Era un día especial. Era el cumpleaños de Leo. Leo tenía cuatro años. Estaba muy emocionado. "¡Hoy es mi cumpleaños!" gritó Leo. Su amigo, Tomás, llegó al parque.
"¡Feliz cumpleaños, Leo!" dijo Tomás. "¿Qué haremos hoy?"
"¡Vamos a jugar!" respondió Leo. Tenían globos de muchos colores. Eran rojos, azules y amarillos. Los globos volaban en el aire. "¡Mira, Tomás! ¡Un globo se fue!"
"¡Atrápalo!" rió Tomás. Pero el globo se fue muy alto. "¡No importa! ¡Hay muchos más!"
Luego, encontraron una piñata. Era un burro grande y colorido. "¡Vamos a romperla!" dijo Leo. Tomás tomó un palo. "¡Uno, dos, tres!" ¡Bang! ¡El burro se rompió!
"¡Caramelos!" gritaron. Los dulces cayeron al suelo. Tomás y Leo los recogieron. "¡Mmm, deliciosos!" dijeron mientras sonreían.
Después, jugaron a las escondidas. "¡Yo cuento!" dijo Leo. "Uno, dos, tres..." Tomás se escondió detrás de un árbol. Leo buscó. "¿Dónde está Tomás?"
"¡Aquí estoy!" gritó Tomás. Leo se rió. "¡Te encontré!"
Luego, llegó la hora del pastel. "¡Pastel de chocolate!" decía Leo. La mamá de Leo trajo el pastel. "¡Sopla las velas!" dijo. Leo cerró los ojos y sopló. "¡Feliz cumpleaños a mí!"
"¡Bravo, Leo!" aplaudieron todos. Comieron pastel y rieron. "¡El mejor cumpleaños!" dijo Tomás.
Al final del día, Leo y Tomás estaban cansados pero felices. "¡Gracias por un día tan divertido!" dijo Leo. "¡Sí, siempre es divertido contigo!" respondió Tomás.
Y así, Leo tuvo un cumpleaños lleno de sorpresas, juegos y risas. ¡El mejor día del año!