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Cuento sobre la ecología 9/10 años Lectura 14 min.

El árbol de las promesas verdes

Ariadna, una niña curiosa, descubre que el gran olmo del parque corre peligro y decide movilizarse recogiendo basura y proponiendo ideas para involucrar al vecindario. Con creatividad y trabajo en equipo intenta proteger el árbol y cambiar los hábitos del barrio.

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Niña de 10 años, rostro redondo y pecas, cabello castaño en dos trenzas, expresión orgullosa y ojos brillantes, sostiene una hoja de papel reciclado con una promesa y echa un poco de tierra sobre un joven árbol; a la izquierda Leo, también de 10 años, pelo negro corto y sonrisa traviesa, lleva una guirnalda de telas; Bruno, niño de 10 años de pelo rubio despeinado, limpia sus manos en el pantalón tras ayudar a cavar junto al hueco; un jardinero de unos 45 años con pantalón de trabajo y chaleco verde, manos con tierra, muestra cómo plantar y sostiene una regadera; la madre, mujer de 35 años con vestido sencillo, mano en el hombro de la niña y sonrisa tierna, observa de fondo; lugar: pequeña plaza empedrada con bancos, contenedores de reciclaje coloridos, carteles hechos a mano, guirnaldas y piedras pintadas alrededor del árbol; situación: ceremonia comunitaria de plantación al crepúsculo, ambiente cálido y ordenado, colores pastel y luces doradas del atardecer, hojas movidas por el viento y adornos reciclados visibles. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La nota en el tablón

Ariadna tenía diez años y caminaba como si el mundo fuera su barrio: con paso seguro y ojos curiosos. Esa tarde, al salir del colegio, el aire olía a pan tostado de la panadería y a hierba recién regada del parque.

En la entrada del centro cívico había un tablón lleno de papeles. Uno, escrito con rotulador verde, le llamó la atención: “Reunión vecinal. Jardín de la plaza. Tema: el gran árbol”.

—¿El gran árbol? —murmuró Ariadna, imaginándose al viejo olmo que vivía al lado de los columpios, como un abuelo que se sabía todos los secretos.

En casa, mientras se lavaba las manos, se lo contó a su madre.

—¿Vas a ir? —preguntó ella, sonriendo.

—Claro. Si hablan del olmo, yo también tengo cosas que decir —respondió Ariadna, muy seria… aunque una gota de espuma le colgaba de la muñeca como una pulsera.

Por la tarde bajó a la plaza con su mochila pequeña. El olmo estaba allí, enorme, con las ramas como brazos largos. A Ariadna le gustaba apoyarse en su tronco y escuchar el sonido del viento entre las hojas: parecía un susurro de “sigue, sigue”.

Alrededor se juntó gente: vecinos, una señora con un perro que bostezaba, el jardinero municipal y un hombre con chaleco reflectante. El hombre habló primero:

—El árbol está enfermo y es peligroso. Se propone talarlo la semana que viene.

Ariadna sintió un pinchazo en el pecho, como cuando se te cae el helado al suelo.

—¿Seguro que no hay otra idea? —preguntó, levantando la mano sin dudar.

Algunas cabezas se giraron hacia ella. El jardinero carraspeó.

—Estamos mirando opciones, pero necesitamos soluciones reales. No solo deseos.

Ariadna apretó los labios. “Soluciones reales”, pensó. Ella era buena imaginando cosas, pero también podía hacer planes. Miró el suelo: había envoltorios, una botella de plástico, una cáscara de plátano.

Y se le ocurrió que quizá el problema no era solo el árbol. Era también lo que la gente dejaba a su alrededor.

Capítulo 2: La patrulla de las tres bolsas

Al día siguiente, Ariadna fue al parque con su amiga Leo, que se llamaba Leonor pero prefería “Leo” porque sonaba a aventura.

—Van a cortar el olmo —dijo Ariadna de golpe, como quien lanza una pelota para que no se le caiga la valentía.

Leo abrió los ojos.

—¿El de los columpios? ¡Pero si parece que aguanta hasta una lluvia de meteoritos!

—Dicen que está enfermo. Pero… yo quiero ayudar. Y creo que podemos empezar por lo que está cerca de él.

Ariadna sacó tres bolsas de casa: una amarilla, una azul y una verde. Las había pintado con caritas para que dieran menos pereza. La amarilla tenía una sonrisa grande, la azul una nariz de nube, la verde una ceja levantada, como diciendo: “¿Vas a tirar eso aquí o qué?”.

—¿Qué es esto? —preguntó Leo, riéndose.

—La patrulla de las tres bolsas. Vamos a limpiar y, de paso, aprender a separar.

Se pusieron guantes. El sol estaba tibio y el aire traía olor a tierra húmeda. El parque no era una selva, pero Ariadna lo miraba como si fuera un lugar importante. Porque lo era.

—A ver —dijo Ariadna—. Plástico y latas al amarillo. Papel al azul. Y orgánico… —levantó la bolsa verde— aquí.

Leo sostuvo una caja de zumo vacía.

—¿Esto qué es? Parece cartón, pero tiene como… brillo.

Ariadna la examinó como detective.

—Es un envase. Va al amarillo.

—¡Ajá! —Leo la lanzó a la bolsa amarilla con un “¡canasta!” que hizo que un señor se girara y sonriera.

Encontraron papelitos, botellas, un montón de servilletas, incluso un juguete roto.

—Esto no sé dónde va —dijo Leo, mirando el juguete como si fuera un extraterrestre.

—Si está roto y no es envase… mejor lo guardamos y preguntamos en casa. No todo se tira igual —contestó Ariadna, orgullosa de decir una frase útil.

Al terminar, alrededor del olmo se veía el suelo más limpio. Las raíces, que antes parecían escondidas bajo una alfombra de basura, respiraban.

Ariadna apoyó la mano en el tronco.

—No sé si esto te cura —susurró—, pero al menos te dejamos tranquilo.

Una hoja cayó y le rozó la nariz. Ariadna estornudó.

—¡Salud! —dijo Leo.

Y por un momento, hasta el parque pareció reír.

Capítulo 3: El secreto de la papelera equivocada

Esa noche, Ariadna se quedó pensando. Se había sentido bien limpiando, pero “soluciones reales” seguía sonando como un reto gigante.

Al día siguiente llevó al colegio un cartel que había dibujado con colores: tres cubos con ojos y una frase grande: “Cada cosa, a su sitio. ¡Tu basura no tiene superpoderes para desaparecer!”

En el recreo lo enseñó a su tutor, el profesor Marcos.

—Me gusta —dijo él—. ¿Quieres contarlo en clase?

Ariadna se plantó delante de sus compañeros con la seguridad de quien ha practicado frente al espejo del baño.

—No hace falta ser perfecto —empezó—. Solo hace falta intentarlo. Si tiras una botella en el cubo azul, el papel se enfada.

—¿El papel se enfada? —preguntó Bruno, el graciosillo, levantando una ceja.

—Sí, porque se moja y no puede reciclarse bien. Y entonces… —Ariadna abrió los brazos— ¡es como mezclar calcetines limpios con los de deporte después de educación física!

La clase soltó un “¡uuuh!” de asco divertido.

—Vale, vale, ya entiendo —dijo Bruno, tapándose la nariz con la camiseta.

El profesor Marcos aprovechó.

—Ariadna tiene razón. Separar bien ayuda a que se reciclen más cosas. Y también evita que se ensucien otras.

Ariadna propuso un juego: “Detectives del recreo”. Durante una semana, cada grupo se encargaría de vigilar que los residuos fueran al cubo correcto. No para regañar, sino para ayudar.

—Si alguien se equivoca, le decimos: “¿Te ayudo?” —explicó ella—. Sin broncas. Como cuando te equivocas en una suma.

A la salida, el profesor Marcos la detuvo.

—He oído lo del olmo. La asociación del barrio buscará ideas. ¿Te animas a hablar?

Ariadna tragó saliva. Le daba un poquito de miedo hablar ante adultos, porque a veces parecían tener prisa dentro de la cara. Pero también sintió algo más fuerte: ganas.

—Sí —dijo—. Tengo una idea. Y puede ser creativa.

Capítulo 4: El plan de las hojas y los nombres

El día de la reunión, el cielo estaba azul claro, como una camiseta recién estrenada. Ariadna llevó una carpeta con dibujos, una bolsita con semillas (por si acaso) y una calma que se había fabricado respirando hondo en el ascensor.

En la plaza, el olmo parecía escuchar. Unas cintas rojas marcaban el área cercana al tronco, como si el árbol estuviera “en reposo”.

Cuando llegó su turno, Ariadna se puso de puntillas para que la vieran bien.

—Yo sé que el olmo está enfermo —empezó—. Pero también sé que el parque puede cuidarse mejor. Y si cuidamos el parque, cuidamos a los árboles de ahora y a los que vendrán.

Mostró su dibujo: tres cubos de colores con flechas.

—Estamos aprendiendo a separar residuos en el colegio. Y con mi amiga Leo hicimos limpieza cerca del árbol. Propongo algo: que pongamos cubos bien señalados en la plaza, y un cartel hecho por los niños, para que todo el mundo lo entienda.

Una señora asintió.

—¿Y eso salva al olmo? —preguntó el hombre del chaleco, sin enfadarse, pero con voz de “demuéstramelo”.

Ariadna no se encogió. Tenía el plan completo.

—Quizá al olmo ya no se le puede ayudar tanto. Pero podemos hacer que lo que pase con él sea una oportunidad. Si hay que cortarlo por seguridad, plantemos otro. Y que no sea solo “poner un árbol y ya”. Hagamos una ceremonia. Que cada familia traiga algo reutilizado para decorar: cintas de tela vieja, tapones, cartón… y que escribamos promesas en hojas de papel reciclado.

El jardinero municipal, que había estado callado, levantó la vista.

—Lo de reutilizar para decorar me gusta —dijo—. Y lo de plantar, también. Podemos buscar una especie adecuada.

—Además —añadió Ariadna—, podemos hacer una “ruta de las hojas”: cada vez que alguien tire algo bien, pone una pegatina de hoja en un panel. Cuando el panel se llene, hacemos un picnic sin plásticos de un solo uso.

Hubo murmullos de aprobación. A Ariadna se le calentaron las mejillas, pero esta vez era de alegría.

—Yo puedo dibujar las señales —dijo Leo, que había venido con ella y levantó la mano como si estuvieran en clase—. Y también puedo vigilar que Bruno no tire el bocadillo entero al orgánico.

—¡Eh! —protestó Bruno desde el fondo; también había ido, porque a veces el graciosillo se volvía valiente cuando algo importaba—. Yo solo lo tiré una vez. Y era porque estaba… científicamente incomible.

La gente se rió. El ambiente se hizo más ligero, como cuando abres una ventana.

Al final, acordaron dos cosas: mejorar el reciclaje en la plaza y organizar, pasara lo que pasara con el olmo, una plantación comunitaria.

Ariadna miró al árbol. El viento movió las hojas con un sonido suave. Ella imaginó que el olmo decía: “Buen trabajo, pequeña jefa del planeta”.

Capítulo 5: La ceremonia del árbol nuevo

La semana siguiente, el olmo fue podado con cuidado. No todo se pudo salvar, pero el jardinero explicó que aprovecharían parte de la madera para hacer un banco.

—Así seguirá aquí, de otra forma —le dijo a Ariadna.

Y llegó el sábado de la ceremonia. En el centro de la plaza había un hoyo preparado y un arbolito joven, con hojas pequeñas y brillantes. Olía a tierra fresca, como cuando abres una maceta.

Los vecinos se reunieron con cosas hechas en casa: una guirnalda de retales de camisetas, flores de cartón, móviles de tapones que tintineaban con el viento. Parecía una fiesta tranquila, sin ruido fuerte, como una canción bajita antes de dormir.

Ariadna repartió “hojas-promesa” recortadas de papel reciclado. Cada una tenía una vena dibujada en el centro.

—Escribe un gesto simple que puedas hacer —explicó—. Algo real.

Leo escribió: “Traer mi botella reutilizable”. Bruno, con cara concentrada, escribió: “No dejar envoltorios en el suelo (aunque sean pequeñitos)”. La señora del perro escribió: “Separar en casa sin prisas”. El profesor Marcos escribió: “Enseñar a otros con paciencia”.

Ariadna pensó un momento. Luego escribió: “Crear ideas para cuidar lo que quiero”.

Cuando llegó el momento de plantar, el jardinero enseñó cómo sujetar el árbol recto y cubrir las raíces sin apretar demasiado.

—La tierra es como una manta —dijo—. Debe abrigar, no ahogar.

Ariadna echó un puñado de tierra. Sintió los granitos fríos en la palma y el olor a vida escondida. Leo echó otro. Después Bruno, que se limpió las manos en el pantalón y dijo:

—Vale, esto es más emocionante de lo que parece.

Cuando terminaron, colocaron alrededor del arbolito un círculo de piedras pintadas. En cada piedra, un dibujo: una hoja, una nube, una gota de agua, una bicicleta. Ariadna pintó una con tres cubos sonrientes.

Luego colgaron las hojas-promesa en una cuerda atada a dos postes, como si el aire pudiera leerlas.

El sol se estaba yendo, dejando el cielo naranja suave. Ariadna se acercó al arbolito y lo miró con cariño.

—No eres el olmo —susurró—, pero puedes ser tú. Y te vamos a cuidar.

Su madre le puso una mano en el hombro.

—Estoy orgullosa —dijo.

Ariadna respiró hondo. No había salvado todo. Pero había hecho algo verdadero: una idea, un plan, un grupo que se movía. Y eso, pensó, era como plantar también dentro de la gente.

Cuando volvía a casa, el viento movió las hojas del árbol nuevo con un sonido finito, alegre, como una risa pequeña. Ariadna imaginó que el parque, por fin, aprendía un hábito: cada cosa en su sitio, cada gesto cuenta, y la creatividad puede convertirse en cuidado.

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Tablón
Tablero donde se ponen anuncios y papeles del barrio o escuela.
Rotulador verde
Bolígrafo grueso con tinta verde para escribir o dibujar grande.
Centro cívico
Lugar donde se reúnen los vecinos para actividades y reuniones.
Chaleco reflectante
Prenda que brilla con luz para que se vea a quien lo lleva.
Talado
Acción de cortar un árbol para quitarlo del lugar.
Podado
Cortar ramas de un árbol para cuidarlo o arreglarlo.
Raíces
Partes del árbol que están bajo tierra y lo sujetan y alimentan.
Envase
Recipiente que guarda comida o bebida, como una caja o botella.
Reciclarse
Proceso para convertir materiales usados en cosas nuevas.
Reutilizar
Usar otra vez un objeto para evitar tirar y contaminar.
Plantación comunitaria
Acción de plantar árboles hecha por varias personas del barrio.

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