Capítulo 1
Hugo tenía seis años. Era un niño curioso y valiente en muchas cosas. Sabía subir al árbol más alto del parque. Sabía ayudar a su abuela a sembrar zanahorias. Pero cuando caía la noche, su corazón latía diferente. La oscuridad le parecía un lugar lleno de sombras que se movían sin avisar.
Una tarde, después de cenar, su mamá le dijo que era hora de ir a la cama. Hugo llevó su osito azul al cuarto. El cuarto era su refugio. Tenía dibujos en la pared, una estantería con libros y una pequeña lámpara en forma de luna. Aun así, cuando mamá apagó la luz del techo, la habitación se transformó. Las esquinas parecían más grandes. La ventana mostraba un cuadro negro. Hugo sintió un pequeño nudo en la barriga.
—No pasa nada —dijo su mamá, con voz suave—. ¿Quieres que te quede la luz de la mesita encendida?
Hugo negó con la cabeza. Quería intentarlo solo, como cuando aprendió a pedalear sin rueditas. Pero no sabía cómo hacerlo. Tenía miedo de que la oscuridad fuera muy grande. Su mamá le propuso algo.
—Vamos a intentar pasos pequeños —sugirió—. Cerraré las cortinas contigo. Luego haremos una cuenta hasta diez. Y si quieres, puedes usar tu linterna por un ratito.
Hugo respiró hondo. Le gustaba cuando su mamá hablaba despacio. Le gustaba que propusiera pasos pequeños. Asintió y se levantó de la cama. Caminó con su osito en la mano. Sus pies hacían un sonido suave en la alfombra.
Delante de la ventana, las cortinas estaban abiertas. La calle se veía como un río oscuro. Hugo se apoyó en la cortina con cuidado. Tocó la tela. Era suave y fresca. Su mamá le enseñó a cerrar las cortinas despacio, como si acariciara a un gato que duerme. Hugo tiró de la tela con las dos manos. La cortina se fue juntando. El cuarto empezó a sentirse más íntimo. Aunque afuera seguía siendo de noche, dentro había menos señales de la calle. Hugo sonrió un poquito.
—Muy bien —dijo su mamá—. Ahora vamos a contar hasta diez. Tú vienes conmigo.
Empezaron. Uno, dos, tres. El número cuatro fue el más fácil. En el seis Hugo hizo una risa pequeña porque su osito parecía estirar los bracitos. Cuando terminaron en diez, Hugo se sorprendió. El nudo en su barriga se había aflojado. La oscuridad seguía ahí, pero parecía más manejable.
Capítulo 2
La mamá le mostró a Hugo una linterna pequeña. Era de color rojo y tenía una luz cálida. Le dijo que la linterna era como un pequeño sol de bolsillo. Hugo la encendió. La luz hizo que los juguetes en el suelo hicieran sombras amigas en la pared. Una sombra parecía un elefante con una trompa larga. Otra sombra tenía forma de árbol.
—Podemos jugar a convertir las sombras en cuentos —propuso mamá—. Cada sombra puede ser un personaje.
Hugo se puso muy contento. Con la linterna en la mano, inventó una historia sobre un elefante que bailaba ballet. Empezó a reír. La risa lo hizo sentir fuerte. La risa es un buen abrigo para los miedos, pensó sin saberlo.
Después, su mamá enseñó otra herramienta: la respiración. Le pidió que se tumbaran juntos en la cama. Le puso la mano sobre la barriga. Hugo sintió cómo su mamá respiraba despacio. Inspiró y expiró. Le dijeron que contaran juntos: "inspirar cinco segundos, exhalar cinco". Al principio Hugo contaba con la lengua afuera, como cuando soplaba burbujas. Pero pronto su respiración se volvió suave. La calma entró con cada aire que salía.
—Cuando tu respiración está tranquila, tu cuerpo dice que todo está bien —susurró mamá.
Hugo cerró los ojos un momento. Vio colores suaves detrás de los párpados. Un azul como de plumón. Un verde como el de las hojas del parque. La respiración lo llevó a un lugar seguro dentro de sí. Pensó en su árbol favorito. Pensó en la zanahoria naranja que plantarían mañana. Pensar en cosas buenas lo ayudó a olvidar la idea de monstruos debajo de la cama.
Pero aun con la linterna y la respiración, a veces el miedo asomaba. Esa noche, una brisa movió las hojas de los árboles y la sombra en la pared cambió. Hugo sintió un escalofrío. La imaginación puede ser traviesa. Los ojos de Hugo buscaron la puerta. Estaba cerrada. Se sintió un poco solo. Mamá notó su inquietud y le propuso otro juego.
—Hagamos el mapa de la habitación —dijo—. Tú me enseñas qué hay en cada esquina. Yo te ayudo a nombrarlas.
Hugo señaló la estantería, la mesa de noche, la cama. Dibujó con el dedo en el aire. Contó cada objeto. Al nombrarlos, las cosas dejaron de ser extrañas. Tener palabras para las cosas les quita parte del misterio, pensó Hugo. Cada esquina se volvió conocida. Esa sensación le gustó.
Capítulo 3
Llegó un pequeño rebote. Hugo escuchó un ruido en la cocina. Un vaso que su papá había olvidado en el fregadero había rodado un poco con la vibración del coche de la calle. El ruido fue un "ploc" suave. Los ojos de Hugo se abrieron como dos lunas. Se sentó en la cama. La linterna tembló en su mano.
—Es solo un vaso —dijo mamá desde la puerta, con voz firme y calmada—. Voy a ir a ver. Si quieres, puedes quedarte conmigo un poquito más en la cama.
Mamá bajó a la cocina. Hugo escuchó sus pasos. Luego la voz de su papá, que dijo: "Todo en orden." Hugo sonrió. A veces los ruidos son solo ruidos. A veces los pasos son pasos de personas que cuidan.
Cuando mamá volvió, trajo consigo una pequeña taza de agua por si Hugo tenía sed. También trajo una historia corta. Le contó acerca de un niño que en su pueblo tenía miedo de la noche. Ese niño, contaba mamá, había aprendido a poner una vela imaginaria dentro de su pecho. Cada vez que tenía miedo, encendía esa vela con una sonrisa. La vela no quemaba, solo calentaba y daba luz. Hugo imaginó su vela. Se veía de color amarillo y olía a galletas de vainilla.
Esa noche, Hugo practicó encender su vela interior. La encendió antes de cerrar los ojos. La vela era pequeña, pero suficiente. Le prometió a su osito que lo cuidaría. El osito pareció más grande. Le gustó la sensación de cuidar algo.
Mamá y papá le recordaron que la noche también cuida. La oscuridad deja que el cuerpo repare las fuerzas. La noche ayuda a las plantas a dormir. La luna vigila desde arriba. Con esas palabras, la oscuridad dejó de ser un enemigo. Se convirtió en una parte más del día, igual que la siesta.
Hugo se acordó de perseverar. No se sintió valiente por un segundo y ya. Ser valiente también es insistir. Lo intentó otra vez. Guardó su linterna en la mesita. No la apagó del todo; la dejó en modo de brillo suave. Así, si en la noche necesitaba mirar algo, la luz estaría. Se sintió seguro.
Antes de dormirse, Hugo cerró las cortinas otra vez. Esta vez lo hizo con más calma. Sus dedos acariciaron la tela con ternura. Recordó cómo su mamá le dijo que cerrar las cortinas era como decir adiós al día con un abrazo. Hugo hizo ese abrazo pequeño con la tela. Las cortinas se juntaron lentamente, y el cuarto se volvió un nido suave.
Se acostó. Puso la mano sobre su osito. Contó hasta tres, después respiró profundo. La vela imaginaria brilló en su pecho. Pensó en el elefante bailando ballet y en las hojas que susurraban. Pensó en su árbol favorito. Pensó en la zanahoria que crecería mañana.
La respiración y la vela fueron un buen equipo. La linterna parpadeó una vez como un guiño y regresó a su brillo cálido. La oscuridad ya no le parecía tan grande. Era una manta que cubría la casa. Una manta que protegía.
Antes de dormirse del todo, Hugo susurró:
—Puedo hacerlo. Mañana lo intentaré otra vez.
La perseverancia era su palabra secreta. No significaba no tener miedo. Significaba seguir intentando, paso a paso.
Capítulo 4
A la mañana siguiente, el sol entró por la ventana. Hugo abrió los ojos con una sonrisa. Recordó la noche anterior. Se sentía orgulloso. Su mamá entró y le dio un beso en la frente.
—Hiciste un gran trabajo anoche —dijo ella.
Hugo se vistió y fue a desayunar. Contó la historia del elefante bailarin y la vela imaginaria. Su papá aplaudió, como si estuvieran en el teatro. La familia rió. La risa llenó la cocina.
Durante el día, Hugo practicó contar y respirar cada vez que se sentía inquieto por algo nuevo. Cuando fue la hora de jugar a escondidas, no dejó que la oscuridad lo asustara. Se metió bajo la mesa y contó hasta veinte. La oscuridad de ese juego no daba miedo; daba escondite.
Esa noche, antes de acostarse, Hugo volvió a cerrar las cortinas. Lo hizo con la misma ternura. Recordó que cerrar las cortinas era un gesto de cuidado. Pensó que cada noche podía aprender algo nuevo. A veces sería valiente desde el principio. Otras veces necesitaría una linterna, una historia o una mano amiga. Y eso estaba bien.
Se tumbó en la cama. Encendió la linterna solo un rato y luego la dejó en brillo tenue. Inspiró y exhaló. La vela imaginaria brilló y brilló. La oscuridad fue una manta suave. Hugo sonrió mientras los párpados le pesaban. El cuarto estaba tranquilo. Las sombras parecían figuras que habían venido a contarle Buenas Noches.
Antes de dormir, Hugo cerró los ojos agradecido. Había aprendido que la perseverancia es como una semilla: se riega cada noche con pequeños actos de valor. Así, la semilla crece y se hace fuerte.
El cuarto se llenó de una atmósfera dulce. La luna asomó su cara redonda por un hueco entre las nubes. La casa respiró tranquila. Hugo soñó con elefantes bailarines, árboles cantores y zanahorias que bailaban en la tierra. Y en su sueño, la vela dentro de su pecho brillaba para él y para su osito.
La noche cuidó de Hugo. Él, con pasos pequeños, aprendió a cuidar de la noche también.