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Cuento de desafío imposible 11/12 años Lectura 25 min.

Lía y el camaleón de los inventos

Lía y sus amigos se embarcan en una emocionante aventura para participar en un concurso de inventos ingeniosos, enfrentándose a desafíos que requieren creatividad y trabajo en equipo. A través de sus experimentos, aprenden a adaptar sus ideas y a encontrar soluciones inesperadas.

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Una niña de 12 años, Lía, con el cabello castaño alborotado y ojos brillantes, está de pie con una sonrisa decidida, sosteniendo un cuaderno de bocetos abierto en sus manos. Lleva una camiseta colorida y unos vaqueros desgastados, mostrando su espíritu creativo y aventurero. A su lado, Vega, una niña de 12 años con gafas redondas y cabello rubio recogido en una cola de caballo, pedalea enérgicamente en una bicicleta estática, concentrada y sonriente. Nico, un chico de 13 años con una gorra al revés y una camiseta a rayas, observa con entusiasmo, sosteniendo un ventilador de mano. Yago, un niño de 8 años con el cabello despeinado y una expresión traviesa, agita una pequeña bandera de tela. Están en un gimnasio escolar decorado con banderines coloridos y mesas llenas de inventos extravagantes. La escena principal muestra a Lía y su equipo realizando un desafío imposible: hacer flotar un globo a través de un laberinto trazado en el suelo, gracias a un ingenioso soplo de aire. La atmósfera es alegre y animada, llena de creatividad y camaradería. reportar un problema con esta imagen

Carteles rojos y un cuaderno que cruje

Lía casi se tragó el lápiz cuando leyó el cartel pegado con cinta roja en la verja del polideportivo: “Concurso de Inventos Ingeniosos — Desafíos Imposibles — sábado a las diez.” Debajo, en letra menuda: “Se valorará la creatividad, la seguridad y la capacidad de adaptación. Esa última palabra le saltó a los ojos como una rana. Adaptación. Eso era lo suyo.

—¿Desafíos imposibles? —Vega, su mejor amiga, estiró el cuello para leer—. Imposibles, imposibles… ¿de los de verdad o de los que se pueden amaestrar?

—De los que parecen imposibles hasta que los miras de otro ángulo —dijo Lía, y se le encendieron los ojos—. Quiero ganar. No, quiero jugar y ganar.

Esa tarde, al llegar a casa, abrió el baúl de la abuela Remedios. Olía a madera y canela. Debajo de una bufanda con pompones, encontró el cuaderno de esquemas de la abuela: tapas de cartón duro, cinta elástica que crujía al soltarla, papeles con líneas finas para dibujar ideas y bolsillos llenos de recortes. En la primera página, con tinta morada, la abuela había escrito: “Para cuando el plan A se ponga cabezota. Te quiere, Re.”

—Plan B, C, D y hasta Z —murmuró Lía, abrazando el cuaderno.

—¿Qué tramas? —asomó la cabeza Yago, su hermano pequeño, con el pelo hecho un remolino.

—Voy a ganar un concurso de inventos. Y tú vas a ser mi probador oficial.

—¿Cobro en galletas? —preguntó Yago, tan serio que daba risa.

—En galletas y en aplausos.

A la mañana siguiente, la mesa del comedor se convirtió en laboratorio. Todos los cacharros que no peleaban con la seguridad estaban permitidos: globos, pinzas, pajitas, cinta adhesiva, cucharas, una pelota de playa, una linterna, cajas de cartón y un secador viejo que Doña Rulos de la peluquería les prestó con la promesa de que volviera “con menos pelos que antes”.

—Primero, entrenar —dijo Lía, abriendo una pestaña del cuaderno con un esquema titulado “¿Cómo guardo una idea?”. Dibujo de un tarro con ondas.

—¿Guardar una idea? —Vega frunció la nariz—. Solo guardo cromos y migas.

—El primer desafío del cartel es “Atrapa un eco” —explicó Lía—. Así que vamos a ensayar antes.

—¿Un eco como Eko, el de sexto B? —preguntó Nico, que se había colado por la puerta con su monopatín bajo el brazo.

—Un eco-eco, de voz. El que te contesta desde las escaleras del cole cuando gritas “¡hola!” —dijo Lía—. Y sin gritar, que Tía Moni se altera.

El cuaderno crujió al cambiar de página. Tenía dibujado un tarro, una membrana de globo, un puñado de purpurina y una nota: “Si no ves el sonido, invéntale un baile.”

Atrapar un eco

—Operación Eco, fase uno —anunció Lía, dándole una palmada suave a la mesa—. Tarros limpios, membranas tensas, purpurina a discreción… Y silencio de los buenos.

Tensaron un trozo de globo cortado sobre la boca de un tarro de cristal. Lía dejó caer un pellizco de purpurina sobre la membrana. Vega se subió a una silla para tener “mejor ángulo del misterio”. Yago metió un dedo en el tarro. Lía se lo apartó con una mirada.

—Atención: voy a decir “hola” como quien sopla una vela. Suave.

Se inclinó y dijo: “Holaaaa”. La purpurina vibró con un estremecimiento dorado.

—¡Se mueve! —chilló Yago, y la purpurina saltó un poco más.

—Es la membrana —explicó Lía—. La voz golpea el globo, el globo tiembla, la purpurina baila. Ahora, a por el eco de verdad.

Abrieron el armario empotrado del pasillo, ese que hacía de cueva privada. Pusieron el tarro justo en la boca del armario, la membrana lista y la purpurina quieta como nieve antes del primer paso.

—Eco, no seas tímido —susurró Vega.

—¿Lista? —preguntó Nico, agarrando el monopatín como si fuera una antena.

—Lista —dijo Lía, y gritó hacia adentro: “¡Hola!”

Del armario, en eco discreto, rebotó un “hola… hola… hola…”. Y sobre la membrana, la purpurina bailó como si unas hormigas con patines la empujaran. Yago, encantado, cerró el armario de golpe.

—¡Atrapado!

—No hemos atrapado el sonido, pero hemos atrapado su baile —dijo Lía—. Y podemos enseñarlo. Eso cuenta. Además…

Releyó el cuaderno. Al lado del dibujo, la abuela había escrito: “Si no puedes coger el viento, ponle cometas.” Lía dibujó un eco, pequeño y simpático, con cara de “me pillaste”. Vega añadió un sombrero.

—Puntazo —dijo Nico—. Y si el jurado dice que no vale, les cantas: “El eco no se ve, pero se siente.” ¡Zas!

La idea creció. Practicaron con distintas voces, graves, agudas, susurros, silbidos. Cada sonido hacía bailar la purpurina de un modo distinto. Grabaron un video con el móvil de Tía Moni (con permiso, prometido de verdad) para enseñarlo si alguien dudaba. Y antes de recoger, a Yago se le ocurrió un quiproquo:

—¿Y si al eco le da hambre?

—Le daremos galletas imaginarias —dijo Vega muy seria—. Engordan cero y saben infinito.

El cubito fugitivo

El segundo desafío de la lista: “Traer un cubito de hielo desde el kiosco de la plaza hasta la mesa del jurado sin que se derrita ni gota”. Lía escribió en una esquina del cuaderno: “Sol + distancia + prisa = charco”. Y debajo, más grande: “Solución fresca”.

—Necesitamos una nevera ambulante —dijo Nico—. O una caravana. O la nevera de Doña Rulos con ruedas.

—Podemos enfriar por sombra, por reflejo y por evaporación —dijo Lía, mordiendo la lengua mientras dibujaba—. Sombra con una sombrilla pequeña. Reflejo usando papel de aluminio. Evaporación con un trapo húmedo. Y un ventilador de mano.

—Mi calcetín tiene vocación de trapo —ofreció Yago, levantando uno con un agujero del tamaño de una castaña.

—A lavar primero, campeón —dijo Vega, agarrando el calcetín con puntitas de dedos.

Fabricaron una caja de cartón con cierre hermético, por dentro forrada con papel de aluminio robado al rollo de la cocina. En la tapa, un agujero redondo donde encajaron un pequeño ventilador que Nico había sacado de un juguete roto. Por fuera, le pusieron un parasol mini que Vega había guardado de un helado gigantesco del verano pasado. La caja parecía una nave espacial de yogur.

—Presento el Carrito Fresquín —anunció Lía—. Principio: reflectividad para que el sol rebote, sombra para que no abrace, evaporación para que el calor se gaste evaporando agua y no el hielo. Y ventilador para ayudar al agua a evaporarse.

—Yo corro —dijo Nico, flexionando las piernas—. Tengo ruedas en los pies.

—No corras —pidió Lía—. Mejor trotar. Si te caes, el cubito se vuelve lágrima.

El ensayo fue una comedia de casi-charcos. En la plaza, con perros que olían todo y personas que miraban con cara de “¿qué invento es ese?”, Nico empujó el Carrito Fresquín mientras Yago echaba gotas de agua con un pulverizador sobre el calcetín-trapo de la tapa.

—¡No tanta agua, marinero! —gritó Vega, porque el agua empezaba a gotear—. Es un vestido elegante, no una ducha.

Llegaron al kiosco, convencieron a María, la del kiosco, de prestarles un cubito “en nombre de la ciencia escolar”, y emprendieron la vuelta con ese paso de procesión que tienen las cosas frágiles. Un perro quiso lamer la caja.

—Eeepa, amigo —dijo Nico—. No es helado.

—¿Está vivo? —preguntó un niño pequeño, con ojos grandes.

—Está fresco —respondió Lía—. Y si todo sale bien, seguirá fresco al llegar.

Llegaron. Lía abrió la caja con solemnidad. El cubito estaba entero. Brillaba. No una gota.

—Señoras y señores —dijo Vega a los palomos de la plaza, que hicieron de jurado imaginario—, el cubito fugitivo ha sido domado.

—Puntazo doble —asintió Nico—. Y huele a menta. ¿Por qué?

—Porque tu calcetín era de menta —dijo Vega, levantando una ceja.

—Era de fútbol —protestó Yago—. Lo de menta es… mi champú.

Rieron tanto que casi se les derritió el experimento por calor de carcajada.

Pesar una nube

El tercer desafío sonaba a chiste de profesores: “Mide cuánto pesa una nube”. Lía masticó ese trozo de imposible como quien mastica chicle, pensando.

—Una nube es agua en el aire —dijo—. Si el aire tiene más agua, pesa más. Podemos pesarlo… si atrapamos la nube en un sitio pequeño.

—¿Vas a secuestrar una nube del cielo? —preguntó Vega, con la boca redonda.

—Una nube casera. Vapor + frío = nube dentro de una bolsa.

La cocina se convirtió en meteorología de sobremesa. Pusieron agua a calentar en una olla, con Doña Moni vigilando para que nadie con monos pegara narices donde no. Cuando el vapor subió, Lía dirigió el chorro hacia una bolsa transparente con cierre, y Yago presionó un hielo envuelto en un trapo por fuera de la bolsa, para enfriar el aire.

—¡Nube! —se entusiasmó Nico, pegado al plástico—. Tiene cara de oveja.

—No te la comas —pidió Vega.

Primero, pesaron la bolsa vacía en la balanza de cocina: 43 gramos. Luego, con la nube dentro, otra vez: 47 gramos.

—¿Cuatro gramos? —Yago sacó la lengua, concentrado—. ¡Una nubecita pesa cuatro galletas! Digo, gramos.

—Eso es porque atrapé una nube pequeñita —dijo Lía—. Pero demostrable. Podemos pesar el aire con y sin vapor. Es como pesar un bolsillo con y sin canicas. Y si hace falta, traemos tablas de humedad. O…

El detector de humo decidió que ya era protagonista suficiente y pitó como si fuera un grillo tozudo. Tía Moni salió con los ojos como faros.

—¡Fuego no, ciencia sí! —exclamó, y luego, al ver la nube—. ¿Y esa bolsita chula?

El pitido no paraba. Lía apretó los labios, respiró hondo y cambió de idea en un parpadeo. Abrió el cajón y sacó un ventilador de mano. Abrieron todas las ventanas. Tía Moni agarró una tapa de cartón y abaniqueó como una flamenca con prisa. Nico llevó la olla al balcón, con trapo y guantes.

En dos minutos, silencio. Solo las risas contenidas y un “beep” tardío.

—Plan B exitoso —dijo Lía, apuntando en el cuaderno—. Nota: improvisar aire siempre que un aparato crea que todo es un dragón.

—Y anotar que la nube no era de algodón —dijo Vega, extrayendo con delicadeza la bolsa—. Era de agua. Y pesa.

—Pesa poquito, pero pesa. Como las dudas —añadió Lía—. Si las miras, no son tan grandes.

La feria que se quedó sin chispa

El día del concurso, el gimnasio del cole estaba vestido de fiesta. Cintas multicolores por todas partes, mesas numeradas, público con bocas de “oh” y jurado con bolis que daban miedo. Los finalistas tenían que completar tres desafíos al azar sacados de una caja sorpresa, y luego presentar su invento estrella. Lía llevaba su cuaderno de esquemas como si fuera un tesoro. En el bolsillo interior, unas notas, un trozo de cordón, dos globos de repuesto y una pegatina de gato con casco.

—Si me pongo nerviosa, me aprieto la pegatina —dijo—. Funciona.

—Yo me como la uña del meñique —confesó Nico.

—Yo digo “trucha” bajito, que da calma —dijo Vega.

—Yo saco la lengua —anunció Yago—. Pero solo un poco, que Tía Moni me ve.

Cuando les tocó, Lía metió la mano en la caja. Sacó un papel con letras gordas: “Mueve un globo por un laberinto sin tocarlo con las manos”. Segundo papel: “Apaga cinco velas sin soplar”. Tercero: “Haz reír al jurado en menos de treinta segundos”.

—Esto me está guiñando un ojo —murmuró Lía, que ya tenía chispas en la cabeza.

El laberinto estaba marcado con cinta en el suelo. Un globo redondo, naranja, esperaba encima de una línea de salida dibujada con tiza. El público se agolpó. Lía colocó dos sillas, puso una toalla entre ellas y pidió el secador de Doña Rulos. Lo conectó, lo probó: aire temblón, caliente, con restos de perfume a laca.

—Primero, corriente de aire —dijo—. Vulgo: viento de pelu.

—¡Atención al peinado del globo! —anunció Nico, haciendo de presentador.

Vega sujetó el secador, apuntando bajo el globo para hacerlo flotar un poco. Yago, con un abanico hecho de cartón, hacía pequeñas brisas para dirigirlo. Lía, anticipando que el secador podía empujar demasiado, curvó la toalla para crear un túnel de aire.

—¡Derecha! —gritó Vega.

—¡Izquierda! —mandó Yago.

Un espectador sopló con entusiasmo y casi desvió el globo al barranco de fuera del laberinto. Lía cambió de ángulo, bajó el secador, levantó la toalla. El globo se bamboleó, giró, hizo una voltereta tímida y, con una pirueta final, cruzó la meta.

—¡Gol-globo! —gritó Nico, y el público aplaudió.

Las velas estaban sobre una mesa. Prohibido soplar. Lía sacó del bolsillo una botella de plástico con un tubo, un poco de vinagre, un sobre de bicarbonato. Vertió vinagre en la botella, cargó el sobre como una bolsita en la boca estrecha, cerró bien.

—Química amable —dijo—. Dióxido de carbono. El gas más pesado que el aire.

—Más pesado que un bostezo —susurró Vega.

Sacudió la botella para que el bicarbonato y el vinagre se mezclaran. La botella se hinchó un poco. Lía no volcó el líquido, solo el gas, inclinando la botella sobre las velas. El aire invisible descendió como una manta. Una vela, dos, tres, cuatro, cinco, se apagaron sin un solo soplido.

—¡Hala! —dijo una señora del público—. La niña apaga como un dragón con educación.

—Me entrenó un dragón suburbano —bromeó Lía.

Restaba la risa del jurado. Lía miró el reloj. Veintinueve, veintiocho… Sacó de su mochila una caja de cartón con agujeros: “Dispensador de carcajadas — versión pluma”. Los jueces se miraron, intrigados. Lía puso plumas de gallina por el agujero, conectó un pequeño motor con un eje con nuditos, el motor empezó a girar, las plumas empezaron a salir por donde no debían y a cosquillear manos y narices. Yago, que esperaba serio a un lado, se tropezó con sus propias expectativas y soltó un “¡trucha!” tan sobrio que uno de los jueces se rió. El otro estornudó porque una pluma le cayó en el bigote. El tercero, serio como un reloj, recibió de Lía un espejo en el que había pegado ojos móviles. Se miró. Los ojos móviles se quedaron mirando a otro lado. El juez serio se vio serio con ojos locos. La línea de su boca se salió de la cárcel y se convirtió en sonrisa.

—Risa en veintidós segundos —anunció Nico—. Récord.

Entonces, el gimnasio parpadeó. Las luces hicieron “tic”, luego “tic” otra vez, y luego “todo negro”.

—¡Se fue la luz! —gritó alguien—. ¡Mi dron! —gritó otro, al oír un golpe arriba.

En la penumbra, un resplandor de móvil iluminó la nariz de Yago. El murmullo subía y bajaba como una ola sin playa.

—Plan Z —susurró Lía. Le latía el corazón como un tambor. Sintió la pegatina del gato con casco debajo de la camiseta. Recordó a la abuela: “Si el plan A se pone cabezota…”

—¿Qué hacemos? —preguntó Vega.

—Inventamos luz —dijo Lía—. O mejor, inventamos sin luz.

El camaleón de los inventos

El invento estrella de Lía no era una cosa que hiciera una sola cosa. Era un kit. Un “camaleón de problemas”, como lo había bautizado en el cuaderno. En una caja de madera tenía piezas: pequeñas poleas, cordones, imanes, pinzas, tubos, un mini dinamo de bicicleta, una linterna averiada, un espejo, una radio sin carcasa, dos globos, una rueda de patín y una campanita. Y un cartelito: “Modo Cambia-Problemas”.

—Equipo, a la bici —ordenó, y Nico ya estaba empujando una bicicleta estática de la sala de educación física, esa que usaban para calentar en días de lluvia.

—Sin luz, con músculo —dijo Vega, sin preguntarle a nadie, subiendo a los pedales—. Voy.

Lía enganchó el dinamo a la rueda. Con cinta, sujetó cables a la linterna averiada. Ajustó el espejo para multiplicar la luz que saldría. Y colgó la campanita de un hilo.

—Si chilla, no explota —dijo Yago, seguro, aunque no se entendía la lógica.

Vega pedaleó. La rueda giró. El dinamo cantó un zumbido tímido. La linterna parpadeó y luego lanzó un cono de luz digno de fantasma amable. Lía lo rebotó con el espejo hacia la mesa de demostraciones. La campanita tintineó por efecto de la vibración.

—Señoras, señores y eco —anunció Lía, alzando la voz—: les presento mi invento camaleón. Hoy, luz. En cinco minutos: otra cosa. Ustedes proponen, yo adapto.

Una mano al fondo pidió: “¡Que un globo cruce el escenario sin tocarlo!”. Otro gritó: “¡Hacer llover dentro de una caja!”. Un tercero, de barba canosa, dijo: “¡Levantar una manzana sin usar las manos ni los pies!”.

—Acepto —dijo Lía, con ese brillo que hace que la barriga haga cosquillas.

Para el globo, ya tenían práctica. Sin enchufes, sin secador, con el dinamo no daba, así que usó el “efecto imán”. Sacó dos globos, los frotó contra una bufanda de lana con energía de gato, y los cargó de electricidad estática. Pegó uno a una regla de plástico y acercó la regla al globo sobre el suelo del escenario. El globo se movió, huyendo y acercándose como pez en pecera. Lía sonrió, movió las manos como una directora de orquesta.

—Electricidad del jersey —explicó—. El globo no toca mis manos, pero se mueve.

Para la lluvia en una caja, sacó una caja transparente con tapa, puso una taza con agua caliente dentro y, arriba, colocó una bandeja metálica con hielos. Condensación al canto. En menos de un minuto, gotitas formándose, cayendo como lluvia en miniatura. El público se acercó con ojos de lupa.

—La nube doméstica —dijo Lía—. Llueve donde hace frío arriba y calor abajo.

Para levantar la manzana, miró su caja camaleón. Ató un cordón a la manzana, pasó el cordón por una polea improvisada (una rueda de patín en un gancho), ató el otro extremo a un globo que infló. El globo no era Helio, era aire normal, así que no tiró hacia arriba. Cambio de plan. Lía sacó un imán potente de nevera y una escuadra metálica. Clavó la escuadra en una madera, pegó a la manzana una arandela metálica con cinta, y desde arriba, sin tocarla, acercó el imán, la manzana levantó la nariz como olisqueando, subió un poquito, lo justo para convertirse en magia breve.

—Levantada sin manos ni pies —dijo Vega, mientras pedaleaba más despacio—. Con nariz imán.

Alguien pidió: “¡Que el eco se vea!”. Lía preparó el tarro con la membrana y la purpurina. Yago se colocó serio al lado. Lía dijo “Gracias” sobre la membrana. La purpurina bailó. El público hizo “oooh”.

—El sonido mueve cosas —dijo Lía—. Es invisible pero empuja.

Un último reto salió de la caja de propuestas: “¡Haz funcionar una radio sin enchufes!” Lía miró su camaleón. Sacó la radio sin carcasa y el dinamo ya girando, puenteó cables con pinzas, extendió el brazo de antena con el cordón de la cometa de Yago. Cuando Vega pedaleó un poquito más, la radio tosió y de pronto una música llena de interferencias se coló en el gimnasio, y una voz dijo: “Buenas tardes desde Radio Patio…”

—¡Es la voz del conserje! —susurró alguien. Era el señor Abad, que había encendido su emisora de aficionado para ayudar.

—Me chivó que siempre escucha las carreras de palomas —murmuró Vega—. Y que le encantan las pruebas imposibles.

La luz volvió con un zumbido de insecto contento. La gente aplaudía allí donde estuviera su par de manos. Lía, con los cachetes rojos y el pelo un poco eléctrico, se inclinó en una reverencia que parecía una ola.

Gracias, equipo

El jurado se tomó su tiempo. Al final, llamaron a Lía y a su equipo al centro. La señora del bigote de pluma, el señor de ojos móviles y el juez que estornudaba con discreción sonreían sin fisuras.

—No hemos visto el invento más grande —dijo la señora—. Ni el más caro. Pero hemos visto algo que hace falta en cualquier taller, en cualquier casa, en cualquier cabeza: adaptabilidad. Has convertido las trabas en saltos. Y eso vale oro… bueno, vale una taza con forma de bombilla y un trofeo que brilla.

Le entregaron una copa transparente con un engranaje dibujado y una taza de cerámica con asa en espiral. Lía la sostuvo como quien sujeta un pez que no quiere volver al río.

—No la gané yo sola —dijo, con la voz medio alta, medio temblorosa—. La ganó mi equipo. Sin Vega, el dinamo habría sido un adorno. Sin Nico, el globo estaría ahora mismo atascado en la bandera. Sin Yago, no habría nubes en bolsas. Sin Doña Rulos, no habría viento elegante. Sin Tía Moni, no habría cocina. Sin la abuela Remedios, no habría cuaderno que cruje. Sin el señor Abad, no habría radio ni patio con eco. Y sin la gente que gritó “trucha”, no habría risas a tiempo. Gracias, helpers. Muchas, muchísimas gracias.

—¿Helpers? —preguntó la señora.

—Ayudantes —tradujo Lía—. De los que empujan y sujetan. De los que te dicen “prueba así” cuando “asá” se estropea.

Nico levantó el trofeo, Yago se colgó de su codo como si fuera una rama. Vega apoyó la barbilla en la taza de bombilla.

—¿Y ahora? —preguntó Vega.

—Ahora, plan… —Lía abrió el cuaderno, que crujió encantado—. Plan seguir. Porque mañana habrá otros imposibles. Y nos esperan con pinta de chiste.

Esa noche, en su cama, Lía pegó en el cuaderno una foto arrugada en la que salían todos con el señor Abad al fondo haciendo un gesto de radio. Encima, escribió con rotulador plateado: “Gracias por pedalear conmigo cuando se fue la luz. Gracias por ser viento cuando faltó el enchufe. Gracias por reír cuando temblaba”.

Apagó la lámpara. El trofeo en la mesita capturó la luz de la luna y la devolvió en rayitas. Lía se durmió con la sensación de que todo desafío trae un juego escondido, y que, con la gente justa y un cuaderno que cruje, los imposibles aprenden a decir: “Vale, me adapto.”

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Objeto o utensilio en desuso o que ya no sirve.
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Resultado de una acción o de un fenómeno.
Adaptación
Proceso de ajustar algo a nuevas condiciones o situaciones.
Improvisar
Hacer algo de forma espontánea y sin preparación previa.
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