Una noche blanca de campanas y luces
Érase una vez, en un pequeño pueblo cubierto por un suave manto de nieve, dos amigas que casi tenían seis años. Sus nombres eran Alba y Lucía. Vivían en casitas de tejados rojos y ventanas adornadas con guirnaldas verdes, justo al lado de un bosque donde los árboles cantaban con el viento y donde la nieve parecía algodón dulce caído del cielo.
Aquella noche de Navidad, la nieve caía despacito, despacito, como si tuviera miedo de despertar a las estrellas. Las campanas de la iglesia sonaban, tilín, talán, llenando el aire de música alegre y tibia. Todo parecía mágico y brillante, como si el mundo entero estuviera envuelto en una cobija de paz.
Alba miraba por la ventana. Veía cómo las luces de los faroles jugaban a esconderse entre las copas de los pinos y cómo las velas titilaban en las casas, bailando al compás de los villancicos que se escuchaban de lejos. Lucía, con su abrigo azul y su bufanda rayada, llegó corriendo, dejando huellas redondas sobre la nieve que crujía como papel de regalo bajo sus botas.
—¡Alba! —dijo Lucía con voz llena de chispa—. Esta noche quiero hacer algo especial. ¡Quiero fabricar una tarjeta de Navidad para la señora Rosa!
Alba sonrió. La señora Rosa era la vecina que siempre les regalaba galletas con forma de estrella y les leía cuentos junto a su chimenea. Las dos amigas sabían que la señora Rosa a veces se sentía sola en las noches frías de invierno.
—¡Sí! —exclamó Alba, y sus ojos brillaron como dos luceros—. Vamos a hacer la tarjeta más bonita y mágica del mundo.
La fábrica de tarjetas mágicas
Las niñas se sentaron en el rincón más acogedor de la sala, justo al lado del árbol de Navidad, que relucía con bolas rojas y verdes y una estrella dorada en la punta. Sacaron una caja donde guardaban tesoros: recortes de papel brillante, lápices de colores, pegamento y un puñado de pequeñas campanitas de plata.
El reloj de la pared hacía tic-tac, tic-tac, como acompañando el ritmo de la nieve que seguía cayendo sin descanso. Alba pensó en la manera de hacer la tarjeta especial, y Lucía se quedó callada, mirando una vela encendida que perfumaba el aire con aroma a canela.
—¿Y si dibujamos un gran árbol de Navidad en la tarjeta? —sugirió Lucía—. Con un montón de bolas y velas.
—¡Y debajo del árbol, podemos dibujarnos a nosotras! —añadió Alba—. Así, la señora Rosa sabrá que pensamos en ella.
Las dos amigas recortaron, pegaron y dibujaron. Usaron el verde más verde que encontraron para el árbol, el rojo más alegre para las bolas, y pintaron pequeñas velas que parecían susurrar canciones. Añadieron copos de nieve usando puntitos de pintura blanca y, para terminar, pegaron una campanita plateada en la esquina, que sonaba “tilín, tilín” cada vez que se movía la tarjeta.
Mientras trabajaban, cantaban juntas un estribillo suave, como un murmullo de la nieve:
“Noche blanca, noche de paz,
las campanas suenan ya,
bajo el árbol, luz y amor,
¡Navidad en el corazón!”
Un pequeño contratiempo y una gran idea
De pronto, Alba se dio cuenta de que algo faltaba en la tarjeta. Se quedó mirando el dibujo y pensó, pensó muy fuerte, tanto que casi podía escuchar el tic-tac de las ideas en su cabeza.
—Lucía… —susurró—, la tarjeta es bonita, pero… ¿cómo podemos llenarla de magia de verdad?
Lucía se quedó pensando también. En ese momento, la llama de la vela crepitó y pareció guiñarles un ojo. Entonces, Lucía tuvo una idea brillante.
—¡Ya sé! —exclamó—. Podemos escribirle un mensaje con palabras dulces, como si la abrazáramos con letras.
Alba asintió, y juntas escribieron con su letra pequeña y redonda:
“Querida señora Rosa:
Esta tarjeta es para usted, llena de nieve que baila y campanas que ríen. Queremos que sienta nuestro cariño y que la Navidad le traiga alegría y calorcito en el corazón.
Con amor, Alba y Lucía.”
Las niñas se miraron, y una nube de alegría flotó en la habitación, suave y ligera, como los copos de nieve más bonitos.
La ventana del nuevo día
Con la tarjeta terminada, Alba y Lucía se pusieron de pie y, cogidas de la mano, cruzaron la calle hasta la casa de la señora Rosa. Era muy tarde, pero sabían que ella vería la tarjeta por la mañana, cuando la luz del día acariciara los cristales.
Dejaron la tarjeta en la puerta, justo debajo de una corona de ramas verdes adornada con lazos rojos y piñas. Luego, regresaron a casa, con el corazón latiendo fuerte y alegre, como campanitas en una canción.
En la habitación, Alba abrió la ventana un poquito. El aire fresco trajo consigo un murmullo de nieve y un susurro de estrellas. Por un instante, parecía que todo el mundo dormía bajo una gran manta blanca, tranquila y suave, cuidada por la luz dorada de la Navidad.
Lucía bostezó y se acurrucó bajo la manta, mientras Alba miraba cómo el cielo, poco a poco, iba cambiando de azul oscuro a un gris plateado. El reloj seguía su canción, tic-tac, tic-tac, y la nieve seguía cayendo blandita, como un beso de invierno.
En ese instante, la ventana se abrió del todo para saludar al nuevo día. Un rayo de sol, tímido y cálido, entró en la habitación, pintando de oro las paredes y llenando el aire de promesas nuevas.
Las dos amigas sonrieron, porque sabían que la alegría que siembras con el corazón florece cuando menos lo esperas. En la casa de la señora Rosa, una campanita sonó “tilín, tilín” y una risa suave llenó la mañana de magia.
Y así, en una noche blanca llena de paz y dulzura, Alba y Lucía aprendieron que la bondad es como la nieve: pequeña a veces, pero capaz de cubrir el mundo entero con su luz.
Y colorín, colorado, bajo la ventana abierta y la luz de la Navidad, el cuento se ha terminado.