Mara tiene tres años y unas botas amarillas. Le gustan porque hacen “plof, plof” cuando pisa un charquito. Hoy camina con mamá y papá por un sendero suave, al lado del río.
El río suena bajito: “shhh, shhh”. El agua brilla como una cinta de plata. Huele a hierba fresca. Un pájaro canta arriba, y Mara lo busca con los ojos.
“Hola, río”, dice Mara en voz pequeña.
“Hola, Mara”, responde mamá, sonriendo. “Hoy venimos a cuidarte un poquito”.
Mara lleva una bolsita de tela verde. En la bolsita hay guantes pequeños. Mara se los pone y abre y cierra las manos. Le parece divertido.
Papá se agacha y señala el suelo. Cerca de una piedra hay un papel arrugado.
“¿Eso va aquí?” pregunta Mara.
“No”, dice papá. “Eso es basura. La basura se recoge. Así el río puede estar contento”.
Mara mira el papel. Mira el agua. Luego mira su bolsita.
“Yo puedo”, dice ella.
Mara camina despacito. Toca el papel con cuidado y lo mete en la bolsa. La bolsa hace un sonido suave: “fuf”.
“¡Gracias, Mara!” dice mamá.
Mara se siente grande por dentro. Como si tuviera una luz tibia en la barriga.
Siguen caminando. El sol pasa entre las hojas y hace puntitos dorados en el camino. Mara los pisa como si fueran estrellas.
De pronto ve algo rojo cerca de unas raíces. Es una tapita de plástico.
“Tapita”, dice Mara.
“Sí”, dice mamá. “También es basura”.
Mara la recoge y la mete en la bolsa. Después mira el río otra vez.
“Río, estás más limpio”, susurra.
El río sigue diciendo “shhh”, como si estuviera tranquilo.
Más adelante hay una botella vacía. Está un poco enterrada en la arena. Mara la mira y frunce la nariz.
“Está sucia”, dice.
“Está sucia, pero la podemos sacar”, dice papá. “Yo te ayudo”.
Papá la sujeta por un lado y Mara por el otro. Tirán despacio. La botella sale con un “pop”.
“¡Lo hicimos!” dice Mara.
“Lo hicimos”, repite mamá. “Gracias por ayudar”.
Mara mete la botella en la bolsa. La bolsa ahora pesa un poquito. Mara la levanta y la baja.
“Pesa como una manzana grande”, dice.
Mamá ríe bajito. “Sí, como una manzana grande”.
Cerca del agua ven una hoja flotando. Encima de la hoja hay una pajita. Mara abre los ojos.
“Eso no es hoja”, dice.
“No”, dice mamá. “La pajita no es del río”.
Papá se acerca a la orilla. No se mete. Solo estira un palo largo que trae para estas cosas. Empuja la pajita hacia la arena.
“Ahora tú”, dice papá.
Mara se agacha, muy cerca de mamá. Mamá le sostiene la espalda con una mano suave. Mara recoge la pajita y la guarda.
“Bien”, dice mamá. “Con cuidado. Siempre con cuidado”.
Mara asiente. “Con cuidado”.
Siguen un poco más. Ven un banco de madera. Se sientan. Mamá saca una cantimplora y tres vasos pequeños. El agua está fresca.
“¿Quieres?” pregunta mamá.
“Sí”, dice Mara.
Bebe y hace “ahhh”. Mira el río y luego mira la bolsa.
“¿Por qué hay basura?” pregunta Mara.
Papá piensa un momento. “A veces la gente se olvida. A veces el viento la lleva. Pero nosotros podemos acordarnos. Podemos hacer gestos pequeñitos”.
Mara repite despacio: “Ges-tos pe-que-ñi-tos”.
“Eso”, dice mamá. “Y cada gesto ayuda”.
Mara mira sus guantes. Los mueve como si saludaran.
“Gracias, árboles”, dice de pronto.
“¿Gracias, árboles?” pregunta mamá.
“Sí. Dan sombra”, dice Mara. “Y el río canta”.
Mamá le da un beso en la frente. “Qué bonito. También podemos decir gracias al agua”.
“Gracias, agua”, dice Mara.
El aire huele a tierra húmeda. Un insecto pasa zumbando, sin prisa. Todo está calmado.
Después del descanso, vuelven a caminar hacia casa. En el camino encuentran una cáscara de plátano. Mamá la mira.
“Eso es comida”, dice mamá. “No es plástico, pero aquí tampoco va. Puede ensuciar el camino”.
Mara la recoge y la mete en la bolsa. “Todo a la bolsa”, dice, segura.
“Todo a la bolsa”, repite papá.
Al llegar a un contenedor, papá separa la basura. Señala dibujos: una botella, un papel. Mara mira atenta.
“Plástico aquí”, dice papá.
“Papel aquí”, dice mamá.
Mara entrega el papel, luego la tapita, luego la botella. Sus manos trabajan despacito, como si fuera un juego.
“Gracias, Mara”, dicen los dos a la vez.
Mara sonríe. “De nada”.
En casa, la tarde está suave. Mara se lava las manos con espuma blanca. La espuma huele a limón. Luego se pone su pijama de nubes.
Mamá trae un cuaderno pequeño con una portada verde. También trae lápices de colores.
“Es nuestro cuaderno de gestos ecológicos”, dice mamá. “Para recordar”.
Mara se sienta en la mesa. Papá se sienta a su lado. Hay una luz cálida.
Mamá dibuja un río azul. Mara dibuja un sol amarillo, grande y redondo.
“Primer gesto”, dice papá, y habla claro. “Recoger basura cuando la vemos”.
Mamá escribe: “Recojo basura”. Mara hace un dibujo de una bolsa verde.
“Segundo gesto”, dice mamá. “Tirar cada cosa en su contenedor”.
Mamá escribe: “Separo y tiro bien”. Mara dibuja tres cubos con colores.
“Ter-cer gesto”, dice Mara, estirando la palabra. “Apagar la luz”.
Papá aplaude despacito. “Muy bien. Cuando salimos de una habitación”.
Mamá escribe: “Apago la luz”. Mara dibuja una bombilla que se duerme.
“Cuarto gesto”, dice mamá. “Cerrar el grifo mientras nos enjabonamos”.
Mara asiente fuerte. “Sí. Cierro”.
Mamá escribe: “Cierro el grifo”. Mara dibuja una gota feliz.
“Y un gesto más”, dice papá. “Decir gracias a la naturaleza”.
Mara mira el cuaderno, seria y dulce. “Gracias, río. Gracias, árboles. Gracias, aire”.
Mamá escribe: “Doy gracias”. Mara dibuja un corazón verde.
Cuando terminan, los tres miran el cuaderno. No es perfecto. Tiene líneas torcidas y soles enormes. Pero se ve alegre.
“¿Mañana lo miramos otra vez?” pregunta Mara.
“Sí”, dice mamá. “Cada día un poquito”.
Papá la alza y la lleva a la cama. Mara abraza su peluche. La sábana está tibia.
Mamá apaga la lámpara pequeña. Queda una luz suave del pasillo.
Mara cierra los ojos y escucha, en su memoria, el “shhh, shhh” del río.
“Buenas noches, río”, susurra.
“Buenas noches, Mara”, dice mamá.
Y Mara se duerme tranquila, pensando que sus manos pequeñas pueden hacer cosas buenas, y que eso merece un gran “gracias”.