Capítulo 1: Tres nuevos compañeros
Me llamo Nico y tengo ocho años. Hoy fue un día de escuela, de esos que empiezan con el olor a tostadas y acaban con migas en los bolsillos.
Cuando llegué al aula, la seño Marta sonreía como si guardara un secreto en la punta de la lengua. A su lado había tres niños… pero no eran exactamente niños. Eran un poquito más bajos que yo, con ojos muy grandes y brillantes, como canicas mojadas. Llevaban sudaderas grises con capucha. Cada uno tenía un broche redondo en el pecho que cambiaba de color, como un semáforo juguetón.
—Clase —dijo la seño—, hoy nos visitan tres estudiantes de intercambio. Se llaman Lila, Brin y Olo.
Los tres levantaron la mano a la vez. Perfectos. Como si tuvieran un hilo invisible que los movía.
Yo me quedé quieto, con la mochila a medio colgar. No me dio miedo. Me dio curiosidad, como cuando abres una caja y no sabes si dentro hay cromos o un calcetín perdido.
Lila me miró y sonrió. Su sonrisa era un poco distinta, como si todavía estuviera practicándola.
—Hola, Nico —dijo, y pronunció mi nombre con cuidado—. Nos… nos gusta tu pelo.
Me toqué el flequillo. Esta mañana me lo peiné con agua, pero se me había levantado igual.
—Gracias —respondí—. A veces mi pelo hace lo que quiere.
Brin soltó una risita breve, como un pitido suave.
—En mi planeta, el pelo no hace eso —dijo—. Allí el pelo… flota.
Olo levantó un dedo.
—Pero es divertido cuando no obedece —añadió, muy serio.
La seño Marta me guiñó un ojo, como diciendo: “Te toca ayudar”.
Nos sentamos juntos. Los tres sacaron cuadernos muy finos, casi como hojas de plástico, y un lápiz que no era lápiz, porque no manchaba: dejaba líneas de luz. A mí me dieron ganas de pedir uno, pero me acordé de lo que dice papá: primero se mira, luego se pregunta, y siempre con respeto.
Durante la primera hora hicimos matemáticas. Yo les expliqué que el cinco y el dos hacen siete y que el siete es un número que cae bien. Olo levantó el broche del pecho y este se puso azul.
—Cuando entiendes algo, tu broche cambia —me explicó—. Azul es “¡lo tengo!”.
—¿Y rojo? —pregunté.
Brin miró a Lila antes de contestar.
—Rojo es “necesito ayuda”. Pero no pasa nada. Pedir ayuda es normal.
Me gustó eso.
En el recreo, el patio estaba lleno de gritos y carreras. Lila se tapó los oídos un segundo y luego los destapó, como probando el volumen del mundo.
—En tu escuela hay muchos sonidos —dijo.
—Sí —contesté—. A veces parece una olla de palomitas.
Ellos no sabían qué era una olla de palomitas, así que se lo expliqué con las manos. Olo miró mis dedos como si fueran una película.
—¿Nos enseñas más cosas de tu día de escuela? —preguntó.
Miré la puerta del patio, la que da al camino de tierra. Más allá, detrás del gimnasio, había una friche… una zona abandonada que antes era un solar y ahora estaba llena de flores salvajes. A mí me gustaba ir allí cuando el conserje abría el paso para limpiar.
Se me ocurrió un plan.
—Después de clase —dije en voz baja— puedo enseñaros un sitio especial. Está lleno de flores y no grita nadie.
Los tres broches se pusieron verdes a la vez.
—Verde es “sí, por favor” —susurró Brin, muy contento.
Capítulo 2: La friche florecida
Al salir, el sol estaba suave, como si también fuera alumno y estuviera cansado. Mi madre se retrasó cinco minutos, así que aproveché. Les dije a Lila, Brin y Olo que me esperaran junto al gimnasio. Yo sabía por dónde entrar: había una valla con un hueco, escondido tras una hiedra.
—No es peligroso —les avisé—. Solo es… desordenado.
—Nos gusta el desorden —dijo Olo, como si fuera una noticia importante.
Nos colamos con cuidado. La friche florecida parecía un mar pequeño de colores: margaritas blancas, amapolas rojas, flores moradas que yo no sabía cómo se llamaban. Había mariposas y abejas trabajando, sin quejarse.
Lila se agachó y tocó una flor con la punta del dedo. Su broche parpadeó amarillo.
—¿Amarillo? —pregunté.
—Amarillo es “nuevo” —respondió—. Nunca vimos flores así.
Brin sacó su cuaderno de luz y dibujó la amapola con líneas brillantes. El dibujo parecía moverse, como si la flor respirara.
—En tu escuela, ¿siempre hacen recreo? —preguntó Brin.
Me senté en una piedra plana.
—Sí. Y hay filas, y hay deberes, y hay una seño que huele a tiza. En la mañana hacemos lectura. Luego mates. Y en plástica usamos pintura. A mí me gusta cuando pintamos porque no hay una sola respuesta.
Olo inclinó la cabeza.
—En nuestro lugar también aprendemos. Pero los pupitres cambian de sitio solos. Así no te aburres.
—En mi clase, los pupitres no se mueven solos —dije—. Si se movieran, seguro que Dani, el de atrás, les pondría ruedas a escondidas.
Lila soltó una carcajada, ya más parecida a una carcajada de verdad.
Les conté cómo suena el timbre, cómo sabe la sopa del comedor, cómo a veces me pongo nervioso cuando tengo que leer en voz alta.
—¿Te tiembla la voz? —preguntó Lila, y su mirada fue suave, como una manta.
—Un poco —admití—. Pero la seño dice que mi voz tiene derecho a existir, aunque tiemble.
Los tres se miraron y, sin ponerse de acuerdo en voz alta, dijeron:
—Eso es respetar.
La palabra se quedó flotando entre nosotros, como polen.
De repente, Olo se levantó de un salto.
—Detecto… algo —dijo.
—¿Qué cosa? —pregunté, y noté un cosquilleo en el estómago, no de miedo, sino de “¿qué será?”.
Olo señaló una zona al fondo, donde las flores eran más altas y el aire parecía vibrar un poquito, como cuando hace calor en la carretera.
—Allí —susurró.
Brin se metió la capucha. Lila me miró.
—No pasa nada —dijo—. Si no quieres, no vamos.
Me gustó que me lo preguntaran. Respiré hondo. Yo quería ir. Pero también quería ser listo.
—Vamos despacio —decidí—. Y si algo no nos gusta, nos damos la vuelta.
Los tres broches se pusieron azules. “¡Lo tengo!” o “de acuerdo”. Casi era lo mismo.
Caminamos entre las flores. Las abejas zumbaban, tranquilas. Y entonces lo vi: un arco metálico medio enterrado, como una puerta sin pared. Era del tamaño de un adulto. Tenía un borde lleno de pequeñas luces apagadas, como ojos durmiendo.
—Eso no estaba aquí ayer —murmuré.
Olo se acercó y extendió la mano, sin tocar.
—Es… un marco —dijo—. Un marco de viaje.
—¿Un portal? —pregunté, porque esa palabra la había oído en un cuento.
Lila asintió despacio.
—Sí, Nico. Pero está dormido.
Y a mí me entraron ganas de despertarlo, como cuando ves un botón rojo que dice “NO PULSAR”. Solo que este no decía nada. Solo estaba ahí, en silencio, esperando.
Capítulo 3: El misterio de las luces dormidas
Nos sentamos en el suelo, alrededor del arco, como si estuviéramos en un picnic raro.
—En mi escuela —les dije, para que el misterio no me comiera la cabeza—, cuando algo no funciona, probamos tres cosas: primero, revisamos. Luego, pedimos ayuda. Y luego… bueno, luego Dani le da un golpe suave.
Brin abrió mucho los ojos.
—¿Golpe… suave?
—Muy suave —aclaré—. Con respeto. A las cosas no se les pega. Solo se les dice: “¿Estás bien?” con la mano.
Lila sonrió.
—Tu planeta es gracioso.
Olo sacó una cosa parecida a una galleta, pero era una placa transparente. La puso cerca del portal. La placa hizo “bip” y mostró puntitos de luz.
—Hay energía muy bajita —explicó Olo—. Como una luciérnaga cansada.
—¿Y si la energía necesita… algo? —pregunté.
—O una palabra —dijo Brin—. Algunas cosas responden a la voz.
Eso me dio un poco de vergüenza, porque a mí a veces me tiembla la voz. Pero recordé lo de la seño: mi voz tiene derecho a existir.
Me acerqué al marco. No lo toqué. Solo me puse frente a él, con las flores moviéndose a mis lados.
—Hola —dije—. Soy Nico. Este es un sitio tranquilo. Si necesitas ayuda, puedes decirlo.
Nada pasó.
Olo levantó su broche rojo un segundo, solo un segundo, como si fuera una señal.
—Necesito ayuda —dijo con calma.
Me hizo gracia y también me dio paz. Si un extraterrestre podía decir eso sin ponerse rojo de verdad, yo también podía.
Brin sacó su lápiz de luz y escribió en el aire, como si el aire fuera pizarra: “BIENVENIDO”. Las letras brillaron y luego se deshicieron en chispitas.
Lila, muy despacio, canturreó una melodía corta. Tres notas, suaves. Parecía el sonido de una cucharita contra un vaso.
Y entonces… una de las luces del borde del portal se encendió. Solo una. Un puntito blanco.
—¡Ha escuchado! —susurré.
Olo tocó el metal con un dedo. Esta vez sí. Su dedo no se quemó ni nada. Solo se oyó un “tic”, como cuando una bicicleta cambia de marcha.
Una segunda luz se encendió. Luego otra.
Yo miré alrededor, por si venía alguien del cole. No quería meter a la seño Marta en un lío. Aquí todo era secreto, pero un secreto bonito.
—¿Es vuestro portal? —pregunté.
Lila negó.
—No. Nosotros llegamos en cápsula, al otro lado del bosque. Este portal es antiguo. Quizá de otros viajeros.
Brin miró las flores con respeto.
—Tal vez eligieron este sitio por la calma.
Olo asintió.
—Las flores no juzgan.
Me gustó esa frase. La guardé como un tesoro.
Las luces seguían encendiéndose, una a una, como si el portal bostezara. Pero no se abrió del todo. En el centro solo se veía aire normal, el mismo aire de siempre, con polen y motas de sol.
—Creo que le falta una pieza —dijo Brin, señalando un hueco pequeño en la base. Un hueco redondo, del tamaño de una moneda grande.
Lila se tocó el broche del pecho.
—Nuestros broches… —murmuró—. Son llaves pequeñas.
Yo abrí la boca.
—¿Vais a… usar uno?
—Si lo usamos —dijo Lila—, puede que el portal se despierte del todo y haga una conexión corta. Solo para mirar. Sin peligro.
—Sin peligro —repitió Olo, como si fuera una promesa.
Yo tragué saliva. Me apetecía ver, pero también me daba respeto. Era como asomarte a una ventana nueva en una casa que siempre fue igual.
—Si no queréis —dije—, no hace falta. La friche ya es bonita sin portal.
Brin me miró con esos ojos enormes.
—Gracias por pensar en nosotros. Eso también es respeto.
Lila respiró hondo. Luego se quitó el broche y lo sostuvo en la palma. El broche brilló verde, luego azul, como si estuviera emocionado.
—Solo un momento —dijo.
Encajó el broche en el hueco.
El portal hizo un sonido pequeño, como un suspiro metálico.
Capítulo 4: La puerta que casi crujió
Las luces del borde se encendieron todas de golpe, pero sin deslumbrar. Más bien parecían luciérnagas educadas. El aire del centro se volvió un poco plateado, como cuando miras una pompa de jabón y ves colores.
Yo di un paso atrás, por si acaso. Lila también. Brin se agarró a mi manga.
—Estoy bien —le dije.
—Yo también —contestó Brin, aunque su voz parecía una gotita.
En el centro apareció una imagen, como una pantalla de agua: un lugar con cielo morado claro y árboles con hojas azules, suaves como plumas. No había monstruos ni nada raro de miedo. Solo un paisaje tranquilo. Un riachuelo. Piedras redondas. Y, al fondo, una casa pequeña con una puerta redonda.
—Es bonito —susurré.
Olo inclinó la cabeza.
—Es un punto de descanso. Un lugar seguro entre caminos.
La casa de la imagen tenía una verja. Y esa verja se movió un poquito. Se abrió apenas. Y se oyó un sonido: un chirrido pequeñísimo, como un columpio viejo, pero más suave. Un portal que cruje apenas.
—¿Has oído? —pregunté.
Lila asintió.
—Nos está diciendo “hola”.
En la imagen, alguien salió de la casa. No se veía del todo, solo una silueta pequeña que levantó la mano. Luego, como si entendiera que nosotros éramos niños, sacó algo y lo puso en el suelo: tres semillas brillantes, cada una de un color distinto.
Yo me quedé quieto. La silueta señaló las semillas, y luego señaló nuestras flores. Era como un juego de “toma y dame” sin palabras.
—Creo que quiere intercambiar —dijo Brin.
—Un regalo —dijo Olo—. Con respeto.
Yo busqué en el suelo una flor bonita. Elegí una margarita que estaba abierta como un sol pequeño. La arranqué con cuidado, pidiendo perdón bajito, como me enseñó mi abuelo.
—Gracias —murmuré a la planta—. Prometo llevarte a un buen sitio.
Lila eligió una amapola caída, ya suelta en la tierra, para no arrancar ninguna. Brin encontró una flor morada que se había desprendido sola.
Nos acercamos al portal y, sin meter la mano, dejamos las flores en una piedra, justo delante del arco. El aire plateado hizo una ondita, como si sonriera. Las flores desaparecieron suavemente, sin tirones.
Y, al instante, las tres semillas aparecieron en nuestra piedra, aquí, en la friche, como si siempre hubieran estado.
—¡Funciona! —dije, y me salió una risa.
Lila tomó una semilla verde. Brin, una azul. Olo, una roja. Me ofrecieron la verde a mí.
—No —dije, levantando las manos—. Son vuestras.
—Compartir también es respeto —dijo Lila—. Y tú nos compartiste tu día de escuela.
Acepté la semilla verde. Era tibia, como si llevara sol dentro.
El portal, como si ya hubiera hecho su saludo, empezó a apagarse. Las luces bajaron de brillo poco a poco. El aire plateado se volvió aire normal. La imagen del cielo morado se deshizo como un dibujo en agua.
Antes de dormirse del todo, el arco soltó un último sonido: un crujidito apenas, como la verja de la casa lejana.
—Se está despidiendo —susurró Brin.
Lila sacó su broche del hueco y se lo puso otra vez. El portal quedó quieto, apagado, como un aro viejo en medio de las flores.
Yo guardé la semilla en mi bolsillo, con mucho cuidado.
—Mañana en la escuela —les dije— os enseño cómo hacemos un mural en clase. Podemos dibujar vuestro cielo morado. Y también podemos plantar estas semillas… si encontramos una maceta.
Olo se iluminó.
—¿En el aula?
—Sí —dije—. Pero primero preguntamos a la seño Marta. En mi escuela, las cosas se hacen hablando.
Lila me miró con esa sonrisa ya casi perfecta.
—Tu planeta nos está enseñando a ser valientes de una forma tranquila.
Caminamos de vuelta a la valla. El sol se escondía detrás del gimnasio y las flores seguían moviéndose, como si aplaudieran en silencio.
Cuando salimos, mi madre ya estaba esperándome a lo lejos. Yo levanté la mano para saludarla.
—¿Todo bien, Nico? —me gritó.
Miré a Lila, Brin y Olo. Sus broches brillaron azul, como diciendo: “Sí. Todo bien”.
—¡Todo genial! —contesté.
Y mientras me iba, sentí la semilla en el bolsillo, cálida y tranquila, y me pareció oír, desde la friche, el último crujido apenas de una puerta que sabe guardar secretos buenos.