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Cuento de desafío imposible 7/8 años Lectura 11 min.

El cuadro de los desafíos imposibles y la mariposa azul

Leo y Bruno entran en un cuadro mágico y deben superar cuatro desafíos aparentemente imposibles usando ingenio, confianza y amistad. Cada prueba les muestra que mirar las cosas desde otro lado puede convertir lo imposible en juego.

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Hay dos niños de 8 años: Leo, a la izquierda, pelo castaño corto y despeinado, camiseta amarilla con una pequeña mancha de pintura, pantalón azul y sonrisa tímida, sujetando la mano de su amigo y apoyando la otra sobre una sombra en el agua; y Bruno, a la derecha, un poco adelantado, pelo rubio corto, gafas redondas, sudadera verde con capucha, vaqueros y aire travieso, brazos alzados como para mantener el equilibrio mirando a un pez que aplaude. Están en la orilla de un pequeño río turquesa que refleja nubes rosadas; la hierba es verde menta con flores estilizadas y al fondo se ve un gran marco como si todo fuese un cuadro vivo. Cruzan un puente invisible formado solo por sombras sobre el agua; un pez en el río saca la cabeza, tiene ojos grandes y expresa alegría aplaudiendo con las aletas y levantando pequeñas salpicaduras en burbujas brillantes. La escena es alegre, de colores saturados, estilo cartoon con siluetas redondeadas, luz suave y contrastes marcados que acentúan el efecto mágico. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Un cuadro demasiado grande

Leo y Bruno tenían ocho años y una curiosidad del tamaño de una pizza familiar. En el museo del barrio, se quedaron pegados frente a un cuadro gigantesco: un paisaje con colinas verdes, un río brillante y un castillo que parecía hecho de galletas.

—Mira, Bruno —susurró Leo—. Ese castillo me está mirando.

—No, es que tú miras demasiado fuerte —bromeó Bruno, y le dio un codazo suave.

En una esquina del cuadro había un cartel pintado con letras torcidas: “DESAFÍOS IMPOSIBLES. SOLO PARA VALIENTES (Y RISUEÑOS)”.

—¿Risueños? —repitió Leo—. Eso somos nosotros.

Justo entonces, una mariposa azul pintada movió las alas como si fueran de verdad. Los dos niños parpadearon a la vez. La mariposa salió del cuadro, dio una vuelta por encima de sus cabezas y volvió a entrar… dejando una especie de puerta de luz en el aire.

—¿Viste eso? —Bruno abrió la boca como si le hubiera caído una mosca invisible.

—Lo vi, lo vi. Y si tú dices “no entremos”, yo entro el doble —dijo Leo, sonriendo.

—Yo iba a decir “entremos”, así que ahora entramos el triple —contestó Bruno.

Se agarraron de la mano, dieron un paso… y ¡plop! Cayeron dentro del cuadro como quien cae en una montaña de almohadas. El suelo era de hierba pintada, pero olía a menta. Las nubes parecían hechas de algodón de azúcar. Y el río sonaba como una risa: “ji-ji-ji”.

—Esto es… increíble —dijo Leo.

—Y mis zapatillas siguen puestas. Eso también es increíble —añadió Bruno, mirando sus pies con alivio.

Una voz alegre apareció de la nada:

—¡Bienvenidos! Soy el Guardián del Cuadro. Aquí, lo imposible se vuelve juego… si usas la cabeza y no te olvidas de reír.

Delante de ellos apareció un mapa que se dibujó solo, con cuatro sellos en blanco.

—Cuatro desafíos —leyó Leo—. Si los completamos, ¿qué pasa?

—Sales del cuadro y te llevas una gran idea contigo —dijo la voz—. Pero cuidado: los desafíos parecen imposibles… hasta que los miras de lado.

Bruno se puso muy serio, como un científico.

—Yo miro de lado todo el tiempo. Especialmente cuando me ofrecen brócoli.

Leo soltó una carcajada. El primer sello del mapa brilló y una flecha señaló un puente que, a simple vista, ¡no existía!

Capítulo 2: El puente invisible y el pez que aplaude

Llegaron al borde del río risueño. No había puente, solo agua que saltaba en pequeñas olas, como si estuviera practicando baile.

Un cartel clavado en la orilla decía: “DESAFÍO 1: CRUZA SIN MOJARTE. PUENTE INVISIBLE.”

—Genial —dijo Bruno—. Mi especialidad: cruzar cosas que no están.

—Igual está, pero es tímido —respondió Leo—. Como yo cuando me toca hablar en clase.

Los dos miraron el agua. En el río asomó una cabeza de pez con bigotes. El pez aplaudió con sus aletas.

—¡Pla-pla-pla! —hizo, como si estuviera en un teatro.

—¿Un pez que aplaude? —Bruno se inclinó—. Hola, señor pez.

El pez sacó una burbuja que decía: “PISEN LAS SOMBRAS”.

Leo miró alrededor. Las nubes de algodón proyectaban sombras largas sobre el río.

—¡Claro! —dijo Leo—. El puente es de sombra.

—O sea, es el único puente que no te cobra peaje porque no tiene bolsillo —rió Bruno.

Leo puso un pie sobre una sombra. No se hundió. Era firme como una tabla.

—¡Funciona! —gritó.

—Es el puente más elegante del mundo: siempre está bien peinado por la luz —dijo Bruno, y cruzó dando pasitos, como si desfilara.

A mitad de camino, Bruno se puso a hacer equilibrio con los brazos.

—Mira, soy un flamenco invisible.

—Eres un flamenco con calcetines —se burló Leo.

El pez volvió a aplaudir tan fuerte que salpicó un poquito.

—¡Oye! —protestó Bruno—. ¡Casi me mojas el orgullo!

Cuando llegaron al otro lado, el primer sello del mapa se pintó solo con una sonrisa.

—Uno —dijo Leo, inflando el pecho—. No era imposible.

—Era “imposible” como cuando mi abuela dice que es imposible que yo no coma galletas. Y luego… ¡me atrapan! —dijo Bruno.

La siguiente flecha señalaba una colina con una puerta enorme y un letrero: “DESAFÍO 2: ABRE LA PUERTA QUE NO TIENE POMO.”

Capítulo 3: La puerta sin pomo y el viento chismoso

La puerta era altísima, de madera pintada con flores que parecían recién dibujadas. Pero no tenía pomo, ni llave, ni nada. Solo una ranura por donde se escuchaba un sonido: “fiuu, fiuu”.

—Es el viento —dijo Leo—. Está cantando.

—O está contando secretos —susurró Bruno—. El viento es muy chismoso.

Un cartel decía: “SI TIRAS, NO SE ABRE. SI EMPUJAS, TAMPOCO. IMPOSIBLE, ¿NO?”

Leo se rascó la cabeza.

—¿Y si… le hacemos cosquillas?

Bruno soltó una carcajada.

—¡Leo, a las puertas no se les hacen cosquillas!

Leo buscó una pluma en el suelo. Era una pluma pintada, pero cosquilleaba igual.

—Probemos —dijo, y pasó la pluma por la madera.

La puerta no se abrió… pero empezó a reír: “ja, ja, ja”. Las flores del dibujo se movieron como si fueran abanicos.

—¡Está viva! —dijo Bruno, sorprendido.

—Claro, estamos en un cuadro —respondió Leo—. Aquí hasta las piedras pueden tener humor.

El viento se coló por la ranura y habló bajito:

—La puerta abre con una palabra amable.

Bruno se aclaró la garganta como si fuera presentador.

—Señora puerta, por favor, ábrase. Prometemos no mancharla con helado. Bueno… tal vez un poquito.

La puerta no se movió.

Leo se acercó y dijo con voz tranquila:

—Puerta, confío en ti. Sé que puedes abrirte. No tienes pomo, pero tienes talento.

Hubo un silencio. Luego, un “clic” suave. La puerta se abrió despacito, como si estuviera orgullosa.

—¡Funcionó! —Bruno levantó los brazos—. ¡Le diste confianza!

Leo sonrió, un poco rojo de felicidad.

—Supongo que a veces lo imposible solo necesita que alguien diga “tú puedes”.

El segundo sello del mapa apareció con un dibujo de una puerta haciendo un guiño.

Del otro lado había un camino de baldosas que llevaban a una mesa con una torre de vasos temblorosos.

El letrero decía: “DESAFÍO 3: LLEVA LA RISA EN UN VASO SIN DERRAMARLA.”

Bruno tragó saliva.

—Esto suena peligrosísimo… para mi seriedad. Porque me voy a reír.

Capítulo 4: La risa en un vaso y el castillo de galletas

Encima de la mesa había un vaso transparente lleno de algo brillante y burbujeante. No era agua. Era risa. Se veía como limonada con cosquillas.

Leo lo tomó con cuidado. La risa dentro hacía “ji-ji” y subía y bajaba.

—Hay que llevarlo hasta el castillo —leyó Bruno—. Y el camino tiene baches.

El suelo, efectivamente, tenía pequeñas montañitas como panecillos.

—Si me río, se derrama —susurró Leo.

Bruno se puso una mano en la boca.

—Entonces no mires mi cara.

—¿Por qué?

Bruno infló los cachetes y cruzó los ojos. Parecía un sapo confundido.

Leo soltó una carcajada enorme. El vaso hizo “¡plip!” y una gota de risa saltó fuera. Al caer al suelo, la gota se convirtió en una pompa que explotó haciendo un “¡puf!” divertido.

—¡No puedo! —dijo Leo, riéndose más—. ¡Esto es imposible!

Bruno respiró hondo.

—No, no. Es un juego. Tenemos que ser ingeniosos. Si la risa quiere salir, le hacemos un asiento.

Buscó en su bolsillo y sacó… una pajita doblable y una pinza de la mochila.

—¿Por qué llevas eso? —preguntó Leo.

—Porque la vida es impredecible y yo soy un genio prevenido —dijo Bruno, muy serio.

Pusieron la pinza en el borde del vaso y sujetaron la pajita como si fuera un cinturón. Luego, Bruno caminó delante, haciendo señales.

—Paso pequeño. Paso pequeño. ¡Paso pequeñísimo, como hormiga tímida!

Leo avanzó concentrado, pero la risa burbujeaba igual.

—Dime algo que no dé risa —pidió Leo.

Bruno pensó.

—Eh… “coliflor”.

Leo hizo una mueca, pero no se rió.

—Bien. Otra.

“Calcetín mojado”.

Leo apretó los labios. Funcionaba. Llegaron al castillo de galletas, que olía a vainilla y tenía torres con chispas de chocolate.

En la puerta del castillo, un letrero final: “DESAFÍO 4: COMPARTE TU IDEA PARA SALIR.”

Leo dejó el vaso en una bandeja. La risa se acomodó tranquila, como si dijera “gracias”.

El Guardián del Cuadro apareció en forma de una mancha de pintura que hablaba.

—Lo lograste —dijo—. ¿Cuál es tu idea?

Leo miró a Bruno. Bruno lo miró a él. Ambos sonrieron.

—Nuestra idea es que lo imposible se vuelve posible cuando confías en ti… y cuando lo conviertes en juego —dijo Leo.

—Y cuando tienes un amigo que te dice “tú puedes” aunque parezcas un flamenco con calcetines —añadió Bruno.

El castillo abrió una ventana y lanzó dos galletas pequeñas, una para cada uno.

—Para el camino —dijo el Guardián—. Ahora, la salida.

Una mariposa azul volvió a aparecer y dibujó una puerta de luz. Los niños dieron un paso y regresaron al museo, justo frente al cuadro.

—¿Y si nadie nos cree? —preguntó Bruno.

Leo levantó su galleta.

—Tenemos prueba deliciosa.

Bruno se rió.

—Y tenemos la mejor parte: podemos compartirlo.

Salieron del museo corriendo, decididos a contarles a todos su truco favorito: mirar lo imposible “de lado”, reírse un poco, y decir con fuerza y alegría: “¡Yo puedo!”

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Cartel
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Mariposa azul
Insecto con alas de color azul que vuela y es delicado.
Puerta de luz
Abertura hecha de luz que parece una entrada mágica.
Burbuja
Esfera de aire dentro de líquido que puede explotar.
Madera
Material duro que viene de los árboles y sirve para construir.
Confío
Sentir seguridad en alguien o creer que hará lo correcto.

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