Capítulo 1
Era un día claro en la ciudad-aro. La ciudad formaba un gran anillo brillante alrededor de un parque verde tan grande como un mar de árboles. Las casas curvas, los puentes suaves y las calles en espiral se movían con la luz del sol. Pantallas flexibles como hojas y hologramas transparentes guiaban a la gente. Todo parecía cantar en colores suaves.
Lina tenía seis años. Llevaba una trenza despeinada y unos zapatos que brillaban con pequeñas luces. Vivía en un apartamento que daba al parque. Desde su ventana veía pasear robots jardineros y niños que volaban en pequeñas nubes de aire. A Lina le gustaba mirar los hologramas: mapas que flotaban, libros que hablaban y peces que nadaban en el aire.
—Mamá, hoy quiero ir al centro del parque —dijo Lina un mañana—. Quiero ver la fuente que cuenta historias.
—Claro, tesoro —respondió su mamá—. Pero recuerda llevar tu casco y el patín de silla que te ayuda a caminar en las pasarelas resbalosas.
Lina sonrió. Era curiosa como un gato. Le gustaba tocar todo, preguntar todo y descubrir cosas pequeñas.
En el ascensor, una pantalla blanda mostró el camino. Las flechas se inclinaron y un holograma azul indicó la pasarela verde. Lina tomó su mochila y, junto a su mamá, bajó a la gran avenida circular.
Capítulo 2
La pasarela que rodeaba el parque era lisa y reflectante. A veces, cuando llovía, se ponía resbalosa. A Lina le gustaba caminar con cuidado. Pero ese día, al sentarse en un banco para atarse las agujetas, notó que la silla del parque tambaleaba.
—¡Oh! —murmuró Lina—. Tiene un pie sin patín.
Ella sabía lo que era un patín de silla: una pequeña pieza redonda que se pega bajo la pata de una silla para que no raye el suelo y para que no se tambalee. Lina siempre llevaba uno en su bolsillo. Le gustaba arreglar cosas pequeñas. Era su manera de cuidar el mundo.
Una voz holográfica anunció un concierto en la plaza central a la hora del mediodía. Lina pensó: “Si arreglo la silla, quizás alguien se siente y disfrute del concierto”. Sin decir nada, sacó su patín de silla: era azul como un caramelo y tenía una pegatina de una estrella. Lo colocó con cuidado bajo la pata de la silla.
—Gracias —dijo la silla como si fuera un ser imaginario—. Ahora puedo bailar.
Lina sonrió y se fue a explorar. La ciudad-aro zumbaba con pantallas blandas que se abrían como alas. Un holograma de una guía llamada Luma apareció en su camino.
—Hola, Lina —dijo Luma con voz dulce—. Veo que ayudas. ¿Quieres venir a la fuente que cuenta historias?
—Sí —contestó ella—. ¿Dónde está?
Luma desplegó un mapa transparente en el aire. Mostró caminos iluminados y un sendero secreto que pasaba por debajo de un puente lleno de luces.
—Sigue las piedras que brillan —indicó Luma—. Pero cuidado con la pasarela del sauce. A veces está resbalosa.
Lina asintió, curiosa. Iba a ser una pequeña aventura.
Capítulo 3
Caminó por pasarelas que cantaban cuando se pisaban. Los árboles en el parque tenían hojas como pantallas que mostraban historias de antaño. Lina tocó una hoja y apareció un cuento de una estrella que quería aprender a bailar. Las palabras formaban figuras en el aire y ella reía.
Al llegar al puente de luces, la pasarela debajo de sus pies brilló menos. Recordó la advertencia de Luma. Puso la mano en su bolsillo: ahí estaba su pequeño frasco con dos patines de silla más. Con cuidado, buscó una silla solitaria junto al puente. La encontró apoyada en un poste. Su pata delantera estaba desgastada.
—No quiero que nadie se caiga —pensó Lina—. Mejor le pongo un patín.
Mientras trabajaba, una brisa holográfica sopló y una hoja-pantalla mostró un mensaje parpadeante: “Problema en el anillo sur: algunos hologramas pierden brillo”. Lina apartó la hoja y vio que la ciudad, lejos, parecía perder un poco su luz azul. Esto le dio un pequeño escalofrío.
Un niño llamado Nico llegó corriendo.
—¡Lina! —dijo—. Escuché que la gran pantalla del sur está apagándose. ¿Qué hacemos?
Lina miró alrededor. El parque seguía tranquilo, pero la idea de un lugar sin luz le pareció triste. Ella era pequeña, pero sabía que las cosas pequeñas podían arreglar grandes problemas.
—Voy a ver —dijo—. Pero antes, terminemos aquí.
Puso el patín en la pata de la silla y la apretó con ternura. La silla dejó de tambalear y sonrió con un brillo plateado.
—Listo —susurró Lina—. Ahora vayamos al sur.
Capítulo 4
El camino hacia el anillo sur era largo. Las pantallas flexibles mostraban flechas y dibujos de mapaches viajeros. Los hologramas de guía se inclinaban para que Lina y Nico pudieran pasar. En el camino, encontraron una fuente que tenía un pequeño poeta holográfico. Este poeta contaba historias con burbujas de luz.
—¿Qué os trae por aquí? —preguntó el poeta.
—Vamos a ver la pantalla que perdió su brillo —explicó Lina—. Quizá podamos ayudar.
El poeta sopló una burbuja y dentro de ella apareció una imagen: la gran pantalla del sur estaba cubierta de una tela de polvo espacial. Era como una nube suave que no dejaba pasar la luz.
—¿Polvo espacial? —susurró Nico—. ¿Cómo lo quitamos?
Lina pensó. Miró su mochila. Sacó una pequeña toalla, una jeringa de agua y su patín de silla extra. Sus manos pequeñas se movieron con calma y sabiduría.
—Podemos limpiar con cuidado —dijo—. Las pantallas son sensibles. Hay que usar aire suave y una tela amiga.
Al llegar, la gente se agrupaba. Algunas personas miraban preocupadas. Lina subió a una pequeña plataforma que se elevó con un holograma amistoso. Con la ayuda de un robot barbero —porque en esa ciudad los robots cortaban y peinaban las telas—, Lina y Nico usaron aire suave y la tela para quitar el polvo. El patín de silla sirvió para apoyar herramientas pequeñas. Poco a poco, la pantalla volvió a brillar.
Hubo un pequeño tropiezo: una ráfaga de viento cambió el orden de las imágenes. Las caras en las pantallas se confundieron y empezaron a contar historias torcidas que hicieron reír a todos. El público soltó pequeñas carcajadas. Lina también rió. Era un error simpático y no peligroso. Con paciencia, ella ordenó las historias una por una, como si colocara piezas de un rompecabezas.
Cuando la última imagen volvió a su sitio, la pantalla brilló con colores nuevos. Proyectó una canción que hablaba de ayudar y curiosidad. La gente aplaudió. Un aplauso suave, luego más fuerte. El sonido se elevó por toda la ciudad-aro.
Capítulo 5
Esa noche, en el parque central, la fuente que cuenta historias proyectó una luz especial. Las figuras de agua danzaron y mostraron a Lina entre las gotas: una niña que arregló una silla y limpió una pantalla con amigos. La historia que la fuente contaba hablaba de pequeñas acciones que hacen grandes cambios.
Lina estaba sentada junto a su mamá y Nico. Luma, la guía holográfica, flotaba a su lado y cantaba una canción de alegría. La ciudad-aro brillaba en círculos, como si quisiera abrazar el parque.
—¿Te gustó? —preguntó su mamá.
—Sí —dijo Lina—. Me gustó ayudar. Me gustó aprender que las cosas pequeñas importan.
La gente comenzó a aplaudir de nuevo. Primero suave, después con más ganas. El aplauso subió en olas claras hasta tocar las hojas-pantalla. Incluso la silla del banco, con su patín nuevo, aplaudió con un crujido alegre.
Lina sintió calor en su pecho. Estaba orgullosa y feliz. Su curiosidad la había llevado a descubrir, a preguntar y a encontrar soluciones simples. Había encontrado amigos y escuchado historias. La ciudad-aro, con sus pantallas blandas y sus hologramas claros, parecía más amable.
Cuando la última nota de la canción se apagó, la multitud lanzó un gran aplauso final. Fue un aplauso que iluminó las caras y las estrellas. Lina aplaudió también, con las manos pequeñas y fuertes.
Y así, bajo la luz tranquila del anillo y el murmullo de las hojas que contaban cuentos, Lina supo que siempre valía la pena preguntar, tocar, ayudar y cuidar. El mundo era grande y brillante, y ella estaba lista para seguir explorándolo, un pequeño patín de silla a la vez.