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fantasía espacial 9/10 años Lectura 15 min. (1)

La ruta segura del Cometa Dormilón

Lira Senda, una ajustadora de astrolabios, descubre esquirlas mágicas que desvían rutas y viaja al Cometa Dormilón para investigar y confrontar al responsable, buscando restaurar la armonía de las trayectorias estelares.

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Lira Senda, mujer de unos 35 años, rostro sereno y concentrado, cabello gris azulado recogido en un moño, viste una larga chaqueta de taller color cobre con bolsillos llenos de herramientas; agachada en primer plano conecta un cable luminoso en una baliza helada, con expresión tranquila y decidida; junto a ella, Zazo, un pequeño duende no humano del tamaño de un gato, piel oliva mate, ojos negros brillantes como botones y capa hecha de tiques coloridos, la observa tímidamente desde un bloque de hielo sosteniendo una varita torcida y aliviado; Brin, un dron vela pequeño, robot flotante ovalado con aletillas translúcidas y luz amarilla, revolotea sobre la escena proyectando un rayo suave sobre la baliza; el lugar es la superficie del Cometa Dormilón: meseta helada con cristales azules y vetas plateadas, cables de fibra luminosa saliendo de una grieta brillante, estrellas violetas y nubes doradas al fondo y una pequeña plataforma metálica oxidada; Lira repara la baliza incrustada en hielo mientras Zazo ayuda tímidamente y Brin ilumina; la baliza se enciende suavemente con anillos luminosos y la grieta deja de crepitar, ambiente de reparación pacífica con paleta dominada por turquesas, cobres y violetas suaves. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El taller donde cantan los astrolabios

En el borde de la Nebulosa del Jazmín, flotaba un taller de navegación sujeto a un anillo de luz como si fuera un collar. Por dentro olía a metal tibio, a tinta fresca y a té de menta estelar. Allí trabajaba Lira Senda, una mujer de mirada tranquila y manos rápidas, famosa por ajustar astrolabios y corregir scripts de ruta como quien peina el pelo a una cometa.

En la pared principal colgaba su Licencia de Incantación, sellada con cera azul y firmada por el Consejo de Armonía Orbital. No era un papel cualquiera: brillaba un poquito cuando alguien decía una mentira, y ronroneaba suave cuando todo estaba en equilibrio. Lira la saludaba cada mañana con un gesto serio y divertido a la vez, como si la licencia fuera una mascota muy educada.

—Hoy no se nos pierde ningún planeta —le decía al astrolabio mayor, un aparato con aros que giraban como una danza.

Los astrolabios del taller no solo medían estrellas: también escuchaban. Si una ruta estaba triste, sonaban graves. Si una ruta era peligrosa, chisporroteaban. Y si una ruta era alegre, tintineaban como cucharitas.

Ese día, mientras Lira alineaba la Aguja de Aurora con la constelación del Pez de Cristal, notó algo pequeño: una nota torpe en el sonido del taller, como un “clinc” fuera de lugar. No era un gran desastre, no era una alarma roja, no era nada que hiciera gritar a nadie. Era… un riesgo discreto.

La licencia, en la pared, ronroneó y luego se quedó quieta.

Lira frunció los labios. En su mesa, un script de ruta recién llegado —una tira de pergamino con letras luminosas— parecía respirar demasiado rápido, como si se estuviera apurando solo.

—Tranquilo, amiguito —susurró, y la tinta luminosa dejó de temblar.

Lira conocía ese tipo de prisa. A veces, la prisa era una trampa con zapatos de seda. Y ella, serena y confiada, no pensaba pisarla.

Capítulo 2: El susurro detrás de la tinta

Lira colocó el script bajo la Lupa de Lluvia, un cristal que mostraba no solo lo escrito, sino también lo pensado. Bajo la lente aparecieron pequeñas motas de sombra, casi invisibles, escondidas entre las letras como polizones.

—Ah —dijo Lira, sin enfadarse—. Así que vienes disfrazado.

En el taller, los drones-vela flotaban como peces en un acuario. Uno de ellos, el más curioso, se acercó y proyectó una luz amarilla sobre el pergamino.

—No muerdas, Brin —le advirtió Lira al dron—. Esto no es galleta.

Brin hizo un zumbido ofendido, como diciendo: “Yo jamás mordería un pergamino… delante de ti”. Lira sonrió.

Las motas de sombra eran una “esquirla de desvío”, una magia antigua que se colaba en la tecnología para torcer rutas sin que nadie lo notara. Podía mandar una nave a un lugar un poquito incorrecto… y con muchos “poquitos” se armaba un problema grande. No era el tipo de peligro que rugía: era el que bostezaba.

Lira apoyó la punta de su pluma en un tintero de polvo lunar y murmuró una incantación corta, con voz de quien canta bajito para no despertar a un gato:

—Por el hilo de lo cierto, por la calma que no cede, muéstrate sin disfraz.

La tinta del script se abrió como una cortina. Apareció un símbolo extraño: una espiral con dientes, como una sonrisa demasiado ancha.

Brin retrocedió, asustado, y chocó con un estante. De un frasco salieron bolitas de luz que se escaparon a toda velocidad por el taller.

—¡Ey! ¡Vuelvan aquí! —protestó Lira, pero las bolitas ya estaban haciendo travesuras, metiéndose en engranajes y haciendo cosquillas a los aros del astrolabio.

El astrolabio mayor tintineó nervioso. La licencia, en la pared, dejó escapar un brillo azul más fuerte.

Lira levantó las cejas. La esquirla no estaba sola: alguien la había sembrado a propósito. Y si estaba en ese script, podía estar en otros.

—Bien —dijo, respirando hondo—. Vamos a limpiar con paciencia.

Porque en su oficio, la paciencia no era lentitud: era precisión.

Capítulo 3: La ruta del Cometa Dormilón

Para encontrar la fuente, Lira debía seguir la estela de la esquirla, como quien sigue migas de pan en el espacio. Ajustó el astrolabio mayor hasta que sus aros formaron un ojo brillante. Luego conectó el script a la mesa de navegación, donde los símbolos se convertían en pequeñas constelaciones proyectadas.

En el mapa apareció una línea tenue que no estaba en los registros oficiales. Una ruta clandestina que se deslizaba hacia la región del Cometa Dormilón, un cometa tan grande que parecía una montaña de hielo con sueño. Dicen que, cuando se estira, hace crujir las órbitas cercanas como si fueran ramas.

Lira se colocó su capa de taller, llena de bolsillos (y de migas, porque nadie es perfecto), y se colgó al cuello un colgante de cobre con una runa de equilibrio. Era tecnología, sí, pero también un talismán: vibraba cuando el corazón se aceleraba demasiado y recordaba respirar.

—Brin, conmigo —ordenó.

El dron-vela se acercó, todavía avergonzado por su choque con el estante. Proyectó una luz verde, como pidiendo disculpas.

Lira tomó un pequeño timón portátil, una rueda con botones y cristales, y lo conectó al Módulo de Salto del taller. No iban a viajar con una nave enorme, sino con una cápsula de servicio: ligera, rápida, casi como una burbuja con motor.

Antes de partir, Lira miró su licencia.

—No voy a hacer nada loco —prometió—. Solo lo necesario.

La licencia ronroneó. Era como tener a alguien que decía: “Confío en ti, pero no te pases”.

La cápsula salió del taller con un suspiro. Afuera, el espacio estaba lleno de colores: violetas que parecían terciopelo, dorados como miel, y estrellas que chispeaban como si aplaudieran.

En el camino, Brin detectó señales: pequeñas interferencias que parecían risas apagadas.

—No me gustan las risas que se esconden —murmuró Lira.

El Cometa Dormilón apareció al final: una esfera irregular, con colas de polvo que flotaban como cabellos. Al acercarse, Lira vio algo aún más raro: una grieta luminosa en su superficie, como una puerta mal cerrada.

La esquirla de desvío venía de allí.

Capítulo 4: El duende de los desvíos

Lira aterrizó en una plataforma vieja incrustada en el hielo del cometa. Sus botas hicieron “cric” sobre una capa de escarcha que sonaba como azúcar. El aire era tan frío que parecía silencio.

En la grieta luminosa había cables y enredaderas de luz. Tecnología y magia abrazadas, pero de forma desordenada, como si alguien hubiera tirado una caja de herramientas dentro de un bosque encantado.

—Armonía… no precisamente —susurró Lira.

Brin iluminó el interior. Entre los cables, una criatura pequeña se movió rápido: tenía ojos como botones negros y una capa hecha de tickets de viaje. Llevaba un destornillador en una mano y una varita torcida en la otra.

—¡Alto ahí! —dijo Lira, sin gritar—. ¿Quién eres?

La criatura se congeló, como si la hubieran sorprendido robando galletas (cosa que, por cierto, quizá también hacía). Luego soltó un sonido entre bufido y risa.

—No soy nadie —respondió—. Nadie con hambre. Nadie con ganas de jugar.

—Jugar con rutas puede lastimar a mucha gente —dijo Lira, firme pero suave—. Un desvío pequeño puede volverse un accidente grande.

El duende miró hacia el suelo helado.

—Yo solo quería que las naves pasaran por aquí —murmuró—. Nadie visita el Cometa Dormilón. Es aburrido. Todo duerme. Hasta yo.

Lira parpadeó. No era un villano de capa oscura y carcajada terrible. Era… un duende solitario, con una idea mala y una tristeza mal escondida.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Zazo —dijo, casi en secreto.

Lira se arrodilló para estar a su altura. Su colgante vibró, recordándole calma. Ella respiró.

—Zazo, el espacio es enorme —dijo—. Hay lugar para aventuras sin empujar a otros al peligro. Yo tengo licencia para incantar rutas. ¿Por qué no me pediste ayuda?

Zazo se encogió de hombros.

—Porque pensé que me dirías que no. Los grandes siempre dicen que no.

—Yo digo “no” a lo que daña —respondió Lira—. Y digo “sí” a lo que arregla.

Brin proyectó una luz tibia sobre Zazo, como una fogata en miniatura. El duende parpadeó, sorprendido por esa amabilidad.

Lira señaló el entramado de cables y runas.

—Vamos a deshacer tu esquirla. Pero no voy a dejar este cometa vacío. Si lo que quieres es compañía… hagamos una ruta segura y bonita, una ruta oficial. Una que invite, no que engañe.

Zazo apretó su varita torcida.

—¿De verdad?

—De verdad —dijo Lira, y su licencia, incluso lejos, pareció vibrar en su memoria como una aprobación.

Capítulo 5: La incantación del equilibrio

Volvieron a la cápsula y, desde allí, Lira conectó su mesa portátil al núcleo de navegación del cometa: una vieja baliza olvidada, cubierta de hielo y de polvo de estrellas. La baliza aún funcionaba, pero estaba desafinada, como un instrumento que nadie toca.

—Primero, tecnología —dijo Lira—. Luego, magia. Y al final… las dos juntas, como buenos vecinos.

Zazo observaba, con los pies colgando, mientras Brin sostenía herramientas con un campo magnético. Lira ajustó los anillos de la baliza, calibró las coordenadas, limpió la interferencia. Después abrió su estuche de incantaciones, donde guardaba scripts en pergaminos y chips de cristal.

—Ahora, lo importante —anunció.

Escribió un nuevo script: no de desvío, sino de armonía. Sus letras brillaban como luciérnagas. Mientras escribía, recitó en voz baja, con ritmo de canción:

—Que la ruta sea clara,

que el paso sea amable,

que nadie sea empujado,

que todos sean invitados.

Que el cometa despierte sin gritar,

y que la visita llegue sin engañar.

Zazo escuchaba con la boca entreabierta.

—Eso suena… bonito —dijo.

—La belleza también guía —contestó Lira.

Cuando el script se insertó en la baliza, la grieta luminosa del cometa dejó de chisporrotear. Los cables se acomodaron como si respiraran aliviados. La espiral con dientes desapareció, y en su lugar apareció un símbolo nuevo: un círculo con dos estrellas enfrentadas, como dos personas saludándose.

Brin lanzó un pitido alegre. El astrolabio portátil de Lira, en su mesa, tintineó como cucharitas felices.

Zazo, sin darse cuenta, soltó el aire que estaba conteniendo.

—¿Y si nadie viene igual? —preguntó, con voz pequeñita.

Lira miró el horizonte del cometa, donde el polvo estelar flotaba lento.

—Entonces vendré yo, de vez en cuando —dijo—. Y traeré historias. Y té de menta estelar. Pero creo que vendrán más. No por obligación. Por curiosidad.

El duende se rascó la nariz.

—Yo puedo… cuidar la baliza —ofreció—. Sin trampas. Solo… cuidarla.

—Eso sería un trabajo importante —dijo Lira—. Y para trabajos importantes, lo mejor es tener un acuerdo.

Sacó un pequeño sello de cera azul, igual al de su licencia, y lo estampó en un ticket de viaje de la capa de Zazo. El ticket brilló.

—No es una licencia de incantación —aclaró Lira—, pero es un permiso de guardián. Un recordatorio de que la armonía también es una aventura.

Zazo lo miró como si fuera un tesoro.

Capítulo 6: De regreso, con una certeza tranquila

El viaje de vuelta fue suave. El Cometa Dormilón, detrás, parecía menos dormido: su cola brillaba con un orden nuevo, como una bandera de bienvenida. En el mapa, la ruta oficial apareció con luz clara, y los astrolabios del taller la cantarían sin miedo.

Cuando Lira entró otra vez en su taller de navegación, todo la recibió con sonidos conocidos: el “clic” de los engranajes, el susurro de los scripts en sus cajones, el rumor amable del aire reciclado. La licencia en la pared ronroneó como un gato satisfecho.

Lira colgó su capa, sacó las bolitas de luz traviesas de donde se habían escondido (una estaba dentro de una taza, como si quisiera bañarse) y revisó los scripts uno por uno. No encontró más sombras.

Brin flotó cerca de la ventana, mirando el espacio.

—Lo hicimos bien —dijo Lira, más para sí misma que para él.

Ajustó el astrolabio mayor, y los aros giraron con una elegancia que parecía baile. Sobre la mesa, escribió un mensaje para el Consejo de Armonía Orbital:

“Ruta del Cometa Dormilón calibrada. Desvío eliminado. Nuevo guardián asignado: Zazo. Recomendación: incluir esta parada en los mapas de viaje, con visita respetuosa.”

Luego apagó la lámpara principal y dejó solo la luz suave de las estrellas entrando por el cristal.

En el silencio, Lira sintió algo que le gustaba: no emoción ruidosa, no triunfo exagerado, sino una certeza tranquila, como una manta caliente en una noche fría. El universo seguía siendo enorme y misterioso. Siempre habría riesgos discretos escondidos en rincones inesperados. Pero también habría manos pacientes, palabras cuidadosas y rutas que se arreglan sin romper nada.

Lira apoyó la palma en la mesa del taller.

—Armonía —susurró—. No es que todo sea perfecto. Es que todo puede volver a encajar.

Y el taller, con sus astrolabios cantores y sus scripts luminosos, pareció estar de acuerdo.

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Astrolabios
Instrumentos que ayudan a encontrar direcciones en el espacio y medir estrellas.
Licencia de Incantación
Documento que autoriza a alguien a usar palabras mágicas en su trabajo.
Script
Texto que dice cómo debe ir una ruta o qué debe hacer una máquina.
Esquirla de desvío
Pequeña pieza mágica que cambia las rutas y hace que se desvíen.
Tintero
Recipiente donde se guarda la tinta para escribir con pluma.
Baliza
Aparato que señala un lugar y ayuda a las naves a orientarse.
Calibró
Ajustó con cuidado una máquina para que funcione bien.
Incantación
Palabras mágicas que se pronuncian para cambiar algo.
Runa
Símbolo antiguo con poder o significado mágico.
Interferencias
Señales o ruidos que molestan y confunden a los aparatos.

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