y un lápiz. Hicieron un horario de colores: rosa para la escuela, verde para el juego afuera, amarillo para leer, y azul para la tablet. Aina ayudó a dibujar los renglones. Entre todos hablaron de por qué era bueno cumplir el horario: para descansar la vista, para tener energía para correr, y para poder hablar y reír en familia. Aina propuso un sistema de segundas oportunidades: si alguien no cumple, puede pedir perdón y explicar por qué, y los demás escuchan. Si es la primera vez, se ofrece una actividad para compensar, como ayudar a regar las plantas o leer en voz alta un cuento.

Esa tarde, Aina salió a jugar aun con el cielo un poco gris. Sus amigos del barrio, Emma y Lucas, estaban en la plaza. Hablaron de un personaje del dibujo que Aina había visto de más. Aina contó que había tocado la pantalla cuando no debía. Sus amigos la miraron sin juzgarla. "A mí también me pasa", dijo Lucas. "A veces quiero jugar y me olvido del tiempo". Jugaron a pasar la pelota para distraerse. Aina sintió que pedir perdón no era tan difícil y que sus amigos no la querían menos.

Capítulo 3: Un juego sin pantalla

Una tarde de sábado, la familia decidió probar la idea de Aina: una segunda oportunidad seguida de una actividad para unirlos. Aina propuso inventar un juego sin pantalla que mezclara colores, movimiento y cuentos. Su mamá trajo cartulinas, pegamento y rotuladores; su papá ayudó a cortar cajas de cartón para construir "casas de historia". Los vecinos también se unieron.

El juego tuvo reglas sencillas. Cada jugador elegía un color del horario de Aina. Luego, tomaba una carta con una palabra —por ejemplo, "árbol", "estrella" o "perro"— y tenía un minuto para contar una historia breve usando el color que había escogido. Los demás tenían que adivinar el final y aplaudir si les gustaba. Si alguien se quedaba sin ideas, podía pedir una "segunda oportunidad" y los demás le daban una pista o le contaban un inicio para que siguiera.

Aina fue la primera en contar. Su historia fue sobre un árbol que hablaba con los pájaros y les prestaba hojas para hacer cometas. Empezó tímida, pero luego su voz se llenó de colores. Sus amigos reían y pedían más. Aina sintió que su imaginación era más grande que cualquier pantalla. Además, se dio cuenta de que mirar menos dibujos le daba ideas nuevas para inventar historias.

El juego duró hasta que el cielo encendió sus estrellas. Después, todos recogieron juntos las cartulinas y las cajas. Su mamá dijo que estaba orgullosa de cómo se habían organizado. "Las pantallas son buenas para algunas cosas", explicó papá, "pero nuestro tiempo juntos también tiene valor. Podemos elegir cuándo usarlas y cuándo crear otras aventuras". Aina asintió. Empezó a entender que las reglas no eran castigos, sino herramientas para jugar mejor.

Semanas después, el horario de colores siguió en la pared. Hubo días en que Aina veía dibujos y otros en que prefería jugar a las historias de la plaza. Hubo un día en que se le olvidó apagar la tablet otra vez. Esta vez, cuando su mamá lo notó, Aina lo dijo enseguida: "Lo siento, me pasé". La familia la miró con calma. Aina pidió su segunda oportunidad y sugirió que por la tarde contaría una historia para sus abuelos por teléfono. Todos aceptaron. Cumplió su compromiso y, al final, su abuela le dijo que nunca había escuchado una historia tan dulce.

Antes de dormir, Aina se sentó en su cama y miró la pared donde colgaba el horario de colores con pequeñas pegatinas que marcaban los logros. Pensó en la tristeza de haber mentido y en la calidez de haber pedido perdón. Pensó en la plaza, las risas y las cajas convertidas en casas de cuento. Sonrió. Aprendió que equivocarse no era el fin, sino una oportunidad para hablar, cambiar y crear cosas nuevas sin pantalla.

Esa noche, cerró los ojos imaginando un dibujo donde los personajes apagaban su propia tablet para correr al jardín. En su sueño, las figuras de colores se acercaban y le daban las gracias por inventar juegos. Aina se durmió tranquila, sabiendo que la familia trabajaba junta y que ella también tenía ideas para cuidar su tiempo. Mañana, dijo en su sueño, podría inventar otro juego con sus amigos, uno que hiciera reír incluso a las estrellas.

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Alarma
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Culpable
Sentir que hiciste algo malo o que fallaste en algo
Horario
Plan con horas y colores para saber cuándo hacer cada cosa
Cartulinas
Hojas de papel fuerte y de colores para manualidades y dibujos
Pegamento
Líquido o pasta que se usa para unir dos cosas entre sí
Rotuladores
Lapiceros con tinta de colores que sirven para dibujar y pintar
Cartón
Material fuerte hecho de varias capas de papel para construir cosas
Compensar
Hacer algo bueno para arreglar un error o equilibrar una falta
Segunda oportunidad
Otra vez para intentar arreglar o mejorar algo que salió mal
Compromiso
Promesa de hacer algo y cumplir lo que se dijo
Imaginación
Capacidad de crear ideas, cuentos y juegos en la mente

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