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Cuento de desafío imposible 7/8 años Lectura 17 min.

El skatepark de cojines y los cinco imposibles

En un skatepark hecho de cojines, Nico y nuevos amigos enfrentan juntos una serie de desafíos suaves y divertidos que ponen a prueba su valor, creatividad y amistad.

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Un niño de 8 años, Nico, sentado y radiante con flequillo castaño, casco con pegatinas de dinosaurios, camiseta amarilla y un gran zapatón colorido como sombrero, en un pequeño carro rodante "Sillín-Patín 3000" colocado sobre un trono de cojines; a su izquierda Laila, niña de 8 años, sonriente y segura, pelo largo castaño y rodilleras verdes, tira de la cuerda del carro y lo anima; a su derecha Tomás, niño de 8 años, travieso y risueño, pelo corto negro y chaqueta azul cielo, con algunas plumas de cojín en los hombros; algo detrás Ada, niña de 8 años, tímida pero feliz, pelo corto castaño y mochila brillante, tocando un cojín junto a un puente gelatinoso; Don Brinco, adulto sonriente con bigote, sombrero y silbato, de pie atrás con megáfono y aplaudiendo; el skatepark entero hecho de cojines y almohadas apiladas: rampas onduladas pastel, túneles acolchados, puentes translúcidos rebotantes, banderines y un gran cojín-gato naranja con estrella; momento triunfal tras completar cinco desafíos — Nico en el trono que se mueve ligeramente, amigos aplaudiendo, pulseras "Yo probé lo imposible" en las muñecas y confeti de plumas en el aire; estilo visual chibi de rasgos redondeados, cabezas grandes, colores pastel vivos, texturas mullidas y brillantes, expresiones exageradas y luz cálida. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El skatepark más blandito del mundo

En el barrio de Nico había un lugar raro y genial: el Skatepark de Cojines. No era de cemento. Era como una nube gigante con rampas, túneles y colinas hechas de almohadones de todos los tamaños. Había cojines con dibujos de estrellas, otros con rayas, y uno enorme con una cara de gato que parecía decir “miau” cuando alguien saltaba encima.

Nico tenía 8 años y hablaba como si su boca tuviera patines. Si alguien estornudaba, él ya estaba contando una historia sobre un estornudo que había hecho volar un sombrero. Y si veía una paloma, le preguntaba: “¿A dónde vas, señora paloma? ¿A una reunión importante?”

Ese sábado, Nico llegó al skatepark con su casco (con pegatinas de dinosaurios) y se sentó en el borde de una rampa de cojines. Se sentó, porque ese día había prometido algo rarísimo.

“Hoy lo haré… sentado”, anunció, como si estuviera presentando un espectáculo.

“¿Sentado?” preguntó Laila, que llevaba rodilleras verdes y una sonrisa lista para reírse.

“Sí. Y no me voy a levantar para superar el Reto Imposible.”

“¿Qué reto?” dijo Tomás, que venía con una tabla con ruedas blanditas, especiales para el parque de cojines.

Justo entonces apareció Don Brinco, el encargado del skatepark. Tenía un silbato y un megáfono, pero casi nunca los usaba. Prefería hablar fuerte y con emoción, como si cada frase fuera una noticia.

“¡Atención, almohadonautas!” gritó. “¡Hoy se inaugura el Circuito de los Cinco Imposibles!”

Todos se acercaron. El circuito era una línea de desafíos nuevos, marcados con banderitas de colores.

Don Brinco levantó una cartelera enorme que decía:

1) La Rampa del Suspiro Gigante

2) El Túnel del Calcetín Perdido

3) El Puente de Gelatina Rebotona

4) La Curva del Estornudo Controlado

5) El Trono de Cojines que se Mueve Solo

“Dicen que nadie ha logrado completar los cinco… sin caerse en una risa incontrolable,” añadió Don Brinco, muy serio.

Nico abrió los ojos. “¡Eso suena peligrosísimo para mi barriga!”

Laila se cruzó de brazos. “Yo digo que sí se puede.”

Tomás miró a Nico. “Pero tú… sentado.”

“Exacto,” dijo Nico, orgulloso. “Porque mi método es… diferente.”

En ese momento, llegó una niña nueva. Era más o menos de su edad, con pelo corto y una mochila brillante. Miraba todo con curiosidad, pero no se acercaba del todo.

Don Brinco la señaló amablemente. “Ella es Ada. Es su primer día.”

Ada saludó con la mano. “Hola.”

Nico, que no podía guardar palabras en el bolsillo, se levantó la mano… pero se acordó de su promesa y se quedó sentado.

“¡Hola, Ada! Bienvenida al lugar más blandito del planeta. Yo soy Nico, experto en hablar y en… probar cosas imposibles sentado.”

Ada soltó una risita pequeña. “¿Se puede hacer eso?”

“Se puede intentar,” dijo Nico. “Y si sale mal, al menos el suelo es un cojín con cara de gato.”

Todos miraron al cojín del gato. Parecía aún más orgulloso.

“¿Te unes?” preguntó Laila.

Ada dudó. “Yo no soy muy rápida.”

Tomás se encogió de hombros. “Aquí nadie necesita ser rápido. Solo… rebotar con estilo.”

Nico señaló el circuito con un dedo dramático. “¡Vamos a descubrir si lo imposible es solo un rumor mal peinado!”

Capítulo 2: La Rampa del Suspiro y el Túnel del Calcetín

El primer desafío era La Rampa del Suspiro Gigante. Era una rampa alta hecha de cojines apilados que, cuando alguien pasaba, soltaba un sonido: “¡Fuuuuuu!” como si la rampa estuviera soplando una vela invisible.

Don Brinco explicó: “El reto es bajar sin perder la concentración. Si te ríes, la rampa se ofende y sopla más fuerte.”

“¿Una rampa sensible?” murmuró Tomás. “Yo tengo una planta en casa así. La miras y ya se pone triste.”

Nico se acomodó. Se sentó sobre una tabla bajita de ruedas blandas, como un carrito. Tenía una cuerda atada al frente, para que alguien pudiera ayudarlo a girar sin que él se levantara.

“Mi invento se llama… Sillín-Patín 3000,” anunció.

Laila tiró de la cuerda suavemente. “¿Listo?”

“Listísimo. Rampa querida, no te ofendas si digo… que tienes buen aliento,” dijo Nico, serio.

Ada se tapó la boca para no reír.

Nico empezó a bajar. La rampa hizo: “¡Fuuuuuu!” y el flequillo de Nico se levantó como si fuera un abanico.

“¡Estoy peinándome con viento!” gritó Nico. “¡Esto cuenta como peluquería deportiva!”

Tomás se rió un poco, pero la rampa no lo vio. Nico apretó los labios, intentando no reírse, y habló como robot:

“Yo… no… me… río. Soy… una… tostadora.”

La rampa sopló otra vez, y Nico, sentado, se deslizó como si fuera un trineo. Llegó abajo sin caerse.

Don Brinco aplaudió. “¡Primer imposible logrado!”

Nico levantó los brazos. “¡Y con peinado gratis!”

Ada se acercó. “Eso fue… divertido.”

“Y blandito,” añadió Laila. “Siguiente.”

El segundo desafío era El Túnel del Calcetín Perdido. Era un túnel de cojines oscuros por dentro, con pelotas de espuma que rodaban como si fueran calcetines rebeldes. En la entrada había un cartel: “Si encuentras el calcetín, no lo mires a los ojos.”

“¿Los calcetines tienen ojos?” preguntó Ada, preocupada.

“No, pero dicen eso para que lo tomes en serio,” explicó Tomás. “Es como cuando tu mamá dice: ‘¡No me pongas esa cara!' y tú no sabes cuál cara.”

Nico se aclaró la garganta. “Entraré yo primero. Sentado, claro. Si aparece un calcetín con bigote, lo entrevisto.”

Laila agarró la cuerda y lo empujó despacio al túnel. Adentro se oían sonidos raros: “plop, plop, plop”. Las pelotas de espuma chocaban contra los cojines.

Nico habló fuerte desde dentro: “¡Hola, túnel! Soy Nico, y vengo a negociar con los calcetines perdidos. ¿Están todos bien? ¿Tienen agua? ¿Tienen… una lavadora de lujo?”

Tomás susurró a Ada: “Cuando Nico habla, hasta las paredes contestan.”

Ada sonrió, un poco más tranquila.

De repente, algo suave cayó sobre la cabeza de Nico.

“¡Ay!” dijo Nico. “¡Un ataque de algodón!”

Laila se asomó. “¿Qué pasa?”

Nico salió del túnel con un calcetín enorme en la cabeza, como un gorro. Era de colores y tenía una etiqueta que decía: “SOY EL QUE FALTABA”.

Tomás se dobló de risa. “¡Te quedó perfecto!”

Nico se lo acomodó. “Gracias. Ahora soy el Capitán Calcetín. Mi superpoder es… oler a cajón.”

Ada soltó una carcajada, de esas que salen sin pedir permiso.

El túnel, como si hubiera escuchado, dejó de hacer “plop” y quedó quieto, como satisfecho.

“Segundo imposible,” dijo Don Brinco. “Y sin mirar a nadie a los ojos. Excelente.”

Capítulo 3: Gelatina, estornudos y un trono travieso

El tercer desafío era El Puente de Gelatina Rebotona. No era gelatina de verdad, claro. Era una fila de cojines elásticos que se movían como si estuvieran bailando. Había que cruzar de un lado al otro sin salir volando como palomita de maíz.

“Yo cruzo caminando,” dijo Laila.

“Yo cruzo pensando,” dijo Tomás.

“Yo cruzo sentado, hablando y con calcetín de sombrero,” dijo Nico, muy serio.

Ada miró el puente y tragó saliva. “Yo… no sé si puedo.”

Nico se giró hacia ella desde su Sillín-Patín 3000. “Ada, aquí nadie ‘tiene que'. Aquí se prueba. Y si no sale, se prueba distinto. O se inventa una danza de gelatina.”

Laila asintió. “Ven con nosotros. Podemos ir despacio.”

Ada respiró hondo. “Vale… despacio.”

Laila y Tomás se pusieron a los lados de Nico, sujetando la cuerda y una esquina del carrito para que no girara. Ada caminó detrás, tocando los cojines con la punta del pie primero, como si saludara al puente.

El puente rebotó: “boing”. Nico rebotó sentado: “boing”. Su calcetín-gorro se movió como una bandera.

“¡Estoy en un barco de flan!” gritó Nico. “¡Capitán Calcetín al mando del postre!”

Tomás casi se cae de la risa, pero se agarró.

Ada dio un salto pequeño. “¡Boing!”

“¡Eso!” animó Laila. “Mira al frente.”

Cruzaron entre “boings” y más “boings”, y llegaron al otro lado. Ada tenía la cara roja de emoción.

“Lo hice,” susurró.

“¡Lo hicimos!” corrigió Nico. “Porque mi trasero sentado necesitó un equipo de lujo.”

El cuarto desafío era La Curva del Estornudo Controlado. Era una curva de cojines con ventiladores suaves que hacían cosquillas en la nariz. La idea era pasar sin estornudar, porque si estornudabas, una nube de plumas de almohada salía disparada y te convertía en pollo por cinco segundos.

“¿Pollo?” preguntó Ada, alarmada.

“Tranquila,” dijo Don Brinco. “Es un pollo imaginario y muy educado. Solo cacarea ‘perdón'.”

Nico levantó un dedo. “Yo tengo un plan. Cuando me dan ganas de estornudar, digo una palabra rara y se me pasa.”

“¿Qué palabra?” preguntó Laila.

Nico pensó. “¡Pepinillo!”

Tomás se rascó la cabeza. “Eso sí es raro.”

Se prepararon. Laila empujó el carrito de Nico hacia la curva. Los ventiladores hicieron: “fiuuu”. Nico frunció la nariz.

“¡Aaah… aaah…!” empezó.

Ada lo miró con ojos enormes. Laila apretó los labios. Tomás se puso tenso como una cuerda.

Nico gritó: “¡PEPINILLO!”

La curva pareció confundida. Nico no estornudó. Pasaron.

Pero justo detrás, Tomás sintió cosquillas.

“¡Aaachís!” estornudó.

¡Puf! Salió una nube de plumas de cojín y, por un momento, Tomás hizo un “coc-coc” pequeñito con la voz.

Tomás se quedó quieto y dijo muy serio: “Perdón. Coc.”

Todos se rieron, pero sin burlarse. Tomás también se rió, ya con voz normal otra vez.

“Ese pollo fue amable,” dijo Ada, más tranquila.

“Quinto y último,” anunció Don Brinco. “El Trono de Cojines que se Mueve Solo.”

Era una torre de cojines con un asiento arriba. El asiento se deslizaba lentamente, como si tuviera ideas propias. Había que sentarse en el trono durante diez segundos sin caerse… y sin levantarse para equilibrarse.

Nico abrió la boca, feliz. “¡Ese reto es para mí! ¡Nací para sentarme!”

Ada miró el trono. “Pero se mueve mucho.”

Nico se acercó en su carrito. “Haré lo que mejor sé: hablarle.”

“¿A un trono?” preguntó Laila.

“Los objetos me escuchan. Especialmente si les hablo bonito,” dijo Nico.

Nico subió al trono con ayuda. Se sentó. El trono empezó a deslizarse: a la izquierda, a la derecha, como si estuviera patinando en secreto.

Nico habló rápido: “Trono, amigo, sé que quieres bailar, pero yo también. Hagamos un trato: tú te mueves suave y yo te cuento un chiste.”

El trono se movió un poco menos, como curioso.

“¿Chiste?” murmuró Tomás.

Nico empezó: “¿Qué dijo un cojín a otro cojín? ¡No te desinfles, que hoy brillamos!”

El trono dio un pequeño salto, como si se riera sin sonido. Nico casi se tambalea.

“¡Uy! ¡Eso fue una risita de trono!” dijo Nico.

Ada contó en voz alta, para ayudar: “Uno… dos… tres…”

Laila y Tomás estaban listos por si hacía falta sujetar, pero sin tocar, para que Nico lo lograra.

“Seis… siete…”

El trono se movió otra vez. Nico, sentado, abrió los brazos como si fuera un avión.

“¡Modo ala de gaviota!” anunció. “¡No me caigo porque el aire me respeta!”

“Nueve… diez,” dijo Ada.

Don Brinco sopló el silbato. “¡Completado!”

Nico levantó el puño. “¡Imposible vencido por un niño sentado y un calcetín héroe!”

Capítulo 4: El pacto del equipo blandito

Todos se reunieron en la zona de descanso, que era una piscina de cojines suaves donde uno podía hundirse hasta las orejas sin problema. El cojín-gato estaba ahí, y parecía sonreír más.

Don Brinco les dio unas pulseras de tela que decían: “Yo probé lo imposible”.

Ada miró su pulsera como si fuera un tesoro. “Pensé que hoy me iba a quedar mirando desde lejos.”

Nico se giró hacia ella, todavía sentado en su carrito. “Mirar también está bien. Pero hoy tú hiciste ‘boing'. Eso es importante.”

Laila asintió. “Y si un día no quieres ‘boing', hacemos ‘pasito'. O ‘rodadita'. O ‘risita'.”

Tomás levantó la mano. “Yo propongo que el pollo imaginario sea nuestra mascota oficial.”

“Se llama Tomapío,” dijo Nico sin pensar.

“¿Tomapío?” repitió Tomás. “¡Eso suena a mi nombre con cacareo!”

Ada se rió otra vez. “A mí me gusta.”

Nico se quitó el calcetín de la cabeza y lo sostuvo como si fuera un micrófono. “Equipo, tengo una idea seria… pero con cosquillas.”

“Dila,” dijo Laila.

“Los retos imposibles no son imposibles. Solo están… mal explicados. Si los hacemos juntos, cada uno con su forma, salen mejor. Yo hablo. Laila se atreve. Tomás se ríe incluso cuando cacarea. Y Ada… Ada mira con cuidado y nos ayuda a ir despacio cuando hace falta.”

Ada se tocó la mochila. “Yo puedo… avisar cuando algo se ve difícil. Y también puedo intentar, aunque me dé vergüenza.”

“Eso,” dijo Nico. “Aquí caben todos. Los rápidos, los lentos, los habladores, los silenciosos, los que estornudan y los que gritan ‘pepinillo'.”

Tomás levantó un dedo. “Y los que se sientan para conquistar el mundo.”

Nico infló el pecho. “¡Exacto! Sentarse es mi deporte olímpico.”

Don Brinco se acercó y dijo: “Me gusta lo que escucho. ¿Qué tal si hacen un pacto? Un pacto de ayuda.”

Laila extendió la mano. “Yo prometo ayudar sin empujar demasiado.”

Tomás puso la suya encima. “Yo prometo reírme con todos, no de nadie.”

Ada añadió su mano, un poco tímida. “Yo prometo decir ‘puedo intentarlo' más veces.”

Nico puso su mano al final. “Yo prometo hablar… bueno, eso ya lo hago. Pero prometo escuchar también. Y si alguien se cae, le cuento un chiste de cojines.”

Se quedaron así un segundo, con las manos juntas, mientras el skatepark parecía más brillante, como si los cojines estuvieran contentos.

“Pacto del Equipo Blandito,” dijo Don Brinco.

Nico miró el circuito de los Cinco Imposibles y luego miró a Ada. “¿Quieres que inventemos un sexto reto?”

Ada abrió los ojos. “¿Otro?”

“Sí,” dijo Nico. “Se llama ‘La Ronda de la Inclusión'. Consiste en que cada persona elija una manera distinta de pasar una rampa, y el resto aplaude igual de fuerte.”

Laila sonrió. “Me encanta.”

Tomás hizo una reverencia exagerada. “Yo pasaré cacareando, por respeto a Tomapío.”

Ada se rió y, por primera vez, no se quedó atrás. Se puso a su lado.

“Yo pasaré… con pasitos,” dijo. “Y si me sale, haré un boing pequeño.”

Nico se acomodó en su Sillín-Patín 3000. “Y yo pasaré sentado, con mi calcetín-micrófono, narrando todo como si fuera una película de aventuras blanditas.”

“¿Y cómo se llama la película?” preguntó Tomás.

Nico pensó dos segundos. “Se llama: ‘¡Cuidado! ¡Este cojín podría hacerte feliz!'”

Todos se echaron a reír, y el cojín-gato, si pudiera, habría dicho: “Miau, qué buen equipo.”

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Skatepark
Lugar para patinar con rampas y obstáculos, aquí hecho de cojines blandos.
Cojines
Almohadas grandes y suaves que se usan para sentarse o caer sin dolor.
Almohadonautas
Palabra divertida para las personas que juegan en el parque de cojines.
Inaugura
Comenzar oficialmente algo nuevo, como abrir un circuito o lugar.
Circuito
Serie de pruebas o caminos que se hacen en un orden determinado.
Sensible
Que se molesta o reacciona con facilidad ante algo pequeño.
Ofende
Hacer que alguien se sienta triste o molesto por algo dicho o hecho.
Ventiladores
Máquinas que mueven aire para hacer viento o refrescar.
Cosquillas
Sensación en la piel que hace que quieras reír o moverte.
Deslizarse
Moverse suavemente sobre una superficie sin saltar ni parar.
Imaginario
Que existe solo en la imaginación, no en la realidad.
Pacto
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