Capítulo 1: La montaña que apareció entre las macetas
Una mañana de martes, mientras Nico recogía su patinete del cobertizo, notó algo raro junto al geranio. No era un barro extraño ni un montón de hojas: era una montaña. No una montaña enorme, sino una montaña de dudas acomodada en el centro del patio, con piedras que parecían signos de interrogación y un sendero hecho de "¿y si...?" compactados como piedrecitas.
—¡Eh! —dijo Nico, porque lo normal es saludar a las cosas raras—. ¿Tú eres la montaña de los 'qué tal si'?
La montaña respondió con un susurro que sonó como papel al doblarse.
—Quizá.
Nico, que tenía diez años y una curiosidad que chirriaba como ruedas de patinete en baches, se acercó. Cada piedra crujía: "¿y si me caigo?", "¿y si me equivoco?", "¿y si el perro se come mi dibujo?". Algunas eran pequeñas, otras enormes, y todas titilaban con luces de preocupación.
En la base de la montaña, apoyado contra una piedra en forma de signo de interrogación gigante, había un libro con una tapa azul a cuadros y, curioso aún más, un mango como de paraguas.
Nico lo tocó. Al abrirlo, el libro hizo un breve estornudo de papel y desplegó su mango como un paraguas. Un olor a tinta fresca y a lluvia de verano subió hasta la nariz de Nico.
—Soy el Libro-Paraguas —anunció el libro con voz de quien ha leído muchas portadas—. Sirvo para cobijar preguntas y para ayudarte a escalarlas sin mojarte de miedo.
—¿Cobijar preguntas? —preguntó Nico, riendo. La risa le dio cosquillas en la barriga—. ¿Es decir que puedo subir y... hacer que se vayan?
—No se van de golpe —dijo el Libro-Paraguas—. Se desinflan, como globos que aprenden a susurrar. ¿Subes?
Nico miró la montaña: el sendero era un zigzag de "y si..." y en lo alto se veía un brillo como una bombilla que se apaga de a poquitos. Se ajustó su gorra, metió las manos en los bolsillos y, con paso decidido, puso el pie en la primera piedra: "¿y si me resbalo?".
Capítulo 2: Paso a paso, "¿y si...?"
La primera piedra respondió con un pequeño "ay" y se transformó en una piedrecita que Nico pudo llevar en el bolsillo. Cada vez que ponía un pie, una pregunta se desinflaba un poco y cambiaba de tono: de fuerte y redonda a suave y chistosa. El Libro-Paraguas abría su tela como un techo de historias, y debajo de él, las dudas sonaban menos grandes.
—¿Y si la maestra me pregunta y me olvido? —murmuró Nico, recordando una clase donde la mano se le había quedado quieta como una estatua.
La piedra le dijo: —Tú eres un niño que practica, no un montón de respuestas. Practicar no está prohibido; es un ejercicio de valentía con sabor a mermelada.
Nico se rió. La piedra se encogió y se volvió una piedrecita de jardín que cabe en la palma. Siguió subiendo. En el tercer peldaño, un "¿y si me pierdo?" le hizo cosquillas en las orejas. Nico, que llevaba una brújula de plástico en el bolsillo, la sacó y la miró como si la brújula fuera un viejo amigo.
—Confía en tus pasos —susurró el Libro-Paraguas—. Y recuerda que pedir ayuda es como compartir un bocadillo.
El viento, que había venido a curiosear, empujó suavemente la tela del libro y una fila de preguntas más pequeñas apareció:
—¿Y si me río en el momento equivocado? —preguntó una que tenía voz de silbato.
—Ríe con ganas —dijo Nico—. La risa arregla más cosas que las zapatillas nuevas.
La pregunta se encogió y se hizo tan transparente que se fue desvaneciendo como el humo de una vela. Con cada duda que se transformaba, Nico se sentía un poco más alto, no porque creciera, sino porque sus hombros se relajaban y el mundo se le veía con más luz.
En un rincón, tres piedras formaban una fila como si fueran pequeñas personas murmurando miedo. Nico les habló como si fueran sus compañeros de equipo:
—Si ustedes se portan bien, yo prometo no darles nombre de monstruo. Les pondré nombres de galletas.
Las piedras, que preferían llamarse "posibilidades", se callaron y se volvieron blandas, perfectas para sentarse. Nico se sentó, cerró momentáneamente los ojos y escuchó cómo el ruido de los "qué tal si" se parecía ahora a música de caja de juguetes.
Capítulo 3: Amigos inesperados y un soplido gigante
A mitad de la subida, apareció Lúa, su vecina, que tenía una bicicleta con campanilla de sirena. Lúa miró la montaña y a Nico con los ojos grandes.
—¿Subes a esa montaña? —preguntó—. Me apunto.
Con Lúa, las preguntas comenzaron a cambiar de voz. Algunas se volvieron curiosas en lugar de temerosas.
—¿Y si mi dibujo se ve raro? —dijo una piedra tímida.
—Hazlo raro —contestó Lúa con una sonrisa de glaciar—. Los dibujos raros son los que cuentan historias secretas.
El Libro-Paraguas aplaudió con sus páginas, y una ráfaga de viento, que tenía la mala costumbre de ser muy dramática, lanzó un soplido gigantesco. Las preguntas más redondas empezaron a inflarse como globos para fiesta. Por un segundo, Nico sintió que la montaña iba a explotar en un espectáculo de "¿y si...?" voladores.
—No te preocupes —dijo el Libro-Paraguas, poniéndose cabeza abajo como un sombrero—. A veces las preguntas necesitan hacerse grandes para que las entendamos. Vamos a soplarles de vuelta, pero con cuidado.
Todos inhalaron: Nico, Lúa, el Libro-Paraguas y hasta las piedras que ahora tenían cara de globos tímidos. Exhalaron en un mismo compás, lento y divertido, y las preguntas gigantes empezaron a desinflarse, una por una, con sonido de trompeta afónica. Cada pregunta soltó un pequeño secreto al desinflarse: un recuerdo de un cumpleaños, el aroma de la sopa de la abuela, la canción que cantaba su papá mientras fregaba los platos.
Cuando la última pregunta perdió su aire, en lo alto de la montaña apareció un sombrero hecho de calma. Nico lo puso en la cabeza y sintió que sus pensamientos eran menos ruidosos, como si alguien hubiera cerrado una ventana que dejaba entrar el viento.
Capítulo 4: La cima que se ríe y la promesa al bajar
Al llegar a la cima, Nico descubrió que las preguntas no habían desaparecido del todo: se habían transformado en pequeñas luciérnagas que danzaban como si supieran pasos de baile. No quemaban, solo iluminaban. Se posaron en los hombros de Nico y Lúa como si fueran medallas de valentía.
—¿Y si vuelvo a tener miedo? —susurró Nico.
Una luciérnaga se acurrucó en su oído y dijo con voz de campanita: —Entonces nos llamas. Prometemos venir con una linterna y un poco de chicle para pegar las sombras.
Nico soltó una carcajada: la idea de luciérnagas con chicle le pareció tan lógica como una pizza con helado (y totalmente aceptable en su mundo). Miró al Libro-Paraguas, que estaba cerrando sus páginas como quien guarda un paraguas en un día soleado.
—Gracias —dijo Nico.
—Gracias a ti —respondió el libro—. Aprendiste a subir paso a paso, a compartir preguntas y a mirar las dudas con curiosidad en vez de miedo.
La bajada fue más ligera. Los "y si..." del camino se habían hecho tan pequeños que eran como canicas. Nico recogió algunas y las guardó en un tarro que llevaba para guardar botones. Cada canica era un recordatorio: "practicar", "pedir ayuda", "reír", "ser curioso". Lúa canturreó una canción y Nico le añadió versos que hablaban de montañas que se desinflan como pompas de jabón.
Al llegar al patio, la montaña se había quedado en una loma pequeña, más amigable que antes, y el Libro-Paraguas volvió a apoyar su mango en el geranio como si fuera a tomar el sol. Las luciérnagas subieron a las ramas del árbol y empezaron a parpadear en un compás tranquilo.
Nico miró su tarro de canicas y luego a Lúa.
—¿Volvemos mañana? —preguntó ella.
—Si aparece otra montaña —dijo Nico—, la invitamos a tomar té y le contamos chistes.
Se dieron la mano, porque las promesas también se sostienen mejor así, y caminaron hacia la casa. El viento se fue calmando como si hubiera aprendido una nueva canción de cuna. Nico puso su tarro en la mesilla, sacó una canica y la miró hasta que la luz de la tarde la hizo brillar como si fuera un pequeño faro.
Esa noche, antes de dormir, Nico cerró los ojos y pensó en las luciérnagas, en las piedras que contaban chistes y en el Libro-Paraguas que ahora olía a lluvia tranquila. No tenía todas las respuestas —¿quién las tiene?—, pero sabía que tenía herramientas: sus amigos, su sentido del humor y la costumbre de respirar despacio cuando las preguntas se hinchan. Sonrió, dejándose llevar por la música lenta de la casa, y las dudas, como globos que ya conocían la salida, se desinflaron suavemente hasta convertirse en sueños.