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Cuento de invención disparatada 11/12 años Lectura 13 min.

Traduladrín: el día en que los perros hablaron

Marina Chispas, una joven inventora, crea un aparato llamado Traduladrín que traduce los ladridos de los perros en frases comprensibles, lo que desata una serie de divertidas y emocionantes interacciones en el parque del barrio. Junto a sus amigos, descubre que la creatividad y la amistad pueden transformar el mundo a su alrededor.

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Marina Chispas, una joven de cabello rizado y gafas redondas, está de pie en su taller. Sonriente y con ojos brillantes de emoción, lleva un delantal colorido manchado de pintura y sostiene una herramienta en una mano mientras ajusta un aparato peculiar, el Traduladrín, que parece una lámpara extraña hecha de un colador y un altavoz en forma de cono de helado. A su lado, Sofía, una niña de unos 10 años con trenzas y una camiseta con estampado de flores, observa con curiosidad, mientras que Nico, un niño de 9 años con el cabello despeinado, se agacha para examinar el Traduladrín, concentrado. El taller es un lugar colorido y caótico, lleno de frascos de tornillos, papeles garabateados y máquinas extrañas, con rayos de luz filtrándose a través de una ventana sucia, iluminando la escena con una atmósfera cálida y creativa. La situación principal muestra a Marina probando su invención, rodeada de sus amigos, todos ansiosos por descubrir si el Traduladrín puede realmente traducir los ladridos de su perro, Bigotes, que está a sus pies, moviendo la cola de emoción. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La idea que ladró sola

Marina Chispas era inventora de barrio. Vivía sobre una panadería que olía a croissants y guardaba tornillos en botes de mermelada. Un martes por la mañana, entre ladridos del patio y el ruido de una batidora, la idea apareció como un globo que se infla solo.

—¿Y si pudiéramos hablar con los perros? —dijo de golpe, con harina en la nariz porque había ayudado a amasar.

Sofía y Nico, dos vecinos que a veces le llevaban pilas y otras veces risas, asomaron por la puerta del taller.

—¿Hablar cómo? —preguntó Sofía, arqueando una ceja.

—Traducir sus ladridos —explicó Marina—. Un aparato que entienda “guau” y lo convierta en frases claras. Lo llamaré… Traduladrín.

—Suena a tambor —rió Nico—. ¿Funcionará?

—No lo sé —dijo Marina, chasqueando los dedos—. Pero quiero averiguarlo.

Sobre la mesa había cosas normales para cualquiera menos para ella: un colador, una linterna sin tapa, una cuerda de saltar, un botón gigante, tres imanes, un altavoz en forma de cono de helado. Y su cuaderno, con una tapa de cartón color naranja.

Marina respiró hondo. El mundo seguía casi igual. Solo que ahora había una idea nueva saltando como un cachorrito dentro de su cabeza.

Capítulo 2: Prototipo con olor a tostada

Marina empezó a construir. El colador sería la carcasa. El altavoz de helado, la boca. Un micrófono viejo, la oreja. Un trocito de tela impermeable, el babero antibabas. Ató, pegó, comprobó. El Traduladrín iba tomando forma de lámpara rara que había aprendido a decir “hola” con parpadeos.

—Pásame esos imanes, Nico —pidió—. No, no ese. Ese es mi imán de nevera favorito.

—Tiene forma de sardina —dijo Sofía—. ¡Qué hambre!

—Concéntrense —Marina sonrió—. El Traduladrín necesita equilibrio. Y no debe oler a sardina.

Conectó el micrófono a un pequeño circuito y lo unió al altavoz. Probó con su propia voz:

—Guau guau, buenas tardes.

El altavoz respondió con una voz metálica: —Buenas ñardes.

—Le falta una “t” —dijo Nico, serio como un científico.

—Y le sobra hambre —agregó Sofía.

Hubo un chispazo leve. Un olor a tostada salió del circuito.

—Eso no estaba en el plan —murmuró Marina, agitando una tapa para que saliera el humo—. Pero no pasa nada. Los inventos huelen raro antes de oler bien.

Le puso un ventilador pequeño, robado a un secador roto, para que enfriara el circuito. Luego miró su cuaderno, dibujó un rectángulo con patas, una flecha desde el micrófono al altavoz, y escribió: “Entrada: ladrido. Salida: frase. No quemar pan”.

—Mañana lo probamos con un perro —anunció—. Hoy ya hemos asustado bastante a las tostadas.

Capítulo 3: Bigotes, el crítico más honesto

Doña Remedios, la vecina del cuarto, tenía un perro salchicha llamado Bigotes. Bigotes saludaba a todo el mundo como si fueran familia de toda la vida. Cuando Marina le explicó el plan, Doña Remedios tomó aire, lo soltó y dijo:

—Bueno. Pero si el aparato le hace cosquillas a Bigotes, se lo digo al mundo.

En el parque del barrio, bajo un árbol que parecía una gigantesca escoba peinando el cielo, Marina sacó el Traduladrín de su mochila. Se lo ató a la correa de Bigotes con un pañuelo azul.

—Tranquilo —susurró—. Solo vamos a hablar.

Bigotes, feliz, movió la cola como un limpiaparabrisas.

—A la de tres —dijo Marina—. Uno, dos...

Bigotes ladró antes de que llegara el tres. El aparato vibró. El altavoz carraspeó y escupió una frase:

—¡Los calcetines saben a misterio!

—¿Qué? —soltó Sofía, estallando en carcajadas.

—¡Ay! ¡A mí también me intriga! —dijo Doña Remedios, fascinada.

Bigotes olisqueó una piedra. Ladró otra vez. El Traduladrín tradujo:

—La tierra es un periódico. ¡Huelen las noticias!

—Esto promete —Nico abrió los ojos como platos.

Marina sacó el cuaderno. Hizo un croquis simple. Se veía un círculo grande (el colador), tres líneas zigzagueantes (los cables), un pequeño rectángulo (el chip) y un altavoz dibujado como un cono de helado. Al lado, una flecha apuntando al hocico de Bigotes y una nota: “Micrófono cerca de la nariz. Filtro de babas aquí”.

—Le falta precisión —murmuró—. No habla mal. Habla… poético.

—Lo mío —dijo Bigotes ladrando de nuevo.

El Traduladrín tradujo: —¿Cuándo comemos?

—Eso ya es más claro —dijo Sofía.

Marina dio unas palmaditas al aparato, como si fuera una tetera caprichosa. El viento movió las hojas. Un niño pasó en patines, dejó una estela de risas. El mundo seguía casi real, pero ahora tenía frases de perro flotando por el aire.

Capítulo 4: Cola-ímetro y lluvia tonta

Por la tarde empezó a chispear. Marina, que nunca discutía con las nubes, instaló un toldo de plástico entre dos sillas del taller. Sobre la mesa, el Traduladrín descansaba como un casco espacial a punto de contar chistes.

—Creo que el error está en la cola —dijo Marina—. La cola habla más que la boca a veces.

—¿Cómo se escucha una cola? —preguntó Nico.

—Se mide su ritmo —respondió ella—. Un cola-ímetro.

Fabricaron uno con una pinza de la ropa, una pajita de plástico y un sensor de luz de una linterna vieja. La pinza sujetaría un mechoncito de pelo de la cola, la pajita guiaría el movimiento, el sensor contaría sombras. Marina, encantada, lo dibujó en otra página del cuaderno: una línea ondulada (cola), un pequeño recuadro “sensor” y un número grande: “vaivenes por minuto”.

—¿Quién prueba? —Sofía miró a Bigotes, que ya estaba dormido en una alfombra.

—Yo puedo mover la cola —dijo Nico, y se colocó una finta hecha con una cuerda—. Mira: izquierda, derecha, izquierda.

El Traduladrín, conectado, pitó tres veces. El altavoz sonó:

—Entusiasmo nivel merienda.

Todos se rieron. Afuera, la lluvia, que era una lluvia tonta, se empeñó en golpear solo los cristales que necesitaban limpiar. Entró Doña Remedios con un paraguas amarillo.

—Bigotes quiere salir a chapotear —anunció—. ¿El Traduladrín es impermeable?

—Impermeable casi —dijo Marina—. Y si se moja, también habla como los locutores de radio.

Salieron todos al portal. La lluvia era suave. Bigotes olisqueó charcos. Ladró. El Traduladrín dijo:

—El agua me hace cosquillas. Además, en ese charco perdí un secreto la semana pasada.

—¿Qué secreto? —preguntó Sofía.

—No entiendo todavía —aclaró el aparato—. Pero puedo adivinar: quizá una galleta.

—Este invento —dijo Doña Remedios, sujetando su paraguas como una antena—, nos va a traer historias.

Marina ajustó con cuidado los cables. En su cabeza, el mundo hacía clics como piezas que encajan. Todo parecía a punto de funcionar y, si no, a punto de hacer reír.

Capítulo 5: La cabina de conversaciones caninas

El domingo era el Día de la Mascota en la plaza. Había puestos con lazos, peines, huesos de juguete y galletas con forma de huella. Marina montó una mesa con un cartel pintado a mano: “Habla con tu perro aquí”. Debajo, en letra pequeña: “Traduladrín en pruebas. Risas garantizadas”.

—Todo listo —dijo, apretando un último tornillo—. Sofía, ¿puedes sostener este cable? Nico, tú reparte pegatinas.

—¿Estas pegatinas son un hueso sonriendo? —Sofía lo pegó en su chaqueta—. Me encanta.

La primera en pasar fue una niña con una perrita de orejas enormes llamada Luna.

—Hola, Luna —dijo Marina, poniéndole el babero antibabas—. ¿Quieres decir algo?

Luna ladró una vez. El Traduladrín vibró.

—Quiero que nadie olvide los bolsillos de mi abrigo. Ahí escondo tesoros.

—¡Sabía que guardabas mis gomas de pelo! —gritó la niña, feliz.

La fila creció. Un señor serio con un galgo elegante. Una abuela con un perro peludo como una nube. Todos esperaban turno y sonreían sin apuro.

El galgo ladró suavemente. El Traduladrín tradujo:

—Tu bufanda huele a sábado.

—Es mi bufanda de salir —dijo el señor, sorprendido y encantado—. Es verdad.

El perro nube estornudó. El aparato señaló:

—Ha entrado polvo del año pasado. Recomendación: sacudidas con música.

—Bailaremos, claro que sí —dijo la abuela, meneando los hombros.

Todo iba sobre ruedas, hasta que un grupo de palomas decidió aterrizar justo al lado del cartel. Coo-coo-coo, cuchichearon. El Traduladrín, confundido, escuchó paloma por perro. El altavoz anunció:

—Mig mig mig. Exijo migas. Muchas.

—¡Ups! —soltó Marina—. Las palomas no están en el programa.

Las palomas se alejaron con gesto ofendido, pero ya había cundido el caos: un gran perro negro llamado Rumboso vio unas migas de galleta y estalló en alegría. Movió tanto la cola que el cola-ímetro marcó récord. El Traduladrín, al borde del ataque de risa, soltó:

—ALERTA: FELICIDAD DESENFRENADA. ¡BAILEN!

Y todo el mundo bailó unos segundos. Doña Remedios agitó el paraguas como si dirigiera una banda. Sofía hizo girar las pegatinas. Nico movió los brazos como molinos. Rumboso, fiel a su nombre, zumbó de felicidad y derribó tres vasos de limonada… que, por suerte, cayeron en una planta que llevaba sed tres días. La planta levantó las hojas agradecida.

—Nota técnica —dijo Marina, apuntando—: “Cuando hay exceso de felicidad, poner cubos. Regar plantas accidentalmente también cuenta”.

Volvió la calma. Se acercó un niño con cara de preocupación. Sujetaba a un podenco nervioso.

—Me voy muchas horas a la tarde por mis entrenamientos —explicó—. Quiero saber si está bien.

El podenco ladró bajo, mirándolo directo. El Traduladrín, sin chistes, dijo:

—Yo espero. Espero bien si vuelves con un saludo largo.

—¿Qué es un saludo largo? —preguntó el niño, aliviado pero curioso.

—Dura tanto como dos canciones. Incluye orejas, espalda, y decir “ya llegué” muy fuerte.

El niño sonrió y se limpió una lágrima que ya no quería vivir en su cara.

—Trato hecho —dijo, y le dio un abrazo grande al podenco.

Marina cerró los ojos un segundo. Ese era el momento que había imaginado cuando la idea ladró sola el martes.

Capítulo 6: Un paso ligero (y otra idea saltando)

Al anochecer, la plaza quedó llena de marcas de patas y un rumor de historias nuevas. El Traduladrín tenía chicles pegados (cortesía de algún distraído), un poco de confeti dentro (residuo de una risa) y un brillo orgulloso que no venía de ninguna pila.

—No es perfecto —dijo Sofía, acariciando el altavoz de helado—. Pero es precioso.

—Lo mejor que vi en semanas —añadió Nico, bostezando con estilo.

—Lo mejor no es el aparato —dijo Doña Remedios—. Lo mejor es que ahora escuchamos más, incluso sin aparato.

Marina guardó todo en su mochila. Sacó el cuaderno anaranjado. Escribió en letras grandes y torcidas, porque el banco no era cómodo:

“Traduladrín: versión 2. Menos cables, más colas. Filtro antipalomas. Modo abrazo”.

Debajo, dibujó un croquis simple: un rectángulo alargado (la carcasa nueva), un círculo a un costado (el cola-ímetro), un triángulo pequeño (parababas), y una flecha grande que decía “salida: sonrisas”.

—¿Qué vas a inventar después? —preguntó Sofía.

Marina miró el cielo, que ya no llovía, pero tenía cara de querer llover pronto y bonito.

—Algo pequeño —contestó—. Una nube de bolsillo que riegue las macetas de la señora del quinto cuando olvida sus plantas. O una alfombra que transforme resoplidos en canciones suaves. O…

—O un botín para guardar abrazos de repuesto —propuso Nico.

—Eso también —Marina rió—. La creatividad se descarrila sola, y a mí me encanta correr detrás.

Caminaron de vuelta al edificio sobre la acera que todavía estaba húmeda y olía a limpio. Bigotes los acompañó con paso elegante y cola en ritmo de merengue. Al subir las escaleras, la panadería soltó un último suspiro de pan tibio. El mundo seguía casi igual, sí. Con la misma plaza, los mismos charcos, los mismos vecinos. Pero ahora todos se saludaban con un “ya llegué” un poquito más largo. Y cuando Marina empujó la puerta del taller, lo hizo con un paso ligero, de esos que anuncian que mañana habrá otra idea saltando en su cuaderno.

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Traduladrín
Un invento ficticio que traduce los ladridos de los perros a frases comprensibles para los humanos.
Colador
Utensilio de cocina utilizado para filtrar líquidos o separar sólidos de líquidos.
Circuito
Conjunto de elementos que permiten el paso de electricidad y forman un camino cerrado.
Cachorrito
Un perro joven o bebé, que todavía está en su etapa de crecimiento.
Antipalomas
Un dispositivo o sistema diseñado para evitar que las palomas se acerquen a un lugar.
Merienda
Comida ligera que se consume entre el almuerzo y la cena, a menudo un bocadillo o una bebida.

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