Capítulo 1: El niño que odiaba Halloween
Martín tenía diez años y una cosa muy clara: odiaba Halloween. No le gustaban los disfraces, ni las máscaras que le parecían demasiado pegajosas, ni tampoco los caramelos blandos que se pegaban a los dientes. Cada año, cuando las calles se llenaban de telarañas de mentira, calabazas sonrientes y brujas colgantes, Martín buscaba alguna excusa para no salir de casa.
Pero ese año, su madre tenía otros planes.
—¡Vamos, Martín! —le animó mientras le entregaba una capa negra y un sombrero puntiagudo—. Este año tienes que acompañar a tu primo Lucas en la caza de caramelos. Es su primera vez y necesita un valiente a su lado.
Martín puso cara de susto. ¿Valiente? Si él solo quería esconderse bajo las mantas y que nadie le molestara. Pero su madre ya había puesto la escoba en la entrada y su primo Lucas, emocionadísimo con su disfraz de esqueleto, le miraba con ojos suplicantes.
—¿Vamos, Martín? ¡Por favor! —rogó Lucas—. ¡Dicen que la calle Mayor está llena de sorpresas este año!
Martín suspiró resignado, se colocó el sombrero con resignación y salió de casa con Lucas, dispuesto a sobrevivir a su peor noche del año.
Capítulo 2: La calle de los sustos
La calle Mayor estaba irreconocible. Los escaparates brillaban con luces anaranjadas, las farolas estaban cubiertas de fantasmas de papel y un esqueleto gigante saludaba a los niños desde la puerta de la panadería.
—¡Mira eso! —dijo Lucas, señalando una tienda de chuches decorada con arañas de peluche—. ¿Entramos?
Martín no pudo negarse y, con paso cauteloso, siguió a su primo. Dentro, la dependienta estaba disfrazada de bruja y les recibió con una risa que resonó como un trueno.
—Bienvenidos a la cueva de los caramelos encantados —anunció—. Para conseguir dulces, tendréis que superar un reto.
Martín tragó saliva. Lucas, en cambio, parecía encantado.
—¿Qué reto? —preguntó.
La bruja sacó una caja de madera y la abrió con lentitud. Dentro, había un montón de gusanos... ¡de goma!
—Tenéis que sacar un gusano verde con los ojos cerrados —explicó—. Si lo conseguís, podréis elegir los caramelos más ricos de la tienda.
Lucas se tapó los ojos y metió la mano en la caja, riendo. Martín, en cambio, notó que su corazón latía rápido. ¿Y si dentro de la caja había algo más? ¿Y si los gusanos eran de verdad?
Pero no podía quedarse atrás. Cerró los ojos y metió la mano. Los gusanos eran pegajosos y fríos, pero al final sintió algo rugoso y sacó un gusano verde gigante.
—¡Bien hecho! —gritó la bruja—. ¡Sois unos valientes!
Lucas aplaudió a su primo y juntos recogieron un montón de caramelos de colores.
—¿A que ha sido divertido? —preguntó Lucas, masticando un regaliz rojo.
Martín, sorprendido, se dio cuenta de que no había estado tan mal. De hecho, había sido un poco divertido.
Capítulo 3: El concurso de monstruos
Al salir de la tienda, la calle estaba aún más animada. Un grupo de monstruos bailaba en medio de la acera: había vampiros saltarines, momias despistadas y un dragón con las alas hechas de paraguas.
—¡Vamos al concurso de monstruos! —exclamó Lucas, tirando de la capa de Martín.
Un animador disfrazado de zombi organizaba el concurso. Martín no quería participar, pero Lucas le arrastró hasta el escenario improvisado.
—¡Aullad como un hombre lobo! —ordenó el zombi.
Lucas soltó un aullido tan fuerte que algunos adultos se taparon los oídos. Martín, tímido, solo pudo hacer un pequeño “auu”.
—¡Genial! Ahora, bailad como un monstruo loco.
Lucas movía los huesos del disfraz de esqueleto como si fueran de gelatina. Martín se dejó llevar por la música y acabó saltando y riendo, olvidándose por un momento de que estaba en Halloween.
Al final, el zombi les entregó una medalla de “Monstruos Valientes” y una bolsa llena de caramelos.
—¿Ya ves? —dijo Lucas, sonriendo—. ¡Eres el mejor monstruo!
Martín sintió algo cálido en el pecho. Quizá Halloween no era tan terrible después de todo.
Capítulo 4: La tienda misteriosa
Mientras recorrían la calle, vieron una tienda que no recordaban haber visto nunca. Tenía un letrero que decía: “Magia y Misterio — Solo esta noche”.
—¿Entramos? —preguntó Lucas, con los ojos muy abiertos.
Martín dudó. La tienda era oscura y olía a humo y a chicle de fresa. Pero algo le empujó a entrar, quizá la curiosidad o tal vez el deseo de impresionar a su primo.
Dentro, un señor con barba blanca y gorro de mago les sonrió.
—Bienvenidos, jóvenes aventureros. ¿Buscáis magia o misterio?
—¡Magia! —gritó Lucas.
—Misterio —susurró Martín, sorprendiéndose a sí mismo.
El mago les condujo hasta una mesa cubierta de trapos brillantes. Sobre ella, había una bola de cristal, cartas de colores y una caja muy antigua.
—Solo podéis abrir la caja si resolvéis este acertijo —anunció el mago—. “Tiene dientes pero no muerde, tiene hojas pero no es árbol. ¿Qué es?”
Martín pensó un momento. Lucas miró a su alrededor, buscando pistas.
—¿Un libro? —preguntó Martín de repente.
El mago aplaudió.
—¡Exacto! —dijo, y les entregó la caja.
Dentro había dos marcapáginas mágicos, que, según explicó el mago, servían para que las historias no se escaparan de los libros.
—Ahora estáis listos para la verdadera aventura —dijo el mago, guiñándoles un ojo.
Los niños salieron de la tienda riendo, con la sensación de haber vivido algo extraordinario.
Capítulo 5: El monstruo de la pastelería
La siguiente parada fue la pastelería, donde un monstruo de chocolate gigante vigilaba la puerta. Había un letrero: “Si quieres dulces, debes despertar al monstruo”.
Lucas miró a Martín con cara de susto.
—¿Y si nos come?
Martín negó con la cabeza, aunque en el fondo también estaba nervioso.
—Es de chocolate, Lucas. No puede hacernos nada.
Entraron despacio. Una señora disfrazada de vampira les ofreció una campana dorada.
—Debéis hacer sonar la campana frente al monstruo. Si se despierta, os dará la receta secreta de las galletas mágicas.
Lucas tocó la campana y nada pasó. Martín la cogió y la agitó con fuerza. De repente, el monstruo de chocolate abrió sus ojos de caramelo y empezó a reír a carcajadas.
—¡Muy bien, pequeños! —tronó su voz grave—. La receta es… ¡comer todo el chocolate antes de que se derrita!
La vampira les entregó una bandeja de galletas y ambos se lanzaron sobre ellas. Martín se manchó toda la cara de chocolate y Lucas no paraba de reír.
—¡Pareces un monstruo de verdad! —le dijo Lucas.
Martín se miró en el reflejo de la vitrina y también se rió. Por primera vez, se sentía parte de la fiesta.
Capítulo 6: Noche de confesiones y magia
La noche avanzaba y la bolsa de caramelos de Martín pesaba cada vez más. Habían visitado todas las tiendas: la librería encantada, el bazar de los fantasmas bromistas, la tienda de mascotas con gatos negros de peluche y hasta un puesto donde te pintaban la cara de calabaza.
Cuando llegaron al final de la calle, se sentaron en un banco a descansar. Lucas devoraba un caramelo de mora y Martín miraba las luces anaranjadas que titilaban en las farolas.
—¿Sabes, Lucas? —dijo, de repente—. Antes no me gustaba Halloween. Me daba miedo, y pensaba que era una tontería disfrazarse.
Lucas le miró sorprendido.
—¿Y ahora?
Martín sonrió.
—Ahora creo que es divertido. Me he reído mucho contigo, y no ha sido tan aterrador como pensaba. Creo que… me gusta Halloween.
Lucas le abrazó con fuerza.
—¡Sabía que te gustaría! Si tienes miedo, yo siempre te protegeré. Bueno, o correré más rápido que tú —añadió, guiñando un ojo.
Martín le lanzó un caramelo y ambos rieron hasta no poder más.
De repente, una nube de humo violeta apareció frente a ellos. Era el mago de la tienda misteriosa, que les saludó con un gesto solemne.
—Habéis superado la noche de Halloween —dijo—. Habéis sido valientes, habéis reído y, sobre todo, habéis compartido la magia de la amistad. Ahora, un último hechizo: ¡que todos vuestros miedos se conviertan en risas cada Halloween!
El mago desapareció con un estallido de confeti y, en su lugar, quedó una ristra de caramelos brillantes.
Martín miró a su primo y juntos cogieron los caramelos, sabiendo que esa noche sería inolvidable.
—¿El año que viene repetimos? —preguntó Lucas.
Martín lo pensó un segundo y luego, con una gran sonrisa, respondió:
—¡Por supuesto! Pero la próxima vez, ¡tú eres el monstruo de chocolate!
Ambos se echaron a reír bajo la luz de la luna, mientras la calle Mayor seguía llenándose de magia, risas y un poco de misterio. Porque, después de todo, Halloween puede dar un poco de miedo, pero sobre todo es una fiesta para compartir, reír y descubrir que los monstruos… a veces solo quieren un poco de chocolate y muchos amigos.