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Cuento de Navidad 11/12 años Lectura 20 min. (3)

Las huellas de Sombra en la nieve de Nochebuena

Lía sigue unas pequeñas huellas en la nieve que la llevan a conocer a un gato llamado Sombra y a emprender una aventura donde descubre el valor del respeto, la solidaridad y las pequeñas tradiciones del barrio en Nochebuena.

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Niña de 12 años, cabello castaño en una trenza gruesa, rostro redondo con pecas, expresión curiosa y alegre, abrigo rojo con capucha, tirando de un pequeño trineo rojo de madera sobre la nieve; un gato negro llamado Sombra con ojos amarillos y lazo azul con un pequeño cascabel plateado sentado en el trineo mirando a la niña; Elvira, mujer mayor de ~75 años con cabello gris recogido en un moño, suéter de lana crema y bastón, de pie en la puerta de una casa azul detrás de la niña con una sonrisa agradecida; la abuela Nora, ~60 años, rostro cálido y bufanda tejida, sujetando una taza de chocolate caliente y observando desde el borde de la plaza. La escena transcurre en una plaza de pueblo nevada al anochecer con un gran árbol de Navidad iluminado en el centro y guirnaldas en los faroles; la niña sigue pequeñas huellas en la nieve hasta la casa junto al río, el trineo carga galletas y donaciones, el cascabel brilla, ambiente navideño tranquilo y benevolente con copos de nieve cayendo suavemente. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Huellas como migas de luna

La mañana de Nochebuena amaneció con el pueblo envuelto en un silencio crujiente, como si alguien hubiera guardado el mundo en una caja de algodón. La nieve lo tapaba todo: los bancos de la plaza, los setos del parque, el tejado de la panadería que olía a canela aunque estuviera cerrado.

Lía, que tenía doce años y energía para encender una ciudad entera, pegó la frente al cristal de su habitación y dejó una nube de vaho.

—Hoy sí —se dijo—. Hoy voy a seguir una huella.

Su abuela Nora ya andaba por la cocina, con su delantal rojo de renos torcidos y una radio antigua que canturreaba villancicos. En el horno, unas galletas de jengibre se doraban con paciencia.

—¿Adónde vas con esas botas? —preguntó la abuela, al ver a Lía bajando las escaleras a saltitos.

—A la aventura. Hay nieve. Y la nieve… —Lía abrió los brazos como si abrazara el aire helado— …siempre cuenta secretos.

La abuela levantó una ceja, divertida.

—Los secretos en invierno son resbaladizos. Primero, tradición: chocolate caliente. Después, lo que tú quieras.

Lía aceptó el trato porque el chocolate de la abuela era una tradición sagrada. Bebió un sorbo y sintió cómo el calor le encendía las mejillas.

—Y recuerda —añadió Nora, señalándola con una cuchara de madera—: respeto. A la nieve, a los vecinos, a los animales… y a tus propias piernas, que luego lloran.

—Mis piernas nunca lloran —dijo Lía muy seria.

En ese instante, por la ventana, algo se movió entre las sombras blancas del patio. Lía se asomó. En la nieve virgen, recién caída, había una línea de huellas pequeñas, redondas, como si alguien hubiese ido dejando botones sobre una sábana.

—¡Mira! —Lía casi volcó su taza—. ¡Huellas!

La abuela se acercó y entornó los ojos.

—Parecen de gato… o de algo con prisa.

Lía ya se estaba poniendo el abrigo. Apretó la bufanda hasta taparse media cara, como una ladrona de villancicos.

—Solo las sigo un poquito —prometió—. Y vuelvo para ayudar con el árbol.

—Y sin pisar jardines ajenos —avisó Nora—. La nieve engaña: debajo hay flores dormidas.

Lía asintió. Abrió la puerta y el frío le dio la bienvenida con una bofetada suave. El aire olía a humo de chimenea, a pino y a pan tostado en casas vecinas. Las huellas esperaban. Y Lía, con el corazón haciendo campanitas, dio el primer paso tras ellas.

Capítulo 2: El hilo blanco que no se rompe

Las huellas cruzaban el patio, bordeaban el seto con una elegancia de bailarín y se colaban por un hueco del portón. Lía caminaba despacio para no borrarlas, como si fueran letras en un libro muy frágil.

—Vale —murmuró—. No pisar, no estropear, no ser un elefante.

En la acera, la nieve tenía una textura de azúcar glas. Cada paso hacía “crac” y ese sonido la hacía reír por dentro. Las huellas seguían hacia la calle principal, donde las casas tenían luces parpadeantes y coronas en las puertas. Un vecino barría la entrada con una pala.

—¡Feliz Nochebuena, Lía! —saludó el señor Tadeo, con su gorro verde.

—¡Feliz! —respondió ella, sin detenerse—. ¿Ha visto estas huellas?

Tadeo se agachó, observó un segundo y dijo:

—He visto huellas de mucha gente buscando last minute regalos. Pero esas… son pequeñas. No corras, ¿eh?

Lía levantó el pulgar. Corrió un poco. Solo un poco. Las huellas se metieron por el callejón junto a la tienda de telas, donde colgaban cintas y botones en el escaparate. Allí, el viento había hecho remolinos, y la nieve formaba dunas minúsculas como desiertos de juguete.

De pronto, escuchó un “¡ay!” detrás de ella. Se giró y vio a Tomás, el hijo de la panadera, con una caja de cartón llena de lazos.

—Se me han caído los lazos —se quejó, con la nariz roja—. Y con estos guantes soy como un pingüino intentando tocar la guitarra.

Lía miró las huellas… y luego miró los lazos esparcidos.

La aventura tiraba de ella como una cometa, pero las palabras de la abuela Nora también: respeto.

—Te ayudo —dijo Lía, arrodillándose con cuidado para no aplastar los lazos—. Uno, dos, tres… ¡Estos se han escapado!

Tomás suspiró.

—Gracias. Es para envolver el pan dulce. Hoy hacemos roscón de crema y mi madre está en modo “tormenta”.

—Las tormentas también hacen que el cielo se limpie —bromeó Lía.

Juntos recogieron los lazos. Lía se sacudió la nieve de las rodillas y volvió a mirar al suelo, como si el mundo le debiera una pista.

Las huellas seguían ahí, esperándola. Habían rodeado el montón de lazos con una delicadeza casi educada.

—Son huellas con modales —dijo Tomás, divertido.

—O huellas que también saben lo que es el respeto —contestó Lía, y la frase le sonó importante sin volverse pesada.

Tomás señaló hacia el final del callejón.

—Van hacia la plaza. Allí montan el belén viviente y el árbol grande. Si encuentras al dueño de esas huellas, dile que no pise el muñeco de nieve de la señora Clarita. Lo hizo un año un perro y todavía lo cuenta como tragedia griega.

Lía rió y siguió. Las huellas se deslizaban hacia la plaza como un hilo blanco que no se rompía.

Capítulo 3: El belén que respira y un cascabel travieso

La plaza parecía una postal que se hubiera escapado del buzón. Había guirnaldas cruzando de farola a farola, y en el centro se alzaba el árbol de Navidad, enorme y vestido con luces tibias, como si tuviera una manta de estrellas.

A un lado, el belén viviente estaba casi listo: un pequeño establo de madera, paja limpia, figuras de cartón pintadas y, lo más importante, vecinos disfrazados. La señora Clarita llevaba una corona dorada de papel y practicaba su cara de ángel serio.

Lía siguió las huellas con el corazón saltándole en el pecho. Pasaban justo al lado del belén, bordeando la paja sin pisarla.

—¡Eh, cuidado! —gritó alguien.

Era Mauro, el encargado de sonido, con un altavoz bajo el brazo.

—No toques los cables, que luego los Reyes Magos se quedan sin micrófono —dijo con dramatismo.

—No toco nada —respondió Lía, levantando las manos—. Solo sigo unas huellas.

Mauro se agachó y sonrió.

—¡Ah! La famosa expedición de Lía. Ya me lo olía. ¿Qué buscas? ¿Un tesoro? ¿Un villancico escondido?

—La respuesta —dijo Lía, como si fuera detective—. ¿De quién son estas huellas?

En ese momento, una niña pequeña pasó corriendo con una campanilla en la mano. La campanilla sonó “clin-clin” y el sonido pareció iluminar el aire. Lía notó algo extraño: junto a las huellas, había una marca diminuta, como un rayón fino.

Siguió el rastro con más atención. Las huellas cruzaron detrás del árbol, donde la nieve estaba menos pisada. Allí, entre las ramas bajas, colgaba un cascabel pequeño, oxidado y brillante a la vez, como una moneda vieja.

Lía lo tomó con cuidado. Al agitarlo, sonó suave, tímido, como si se hubiera despertado de una siesta larga.

—¿Y tú de dónde has salido? —susurró.

El cascabel tenía una cuerdita rota. Lía miró alrededor. A pocos metros, un cartel anunciaba: “Recogida de alimentos y juguetes — Tradición del barrio”. La abuela Nora siempre decía que esa era la parte más bonita de la Navidad: compartir lo que se tiene para que nadie se quede sin luz.

Las huellas seguían, alejándose de la plaza hacia el parque. Lía guardó el cascabel en el bolsillo.

—Si esto es una pista —se dijo—, prometo no perderme… demasiado.

La señora Clarita la vio pasar y chasqueó la lengua.

—Lía, no te lleves nada del belén.

—¡No es del belén! —contestó Lía—. Es… un cascabel huérfano.

—Pues que encuentre familia pronto —dijo Clarita, volviendo a su cara de ángel serio.

Lía apretó el bolsillo y siguió la línea de huellas, que ahora parecían más decididas, como si supieran exactamente a dónde iban.

Capítulo 4: Un trineo cansado y una promesa en voz baja

El parque estaba cubierto de nieve como una tarta gigante. Los columpios parecían esculturas de hielo y el estanque estaba quieto, con una capa fina congelada que reflejaba el cielo pálido.

Las huellas entraron por el sendero y llegaron hasta un banco. Allí, casi escondido detrás de un arbusto, había un trineo rojo pequeño, de esos para niños, con un lateral golpeado. Y al lado, acurrucado como una coma negra sobre el blanco, un gato.

Era un gato callejero, de pelo oscuro y ojos amarillos. Tenía un pedacito de cinta azul atado al cuello, como si alguien lo hubiera querido arreglar para una fiesta.

Lía se detuvo a una distancia prudente.

—Hola —dijo en voz baja—. No vengo a molestar.

El gato la miró, sin moverse. No bufó. No huyó. Solo la observó como si estuviera decidiendo si Lía era un problema o una historia interesante.

—¿Tú has hecho estas huellas? —preguntó Lía, señalando el suelo. El gato parpadeó lentamente, como si la respuesta fuese “depende”.

Lía se agachó despacio y vio algo más: en el borde del trineo había restos de harina… o de azúcar. Y una marca de rueda en la nieve.

—Has arrastrado esto —murmuró—. ¿Por qué?

El gato soltó un maullido muy pequeño, casi educado. Lía notó que en el banco había una bolsita de tela con un dibujo de estrella, medio enterrada en nieve. La tomó con cuidado. Dentro había galletas de jengibre, algunas rotas, pero todavía olían a hogar.

—¿Son tuyas? —Lía miró al gato.

El gato se levantó, dio un par de pasos y se frotó contra el trineo, como si dijera: “Esto es lo que tengo”.

Lía pensó en la recogida de la plaza, en el roscón de la panadería, en el horno de la abuela Nora. Pensó también en cómo la nieve podía ser muy bonita y muy dura al mismo tiempo.

—Vale —dijo Lía, respirando hondo—. No sé qué estás intentando, pero… te voy a ayudar.

El gato la miró fijo. Lía sacó el cascabel del bolsillo.

—Tengo esto. Si te pertenece, lo siento, lo encontré. Pero si es una señal… pues aquí estoy.

Ató el cascabel con cuidado a la cinta azul del gato. El sonido fue un “clin” suave, como una sonrisa.

—Te llamaré Sombra —decidió—. Porque apareces y desapareces, y porque te queda bien.

Sombra se sacudió, como orgulloso. Luego caminó unos pasos, dejando huellas nuevas que se mezclaron con las antiguas, y miró hacia el sendero que salía del parque, rumbo a las casas del río.

—¿Quieres que te siga otra vez? —preguntó Lía.

Sombra respondió con un maullido que sonó sospechosamente a “sí”.

Lía tiró del trineo rojo. Tenía una cuerda desgastada, pero resistía. En voz baja, como si estuviera haciendo un pacto secreto con el invierno, prometió:

—No haré daño. No invadiré. Solo… entenderé.

Y siguió las huellas hacia el río.

Capítulo 5: La casa del río y el lenguaje de los pequeños gestos

Las casas del río eran más viejas y más silenciosas. Tenían contraventanas de madera y chimeneas que soltaba humo lento, como si el aire estuviera pensando. La nieve aquí era menos pisada, y el crujido bajo las botas sonaba más claro.

Sombra avanzaba con el cascabel sonando bajito, “clin-clin”, y Lía lo seguía tirando del trineo. Las huellas se detuvieron frente a una puerta azul con una corona sencilla hecha de ramas de pino y piñas.

Lía dudó. Recordó lo de la abuela: respeto. No se entra en la vida de los demás como si fuera una tienda.

Tocó la puerta.

—¿Hola? —dijo—. Perdón por molestar.

Pasos lentos. Se abrió un poco. Una señora mayor, con un jersey de lana lleno de pelusa y una mirada cansada pero amable, asomó la cara.

—¿Sí?

Lía tragó saliva.

—Me llamo Lía. Seguí unas huellas en la nieve y… —se señaló el trineo y al gato— …creo que me han traído aquí.

La señora miró a Sombra. Sus ojos se suavizaron, como mantequilla al sol.

—Ay, bribón —susurró—. Has vuelto.

Sombra entró con calma, como si aquella casa fuera su estación favorita. Lía se quedó en el umbral, sin dar un paso de más.

—Yo… no quería invadir —dijo Lía rápido—. Si he hecho mal, me voy.

La señora abrió la puerta un poco más.

—No has hecho mal. Has llamado. Eso ya es respeto. Pasa, si quieres. Hace frío.

La casa olía a té y a cáscara de naranja. Había una mesa con un mantel bordado y una cajita con figuras pequeñas de barro, como un belén en miniatura.

—Me llamo Elvira —dijo la señora—. Sombra solía venir cada invierno. Yo le daba un poco de comida… y él me hacía compañía. Este año, con la nevada, pensé que no aparecería.

Lía miró el trineo rojo.

—Encontré esto en el parque. Y una bolsita con galletas.

Elvira se llevó una mano al pecho.

—Las galletas eran para la tradición del barrio. Yo iba a llevarlas a la plaza, pero me caí hace dos días y me duele la pierna. Me dio vergüenza pedir ayuda. Pensé: “Ya está, este año no podré”.

Lía se quedó callada un segundo. Luego, su energía encontró una salida más luminosa que correr.

—Podemos llevarlas juntas —propuso—. Bueno… usted no tiene que caminar mucho. Yo puedo.

Elvira la miró con una mezcla de sorpresa y alegría tranquila.

—¿Harías eso?

—Sí. Y también… —Lía sacó el cascabel— …encontré esto y se lo puse a Sombra. Para no perderlo.

Sombra agitó la cabeza y el cascabel sonó, orgulloso de su trabajo.

Elvira rió.

—Le queda precioso. Parece un gato de cuento.

Lía se sonrojó un poco.

—Yo solo… seguí huellas.

Elvira abrió una caja y sacó una bolsa con latas de comida y un paquete de arroz.

—Si vas a la plaza, lleva esto también. Es para la recogida. Y toma —le dio una bufanda tejida, suave y azul—. Me sobra. La hice el año pasado. El respeto también es no dejar que alguien se congele por orgullo.

Lía la aceptó con cuidado, como si fuera un regalo hecho de tiempo.

—Gracias, Elvira. Volveré luego para decirle cómo fue.

Sombra salió primero, con su “clin-clin” guiando el camino, y Lía tiró del trineo, ahora con una misión que pesaba menos que la nieve, pero calentaba más.

Capítulo 6: Tradiciones compartidas y un final de nieve ligera

Cuando Lía regresó a la plaza, el belén viviente ya estaba en marcha. Se oían risas, villancicos, y el murmullo de la gente que se saludaba como si cada “hola” fuera un abrazo pequeño. Las luces del árbol titilaban con paciencia.

Lía colocó las galletas de Elvira en la mesa de la recogida, junto con las latas y el arroz. Tomás apareció con una bandeja de pan dulce y abrió los ojos al verla con el trineo y el gato.

—¿Has encontrado al dueño de las huellas?

—Más o menos —dijo Lía—. Las huellas eran de Sombra. Y Sombra… tenía trabajo que hacer.

Mauro, el del altavoz, se inclinó hacia el gato.

—¡Qué elegante ese cascabel! Parece que va a anunciar el próximo villancico.

Sombra, como si entendiera, se sentó muy digno. “Clin”, hizo el cascabel, sin pasarse.

La abuela Nora llegó con una fuente de galletas propias y una mirada que era mitad pregunta, mitad abrazo.

—Ah, con que aventura —dijo—. ¿Has seguido la huella hasta el final?

Lía la tomó del brazo y la llevó un poco aparte.

—Abuela… había una señora, Elvira. No podía venir a traer sus cosas por la pierna. Sombra llevaba… galletas y un trineo. Creo que intentaba ayudarla a su manera.

La abuela Nora miró a Elvira, que había llegado despacito con un bastón, guiada por la señora Clarita, que por una vez no ponía cara de ángel serio sino de persona contenta.

—Entonces la huella te ha enseñado algo —dijo la abuela.

—Sí —respondió Lía—. Que no siempre se trata de correr. A veces se trata de detenerse a tiempo.

Nora le apretó la mano.

—Eso suena a una tradición nueva para ti.

En el escenario, alguien anunció que cantarían un villancico. La gente se juntó. Tomás repartió pan dulce, y Lía vio cómo Elvira recibía un pedazo con los ojos brillantes. Sombra se frotó contra la pierna de Elvira, y el cascabel sonó como un aplauso diminuto.

Cuando terminó la canción, el cielo, que había estado sosteniéndose en gris claro, empezó a soltar copos pequeños, casi tímidos. No era una nevada fuerte; era una nieve ligera, como si el invierno estuviera escribiendo una última frase con pluma suave.

Lía levantó la cara y dejó que los copos le cayeran en las pestañas. Se derritieron al instante, frescos y delicados.

—Mira —susurró Tomás a su lado—. Nieve de final feliz.

Lía se rió.

—O de “continuará”. Las huellas siempre vuelven.

La abuela Nora le colocó bien la bufanda.

—Venga, exploradora. Vamos a casa. El chocolate te está echando de menos.

Lía miró el suelo. Las nuevas huellas se marcaban sobre la nieve fresca: pasos de vecinos, de niños, de alguien con bastón, y patitas de gato. Un mapa compartido, hecho de pequeñas decisiones.

—Feliz Navidad —dijo Lía, y lo dijo mirando a todos, porque el respeto también era eso: ver a la gente de verdad.

Y mientras la nieve ligera seguía cayendo, la plaza pareció más cálida que cualquier chimenea. En el borde de sus botas, como una firma discreta, la aventura se quedaba pegada en forma de copo.

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Niebla ligera que sale al respirar en el frío y se pega al cristal.
Delantal
Prenda que se pone sobre la ropa para protegerla al cocinar o trabajar.
Tradición
Costumbre que se repite en una familia o pueblo durante mucho tiempo.
Resbaladizos
Que hace que sea fácil caer porque la superficie es lisa o mojada.
Remolinos
Movimientos del aire o del agua que giran en círculos pequeños.
Belén viviente
Recreación del nacimiento de Jesús con personas que actúan las escenas.
Establo
Pequeña construcción donde se guardan animales, como en un belén.
Paja
Tallos secos de plantas que se usan como cama para animales o decoración.
Cascabel
Pequeño objeto metálico que suena cuando se mueve.
Oxidado
Que tiene una capa de óxido por estar en contacto con el agua o el aire.
Umbral
Parte del suelo justo dentro de la puerta de una casa.

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