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Cuento de extraterrestre 7/8 años Lectura 13 min.

El banco tibio y la luz verde del mar

Tomás, un niño paciente, descubre una luz amiga en el mar y entabla amistad con Lumi, un ser luminoso que necesita ayuda; juntos improvisan soluciones y aprenden sobre la curiosidad, la diferencia y el respeto.

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Un niño de 8 años de rostro redondo y pecas, pelo castaño claro alborotado y mirada maravillada sostiene una pequeña luz redonda a pilas sobre una tabla del muelle; junto a él flota un diminuto extraterrestre peluche llamado Lumi, piel azul pálido, grandes ojos miel, casco de cristal y chaleco con bolsillos, junto a una burbuja transparente que emite un suave resplandor verde; más atrás, un pescador de unos 60 años, rostro curtido y barba canosa corta, apoyado en su bastón y con sonrisa divertida, observa desde el muelle de madera gastada con tablas crujientes, clavos oxidados y reflejos dorados del atardecer sobre el mar tranquilo; la escena muestra al niño y a Lumi montando un cargador solar improvisado con una caja luminosa y un clip metálico mientras la burbuja se reactiva, en una atmósfera crepuscular cálida de tonos anaranjados y verdes, estilo acuarela suave, colores pastel, contornos ligeros y textura de madera, ambiente tierno y mágico. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La luz que habla

Tomás tenía ocho años y una paciencia que parecía un superpoder. Cuando algo tardaba, él no se enfadaba: respiraba hondo, contaba despacito y esperaba.

Aquella noche de verano, la casa olía a jabón y a cena recién hecha. Desde su cuarto se oía el mar, como si alguien pasara las páginas de un libro gigante.

Tomás sacó su veleta-luz, una simple lucecita de noche con un botón. Su abuelo se la había dado diciendo: “Para cuando quieras hablar sin palabras”.

—¿Hablar con quién? —había preguntado Tomás.

—Con quien te escuche —contestó el abuelo, guiñando un ojo.

Tomás se sentó en el suelo, frente a la ventana. Afuera, la luna hacía un camino plateado sobre el agua. Y Tomás, muy serio, pulsó el botón.

Encendió. Apagó. Encendió. Pausa. Encendió, encendió. Apagó.

—A ver… —murmuró—. “Hola”. Eso era “hola”. O al menos eso creía él.

Lo había inventado como un juego: un código sencillo, de niños. Una luz corta era un punto, una larga era una raya… aunque él no lo llamaba así. Él decía: “chispa” y “brillo”.

De pronto, al otro lado del mar, algo respondió.

No fue un faro. El faro estaba más lejos y parpadeaba con su propio ritmo aburrido. Esto era distinto: una lucecita verde, como una luciérnaga gigante, que contestaba justo después de Tomás.

—¿Mamá? —llamó Tomás sin gritar—. ¿El faro cambia de color?

Su madre asomó la cabeza por la puerta, con una toalla en el hombro.

—El faro no, cielo. ¿Qué pasa?

Tomás señaló la ventana. La luz verde hizo: encendido… apagado… encendido.

—Está jugando conmigo —susurró Tomás.

Su madre miró y frunció un poco el ceño, pero enseguida sonrió para no asustarlo.

—Quizá sea un barquito —dijo—. A veces llevan luces raras. Tú saluda, pero sin asomarte demasiado.

—¡Vale! —respondió Tomás, contento.

Y, muy paciente, volvió a pulsar su veleta-luz: chispa, chispa, brillo.

La luz verde contestó al instante, como si también tuviera ocho años y estuviera pegada a una ventana.

Tomás se rió.

—¡Me entiende! —dijo, y añadió con orgullo—: “Soy Tomás”.

Capítulo 2: La jetée de madera

A la mañana siguiente, el sol parecía un botón enorme pegado al cielo. Tomás bajó corriendo, con su veleta-luz en el bolsillo y una tostada en la mano.

—Voy a la jetée —anunció.

En su pueblo, todos llamaban “la jetée” a la vieja pasarela de madera que se metía en el mar. Crujía cuando caminabas y olía a sal y a algas. A Tomás le encantaba porque parecía la lengua de un monstruo amable que quería probar el agua.

—Ve, pero con cuidado —dijo su madre—. Y si ves a alguien, saludas.

—Como siempre —respondió Tomás. Paciente, obediente y curioso.

La jetée estaba casi vacía. Solo había gaviotas con cara de enfadadas y un señor pescando que hablaba solo.

—¡Buen día! —saludó Tomás.

El pescador levantó la mano sin mirar.

Tomás caminó hasta el final, donde el mar hacía un sonido de “plop” contra los postes. Se sentó y sacó la veleta-luz.

—Hola, luz verde —dijo en voz baja—. Si estás por ahí, contesta.

Chispa. Apagón. Brillo. Pausa.

Durante un momento no pasó nada. Tomás esperó. Esperó de verdad, sin mover las piernas, como si fueran dos palitos plantados en la madera.

Entonces, desde debajo de la jetée, subió un sonido suave: “bup-bup”.

Y una cosa redonda, del tamaño de un balón, salió del agua sin salpicar. Era como una burbuja transparente con dibujos que se movían por dentro. En su centro brillaba la luz verde.

Tomás abrió mucho los ojos, pero no gritó. Su paciencia le puso una manta tibia en el pecho.

—Hola… —dijo—. ¿Eres un… barquito?

La burbuja hizo: “bup”, como si se riera.

Y de la burbuja salió un pequeño ser, muy pequeño, como un muñeco de peluche. Tenía piel azul clarita, dos ojos grandes color miel y una boca mínima que se movía como una coma.

Llevaba algo parecido a un casco de vidrio y un chaleco con bolsillos.

“To-más” —dijo el ser, separando las sílabas como si probara caramelos.

Tomás se quedó quieto, pero sonrió.

—Sí. Tomás. ¿Y tú?

El ser tocó su chaleco y proyectó una luz que dibujó una palabra en el aire: LUMI.

—¿Lumi? —repitió Tomás.

Lumi aplaudió sin hacer ruido. Luego señaló la veleta-luz de Tomás y dijo:

“Luz… hablar”.

—¡Sí! Habla —respondió Tomás—. Pero… tú también hablas.

Lumi se encogió de hombros, como diciendo: “Un poquito”.

Tomás se rascó la cabeza.

—¿Vienes de… muy lejos?

Lumi señaló el cielo con un dedo fino. Luego hizo un gesto como de abrir una puerta y mostró en el aire un dibujo: una nave como una semilla brillante escondida entre nubes.

—Guau —susurró Tomás—. Eres extraterrestre.

Lumi levantó los brazos como si dijera: “¡Sorpresa!”

Tomás soltó una risita.

—Pues… bienvenido a la jetée crujiente.

La madera crujió justo entonces: “¡crac!” como si quisiera saludar también.

Lumi miró los tablones y los tocó con cuidado.

“Árbol… caminante” —dijo, impresionado.

—Es madera —explicó Tomás—. Viene de árboles. No camina, pero cruje mucho.

Lumi hizo “bup-bup” otra vez. Parecía que se estaba divirtiendo.

Capítulo 3: El problema más pequeño del universo

Lumi sacó de uno de sus bolsillos una cajita con luces. La abrió y dentro había una esfera diminuta que giraba sola.

—¿Eso qué es? —preguntó Tomás.

Lumi frunció un poco la frente, como si buscara una palabra.

“Corazón… burbuja” —dijo al final.

La burbuja transparente, la que flotaba a su lado, parpadeó débilmente.

Tomás entendió, sin necesidad de ser científico: la burbuja estaba cansada.

—¿Se está quedando sin… energía? —aventuró.

Lumi asintió muy rápido. Luego mostró otro dibujo en el aire: unas líneas onduladas saliendo de una luz, y después una cara feliz.

—¿Necesita… luz? —preguntó Tomás.

Lumi dio un saltito. Sí. Era eso.

Tomás miró su veleta-luz. Era pequeña, de pilas, y a veces se apagaba si la apretabas demasiado fuerte.

—La mía no es muy potente —dijo—. Pero puedo intentar.

Lumi señaló el final de la jetée, donde el sol caía directo y el mar reflejaba como un espejo.

Luego señaló la veleta-luz y la cajita, como si propusiera una idea: juntar cosas.

—¿Hacemos un… cargador solar? —dijo Tomás, inventando la palabra como quien inventa un castillo de arena.

Lumi no entendió “solar”, pero entendió “hacer”. Y eso bastaba.

Trabajaron juntos en el suelo de madera. Tomás puso su veleta-luz boca arriba, para que le diera el sol. Lumi colocó su cajita encima, con mucho cuidado, y sacó una tirita metálica que parecía un clip de colores.

—Esto parece un clip de profe —bromeó Tomás.

Lumi miró el clip y, muy serio, dijo:

“Clip… héroe”.

Tomás se echó a reír.

—¡Sí! Un héroe pequeñito.

Esperaron. Tomás, como siempre, fue campeón de esperar. Contó gaviotas, contó olas, contó los crujidos de la jetée. Cada crujido era distinto, como si la madera contara chistes.

—Uno… dos… tres…

Lumi se sentó a su lado. Sus ojos miel miraban el mar con calma. De vez en cuando, Lumi hacía “bup”, como si pensara en voz alta.

Al cabo de un rato, la burbuja transparente brilló con más fuerza. La luz verde se volvió alegre, casi como una risa.

—¡Funcionó! —exclamó Tomás.

Lumi levantó las manos y giró sobre sí mismo, feliz. Luego señaló a Tomás y dijo:

“Pa-cien-te”.

Tomás se tocó el pecho.

—¿Eso significa paciente?

Lumi asintió.

—Mi abuelo dice que la paciencia abre puertas —comentó Tomás—. Parece que también carga burbujas.

Lumi miró el cielo, como si guardara esa frase en un bolsillo.

En ese momento, el pescador del principio se acercó, arrastrando sus botas.

—¿Con quién hablas, chaval? —preguntó.

Tomás se tensó un poquito. No quería problemas. Pero Lumi no se escondió. Solo se colocó detrás de la burbuja, como si fuera una cortina.

Tomás decidió decir la verdad, pero suave, como quien ofrece un vaso de agua.

—Con un amigo —dijo—. Es… diferente.

El pescador miró la burbuja, luego a Tomás, y se rascó la barbilla.

—Pues tu amigo tiene una linterna muy bonita —dijo al final—. Si no hace travesuras, aquí todos caben.

Tomás soltó el aire. Lumi asomó la cabeza y dijo, con su boca-coma:

“Gra-cias”.

El pescador parpadeó, sorprendido, y luego se rió.

—¡Vaya! Hasta habla. Mejor que mi loro, desde luego.

Y se fue, silbando, como si acabara de ver algo raro pero bonito, como un pez con bigote.

Capítulo 4: Un banco tibio para despedirse

Por la tarde, el cielo se volvió naranja, como una naranja de verdad. Tomás y Lumi caminaron despacio de vuelta, dejando atrás la jetée crujiente.

Lumi llevaba su burbuja flotando a su lado, ya bien cargada. Tomás llevaba la veleta-luz en la mano, orgulloso, como si fuera un tesoro.

—¿Te vas hoy? —preguntó Tomás.

Lumi miró el horizonte y asintió despacito. Luego dibujó en el aire una puerta de luz y dos figuras: una azul (él) y una pequeña (Tomás) saludándose.

Tomás tragó saliva, pero sonrió.

—Entonces… vuelve cuando quieras. Aquí hay gaviotas, madera que cruje y gente que aprende.

Lumi tocó su propio pecho y luego tocó el aire frente a Tomás, como si dejara ahí una palabra invisible.

“Res-pe-to” —dijo con esfuerzo, separando las sílabas.

Tomás abrió los ojos.

—¿Eso me lo enseñas tú a mí?

Lumi negó con la cabeza y luego señaló a Tomás, como diciendo: “Tú también”.

Se sentaron en un banco cerca de la playa. El banco estaba tibio por el sol del día, como una tostada grande.

Tomás apoyó las manos y notó el calor.

—Banco tibio —dijo—. El mejor lugar para pensar cosas buenas.

Lumi se sentó a su lado, con las piernas colgando sin tocar el suelo. Miraba el banco como si fuera una máquina increíble.

“Tibio… feliz” —dijo.

Tomás se rió.

—Sí, tibio y feliz. Oye, Lumi… ¿tú tienes miedo de ser diferente?

Lumi frunció un poquito la frente. Luego señaló el mar, que era azul como él, y luego señaló una concha blanca y una piedrita gris.

Después juntó las manos.

Tomás entendió.

—Dices que todo es distinto y que eso está bien.

Lumi asintió con fuerza. Luego sacó el clip-héroe y se lo dio a Tomás.

—¿Para mí? —preguntó Tomás.

Lumi hizo “bup” una vez, solemnemente.

Tomás lo guardó en el bolsillo como si fuera una medalla.

A lo lejos, la burbuja de Lumi empezó a brillar más. Una puerta de luz, muy suave, se abrió sobre la arena, sin ruido, como cuando se abre un libro.

Lumi se levantó del banco tibio.

“A-diós, To-más”.

Tomás levantó su veleta-luz y la encendió y apagó en su código.

Chispa, chispa, brillo: “Vuelve pronto”.

Lumi entendió. Sus ojos miel se curvaron en una sonrisa.

“Pronto” —repitió.

Y dio un paso hacia la luz. Antes de irse del todo, se giró y señaló el banco tibio, luego señaló a Tomás.

Como diciendo: “Recuerda este calor”.

La puerta se cerró con un susurro de aire cálido. El atardecer siguió allí, tranquilo.

Tomás se quedó sentado un momento más, sintiendo el banco tibio bajo las manos y el clip-héroe en el bolsillo.

Miró el mar y susurró:

—En este mundo cabemos todos, incluso los que vienen de más allá.

Y, por si alguien lo escuchaba en alguna parte, encendió una última vez su veleta-luz, paciente y contento, hablando con la noche sin necesidad de gritar.

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El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Veleta-luz
Una luz pequeña que se usa como linterna o para hacer señales por la noche.
Jetée
Una pasarela de madera que se mete en el mar donde la gente camina y pesca.
Crujía
Sonido que hace la madera al moverse o al pisarla, como un crujido fuerte.
Burbuja transparente
Una esfera de aire o líquido que se ve clara y por dentro se puede mirar.
Chaleco
Prenda sin mangas que se pone sobre la ropa, a veces con bolsillos.
Clip
Pequeño objeto de metal que sirve para sujetar o unir cosas.
Tibio
Que tiene un poco de calor, ni frío ni muy caliente, agradable al tocar.
Horizonte
Línea lejana donde el cielo parece encontrarse con el mar o la tierra.
Proyectó
Mostrar una imagen o luz sobre algo para que otras personas la vean.
Pa-cien-te
Manera de dividir la palabra «paciente» para decirla despacio, con calma.

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