Capítulo 1: El conejo y la luz curiosa
Había una vez un conejo llamado Copi que vivía en una colina cubierta de flores azules. Copi era pequeño, con las orejas larguísimas y una pata muy saltarina. Le gustaba mirar el cielo desde su jardín y contar estrellas hasta que se dormía. Una noche, mientras la luna jugaba a las escondidas entre las nubes, Copi vio una luz que nunca había visto antes. No era una estrella, ni una luciérnaga; era una bolita plateada que flotaba suave como una pompa de jabón.
Copi se acercó con cuidado. La bolita emitía un zumbido suave y, al tocarla, soltó un sonido que parecía una melodía de campanitas. De la bolita salió una puerta diminuta y, detrás, se asomó una criatura con ojos grandes como lunas y tentáculos que se movían con ritmo de guitarra. Tenía un color verde limón que brillaba un poco, y en la cabeza llevaba una antena que parpadeaba.
"Hola", dijo Copi con voz tímida y alegre. El extraterrestre miró, inclinó la cabeza y produjo un sonido: "Brrp-oo". Luego probó a decir algo que sonó como "glim". Copi sonrió. No entendía las palabras del visitante, pero su corazón supo que no venía a hacer daño. Era solo un ser perdido y curioso.
Copi recordó el pequeño objeto que siempre llevaba: una pulsera de cuentas que su abuela le había hecho. No era una pulsera común; en cada cuenta había una pintita de luz que cambiaba de color cuando alguien se acercaba con cariño. Copi la colgó en su pata delantera y la pulsera se iluminó en verde suave. Era un sensor de proximidad cariñoso: avisaba cuando alguien quería ser amigo.
Capítulo 2: Aprender a decir "hola"
Copi y el extraterrestre se miraron con ojos brillantes. El visitante metió un tentáculo en su boca luminosa y emitió otra serie de sonidos. Copi aplaudió con sus patas y repitió: "¡Hola!" Lo dijo despacio, como si fuera una palabra nueva que quería bailar. El extraterrestre escuchó, inclinó la antena y dijo algo parecido a "Ho-lá", arrastrando las sílabas como quien prueba una melodía.
"¡Casi!" exclamó Copi y saltó contento. "Di así: ho-la. Ho — la." El alien bostezó una risita que sonó a cascabel y lo intentó de nuevo. "Ho—la." Esta vez la palabra se pareció más. La pulsera se puso en color amarillo cálido, como si aplaudiera también.
El extraterrestre mostró un dibujo en su piel: era un símbolo de tres puntos que se iluminaban. Copi dibujó una flor con la pata en el polvo. Poco a poco, ambos inventaron gestos. Copi enseñó a saludar moviendo la patita; el visitante puso un tentáculo en el pecho y movió la antena. Juntos, repitieron "¡Hola!" hasta que las estrellas escucharon y la luna se rió.
"No todos hablamos igual", dijo Copi, frotándose la nariz. "Pero podemos aprender. Yo te enseño 'hola' y tú me enseñas tus canciones." El alien asintió, lanzó un brillo de colores y sus campanitas internas sonaron como una risa. Aprender juntos les hizo sentir menos solos.
Capítulo 3: El descubrimiento del sensor suave
Al día siguiente, el extraterrestre mostró algo nuevo: un disco pequeño que colgaba de su nave. El disco vibraba con música y proyectaba una luz que parecía lluvia de colores. Copi tocó el disco y sintió una cosquillita en la nariz. "¿Qué es eso?" preguntó con ojos muy abiertos.
"Es un detector de cercanía suave", explicó el alien señalando las cuentas de la pulsera. "Siente cuándo alguien llega con ternura." Copi entendió y sonrió. Juntos colocaron el disco en la rama de un árbol para ver qué haría. Cada vez que un pajarito se acercaba, la luz cambiaba a azul claro y sonaba un tintineo dulce. Cuando una ardilla se acercó, salió un acorde risueño.
La pulsera de Copi y el disco del visitante trabajaron juntos como un equipo de música. De pronto, la colina se llenó de criaturas curiosas: un topo que llevaba gafas pequeñas, un ratón con mochila y una tortuga que se movía despacio pero sonreía mucho. Todos llegaron porque la luz invitaba. Ninguno tenía miedo. La música del disco decía: "Se puede venir despacio, no pasa nada."
En una esquina, el extraterrestre enseñó a Copi a pulsar un botón que hacía que el disco liberara semillas de luz. Las semillas flotaron y al tocar el suelo se convirtieron en pequeñas flores que olían a manzana. "¡Qué maravilla!" gritó Copi. Él aprendía ciencia y el alien aprendía a cuidar las plantas. Aprendían a entenderse sin apurarse.
Capítulo 4: Despedida desde el hublot
Llegó la hora en que la bolita plateada debía volver a su cielo. El extraterrestre puso la mano en el corazón y Copi le dio un abrazo suave con su patita. La antena del visitante brilló con colores lentos, como si mirara recuerdos. Antes de subir a su nave, el alien realizó un último gesto: enseñó a Copi una nota que brillaba en su pecho. Era una palabra suya, que Copi recitó con ternura.
"Ho — la," dijo Copi de nuevo. El alien lo repitió y esta vez la voz fue un canto: "¡Hola, amigos!" La pulsera se iluminó en arcoíris. Todos los animales de la colina se reunieron alrededor para decir adiós y agradecimiento. La tortuga ofreció una hoja como regalo, el topo contó un chiste que hizo reír a todos y la ardilla tocó una campanita.
La nave se abrió y el visitante levantó su disco-detector. "Volaré a mi casa, pero volveré a buscar flores de manzana", dijo, más o menos. Copi saltó y dijo: "Te enseñaré más canciones. Y cuando vuelvas, te daré una comida de zanahorias." El extraterrestre inclinó la antena en señal de promesa.
Subió a la bolita, las puertas se cerraron despacio y las luces se encendieron. La música del disco sonó una última melodía que decía: hasta luego, no adiós. Copi trepó una roca para ver mejor la partida. El hublot de la nave se iluminó y en él apareció la cara grande y amable del extraterrestre, como un sol en miniatura.
Desde el hublot, el conejo y su amigo extraterrestre saludaron: "¡Hola!"