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Cuento de superhéroes cómico 9/10 años Lectura 13 min.

Susurrella y el puente de los ruidos imposibles

Susurrella, una superheroína que puede susurrar para calmar el caos, debe enfrentar un estruendo descontrolado en Luminópolis que pone en peligro la tranquilidad de la ciudad. Con su poder especial y un toque de valentía, se prepara para ayudar a sus vecinos a recuperar el silencio perdido.

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Susurrella, una mujer heroica, se encuentra en el Puente de los Suspiros Modernos, con una sonrisa tímida y mejillas rojas como tomates. Lleva un traje azul claro con un dibujo de cómic que dice "shhh" en el pecho y sostiene un micrófono de juguete en la mano. A su lado, una niña de unos 8 años, con cabello rizado y una camiseta colorida, levanta los brazos sonriendo, animando a la multitud a aplaudir. Al fondo, un vendedor de globos, un hombre de unos cincuenta años con bigote y sombrero, sostiene un ramo de globos en forma de dinosaurios, con ojos desorbitados de asombro. El puente está decorado con luces brillantes y el cielo tiene tonos rosados y naranjas al atardecer, creando un ambiente cálido y alegre. La escena principal muestra a Susurrella usando su superpoder de susurro para calmar una máquina ruidosa, mientras la multitud, fascinada, aplaude y sonríe, creando una atmósfera de magia y camaradería. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La heroína que se sonrojaba

En la ciudad de Luminópolis, donde los rascacielos brillaban como helados gigantes y los autobuses hablaban por pantallas, vivía una superheroína muy especial: se llamaba Susurrella.

No llevaba capa enorme ni botas brillantes. Susurrella tenía un traje sencillo, azul claro, con un dibujito de bocadillo de cómic en el pecho donde ponía “shhh”. Cada vez que la gente la miraba, se ponía roja como un tomate.

No era tímida porque sí. Susurrella tenía un poder rarísimo: podía susurrar tan fuerte que su voz movía el aire, apagaba alarmas, calmaba perros, detenía ventiladores y hasta hacía bailar cortinas. Pero solo funcionaba si hablaba bajito. Si gritaba, no pasaba nada. Si susurraba, ¡boom! Poder total.

Por eso era tan pudorosa. Imagina tener que ponerte muy cerca de la gente para usar tu superpoder, casi pegada a su oreja. A Susurrella le daba una vergüenza tremenda.

Aun así, todas las noches se ponía su traje, respiraba hondo frente al espejo y decía, muy suave: “Por la paz, por la calma… y por favor, que hoy no me saque nadie una foto”.

Luego abría la ventana, se colgaba de una tirolina secreta entre edificios y se lanzaba a patrullar la ciudad, mientras las luces de los coches allá abajo parecían un río de luciérnagas nerviosas.

Capítulo 2: El ruido que no dejaba pensar

Una tarde, justo a la hora en que la gente salía del trabajo y las calles olían a patatas fritas y pizza, algo extraño empezó a pasar en Luminópolis.

Primero fue un “brrr”. Después, un “gniaaaa”. Luego un “PLOING PLONG PLOOOOONG” tan raro que a un señor se le cayó el helado en la frente. El ruido venía y se iba, cambiaba de forma, como si una orquesta de lavadoras locas hubiera decidido dar un concierto.

Los pájaros escapaban en círculos desordenados, los coches tocaban el claxon sin querer y una señora intentó apagar un semáforo con su paraguas porque estaba segura de que el ruido salía de ahí.

En cuestión de minutos, nadie podía concentrarse. Un niño intentó hacer los deberes en el autobús, pero cada “PLOING” le hacía escribir una letra distinta. Una mujer leyó el mismo mensaje del móvil siete veces sin entender nada. Un perro se sentó en mitad de un paso de cebra, confundidísimo, y decidió que ese era su nuevo hogar.

En la base secreta de Susurrella (también conocida como su salón lleno de plantas), una alarma empezó a parpadear en su reloj.

“¡Alerta acústica!”, decía en letras rojas. “Ruido no identificado. Nivel: molestia máxima.”

Susurrella dio un salto, se puso el traje tan deprisa que se puso una zapatilla al revés, y miró el mapa en la pantalla del reloj. Un puntito rojo parpadeaba justo sobre el puente peatonal más grande de la ciudad: el Puente de los Suspiros Modernos, lleno de luces, bancos y vendedores de globos.

“Madre mía…”, susurró. “Ese puente a esta hora está llenísimo. Y yo voy a tener que usar mi superchuchot… mi supersusurro… ¡ay, qué vergüenza!”

Pero el ruido volvió a sonar, esta vez tan fuerte que las ventanas temblaron: “GÑRRRRAAAA PIOOONK”.

Susurrella se sonrojó, agarró su mochila de superheroína pudorosa (con pañuelos, caramelos de menta y tapones para los oídos de emergencia) y salió disparada hacia el puente.

Capítulo 3: El caos sobre el puente

El Puente de los Suspiros Modernos parecía una feria descontrolada. No había peligro mortal, pero sí un lío monumental.

Un señor vendiendo globos en forma de dinosaurio intentaba sujetar sus globos rugientes, que vibraban con cada “PLOOOONG” y casi se le escapaban al cielo. Un grupo de patinadores giraba en círculos porque cada vez que sonaba el ruido, perdían el equilibrio. Una niña lloraba porque su helado de tres bolas se había convertido en una masa torcida de colores que parecía un monstruo muy dulce.

El ruido no paraba. A veces eran golpes metálicos, a veces un zumbido, a veces como si alguien pisara mil patatas fritas a la vez.

Susurrella aterrizó discretamente al final del puente, se escondió detrás de una papelera y asomó solo medio ojo. Tenía la cara roja y el corazón a toda velocidad.

“Vale, Susurrella”, murmuró. “Respira. Estás aquí para ayudar. Nada de desmayarse delante de gente.”

Se puso los tapones de los oídos para protegerse del ruido y sacó un pequeño micrófono de juguete de su mochila. No lo necesitaba para sus poderes, pero le hacía sentir más profesional y menos rara.

Mientras tanto, el sonido se concentró en el centro del puente. Allí, una especie de bocina gigante, colocada en una obra inacabada, se había vuelto loca. Era una máquina de pruebas acústicas que debía quedarse en silencio… pero alguien se había dejado encendido el “Modo Experimento Superruidoso”.

De su interior salían pelusas de polvo, tuercas saltarinas y notas de música retorcidas. Cada “¡¡BLOOORP!!” hacía que las gaviotas dieran una vuelta completa en el aire, mareadas.

La gente gritaba, se tapaba los oídos, algunos reían porque la situación era tan absurda que daba risa, pero todos pensaban lo mismo: “Ojalá alguien pare esto ya”.

Y entonces, una niña señaló la papelera donde Susurrella se escondía.

“¡Mirad! ¡Es la superheroína del ‘shhh'!”, dijo.

Cien ojos se giraron hacia ella. Susurrella notó cómo se le calentaban las orejas.

“Ay, no…”, susurró. “Mi momento de máxima vergüenza ha llegado.”

Capítulo 4: El superchuchot… el supersusurro

Susurrella salió de detrás de la papelera con paso decidido, aunque por dentro solo quería ser un calcetín que se esconde bajo la cama.

El ruido hizo un “GRUUUUUMFAF” tan fuerte que un señor perdió su peluca, y esta voló y se pegó a la barandilla del puente como si fuera un animal nuevo.

Susurrella levantó la mano para llamar la atención, pero, claro, nadie la oía porque todos estaban ocupados intentando que sus orejas no se cayeran.

Entonces se acercó a la niña que la había visto.

“¿Me ayudas?”, le susurró. “Diles a todos que guarden silencio un segundito. Solo uno. Por favor.”

La niña sonrió, dio una palmada y gritó: “¡Silencio, que Susurrella va a hacer su magia!”

La gente, curiosa, se quedó muy quieta. El ruido seguía tronando desde la máquina del centro, pero por lo menos las voces humanas se apagaron. El vendedor de globos abrazó su ramo de dinosaurios chillones para que no escaparan.

Susurrella avanzó, cada paso más rojo que el anterior.

Se paró frente a la máquina loca. De cerca parecía un monstruo de chatarra con bocas de altavoz por todas partes. De una de ellas salió un “PIIIIIIIIIIIIII” tan agudo que dos patos se salieron del río por puro susto.

Susurrella se inclinó hacia la bocina principal, tan cerca que casi podía ver su propio reflejo en el metal abollado. Sacó el micrófono de juguete, aunque sabía que no hacía falta, y cerró los ojos.

Notaba detrás de ella a toda la gente mirando. Eso le daba una vergüenza horrible… pero también una fuerza extraña. Estaban confiando en ella.

Tomó aire despacio y, con la voz más suave y cariñosa del mundo, susurró:

“Shhhhh… Tranquila, maquinita. Todo está bien. Baja el volumen. Descansa un poquito…”

El susurro salió de su boca como una brisa brillante, casi invisible, que entró en la bocina, se coló entre cables y tornillos, y acarició cada sonido loco que estaba a punto de salir.

El “PIIIIIIIIIIIIII” se convirtió en “piii… pii… pi…”.

El “BLOOORP” se estiró hasta hacerse “blooop… blup… plop…” y luego desapareció.

El “GÑRRRRAAAA” se hizo más pequeño: “grr… prr…”.

El aire vibró, pero esta vez era una vibración suave, como la de una nana sin letra. Las gaviotas se posaron otra vez sobre el río, los patinadores dejaron de girar como peonzas y el vendedor de globos respiró hondo. Uno de los globos dinosaurio incluso pareció suspirar.

Susurrella siguió, apenas audible: “Gracias por tu trabajo, maquinita. Has hecho bastante ruido por hoy. Ahora, silencio, por favor.”

Entonces, se hizo.

Silencio.

Bueno, no un silencio total, porque se oían pasos, algún móvil, un bebé riéndose por un estornudo raro y el río debajo del puente. Pero el ruido extraño, aquel caos sonoro, había desaparecido como si alguien hubiera apagado el interruptor del desastre.

La máquina parpadeó una luz verde, tosió un último “pliiip” y se quedó quieta y tranquila.

Capítulo 5: Una promesa en el puente

Durante unos segundos, nadie se movió. Todos estaban mirando a Susurrella, que todavía estaba muy cerca de la bocina, con la cara roja y el micrófono de juguete en la mano.

Luego, alguien empezó a aplaudir. Después, todo el puente estalló en aplausos, risas y vítores.

“¡Bravo, Susurrella!”

“¡Viva el súper susurro!”

“¡Mi helado vuelve a parecer helado!” gritó la niña, enseñando su cono medio derretido.

Susurrella sonrió, aunque sus mejillas parecían dos semáforos en rojo. Se acercó al vendedor de globos y le susurró a uno de los dinosaurios: “Tranquilo, no te escapes.” El globo dejó de sacudirse y se quedó flotando, muy elegante.

La gente empezó a contarse lo que había pasado, exagerándolo un poquito, claro. Algunos juraban que el ruido les había cambiado de sitio los calcetines. Otros decían que habían oído a la máquina cantar ópera.

Un técnico de la obra llegó corriendo, con cara de susto.

“Lo siento, lo siento, lo siento muchísimo”, dijo. “Me dejé el ‘Modo Experimento' encendido. No sabía que iba a convertirse en un monstruo sonoro.”

Susurrella se acercó y le dio una palmadita en el hombro.

“No pasa nada”, le susurró, suficientemente alto para que lo oyera solo él. “Lo importante es que ahora vas a cuidar más los ruidos de la ciudad, ¿verdad?”

“Lo prometo”, respondió él, muy serio.

La niña que la había ayudado se plantó delante de Susurrella.

“¿Te da mucha vergüenza ser superheroína?”, preguntó.

Susurrella titubeó, miró a su alrededor, vio todas esas caras sonrientes, agradecidas, y asintió despacio.

“Un poquito”, admitió en un susurro. “Pero me gusta ayudar más de lo que me da vergüenza.”

La niña sonrió de oreja a oreja.

“Entonces eres la mejor”, dijo.

Susurrella sintió que el corazón se le hacía grande, grande, como un globo que no explota porque sabe hasta dónde puede crecer.

Se subió a la barandilla del puente con cuidado. El sol empezaba a ponerse y tiñó el cielo de naranja y rosa, como si la ciudad llevara pijama de nubes mullidas.

“Vecinos de Luminópolis”, dijo, y por una vez elevó un poco la voz, aunque no tanto como para hacer temblar nada. “Hoy ha sido un día ruidoso, pero también muy bonito. Gracias por vuestra paciencia, por cuidar unos de otros y por confiar en una superheroína que se pone muy roja.”

Algunas personas rieron, otras aplaudieron otra vez.

“Y si alguna vez el ruido os molesta, si un claxon se vuelve loco, si una máquina se descontrola o si necesitáis un poquito de calma…”, añadió, volviéndose a sonrojar, “yo estaré escuchando. Volveré. Siempre volveré, con mi súper susurro, para ayudaros a encontrar el silencio justo donde lo necesitéis.”

Guiñó un ojo, se bajó de la barandilla, se colocó bien la zapatilla que aún llevaba al revés y, con un pequeño salto, se perdió entre las luces de la ciudad.

Esa noche, en el Puente de los Suspiros Modernos, el único ruido extraño que se escuchó fue un suave “shhh” que el viento repetía, como si la ciudad entera estuviera susurrando: “Gracias, Susurrella. Te esperamos.”

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Heroína
Persona que tiene cualidades extraordinarias y lucha contra el mal.
Susurrar
Hablar en voz muy baja para que solo una o dos personas puedan oírte.
Pudorosa
Que siente vergüenza o timidez en situaciones sociales.
Interrupción
Acción de romper la continuidad de algo, como un ruido inesperado.
Acústica
Relativo al sonido y a cómo se propaga en diferentes espacios.
Monstruo
Criatura imaginaria que suele ser muy grande y aterradora.

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