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Cuento encantador y divertido 9/10 años Lectura 7 min.

El bosque de las plumas traviesas

Milo, un joven aprendiz de mago, debe calmar unas runas y plumas traviesas en la Reserva de Plumas Raras usando su ingenio y ternura. Con humor y pequeños conjuros, intentará enseñarles a disfrutar sin causar alboroto.

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Milo, aprendiz de mago de 9 años, sonriente y sereno, viste una túnica azul de mangas anchas, gafas redondas torcidas y un sombrero puntiagudo inclinado, sostiene una fina varita de bambú y hace un gesto calmado hacia los objetos; en el suelo delante de él salta una runa traviesa, pequeña y redonda con un rostro riendo, y otra runa mayor de tonos pastel cuelga de una viga detrás riéndose suavemente; varias plumas coloridas (azules, verdes, rosas, naranjas) con formas suaves y ojos risueños flotan formando un gran cojín a su izquierda, y dos patitos mágicos amarillos curiosean a sus pies; el lugar es un viejo cobertizo de madera con ganchos y estantes llenos de cajas etiquetadas, luz dorada de atardecer filtrándose entre las tablas y polvo brillante en el aire; acción principal: Milo calma las runas y reúne las plumas con un pequeño hechizo, atmósfera cálida, colores vivos, texturas suaves, expresiones divertidas y pacíficas, composición centrada y claroscuro suave que acentúa la magia. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Plumas por todas partes

En lo más escondido del bosque Cantirrisa, donde los árboles susurran chistes y las luciérnagas hacen carreras, se encuentra la famosa Reserva de Plumas Raras. Allí trabaja Milo, un aprendiz de mago de nueve años, con bata azul y gafas torcidas que siempre le resbalan por la nariz. Milo tenía una habilidad única: podía calmar a cualquiera, hasta a los búhos más gruñones, con solo una sonrisa y un gesto cariñoso.

Esa mañana, Milo se preparaba para su primera ronda en la reserva. El lugar era un remolino de colores: plumas que cambiaban de forma, otras que cantaban melodías tontas, y las legendarias plumas de ganso titiritón, que hacían cosquillas con solo mirarlas. Al fondo del cobertizo, las runas mágicas colgaban de las vigas: pequeñas piedritas con símbolos, siempre de buen humor, que reían si les hacías cosquillas con una pluma especial.

Milo recogió su varita de bambú y se puso su gorro puntiagudo, que nunca quedaba derecho. Respiró hondo y se prometió: “Hoy nada va a salir mal.”

Pero en ese instante, la pluma de loro payaso salió volando del cajón, chillando: “¡Corre, que te alcanzo!” Y todas las runas, al oírla, empezaron a reírse a carcajadas, haciendo que la reserva temblara como una gelatina. Milo sonrió y dijo con su voz tranquila: “Tranquilas, chicas, ¡que hoy todo será divertido!”

Capítulo 2: Las runas revoltosas

Apenas Milo salió al corral de plumas, notó algo raro. Las runas traviesas habían rodado por todo el suelo, dejando tras de sí un rastro de risas y polvo brillante. Cada vez que Milo intentaba recoger una, la piedrita soltaba una carcajada y saltaba como una rana. Él no podía evitar reírse también, aunque intentaba parecer serio.

De repente, la pluma de avestruz bromista se le pegó al gorro y empezó a moverse sola, haciendo que Milo diera vueltas como un trompo. Todo el rebaño de plumas coloridas lo miró divertido mientras él, medio mareado, gritaba: “¡Eso no es justo, solo quería poner orden!”

Una de las runas, llamada Zurri, rodó hasta sus pies y le habló con voz temblorosa de risa: “Milo, ¡hoy es nuestro día de fiesta! ¡No puedes atraparnos!”

Milo no se enojó. Se agachó al nivel de Zurri y le susurró: “¿Y si hacemos un trato? Vosotras os portáis bien y yo os cuento el chiste más gracioso del bosque.” Las runas dejaron de saltar por un instante, intrigadas. A las runas, lo que más les gustaba en el mundo eran los chistes malos.

Capítulo 3: Un conjuro para calmar la risa

Milo se sentó en el césped, rodeado de plumas, runas y un par de patitos mágicos que se acercaron a escuchar. Sacó una receta improvisada de bajo la manga: un conjuro para calmar la risa. Golpeó tres veces el suelo con la varita, hizo una mueca muy rara y anunció: “Atención, escuchad el conjuro de la risa en calma:

‘Si os portáis un poquito bien,

yo os contaré un chiste de pez y tren.

Y juntos reiremos despacito,

como hace el búho Benito.'”

Las runas aplaudieron. Milo, recordando su promesa, inventó el chiste como pudo: “¿Qué le dice un pez a un tren? ¡Nada, porque el tren va por las vías y el pez por el agua!”

Las plumas se echaron a reír tan alto que a una le salieron estrellitas azules del pico. Cuando el eco de las risas se calmó, Milo se acercó a Zurri y le puso la mano sobre la cabeza. “¿Ves? Se puede disfrutar sin hacer tanto alboroto. A veces, estar tranquilo es lo más divertido.”

Las runas empezaron a brillar suavemente y, una por una, rodaron hasta sus colgadores en el cobertizo. Solo una, la más pequeña y traviesa, se resistía. Se escondió entre las plumas de búho, que fingían dormir.

Capítulo 4: El secreto de la pluma azul

Milo sabía que la calma podía ser contagiosa. Se acercó despacio, hablando en voz baja y ronca como si estuviera contando un secreto al viento. “¿Quieres que te cuente la historia de la pluma azul que aprendió a volar en zigzag?”

Las plumas y las runas cuchichearon, tan calladas que hasta los grillos dejaron de cantar. La pequeñita asomó la cabeza, curiosa. Milo continuó: “Dicen que la pluma azul era tan inquieta como tú. Pero un día, descubrió que yendo poco a poco, podía ver más cosas y disfrutar del viaje, no solo de la meta.”

Poco a poco, la runa más inquieta se fue calmando. Milo la cogió suavemente y la puso junto a las demás. “No hay prisa, amiga. Aquí nadie te obliga a ser lo que no eres. Vamos a disfrutar juntos, tranquilos, aunque a veces nos entren ganas de hacer locuras.”

De repente, todas las plumas se abrazaron en un abrazo mullido y cálido. Se mezclaron azules, verdes, rosas y naranjas, como una gran manta de plumas que hacía cosquillas al alma.

Capítulo 5: Zénitude en la reserva

El atardecer perdió su color rojo y se volvió dorado y suave. Milo, cansado pero muy feliz, se tumbó entre las plumas gigantes que parecían almohadas. Las runas, por fin calmadas, colgaron de sus ganchos y tararearon una melodía bajita con voz de piedra risueña.

De vez en cuando, una pluma se le escapaba a Milo y trataba de hacerle cosquillas en la nariz, pero él ni se movía; solo sonreía y acariciaba suavemente a la pluma traviesa. “Está bien ser juguetón,” les susurró, “pero también está bien parar, respirar y sentir que todo está bien.”

Aquella noche, la reserva entera durmió en paz. Milo soñó con montañas de plumas que le hacían reír y ríos de runas que le contaban historias. Y aunque en su sueño algunas plumas saltaban, todas regresaban a su lugar y le cantaban una nana mágica.

Y así, entre la risa y la calma, la reserva aprendió que, a veces, el mejor hechizo del mundo es saber descansar juntos, sin preocupaciones, bajo el cielo estrellado.

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Luciérnagas
Insectos que brillan por la noche con luz en su cuerpo.
Remolino
Movimiento circular del aire o agua que gira como espiral.
Titiritón
Palabra que suena a temblor o cosquillas, aquí es graciosa y juguetona.
Runas
Piedras o símbolos con significado mágico o antiguo.
Conjuro
Frase mágica que se dice para hacer un efecto o cambio.
Cobertizo
Pequeño techo o construcción donde se guardan cosas.
Varita de bambú
Palito mágico hecho de bambú que usa el mago.
Traviesa
Que hace bromas o juegos, no siempre se porta tranquila.
Inquieta
Que no puede estar quieta, tiene ganas de moverse mucho.
Atardecer
Momento del día cuando el sol se va y llega la noche.
Dorada
Color como el oro, brillante y amarillo claro.
Almohadas
Cojines suaves donde apoyas la cabeza para dormir.
Melodía
Sucesión de sonidos agradables que forman una canción.

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