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Cuento sobre la amistad 7/8 años Lectura 20 min.

La receta de la amistad y la vela de chocolate

Mateo, un niño tímido, y Nico, un compañero nuevo, preparan una exposición sobre compartir y descubren, entre libros y juegos, cómo calmarse y cuidar una amistad con pequeños gestos.

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Un niño de 8 años de cabello castaño despeinado, ojos grandes y dulces, rostro redondo y expresión concentrada, sostiene un lápiz verde y dibuja sobre una cartulina grande en el suelo; otro niño de la misma edad, cabello negro rizado y sonrisa tímida, le entrega con cuidado una regla decorada con pegatinas estando sentado a su lado; una bibliotecaria de unos 40 años, con gafas redondas y el pelo recogido en un moño, sonríe desde una estantería baja; la escena transcurre en una mediateca luminosa con grandes ventanas, estanterías bajas de madera clara, cojines coloridos y una mesa baja con papeles, tijeras de punta redondeada y un bote de rotuladores; los niños colaboran en un póster titulado “Receta para una amistad” con dibujos de una velita, una estrella y un cohete y la nota manuscrita “Respirar juntos”; paleta en tonos acuarela suaves (amarillos cálidos para la luz, azules pálidos para las sombras, toques de verde y rojo) y ambiente cálido, sereno e íntimo, con gestos delicados y manos que se rozan al pasar un lápiz. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Un recreo con sitio para dos

Mateo tenía ocho años y una mochila que siempre parecía más grande que él. Esa mañana, en clase, la seño Clara dijo:

“Hoy trabajaremos por parejas para preparar una pequeña exposición sobre algo que compartimos: un juego, una idea, una afición.”

Mateo sonrió… y luego se quedó quieto, como si alguien hubiese apagado el ruido de su cabeza. Miró a un lado, miró al otro. Sus compañeros ya se estaban juntando.

“Mateo, ¿con quién vas?” —preguntó la seño Clara con voz suave.

Mateo se encogió de hombros.

“No sé…”

En ese momento, Nico, un compañero nuevo con pelo rizado y zapatillas con cordones desparejados, se acercó despacio.

“Hola… ¿quieres conmigo?” —dijo Nico, apretando fuerte un estuche azul.

Mateo notó un cosquilleo raro en la barriga. No era malo, pero lo confundía. A veces, cuando no sabía qué decir, se le quedaban las palabras pegadas.

“Sí” —contestó por fin—. “Conmigo está bien.”

Nico soltó el aire como si hubiera estado guardándolo.

“¡Genial! Yo soy Nico. Me cuesta un poco empezar, pero… puedo intentarlo.”

Mateo se rió bajito.

“A mí también me cuesta. A veces mi boca se queda de vacaciones.”

Nico lo miró sorprendido y luego se rió también.

“La mía se esconde detrás de los dientes.”

Durante el recreo, se sentaron en un banco cerca del patio. Había un árbol pequeño y, debajo, una sombra como una alfombra.

Nico abrió su estuche. Dentro no había solo lápices, sino también una regla con pegatinas y un sacapuntas con forma de cohete.

“Mi abuela me lo dio. Dice que compartir es como abrir una ventana.”

Mateo lo tocó con cuidado.

“¿Puedo usar el lápiz verde?”

“Claro. Y yo… ¿puedo usar tu goma? La mía borra… pero deja fantasmas.”

Mateo sacó su goma blanca.

“La mía borra fuerte. A veces borra hasta lo que no quiero.”

“¡Entonces es valiente!” —dijo Nico.

Se pusieron a dibujar ideas para la exposición. Pero al cabo de un rato, Mateo frunció el ceño.

“No sé qué podemos contar… ¿Qué compartimos tú y yo si acabamos de conocernos?”

Nico se encogió de hombros.

“Podemos descubrirlo. Como una misión.”

“¿Una misión de amistad?” —preguntó Mateo, y la frase le sonó bonita.

Nico levantó un dedo, como si fuera un detective.

“Misión: encontrar tres cosas que podamos compartir. Hoy.”

Mateo asintió con fuerza.

“Vale. Primera pista: compartimos este banco.”

“Y el lápiz verde.” —Nico se lo pasó como si fuera un tesoro.

“Y… la risa. Eso también se comparte.” —Mateo se dio cuenta de que lo decía en serio.

Nico se quedó mirándolo un segundo.

“Sí. Eso sí.”

Al sonar la campana, la seño Clara les dijo:

“Mañana iremos a la medioteca del barrio, la mediathèque luminosa que está junto al parque. Allí podréis buscar información y preparar vuestra exposición.”

Mateo pensó en libros y estanterías. Le gustaban, pero a veces los lugares nuevos le ponían nervioso, como si el aire fuera diferente.

Nico, en cambio, levantó las cejas con ilusión.

“¡Hay una zona de cómics! Mi primo me lo dijo.”

Mateo quiso decir “qué bien”, pero le salió un hilo de voz:

“Ajá…”

Nico lo entendió sin burlarse.

“Si te da cosa, vamos juntos. Juntos es más fácil, ¿no?”

Mateo sintió que, de repente, la misión empezaba de verdad.

“Sí. Juntos.”

Capítulo 2: Respirar como si soplaran una vela

Al día siguiente, el cielo estaba claro, como recién lavado. La clase caminó en fila hacia la mediathèque. Mateo iba al lado de Nico. Sus pasos sonaban “tap-tap” en la acera.

“¿Estás bien?” —preguntó Nico.

Mateo apretó la correa de su mochila.

“Un poco… raro.”

“¿Raro de ‘emocionado' o raro de ‘me tiembla la panza'?”

Mateo pensó un momento.

“De los dos.”

Nico asintió, como si eso fuera una respuesta perfecta.

“A mí me pasa. Cuando me pasa, mi mamá me dice que respire como si soplara una vela, pero sin apagarla de golpe. Suave.”

Mateo miró a Nico.

“¿Cómo?”

Nico se detuvo un poquito, sin separarse del grupo.

“Mira. Inhalamos por la nariz… uno, dos, tres… y soltamos el aire por la boca… uno, dos, tres, cuatro. Como soplando una vela que no quieres apagar, solo mover.”

Mateo lo intentó. Primero le salió torpe, como un pez aprendiendo a nadar. Pero Nico lo hizo a su lado, y la cosa se volvió más fácil.

“Uno, dos, tres…” —susurró Mateo al inhalar.

“Y ahora… suaaaaave…” —susurró Nico.

Mateo soltó el aire. Sus hombros bajaron un poco.

“Otra vez,” —propuso Nico— “pero esta vez imaginamos que la vela huele a galletas.”

Mateo soltó una risita.

“Mi vela huele a chocolate.”

“Perfecto. Respiremos con chocolate.”

Hicieron tres respiraciones más. Mateo notó que el “raro” se hacía más pequeño, como un globo que pierde aire.

Cuando llegaron, la mediathèque apareció delante de ellos: un edificio con grandes ventanas, tan claras que parecía que dentro vivía el sol. La puerta se abrió y un olor a papel limpio y madera les dio la bienvenida.

La seño Clara habló bajito, como si las palabras también tuvieran que caminar despacio.

“Recordad: aquí hablamos en voz suave, cuidamos los libros y, si necesitamos ayuda, preguntamos.”

Dentro, las estanterías formaban pasillos como calles. Había cojines de colores en una zona infantil y una alfombra con dibujos de estrellas.

Nico dio un pequeño salto, sin hacer ruido.

“¡Es luminosa de verdad!”

Mateo miró hacia arriba. La luz entraba por el techo, como si alguien hubiera abierto una claraboya enorme.

“Parece… un sitio que abraza,” —dijo Mateo, sorprendido de su propia frase.

Nico lo miró con ojos grandes.

“Sí. Un abrazo de biblioteca.”

Una bibliotecaria con gafas redondas se acercó sonriendo.

“Buenos días. Soy Laura. ¿Buscáis algo especial?”

Nico levantó la mano, pero bajito, como si su mano también estuviera aprendiendo.

“Tenemos que preparar una exposición sobre… algo que compartimos.”

Laura juntó las palmas.

“Qué bonito. Compartir es una palabra que hace cosquillas en el corazón. Podéis mirar libros de juegos cooperativos, de manualidades o de historias de amistad.”

Mateo y Nico se dirigieron a una estantería que decía “Amistad”. Nico sacó un libro con una portada de dos niños construyendo una cometa. Mateo tomó otro sobre “Pequeños gestos”.

Se sentaron en una mesa baja. Nico abrió el libro y señaló un dibujo.

“Mira: aquí comparten la cuerda.”

Mateo pasó las páginas del suyo.

“Aquí dice que compartir no es solo dar cosas. También es dar tiempo. Y escuchar.”

Nico levantó la mirada.

“Escuchar… eso sí que cuesta a veces. Yo hablo rápido cuando me pongo nervioso.”

Mateo se rio.

“Yo hablo lento cuando me pongo nervioso.”

“Entonces hacemos un equipo perfecto: tú frenando y yo acelerando.” —Nico movió las manos como si fueran un cochecito.

Mateo imaginó un cochecito loco y se le escapó una carcajada. Luego miró alrededor, por si alguien se molestaba, pero la bibliotecaria solo sonrió desde lejos.

Nico sacó una libreta.

“Vamos a apuntar. Necesitamos una idea para enseñar a la clase.”

Mateo tomó el lápiz verde.

“Podemos hacer… una lista de cosas para cuidar una amistad. Como una receta.”

“¡Una receta!” —Nico se inclinó—. “Ingredientes: risas, ayuda, respeto…”

Mateo añadió:

“Y respirar juntos cuando algo da nervios.”

Nico lo miró con gratitud.

“Eso me gustó. Lo de la vela de chocolate.”

Mateo escribió despacio. La luz caía sobre la hoja y parecía que las palabras brillaban un poco.

A mitad de la lista, Nico se quedó callado. Miraba su estuche azul como si estuviera pensando en otra cosa.

Mateo preguntó:

“¿Te pasa algo?”

Nico se mordió el labio.

“Traje unas pegatinas para decorar nuestro cartel… pero… no sé si debo compartirlas. Son mis favoritas.”

Mateo sintió una punzada. Quería decir “sí, compártelas”, pero también sabía que eso podía ser difícil.

Se acordó del libro de “Pequeños gestos” y dijo con calma:

“Compartir no es obligación. Es una elección. Si te da pena, podemos usar otras.”

Nico parpadeó.

“¿De verdad no te enfadas?”

“No. Puedo entenderlo. Yo tengo una canica azul en casa que no presto a nadie.”

Nico soltó una risa pequeñita.

“¿Ves? Ya estamos compartiendo secretos.”

Mateo sonrió.

“Y eso no se rompe.”

Nico abrió el estuche, sacó una hoja de pegatinas y la puso en medio.

“Vale. Voy a elegir dos para nosotros. Dos. Y las usamos juntos.”

Mateo asintió.

“Juntos.”

Eligieron una pegatina de estrella y otra de un cohete.

“La estrella es para la amistad,” —dijo Nico.

“Y el cohete para la misión,” —añadió Mateo.

En ese momento, la seño Clara se acercó.

“¿Cómo vais?”

Mateo le mostró la lista.

“Estamos haciendo una receta para cuidar la amistad.”

La seño Clara leyó y sonrió.

“Me encanta. Acordaos de poner un ejemplo real. Algo que os haya pasado.”

Nico levantó la mano.

“Podemos contar cómo respiramos juntos para calmarnos camino de aquí.”

Mateo notó que su cara se calentaba, pero no por vergüenza fea, sino por algo agradable.

“Sí,” —dijo— “eso fue importante.”

Laura, la bibliotecaria, les trajo un libro más.

“Este habla de juegos que se hacen en equipo. Hay uno de ‘pasarse un objeto sin que caiga'. Puede ser divertido para la clase.”

Nico abrió el libro y sus ojos brillaron.

“¡Podemos hacer un juego de pasar una pelota de papel sin apretar, como la vela!”

Mateo levantó el pulgar.

“Sí. Suave.”

Durante un rato, trabajaron sin prisa. Mateo se dio cuenta de que estar con Nico no era complicado. Era como una canción fácil: repetía el ritmo, y el cuerpo lo aprendía.

Capítulo 3: Un cartel hecho entre manos

De vuelta al cole, la seño Clara les dio cartulina, rotuladores y tijeras con punta redonda.

“Tenéis la tarde para preparar vuestro cartel. Mañana lo presentáis.”

Mateo y Nico se sentaron en el suelo, en un rincón con luz de ventana. Nico extendió la cartulina como si fuera un mantel de picnic.

“Primero, el título del cartel… bueno, del cartel sí podemos tener título,” —dijo Nico riéndose—. “¿Qué ponemos?”

Mateo pensó.

“‘Receta para una amistad'.”

“¡Sí!” —Nico hizo un gesto de chef—. “Chef Nico y Chef Mateo.”

“Yo soy chef de borrar fantasmas,” —bromeó Mateo.

“Y yo soy chef de cordones desparejados.”

Se pusieron manos a la obra. Mateo escribió con letras grandes: “Receta para una amistad”. Nico dibujó un bol y una cuchara. Luego, juntos, fueron añadiendo ingredientes:

“Una cucharada de ‘hola',” —leyó Nico.

“Dos de ‘¿quieres jugar?',” —añadió Mateo.

“Tres de ‘te escucho'.”

Mateo levantó el rotulador.

“Y una pizca de ‘lo siento' cuando te equivocas.”

Nico se quedó pensativo.

“Eso es difícil.”

Mateo asintió.

“Pero hace que todo se arregle más rápido.”

Nico escribió: “Respirar juntos: 3 al entrar, 4 al salir”.

“Así,” —dijo Nico— “si alguien se enfada o se pone nervioso, no explota como un globo.”

Mateo dibujó una vela con olor a chocolate y, al lado, una carita sonriendo.

“Esto ayuda.”

Cuando llegó el momento de decorar, Nico sacó la pegatina de estrella y la puso en la esquina.

“Aquí va,” —dijo— “para recordar que compartimos sin perder.”

Mateo colocó el cohete al otro lado.

“Y este para la misión. Porque la amistad es una aventura suave.”

En ese instante, Carla, otra compañera, se acercó con su grupo y miró el cartel.

“Qué chulo. ¿Puedo ver?”

Nico miró a Mateo, como pidiendo permiso. Mateo notó el mismo cosquilleo de antes, pero esta vez era más pequeño. Respiró una vez, despacio.

“Claro,” —dijo Mateo— “pero con cuidado, que aún está fresco el rotulador.”

Carla leyó en voz baja y sonrió.

“Me gusta lo de respirar. Yo me pongo nerviosa cuando me toca leer en alto.”

Mateo se sorprendió. No era el único.

Nico le ofreció un sitio en el suelo.

“Si quieres, te enseñamos.”

Carla se sentó. Los tres hicieron la respiración de la vela: uno, dos, tres… y luego suave, uno, dos, tres, cuatro.

Carla soltó el aire y se rió.

“Mi vela huele a fresa.”

“¡Vale!” —dijo Nico— “Tenemos un menú completo: chocolate y fresa.”

Mateo añadió:

“Y el aire no se pelea. Solo sale y ya.”

Carla se levantó.

“Gracias. Se lo diré a mi mamá. Su vela seguro que huele a café.”

Cuando Carla se fue, Nico miró a Mateo con orgullo.

“Estamos compartiendo cosas que ayudan.”

Mateo sintió que el pecho se le llenaba, como cuando uno respira profundo pero sin prisa.

“Sí. Y no duele.”

Al día siguiente, presentaron su cartel delante de la clase. Nico habló de los ingredientes. Mateo explicó la respiración.

“Cuando algo nos da nervios, respiramos juntos,” —dijo Mateo— “y pensamos en una vela que huele bien. No hace falta correr. Así nos calmamos y podemos hablar mejor.”

La seño Clara aplaudió y la clase también. No fue un aplauso fuerte como tormenta, sino uno alegre, como lluvia finita.

Después, hicieron el juego del libro: una pelota de papel que tenían que pasarse sin apretar, con cuidado, como si fuera un pajarito.

“Suave, suave,” —repetía Nico.

“No se cae si ayudamos,” —decía Mateo.

La pelota pasó por muchas manos. Cuando alguien la apretaba demasiado, todos decían:

“Respira… vela… suave…”

Y la pelota seguía su camino. A Mateo le pareció que la clase entera estaba aprendiendo a cuidarse un poquito más.

Al final, Nico guardó el cartel con cuidado.

“¿Lo colgamos en el pasillo?”

Mateo asintió.

“Para que lo vean todos.”

La seño Clara lo colgó a la altura de los ojos de los niños.

“Así es más fácil recordarlo,” —dijo—. “Las amistades se riegan con gestos pequeños.”

Mateo miró la estrella y el cohete, y pensó que la mediathèque luminosa les había regalado algo más que libros: les había dado un momento para empezar.

Capítulo 4: Un trayecto tranquilo

Esa tarde, Mateo salió del cole con su mochila y vio a Nico en la puerta. Nico estaba esperando con su abuela, una señora de pelo blanco que parecía suave como algodón.

“Mateo,” —dijo Nico— “mi abuela te puede acompañar un rato. Vamos hacia el parque.”

La abuela sonrió.

“Hola, Mateo. Nico me ha hablado de la misión.”

Mateo se puso recto, como un soldadito tímido.

“Hola.”

Caminaron por la acera. El sol ya no estaba tan alto y las sombras eran largas. El aire olía a pan de una panadería cercana.

Nico miró a Mateo.

“¿Sabes qué más podemos compartir?”

Mateo pensó.

“El camino.”

“Sí,” —dijo Nico— “y el silencio, cuando es un silencio bueno.”

Caminaron un tramo sin hablar, escuchando sus pasos y un pájaro que cantaba como si probara notas.

La abuela comentó:

“Compartir también es dejar espacio. No siempre hay que llenar todo de palabras.”

Mateo se atrevió a preguntar:

“¿Y si un día discutimos?”

Nico abrió los ojos.

“¿Discutir nosotros?”

Mateo se encogió de hombros.

“Puede pasar. A veces me enfado cuando pierdo.”

Nico se rascó la cabeza.

“Yo me enfado cuando no me sale algo.”

La abuela señaló con el dedo una hoja que caía despacio.

“Las hojas se caen y no pasa nada. Lo importante es cómo volvéis a hablar. ¿Qué podéis hacer?”

Mateo miró a Nico. Nico miró a Mateo. Como si fueran a usar su receta.

“Decir ‘lo siento',” —dijo Mateo.

“Y escuchar,” —añadió Nico.

“Y respirar juntos,” —dijeron los dos a la vez, y luego se rieron.

Nico levantó una mano.

“Promesa: si un día estamos enfadados, hacemos tres respiraciones antes de hablar.”

Mateo chocó su mano con la de Nico, suave.

“Promesa.”

Llegaron a la esquina donde sus caminos se separaban. La calle estaba tranquila, con farolas que empezaban a encenderse poco a poco.

“Mañana,” —dijo Nico— “¿quieres sentarte conmigo en el recreo otra vez?”

Mateo notó que el cosquilleo en la barriga ya no era raro. Era como cuando uno sabe que algo bueno viene.

“Sí,” —contestó— “y traigo mi goma valiente. Por si aparecen fantasmas.”

Nico se rió.

“Y yo traigo mis cordones desparejados. Para que el día no sea aburrido.”

La abuela se inclinó un poquito hacia Mateo.

“Gracias por compartir tu tiempo con Nico. Eso vale mucho.”

Mateo bajó la mirada, pero sonrió.

“Él también comparte conmigo.”

Nico dio un paso atrás, caminando ya hacia su casa.

“Mateo,” —dijo— “la misión sigue, ¿eh?”

Mateo levantó la mano para despedirse.

“Sí. Pero es una misión tranquila.”

Nico asintió.

“Las mejores.”

Mateo siguió su trayecto hacia casa. Las luces del barrio parecían pequeñas estrellas. Respiró una vez, suave, como una vela de chocolate. Se sintió calmado, acompañado, y contento.

Y mientras caminaba, pensó que la amistad era eso: compartir un poco, cuidar un poco, y volver a encontrarse, paso a paso, por un camino en paz.

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Exposición
Presentación ante la clase para mostrar y explicar algo a los demás.
Medioteca
Lugar con libros, vídeos y otros materiales para leer y aprender.
Mediathèque luminosa
Nombre que describe la medioteca con mucha luz y ventanas grandes.
Bibliotecaria
Persona que cuida los libros y ayuda a buscar lo que necesitas.
Estanterías
Las repisas donde se colocan los libros en la biblioteca.
Cojines
Almohadones suaves donde te sientas en la zona infantil de la biblioteca.
Cartulina
Papel grueso y resistente que se usa para hacer carteles.
Rotuladores
Bolígrafos de colores que sirven para dibujar y escribir grande.
Tijeras con punta redonda
Tijeras seguras para niños, con la punta redondeada para no pinchar.
Promesa
Palabra que dices cuando te comprometes a hacer algo y mantenerlo.

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