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Cuento de superhéroes cómico 7/8 años Lectura 18 min.

Capitán Chapuzón y el paraguas de confeti pegajoso

Capitán Chapuzón, un héroe amateur con un paraguas inventado, se une a un club de héroes imperfectos y vive una aventura colorida y sorprendente cuando un enorme globo se suelta en la ciudad.

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Hombre adulto Capitán Chapuzón, rostro redondo y sonriente pero algo avergonzado, mirada decidida, traje azul parcheado gastado, pelo alborotado, confeti adhesivo en chaqueta y botas, sostiene un gran paraguas abierto con confeti y flota ligeramente mientras tira de una cuerda; hombre adulto Don Relámpago Suave, unos treinta años, traje amarillo vivo con dibujo de una gran sonrisa en el pecho, manos alzadas alentando, de pie a la izquierda cerca de voluntarios; mujer adulta Señora Cinta Adhesiva, unos 40 años, cabello recogido, delantal y un gran rollo de cinta adhesiva, en una pequeña escalera lista para pegar la cuerda; niño de unos 7 años, pelo castaño corto, sostiene una pequeña pancarta y mira maravillado en primer plano; lugar: avenida de ciudad colorida con fachadas suaves, banderolas promocionales, muchedumbre alegre y un centro comercial con cartel “NubeNorte” al fondo; situación: un enorme globo publicitario en forma de pato amarillo se eleva lentamente, la cuerda está pegada al paraguas por confeti adhesivo y Chapuzón es remolcado hacia el globo mientras el equipo intenta asegurar la cuerda; ambiente: colores pastel vivos, trazos y contornos suaves, confeti multicolor suspendido, expresiones exageradas y luz suave de final de la tarde. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Un paraguas con ganas de fama

En la ciudad de Brillópolis, donde los edificios tenían tantas ventanas que parecían ojos curiosos, vivía un superhéroe adulto llamado Capitán Chapuzón. No era el más elegante ni el más serio, pero sí el más empeñado en intentarlo.

Su traje era azul… más o menos. En realidad, era azul con parches de otros azules, porque una vez lo lavó con una toalla nueva y quedó “azul sorpresa”. En el pecho llevaba un símbolo que él mismo había dibujado: un paraguas con capa. Lo había hecho en el espejo, con un rotulador permanente. Luego descubrió que “permanente” quería decir exactamente eso.

Ese día tenía una misión importante: probar su invento nuevo, el Boum-Paraguas Escudo, también conocido como el “BPE” o, como lo llamó su vecino, “ese paraguas que te va a dar problemas”.

El BPE parecía un paraguas normal, pero tenía un botón rojo, un botón verde y un botón… que nadie sabía para qué era porque estaba tapado con una pegatina de un gatito. Capitán Chapuzón decía que era para darle “misterio”.

En la plaza principal, la gente paseaba tranquila: un señor paseaba a su perro que paseaba al señor, una niña comía helado de fresa con cara de científica, y un repartidor de pizzas iba tan rápido que parecía una pizza con piernas.

Capitán Chapuzón miró al cielo. Una nube pequeña pasó, como si estuviera de visita.

“Hoy es el día”, dijo, con voz de superhéroe que en realidad sonó un poco como voz de alguien buscando las llaves.

Apretó el botón rojo.

El paraguas se abrió con un ¡POM! tan fuerte que un par de palomas se asustaron y se fueron a comentar la noticia a otra plaza. El paraguas creció y creció hasta que parecía una sombrilla de playa gigante. Un señor pensó que había llegado el verano de golpe y se quitó la chaqueta.

Capitán Chapuzón se puso debajo, orgulloso.

Entonces apretó el botón verde.

El paraguas, en vez de volverse escudo, empezó a soplar aire hacia abajo. No un airecito suave, no. Un aire como el de un secador de pelo enfadado. Capitán Chapuzón comenzó a flotar, primero un poquito, luego como un globo que ha comido demasiadas lentejas.

“¡Uy!”, dijo.

Subió medio metro. Luego un metro. Luego dos. La gente lo miró con cara de “¿Esto es un espectáculo?” y algunos aplaudieron, porque en Brillópolis se aplaudía casi todo.

Capitán Chapuzón intentó mantener la pose heroica, pero era difícil cuando uno está moviendo las piernas como si estuviera bailando “la bicicleta”.

“Tranquilos, lo tengo controlado”, gritó.

En ese mismo instante, una ráfaga lo empujó suavemente hacia la calle de las tiendas, donde había un cartel enorme que decía: “OFERTA: calcetines que no se pierden (si no los pierdes)”.

El paraguas lo llevó como si fuese un barquito. Capitán Chapuzón pasó por encima de una fuente y el agua le salpicó la nariz. Por eso lo llamaban Chapuzón: incluso cuando no quería, terminaba mojado.

Al final, el aire dejó de soplar y él bajó con mucho cuidado… demasiado cuidado. Tanto cuidado que tardó diez segundos en bajar diez centímetros, como un caracol haciendo paracaidismo.

Aterrizó justo delante de una puerta con un letrero brillante: “LOCAL DE HÉROES AMATEURS: se entra por buena voluntad”.

Capitán Chapuzón se quedó quieto. El paraguas, todavía abierto, lo cubría como una tienda de campaña.

“Bueno”, murmuró. “No era mi plan… pero suena a destino.”

Empujó la puerta con el mango del paraguas. La puerta se abrió con un “ding” alegre, como si un timbre estuviera contando un chiste.

Capítulo 2: El club donde todo es “más o menos”

Dentro del local había un olor a cacao, a pintura y a pegamento con purpurina. Las paredes estaban llenas de pósters hechos a mano: “HÉROE DEL MES (si alguien se acuerda)”, “NO DEJAR CAPAS EN EL MICROONDAS” y “REUNIÓN: jueves o cuando podamos”.

Un grupo de personas miró al recién llegado. Había una mujer con casco de bicicleta y capa rosa, un chico con guantes enormes de cocina, y un señor mayor con una lupa gigante colgada al cuello como si fuera un colgante elegante.

En una esquina, una máquina de café hacía ruidos como si estuviera entrenando para ser dragón, pero un dragón amable.

Una chica con una diadema de estrellas se acercó y sonrió.

“Bienvenido. ¿Eres… nuevo?”

“Soy Capitán Chapuzón”, dijo él, intentando doblar el paraguas. El paraguas no quiso. Se quedó abierto, muy digno, como diciendo: “Yo no me doblo ante nadie”.

La chica lo miró de arriba abajo, y luego miró el paraguas gigante.

“¿Eso es tu escudo?”

“Eh… sí. Bueno. Está en fase de… personalidad.”

Del fondo del local salió una voz grave, como de presentador de televisión.

“¡Un paraguas escudo! ¡Eso sí que es original!”

Apareció el líder del local: Don Relámpago Suave. Tenía un traje amarillo con una gran sonrisa dibujada en el pecho. Su poder, según decía, era “animar sin parar”. Y lo hacía. Incluso cuando nadie se lo pedía.

Don Relámpago Suave le estrechó la mano a Capitán Chapuzón con energía. Tanto que el brazo de Chapuzón hizo “flop” como una manguera.

“Nos encantan los héroes con inventos raros”, dijo Don Relámpago Suave. “Aquí todos somos amateurs. Eso quiere decir que aprendemos, metemos la pata y nos reímos… y luego volvemos a intentarlo.”

Capitán Chapuzón se sintió cómodo enseguida. Era como estar en un sitio donde nadie se asustaba si tu cinturón de herramientas era en realidad un estuche de lápices.

Le ofrecieron una galleta con forma de rayo. Tenía chispas de chocolate y una esquina mordida, como si el rayo hubiera pasado hambre.

Mientras comía, escuchó los nombres de los demás: Súper Cuchara (podía remover cualquier cosa sin cansarse), Señora Cinta Adhesiva (todo lo arreglaba con cinta, incluso los problemas de ánimo), y Detective Lupa (encontraba objetos perdidos… pero luego se le perdía la lupa).

Capitán Chapuzón se rió. Pero justo cuando se estaba acomodando, el paraguas hizo un sonido raro: “piii-piii-piii”.

La pegatina del gatito empezó a despegarse sola, como si el paraguas estuviera sudando.

“¿Qué pasa ahora?”, susurró Chapuzón, acercando la oreja al mango.

El paraguas respondió con un “¡PLOP!” y el botón misterioso quedó al descubierto: era morado y tenía dibujado un confeti.

“Eso no estaba en el manual”, dijo Chapuzón.

Don Relámpago Suave levantó una ceja.

“¿Manual? Aquí los manuales suelen desaparecer. Igual se fueron con los calcetines.”

Capitán Chapuzón tragó saliva, pero no de miedo; de nervios cómicos, como cuando vas a contar un chiste y se te olvida el final.

“Solo voy a… probarlo un poquito”, dijo.

“Con calma”, aconsejó Señora Cinta Adhesiva, ofreciéndole un rollo de cinta como si fuera una manta de seguridad.

Capitán Chapuzón apretó el botón morado.

Al instante, el paraguas estalló en una nube de confeti… que no se quedó flotando. El confeti empezó a pegarse a todo: al pelo, a la ropa, a las paredes, a la galleta de Don Relámpago Suave. Era confeti adhesivo.

“¡Ahora somos brillantes!”, gritó Súper Cuchara, feliz, porque llevaba años queriendo brillar de forma oficial.

Detective Lupa intentó quitarse un papelito de la nariz y se quedó con tres más pegados en la mano.

Capitán Chapuzón se miró las botas: parecían dos tartas de colores.

“Lo siento”, dijo, y su voz sonó sincera y graciosa a la vez, porque al decirlo estornudó confeti.

“¡Achís-feti!”

Todos se rieron. Nadie se enfadó. En aquel local, equivocarse era casi un deporte.

Don Relámpago Suave aplaudió.

“Esto es un entrenamiento perfecto”, anunció. “En Brillópolis siempre pasa algo inesperado. Y hoy el inesperado… viene con colores.”

Capítulo 3: La amenaza del globo de la gran inauguración

Justo entonces, se oyó un ruido desde la calle: música, altavoces y una voz que decía: “¡Atención, atención! ¡Hoy inauguramos el Centro Comercial NubeNorte! ¡Con el globo más grande de la ciudad!”

Todos se acercaron a la ventana. Afuera, en la avenida, un globo enorme con forma de patito estaba atado con cuerdas. Era tan grande que parecía que el cielo se había puesto un disfraz. La gente sacaba fotos y un presentador saltaba como si tuviera muelles.

De repente, una cuerda se soltó.

No fue una cuerda malvada ni nada así. Simplemente, alguien había hecho un nudo que parecía un nudo… pero era un “casi nudo”. Un nudo amateur.

El patito-globo empezó a elevarse despacito. El presentador dejó de saltar y empezó a hacer una cara de “esto no estaba ensayado”.

El globo no daba miedo; era lento y torpe, como un pato soñoliento. Pero si se iba, se perdería el patito más grande de Brillópolis, y eso sería una pena enorme y un gasto enorme, y además la gente ya le había puesto nombre: Pati-Luis.

Don Relámpago Suave se giró hacia el equipo.

“¡Héroes amateurs! ¡Hora de ayudar! Sin correr, sin empujar, y con mucha risa, que eso también salva el día.”

Capitán Chapuzón levantó el paraguas, que seguía grande y ahora decorado con confeti pegajoso.

“Yo puedo… intentar engancharlo”, dijo.

“Perfecto”, respondió Señora Cinta Adhesiva. “Y si falla, lo arreglamos con cinta. Y si la cinta falla… ponemos más cinta.”

Salieron a la calle como una comparsa de carnaval: capas, guantes de cocina, lupa gigante y un paraguas con confeti.

El globo patito subía y subía, lento, como si estuviera pensando si merecía la pena irse.

Capitán Chapuzón apretó el botón verde para volar un poco, pero esta vez lo hizo con cuidado. Subió solo un metro. Luego otro.

“Estoy flotando con dignidad”, murmuró, aunque sus piernas volvieron a hacer el baile de la bicicleta.

Se acercó al globo. La cuerda colgaba, moviéndose como una cola.

Capitán Chapuzón extendió el paraguas como escudo para empujar suavemente la cuerda hacia él. Pero el confeti adhesivo hizo “clac” y la cuerda se pegó al paraguas.

“¡Ajá!”, dijo Chapuzón, contento. “¡Funciona!”

En ese momento, el paraguas decidió ser demasiado útil. La cuerda se pegó tan bien que, al tirar, Chapuzón tiró del globo… y el globo tiró de Chapuzón. Era como un juego de “tira y afloja” entre un hombre y un pato gigante.

Desde abajo, Súper Cuchara gritó: “¡No te lo tomes a mal, pero estás siendo remolcado por un patito!”

Capitán Chapuzón intentó soltar la cuerda, pero estaba pegada. Estaba pegada con el amor fuerte del confeti.

“Estoy bien”, dijo, aunque su cara decía: “estoy viviendo una escena muy rara”.

Don Relámpago Suave levantó las manos.

“¡Plan B, pero alegre!”

Señora Cinta Adhesiva lanzó una cinta larga hacia la cuerda, como si fuera una serpentina valiente. Detective Lupa apuntó con su lupa al sol para reflejar un puntito de luz y llamar la atención del equipo de seguridad del centro comercial. El puntito de luz se movía por la pared y parecía que la pared estaba jugando a atrapar una luciérnaga.

El equipo de seguridad miró hacia arriba. Uno de ellos señaló. Otro sacó una escalera que parecía demasiado pequeña para un pato gigante, pero al menos era una escalera con ganas.

Capitán Chapuzón, mientras tanto, tuvo una idea.

“Si el paraguas pega… también puede despegar”, pensó. Buscó el botón rojo. Lo apretó.

El paraguas hizo “POM” otra vez, pero esta vez cambió de forma: se cerró un poquito y luego se abrió con un movimiento rápido, como si sacudiera el confeti.

El confeti salió disparado en una lluvia de colores. La cuerda se soltó por fin.

Capitán Chapuzón dio una vuelta lenta en el aire, como una croqueta en cámara lenta, y bajó suavemente porque el botón verde todavía estaba a medias.

Cayó sobre un montón de cajas de espuma que el equipo de seguridad había colocado. Rebotó una vez. Dos. Tres. En la tercera, levantó los brazos como si fuera parte del espectáculo.

La gente aplaudió. Un niño gritó: “¡Otra vez!”

El globo patito, ya sin tirar de Chapuzón, siguió subiendo un poquito. Pero Señora Cinta Adhesiva y el equipo de seguridad lograron enganchar la cuerda con la cinta y atarla bien, con un nudo de verdad y una sonrisa de alivio.

Pati-Luis volvió a quedar en su sitio, orgulloso, mirando al cielo como diciendo: “Bueno, ya he estirado las alas.”

Capitán Chapuzón se levantó, con confeti en la oreja y una caja de espuma pegada al codo.

“Creo que he salvado el día… de una forma… muy mía”, dijo.

Don Relámpago Suave le dio una palmada suave en el hombro.

“Exacto. No hace falta ser perfecto para ayudar. A veces, ser tú mismo es el superpoder.”

Capítulo 4: El gran aprendizaje y el pequeño mensaje

De regreso al local, todos iban comentando la aventura como si fuera una película graciosa. Súper Cuchara imitaba la cara de Chapuzón cuando el patito lo remolcaba. Detective Lupa intentaba encontrar su dignidad en el suelo, pero se le caía la lupa cada dos pasos.

Capitán Chapuzón se miró en el espejo del local. Tenía confeti pegado en la frente formando una ceja extra. Se veía rarísimo.

Y entonces se rió de sí mismo. Una risa grande, limpia, como si se hubiera quitado un peso de encima.

“Siempre quiero verme como esos héroes serios, con mandíbula cuadrada y capa que ondea perfecta”, dijo en voz baja. “Pero mi capa se engancha en los pomos. Y mi paraguas… pues hace lo que quiere.”

Señora Cinta Adhesiva le ofreció un trocito de cinta para quitarle el confeti.

“No lo quites todo”, dijo. “Te queda bien. Pareces un héroe fiesta.”

Capitán Chapuzón soltó una risita y dejó un poco de confeti en el hombro, como un recuerdo.

Don Relámpago Suave reunió al grupo para una mini reunión. No era una reunión aburrida: era una reunión con galletas.

“Hoy aprendimos algo”, dijo. “Que equivocarse da risa, sí… pero también enseña. Y que cuando te ríes de ti mismo con cariño, te haces más valiente.”

Capitán Chapuzón levantó el paraguas BPE y lo miró con respeto, como si fuera una mascota traviesa.

“Prometo ponerle un seguro al botón morado”, dijo. “Y quizá… una pegatina nueva. Una de un perro. Para variar.”

Todos aprobaron la idea. Alguien propuso un gato con casco. Otro propuso un plátano con gafas de sol. Se armó un pequeño debate muy serio sobre pegatinas muy tontas.

Al final de la tarde, Capitán Chapuzón salió del local. La ciudad seguía brillando con luces de tiendas y reflejos en las ventanas. El patito-globo seguía allí, firme, como un guardián de goma.

Capitán Chapuzón abrió su paraguas normal, el de lluvia de verdad, porque en Brillópolis las nubes a veces cambiaban de idea sin avisar. Miró alrededor. Todo estaba en orden: la gente caminaba, los coches paraban en los pasos, y alguien cantaba una canción desafinada con mucha felicidad.

Capitán Chapuzón respiró hondo. Se sintió ligero, pero esta vez por dentro.

“Hoy fui un poco desastre”, dijo.

Luego sonrió.

“Y también fui héroe.”

Se acomodó el traje azul sorpresa, saludó a una paloma curiosa y se fue caminando con paso tranquilo, como quien sabe un secreto bonito.

Y el secreto era simple, y sonaba como un mensaje que cabía en un bolsillo:

Todo va bien.

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Rotulador permanente
Un bolígrafo que pinta y la tinta no se borra con facilidad.
Boum-Paraguas Escudo
Nombre del paraguas-invento que actúa como escudo en la historia.
Misterio
Algo que no se entiende y causa curiosidad por saber más.
Plaza principal
Lugar abierto en la ciudad donde se reúnen personas y tiendas.
Ráfaga
Soplido de viento fuerte y corto que pasa de pronto.
Sombrilla de playa
Paraguas grande que se usa para dar sombra en la playa.
Pegatina
Etiqueta con imagen que se pega en cosas para decorar.
Confeti adhesivo
Pequeños papeles de colores que pegan y se quedan en la ropa.

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