Era un día brillante y soleado. Un pequeño niño llamado Leo estaba muy emocionado. ¡Era su cumpleaños! Leo tenía dos años. Su mamá le dijo: "¡Feliz cumpleaños, Leo! Hoy vamos a celebrar en el parque".
Leo sonrió. "¡Sí, mamá! ¡Cumpleaños!" Él saltó de alegría. En el parque, había globos de colores: rojo, azul y amarillo. "¡Globos!" gritó Leo. Los globos flotaban en el aire. "¡Qué bonitos son!"
Mientras jugaba, Leo escuchó un sonido. "¡Miau! ¡Miau!" Miró hacia un lado y vio un gato pequeño. "¡Hola, gatito!" dijo Leo con una gran sonrisa. El gato era suave y tenía un pelaje gris. "¿Quieres jugar conmigo?" preguntó Leo.
El gato movió su cola. "¡Miau! ¡Sí!" respondió. Leo se rió. "Vamos a jugar en el parque, gatito". Jugaron a correr entre los árboles. El viento soplaba y las hojas bailaban. "¡Mira, gatito! ¡Las hojas vuelan!" dijo Leo. El gato saltó y atrapó una hoja. "¡Miau! ¡Hoja divertida!" dijo el gatito.
Después, llegó la hora del pastel. "¡Pastel! ¡Pastel!" gritó Leo. Su mamá trajo un pastel grande con velas. "¡Sopla las velas, Leo!" dijo su mamá. Leo cerró los ojos y sopló. "¡Feliz cumpleaños!" gritaron todos.
El gato miró el pastel con curiosidad. "¿Puedo probar?" preguntó. "¡Sí, gatito! Pero solo un poco", dijo Leo riendo. Y así, celebraron juntos.
Fue un cumpleaños especial. Leo aprendió que los amigos, incluso los pequeños gatos, hacen que los días sean mágicos. "¡Qué día tan divertido!" dijo Leo. "¡Hasta el próximo año!"