Había una vez un reino brillante y blandito, donde las nubes eran almohadas y los ríos tarareaban. En ese reino vivía un príncipe pequeño y curioso. Le gustaba reír con las flores. Le gustaba saltar con las piedras. Le gustaba escuchar el carillón del torreón, que daba las horas como cosquillas.
El carillón dormido
Un día el carillón no sonó. "Plin, plin", no se oyó. El príncipe se preocupó. "¿Por qué duermes, carillón?" preguntó. El carillón estaba dormido. Dormido como una tortita en la sartén. Dormido como un gato con sueño. El príncipe sopló, sopló. El carillón no despertó. El príncipe llamó a las hadas. "Venid, venid", dijo. Las hadas vinieron y soplaron besitos. Los pajaritos vinieron y pía-piaron. Nada. El carillón seguía soñando.
La cuerda de nudos
En el cobertizo el príncipe encontró una cuerda con nudos. Era una cuerda de nudos útil. "Quizá la cuerda ayude", pensó. Pero la cuerda sola no podía. El príncipe necesitaba manos, muchas manos. Así llamó al panadero, a la panadera, al molino, al perro que baila y a la cabra que canta. Todos vinieron. "Tirad conmigo", dijo el príncipe. "Tirad suave, tirad fuerte", añadió la señora de los témpanos. Todos tiraron. Uno, dos, tres, tirad. Tirad y rieron. Tirad y silbaron. Tirad y contaron chistes tontitos para que la fuerza fuera feliz.
Las hadas tejieron una melodía. El perro ladró en tono. El molino giró ritmo. La cuerda se movió. La gente se miró. Cada quien hizo su parte. El príncipe sostuvo la cuerda con cuidado. Todos fueron responsables. Todos cuidaron el carillón. Todos ayudaron.
Un deseo y un canto
Al fin la cuerda dio un tirón perfecto. El carillón bostezó. El carillón abrió sus campanas como flores. Sonó un "ding-dong" que fue risa. Sonó un "ding-dong" que fue canción. El reino aplaudió. El príncipe cerró los ojos y dijo en voz suave: "Deseo que cuidemos siempre el carillón y que todos sigamos ayudando". El carillón brilló y concedió el deseo. Desde entonces, cada vez que alguien necesita ayuda, todo el reino recuerda tirar juntos de la cuerda de nudos. Y el carillón suena contento, plin-plin, plin-plin, como una risa que nunca se duerme.