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Cuento sobre la neurodiversidad 11/12 años Lectura 11 min.

Simón y la disortografía: las naranjas que rodaron bajo la lluvia

Cuatro amigos preparan un relato real sobre cómo ayudan a una vecina en un día de lluvia, y, a la vez, acompañan a Simón, que tiene disortografía, a encontrar estrategias para escribir y defenderse.

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Cuatro niños de 11 años: Simón, cabello castaño despeinado, camiseta azul claro y gafas redondas, agachado en el centro recogiendo naranjas; Hugo, pelo negro corto y impermeable amarillo, sostiene un gran paraguas detrás a la izquierda; Leo, cabello castaño, sudadera verde con stickers de planetas, a la derecha recogiendo naranjas con ambas manos y sonrisa; Dani, pelo rubio corto, chaqueta roja, agachado frente a la puerta juntando bolsas de plástico rotas con aire travieso. Ambientado en la entrada de un edificio urbano con suelo de losas mojadas y brillantes, paredes de ladrillo rojo con pintura desconchada y puerta de madera verde oscuro, cajas y bolsas por el suelo y reflejos de lluvia. Escena de día lluvioso cálida y dinámica: los niños ayudan a una vecina mayor recogiendo naranjas brillantes que ruedan, paraguas amarillo protegiéndolos, gotas de lluvia como perlas, expresiones de cooperación; colores vivos y contrastados, luz suave filtrada, estilo chibi kawaii con proporciones redondeadas y rasgos expresivos. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Letras que se mueven

A Simón le pasaba algo concreto: tenía disortografía, y eso hacía que, cuando escribía rápido, algunas letras se le cambiaran de sitio como si jugaran al escondite. No era que no supiera; era que su mano y sus ojos a veces iban por caminos distintos. Esa mañana, en clase de Lengua, la profesora Marta anunció: “El viernes haremos una lectura pública de relatos. En grupos de cuatro. Realista, sobre algo que os haya pasado de verdad”.

Simón tragó saliva. Le gustaba inventar historias en su cabeza, pero en el papel se le enredaban.

A su lado, Hugo levantó la mano como si estuviera pidiendo un helado doble.

—¡Profe, nosotros cuatro juntos!

Señaló a Simón, a Leo y a Dani.

Leo, que siempre llevaba un cuaderno con pegatinas de planetas, susurró:

—Podemos escribir sobre cuando nos perdimos en el mercado… pero sin exagerar, ¿eh?

Dani soltó una risita.

—Realista, realista: cuando Simón pidió “pan” y le salió “pna”.

Simón se puso rojo, pero Hugo le dio un codazo suave.

—Oye, eso fue gracioso, pero también fue útil. Nos entendieron igual. Además, las palabras son como bicicletas: a veces se te va el manillar, pero sigues avanzando.

Simón respiró un poco mejor. “Bicicletas”, pensó. “Eso sí lo entiendo”.

Capítulo 2: Un plan con ruedines

En el recreo se sentaron en un banco al sol. Olía a bocadillos y a tierra húmeda del campo de fútbol.

—Necesitamos un relato cortito, con principio, nudo y final —dijo Leo, ordenando ideas como si fueran cromos.

—Y que lo lea alguien en voz alta —añadió Dani—. Yo leo rápido.

Simón miró su estuche. Tenía un lápiz mordisqueado, una goma con una esquina rota y un subrayador verde fosforito que parecía decir: “¡Mírame!”. Se aclaró la garganta.

—Yo… quiero escribir. Pero necesito hacerlo a mi manera.

Hugo lo miró de frente.

—¿Qué manera?

Simón levantó un dedo, como si estuviera pidiendo permiso al aire.

—Primero lo digo en voz alta y lo grabamos. Luego lo paso al papel con calma. Y… puedo usar el corrector del ordenador para revisar.

Dani abrió los ojos.

—¿Podemos grabar? ¡Como detectives!

Leo asintió.

—Y hacemos una lista de palabras difíciles. Las repetimos y las revisamos juntos.

Simón sonrió, pequeño pero firme.

—Y si alguien se burla… yo puedo decir: “Estoy aprendiendo. No me ayuda que te rías”.

Hugo levantó el pulgar.

—Eso es defensa elegante. Como decir “alto” sin empujar.

Decidieron el tema: un día de lluvia en el barrio, cuando ayudaron a una vecina mayor, la señora Pilar, a recoger la compra que se le cayó en el portal. Nada de superhéroes voladores. Solo ellos, una bolsa rota y un suelo mojado.

—La vida real también tiene aventura —dijo Leo, y apuntó la idea.

Capítulo 3: La historia sale de la boca antes que del lápiz

Esa tarde quedaron en casa de Hugo. Su salón olía a chocolate caliente y a libro viejo. La madre de Hugo les dejó una jarra de agua y dijo:

—Si gritáis, que sea de emoción literaria.

Dani puso el móvil en la mesa, como si fuera un micrófono de radio.

—Grabación número uno. Simón, cuando quieras.

Simón se removió en la silla. Miró la ventana: las nubes eran grises, como una manta arrugada. Cerró los ojos un segundo y empezó:

—Era martes. Llovía fuerte. En el portal, la señora Pilar venía con dos bolsas… y una se rompió.

Hugo lo interrumpió:

—Añade sonidos. La lluvia: “plip-plip” en el paraguas.

—Sí —dijo Simón—. Se oía “plap-plap” en el suelo. Y las naranjas rodaron como canicas.

Leo se rió.

—¡Canicas naranjas!

Dani hizo un efecto especial con la boca.

—¡Brrrum! Naranja fugitiva.

Simón siguió, ya más suelto. Contó cómo se agacharon, cómo uno sujetó el paraguas, cómo otro habló con calma a la señora Pilar para que no se preocupara. Se acordaba del olor a tierra mojada, del frío en los dedos y del “gracias, chicos” que sonó como una manta caliente.

Luego, Leo abrió el portátil.

—Ahora lo pasamos a texto. Sin prisas.

Simón tecleó despacio. Su “motor de palabras” a veces hacía un giro raro, pero ahí estaba el corrector subrayando en rojo con paciencia, como un semáforo amable.

Dani apuntó en una hoja: “palabras traicioneras”. Escribió: “paraguas, portal, resbaladizo, señora”.

—Estas las miramos dos veces —dijo—. Dos. Como dos cordones antes de correr.

Hugo añadió:

—Y si una frase se atasca, la dividimos. Frases cortas. ¡Pum! ¡Pum!

Simón soltó una carcajada.

—Vale. Frases que respiran.

Capítulo 4: Ensayo general y un tropiezo

El jueves, en la biblioteca del cole, practicaron la lectura. Las mesas olían a madera y a silencio. Cada uno tenía un papel.

Dani leía el primer párrafo con ritmo de presentador. Leo hacía las descripciones, como si pintara con palabras. Hugo se encargaba del final.

Simón tenía una parte en medio, dos párrafos que había escrito él y que le gustaban. Pero al ver las líneas, algunas letras le bailaron un poquito, como siempre.

—Tranquilo —susurró Hugo—. Si una palabra se te escapa, la atrapas con otra.

Simón empezó:

“La bolsa se rompió y… y las naranjas…”

En ese momento, pasó por detrás Iván, de otra clase, y soltó:

—¿Naranjas? Vaya historia de abuelos.

Dani apretó los labios. Leo bajó la mirada. Hugo se giró, pero Simón levantó la mano, despacio, como quien pone una señal de “stop” invisible.

—Iván —dijo Simón, sin gritar—, estamos trabajando. Si te ríes, no ayuda. Puedes irte o escuchar en silencio.

Iván parpadeó, sorprendido, como si nadie le hablara así normalmente.

—Bah, lo que sea.

Se fue arrastrando las zapatillas.

Dani soltó el aire.

—¡Eso ha sido… elegante!

Simón notó que le temblaban un poco las manos, pero también sintió algo nuevo: una calma por dentro. Había defendido su espacio sin atacar.

—Sigo —dijo.

Leyó de nuevo. Se equivocó en “resbaladizo” y dijo “resbalidizo”. Se detuvo. Miró a sus amigos.

—Repetimos. “Res-ba-la-di-zo”.

Leo marcó el ritmo con los dedos en la mesa.

—Res. Ba. La. Di. Zo.

Simón lo dijo otra vez, bien. Y sonrió.

—Mi motor a veces tose, pero arranca.

Hugo se rió bajito.

—Y nosotros somos tu equipo de mecánicos.

Capítulo 5: Viernes de lectura

El aula estaba diferente: las mesas en semicírculo, una silla al frente como si fuera un pequeño escenario. La profesora Marta tenía una carpeta y ojos de “a ver qué me sorprende hoy”.

—Recordad —dijo—: escuchar también es una forma de respeto.

Cuando les tocó, Hugo respiró hondo y miró a Simón.

—Vamos.

Dani empezó con energía:

“Era martes y llovía como si el cielo estuviera lavando la calle…”

Algunos compañeros se rieron con el “lavando la calle”, pero fue una risa buena, de imagen divertida. Leo siguió con las naranjas-canicas y el paraguas tamborileando.

Llegó el turno de Simón. Notó el papel un poco áspero bajo los dedos. Leyó despacio, sin correr. Cuando una palabra parecía torcida, la rodeaba con otra frase, como si pusiera una barandilla.

“La señora Pilar se quedó quieta, con los ojos abiertos, y dijo: ‘Ay, qué desastre'. Pero su voz no era enfadada. Era cansada. Entonces Hugo sostuvo el paraguas más alto y Dani juntó las naranjas con cuidado…”

Se oyó un “mmm” de atención. Nadie se movía mucho. En el fondo, alguien dejó de hacer clic con el bolígrafo.

Simón se trabó un instante en “portal”. Se detuvo. Bebió un sorbo de agua. Y continuó.

“En el portal olía a lluvia y a jabón del suelo. La señora Pilar sonrió y dijo: ‘Gracias, chicos. Hoy me habéis arreglado el día'”.

Hugo cerró con el final:

“Subimos las bolsas, y al salir, la lluvia ya no parecía tan pesada. Era solo agua, y nosotros éramos cuatro amigos caminando juntos”.

Cuando terminaron, hubo aplausos. No de estadio, pero sí de clase: sinceros, con palmas que suenan a “bien hecho”.

La profesora Marta se acercó.

—Me ha gustado que fuera realista. Y me ha gustado más cómo habéis trabajado en equipo. Simón, tu parte tiene detalles muy buenos.

Simón sintió un calor en el pecho.

—Gracias. Me ayudó grabarlo primero.

—Esa es una estrategia inteligente —dijo ella—. Cada cerebro tiene sus caminos. Lo importante es encontrar el tuyo y pedir los apoyos que necesitas.

Dani, muy serio, susurró:

—Profe, ¿puedo apuntar “cerebros con caminos” para otra historia?

La profesora sonrió.

—Puedes. Y sin faltas, si te dejas ayudar.

Capítulo 6: Un trayecto tranquilo

Al salir del cole, el aire estaba fresco. Las nubes se habían abierto y el sol parecía nuevo. Los cuatro caminaron hacia casa por la calle arbolada. Se oían pájaros y el ruido lejano de un autobús.

Simón llevaba la mochila un poco más ligera, aunque pesara lo mismo. Hugo iba haciendo equilibrio sobre el bordillo, Dani contaba los pasos de baldosas “para no pisar lava” y Leo señalaba una ventana donde un gato naranja miraba como si también aplaudiera.

—Hoy tu motor ha ido fino —dijo Hugo.

—Ha ido… con buen aceite —añadió Dani—. Aceite de amigos.

Simón se rió.

—Y con frenos. Porque me paré cuando lo necesitaba.

Leo asintió, tranquilo.

—Eso también es valentía. No correr por quedar bien.

Llegaron al cruce. El semáforo estaba en rojo. Se detuvieron. Un momento simple: cuatro chicos esperando, respirando, mirando cómo una hoja caía dando vueltas.

Simón pensó en la próxima vez que una palabra se le escapara. Pensó en decir “necesito tiempo” sin vergüenza. Pensó en escuchar a otros cuando pidieran lo mismo.

El semáforo se puso en verde. Cruzaron juntos, sin prisa, en un trayecto pacífico, como si la ciudad entera les hiciera sitio.

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Disortografía
Dificultad para escribir palabras con la ortografía correcta.
Lectura pública
Momento en que se lee un texto en voz alta delante de otras personas.
Realista
Que cuenta cosas que pueden pasar en la vida real, sin fantasía.
Subrayador
Marcador de color que se usa para destacar palabras en un texto.
Corrector
Herramienta que ayuda a encontrar y arreglar errores en un texto.
Resbaladizo
Superficie que hace que sea fácil caerse o perder el equilibrio.
Portal
Entrada techada de una casa o edificio, donde se entra desde la calle.
Semicírculo
Figura que tiene la forma de la mitad de un círculo.
Defensa elegante
Manera de responder sin insultar, cuidando las palabras y el tono.
Mecánicos
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