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Cuento sobre la separación y el divorcio 7/8 años Lectura 11 min.

Luna y la cajita del hogar

Luna, una conejita que enfrenta el cambio de vivir en dos casas, aprende a expresar sus sentimientos y a encontrar consuelo en sus padres mientras navega por la confusión de la nueva situación. A través de aventuras y retos, descubre el valor de la comunicación y el amor incondicional.

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Una pequeña conejita llamada Luna, con grandes orejas suaves y un pelaje blanco salpicado de manchas marrones, se encuentra en el centro de la escena, su rostro expresa una melancolía dulce y curiosidad. Observa con ojos redondos y brillantes una caja de madera decorada con dibujos coloridos, simbolizando sus recuerdos. A su derecha, su mamá, una gran coneja de ojos amables y pelaje gris, la observa con una sonrisa reconfortante, sosteniendo una taza de té en forma de zanahoria. A su izquierda, su papá, un conejo marrón con una bufanda roja, le guiña un ojo amigable, sentado en una pequeña silla de madera, listo para contarle una historia. El decorado es una acogedora madriguera, con paredes tapizadas de flores coloridas y una luz suave filtrándose a través de una ventana en forma de corazón. Cojines mullidos y juguetes de peluche están esparcidos a su alrededor, creando una atmósfera acogedora y segura. La situación principal muestra a Luna, rodeada de sus padres, explorando su caja de recuerdos, descubriendo objetos que evocan momentos felices, mientras aprende a expresar sus emociones ante los cambios en su vida. reportar un problema con esta imagen

La noticia en la madriguera

Luna era un conejita con orejas suaves y una cola que parecía algodón. Vivía en una madriguera cálida, llena de mantas con flores y una lámpara que hacía sombras de estrellas en la pared. Su mamá coneja y su papá conejo le contaron algo importante una tarde mientras tomaban té de zanahoria.

"No vamos a vivir juntos en la misma madriguera," dijo mamá coneja con voz dulce, sosteniendo las patitas de Luna. Papá conejo sonrió despacio y añadió: "Pero siempre vamos a ser tus padres. Siempre te queremos."

Luna miró las botas de barro de papá y las huellas de su oreja en la almohada. Sentía que su corazón hacía saltos pequeños como brincos. "¿Qué pasará ahora?" preguntó en un hilo de voz.

Mamá la abrazó. "Vamos a hacer nuevos lugares para ti, y seguiremos cuidándote. Habrá cosas que cambien y cosas que seguirán igual."

Luna quería decir muchas cosas, pero las palabras se escondieron dentro de su barriga. Aprendió entonces que estaba bien no saber todo. También aprendió que podía decir cómo se sentía.

"Yo me siento..." comenzó Luna, y dejó que su mamá terminara la frase por ella: "Yo me siento confundida y un poco triste." Papá acarició sus orejas: "Gracias por decirlo, Luna. Nosotros escuchamos."

Empezó la aventura de aprender a nombrar los sentimientos. Cada vez que Luna decía "yo me siento..." sus padres la miraban con calma y no la interrumpían. Eso la hizo sentir menos sola.

Los días que cambiaron y los que se quedaron

Las semanas pasaron y la madriguera cambió un poco. Papá conejo hizo una nueva caja con juguetes en la casa al lado del sauce, y mamá coneja decoró la estantería con más dibujos de Luna. Hubo noches en que Luna iba a dormir en una casa y otras en la casa del otro. Siempre llevaba su manta con lunares, su osito de trapo y una cajita pequeña con dibujos.

Un día, en la escuela del prado, su amiga la tortuga preguntó: "¿Sigues jugando con los mismos amigos?" Luna sonrió y dijo: "Sí, yo juego con los mismos amigos. A veces voy a la casa de papá, a veces a la de mamá." La tortuga asintió y les pidió que jugaran en equipo.

Al principio Luna tenía miedo de perder cosas: la bici con la campanita, la taza de desayuno con una nube dibujada, el sillón que crujía cuando se mecía. Sus papás ayudaron a poner etiquetas en sus cosas y a hacer un calendario con colores. El calendario mostraba las noches que estaría en cada madriguera, las visitas a la abuela liebre y los días de picnic en el prado. Ver los colores en el calendario la hacía respirar hondo: los cambios tenían nombre y fecha, y así Luna sabía qué esperar.

Había días tristes. Una tarde, cuando los tres estuvieron juntos para llevar a Luna al teatro de marionetas, Luna sintió los ojos llenarse de agua. "Yo me siento sola," susurró. Mamá le dio un kilo de abrazos y papá le contó una broma ridícula sobre una zanahoria que quería ser sombrero. Reírse y llorar fue posible al mismo tiempo. Sus padres le explicaron que sentir muchas cosas no es extraño ni malo. "A veces estamos tristes y a la vez seguimos queriendo mucho", dijo papá.

Luna aprendió palabras que la ayudaban: "cuando me siento..." "me da miedo..." "me hace feliz..." Con esas palabras, Luna no acusaba a nadie. En lugar de decir "Tú rompiste mi corazón", decía "Yo me siento triste cuando las cosas cambian". Eso hacía que conversar fuera más fácil y menos pesado.

Pequeños retos y grandes soluciones

Una mañana de lluvia, Luna descubrió que en la casa del papá las galletas no eran de la misma receta que en la de la mamá. Al principio eso la molestó. "Yo quería las galletas de mamá," dijo con el ceño fruncido. Papá la escuchó y preguntó: "¿Quieres ayudar a hacerlas igual mañana?" Luna se animó y el día siguiente hicieron galletas juntas, contando chistes y dejando una huella de harina en la nariz de papá.

Había ocasiones en que Luna quería que sus padres dejaran de pelear. Cuando los adultos discutían en voz alta, Luna se escondía bajo la mesa, sintiéndose pequeña. Una noche, antes de que la tormenta se calmara, mamá le dijo: "Si te sientes asustada, puedes venir a nuestra cama por un rato." Papá dijo: "O puedes llamar y decir: 'Yo necesito que alguien me escuche'." Luna probó ambas cosas. Llamó y dijo con voz temblorosa: "Yo necesito que alguien me escuche." Papá apagó la televisión, la recogió y le contó una historia de estrellas. Esa noche aprendió que pedir ayuda era un acto valiente.

Los adultos también aprendieron. Uno dijo que hablarían en otra habitación cuando necesitaban decidir cosas importantes, para que Luna no escuchara voces que la asustaran. Con el tiempo, las voces altas fueron menos frecuentes. Cada vez que algo preocupante sucedía, mamá y papá recordaban las palabras que Luna usaba para decir cómo se sentía. Eso cambió la manera en que hablaban.

En la escuela, la maestra del prado enseñó a la clase a usar la frase "yo siento" como una llave para abrir conversaciones. El conejito Miguel dijo una vez: "Yo me siento enojado cuando alguien toma mi crayón". La clase practicó decir primero el sentimiento y luego la solución. Luna se sintió orgullosa de saberlo y de poder usarlo en su vida.

La cajita de las cosas que importan

Mamá coneja y papá conejo ayudaron a Luna a hacer una cajita muy especial. La cajita tenía fotos, una piedra del río donde habían tenido un picnic, la etiqueta de la taza de la nube y una nota que decía: "Para los días que necesites recordar que eres querida."

Cuando Luna abrió la cajita, encontró también un papel que decía: "Puedes querer a mamá y a papá al mismo tiempo." Eso la hizo sonreír. Empezó a llevar la cajita de un lugar a otro. En la casa del papá dormía con la cajita cerca, y en la casa de la mamá la ponía debajo de la almohada.

Una tarde, Luna invitó a los dos a ver un dibujo que había hecho. En la hoja pintó una casa grande con dos caminos que se encontraban en el jardín, y en el centro puso una zanahoria que brillaba. "Esto es mi hogar," explicó. "El jardín es donde juego, y los dos caminos son las casas. Las dos casas me quieren." Mamá y papá se miraron con ojos suaves. Papá dijo: "Eso es perfecto." Mamá añadió: "Nos encanta tu dibujo."

La cajita también servía para los malos días. Si una noche se despertaba con miedo, la sacaba, miraba las fotos y decía en voz baja: "Yo me siento asustada. Necesito un abrazo." Y eso bastaba para que buscara consuelo.

Antes de dormir, una promesa

Las estrellas asomaban por la ventana de la madriguera de la mamá. Luna se acurrucó entre mantas, con la cajita al lado. Papá la llamó por teléfono desde la casa al lado del sauce. "¿Cómo estás?" dijo con su voz suave.

"Yo me siento..." empezó Luna, pero sonrió y terminó: "Yo me siento querida." Papá suspiró de felicidad. "Yo también te quiero mucho," dijo. "Te contaré un secreto: tengo un dibujo tuyo en la nevera." Luna soltó una carcajada.

Mamá, que estaba en la cama junto a ella, le alisó el pelo. "Prometemos escucharte," dijo. "Prometemos decirte la verdad a tu medida, y estar contigo cuando necesites ayuda."

Luna cerró los ojos y recordó las palabras que había aprendido a usar. Sabía que no siempre entendería todo lo que pasaba a su alrededor, pero tenía herramientas: un calendario, una cajita con recuerdos, el permiso para decir "yo me siento...", y el derecho a pedir abrazos.

Antes de quedarse dormida, Luna susurró: "Yo puedo querer a mamá y a papá. Yo puedo decir cómo me siento. Yo puedo pedir ayuda." Esas tres frases eran ahora su manta invisible. Cayó en un sueño en el que corría por el prado y las dos casas estaban al fondo, con luces cálidas. En ese sueño, los caminos no se separaban para siempre: solo se cambiaban el lugar para cuidar mejor el jardín.

Al día siguiente el sol entró por la ventana y pintó de dorado la cajita de Luna. Ella se levantó, se puso sus botas con lunares y salió a saludar el día. Tenía ganas de contarle a su amiga la tortuga el nuevo juego que había inventado. Sabía que tendría días alegres y días más difíciles, pero también sabía que tenía voz y que podía usarla para decir cómo se sentía. Y lo más importante: estaba aprendiendo que, aunque las cosas cambiaran, el amor de sus padres podía estar presente en muchas casas, muchos abrazos y muchas llamadas, siempre que ella lo necesitara.

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Madriguera
El lugar donde viven los conejos, similar a una casa subterránea.
Mantas
Pedazos de tela suaves y grandes que se usan para abrigarse o cubrirse.
Confundida
Cuando alguien no entiende algo o está en duda sobre qué hacer.
Páginas
Hojas de un libro o cuaderno donde se escribe o dibuja.
Huellas
Marcas que dejan los pies al caminar sobre la tierra o la arena.
Calendario
Una herramienta que muestra los días, semanas y meses de un año.
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El acto de envolver con los brazos a alguien para mostrar cariño.

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