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Cuento de caballero 11/12 años Lectura 25 min.

La pluma del alba y la caballeresa sin nombre

Una caballera sin nombre protege un cofre crucial para un ducado junto al joven Ivo, enfrentando ladrones, emboscadas y traiciones mientras atraviesan castillos y bosques para llevarlo a salvo.

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Una caballera con rostro determinado y empapado por la lluvia, cejas fruncidas y casco oscuro sin penacho, capa gris mojada y armadura mate, sujeta un pequeño cofre verde de cuero en la espalda mientras blande una espada corta; Ivo, un chico pelirrojo de unos 12 años, delgado y cubierto de barro con pecas, se mantiene atrás en el puente sujetando una gran sartén de hierro como escudo improvisado, mezcla de miedo y coraje; un asaltante de unos 30 años, vestido de oscuro y con expresión burlona, apunta desde la sombra del puente con una ballesta ligera lista para disparar a pocos pasos; escenario: noche lluviosa en el estrecho puente de piedra llamado "el puente de las campanas", con arcos macizos, piedra musgosa y grandes campanas que se balancean en la niebla; atmósfera tensa y dramática, lluvia fina que produce reflejos y salpicaduras, contraste entre grises fríos y toques cálidos de cobre en la ballesta y el verde del cofre. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La guardiana sin nombre

La noche caía sobre el ducado de Brumaclara como un manto de lana oscura. En las almenas del castillo, las antorchas chisporroteaban y el viento olía a pino y a hierro. A esa hora, cuando hasta los búhos parecían guardar silencio, llegó ella.

No traía estandarte. Tampoco séquito. Solo un caballo ceniciento, una capa gris que se confundía con la niebla y un yelmo sin plumas, liso como una piedra de río. Quien la vio pasar juró que sus ojos —cuando alzó la visera— brillaban como si guardaran un secreto antiguo.

El duque Alderico la esperaba en la sala de mapas, con el rostro tenso y la barba recién recortada, como si el orden exterior pudiera domar el desorden interior.

—Dicen que no preguntas nombres —murmuró el duque.

—Dicen muchas cosas —respondió ella, con una voz serena que no necesitaba alzarse para hacerse obedecer.

Sobre la mesa había un cofre pequeño, forrado en cuero verde y reforzado con esquinas de bronce. No parecía gran cosa. Sin embargo, los guardias lo miraban como se mira un nido de avispas.

—Ahí dentro está el Tesoro Ducal —dijo Alderico—. No oro… no solo oro. Un sello que legitima mi casa, una llave y un pergamino. Si lo roban, mi ducado se volverá un tablero para buitres.

La caballeresa apoyó una mano enguantada en el cofre. No lo abrió. Como si pudiera escuchar su peso sin levantar la tapa.

—¿Qué ofrece a cambio de mi guardia?

—Refugio, comida, un caballo si lo necesitas… y libertad para irte cuando esto termine.

Ella asintió. A un lado de la sala, un muchacho pelirrojo, flaco y con pecas como semillas, sostenía una lámpara demasiado grande para su brazo.

—Este es Ivo —añadió el duque—. Es mi paje. Rápido y listo. Y demasiado curioso.

Ivo tragó saliva. La caballeresa lo miró un instante. No con dureza, sino como quien mide la distancia de un salto.

—La curiosidad es un filo —dijo—. Sirve para abrir puertas… o para cortarse.

—Entonces prometo no cortarme —soltó Ivo, intentando sonreír—. O al menos… no mucho.

Por primera vez, la caballeresa dejó escapar algo parecido a una risa corta.

Esa misma noche la condujeron a la Torre del Viento, donde el tesoro sería custodiado hasta el amanecer, cuando un convoy lo llevaría al monasterio de San Lirio. Allí estaría a salvo, o eso decía el duque.

La caballeresa se quedó sola con el cofre. Afuera, la lluvia empezó a golpear como dedos impacientes.

Y en algún lugar del castillo, una bisagra chirrió con un sonido que no era del todo casual.

Capítulo 2: El susurro bajo la piedra

La Torre del Viento no era alta, pero sí testaruda. Sus muros eran gruesos como si el castillo temiera que el mundo quisiera entrar a empujones. La caballeresa recorrió el cuarto circular: una ventana estrecha, una puerta de roble con doble cerrojo, y una trampilla en el suelo que bajaba a los antiguos almacenes.

Ivo apareció con una bandeja: pan oscuro, queso y una jarra de agua.

—Mi señor dice que no debo molestarte —susurró—, pero si no te traigo algo, la cocinera me convierte en sopa.

—La sopa suele ser un destino digno —dijo ella—. Déjalo ahí.

Ivo miró el cofre como si el cuero verde fuera una invitación.

—¿De verdad no hay oro?

—Hay cosas más pesadas que el oro.

—¿Como… una deuda?

La caballeresa lo observó. Ivo no era un niño pequeño; su voz ya tenía esa mezcla rara de atrevido y prudente. De esos que hacen preguntas que los adultos no se atreven.

—Como una promesa —respondió ella.

En ese instante, un sonido tenue, casi un suspiro, se coló por la trampilla. La caballeresa se tensó. Ivo también lo oyó; lo delató su ceja levantada.

—¿Ratones? —aventuró él.

—Los ratones no usan cuchillos —dijo ella, y desenvainó.

La hoja no brilló como en los cuentos; brilló como brilla el hielo cuando lo pisa un lobo.

—Ivo, apaga la lámpara.

—¿Apagarla? ¡Pero entonces no veremos nada!

—Justo eso.

Ivo obedeció con una rapidez que sorprendió hasta a él mismo. La oscuridad llenó la torre como tinta. Solo la lluvia marcaba el ritmo.

La caballeresa se movió sin ruido, pegada al muro, y puso el oído sobre la trampilla. Abajo, pasos. Un roce de tela. Una respiración contenida.

Alguien estaba subiendo.

Ivo, a tientas, buscó una piedra. No encontró una piedra; encontró una sartén olvidada por un soldado hambriento. La sostuvo como si fuera un escudo.

La trampilla se levantó apenas un dedo. Una mano enguantada asomó, explorando. La caballeresa esperó. No se precipitó. La paciencia, en combate, era otra forma de valentía.

Cuando la mano empujó un poco más, ella golpeó con la empuñadura, seca y exacta. Un jadeo, un cuerpo que retrocede. Luego un silbido agudo.

—¡Alarma! —gritó una voz desde abajo.

No eran ratas. Ni un ladrón solitario. Era una banda.

La caballeresa empujó la trampilla y la cerró con el cerrojo de hierro que había al lado. La madera vibró con golpes desde abajo.

—No aguantará —dijo Ivo, la voz más fina—. ¡No aguantará!

—Entonces no esperaremos a que caiga.

Ella agarró el cofre, lo colgó con una correa a su espalda y miró la ventana estrecha.

—¿Sabes trepar?

Ivo abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.

—Sé… caer con estilo.

—Sirve.

Con una navaja, la caballeresa cortó la cortina vieja y ató tiras para improvisar una cuerda. La lluvia le empapó las manos. Abajo, el patio era un mosaico de charcos.

—Primero tú —ordenó ella.

—¿Yo? ¡Pero tú eres la caballera!

—Y tú eres el que pesa menos. Baja, sujeta la cuerda y corre a la caseta del guardia. No mires atrás.

Ivo tragó. Luego asintió, y se deslizó por la cuerda, resbalando, soltando un “¡ay!” cuando sus botas tocaron el suelo.

Arriba, la trampilla crujió. El cerrojo protestó.

La caballeresa se dejó caer después. Al caer, rodó como un saco bien entrenado y se puso de pie de un salto. Ivo ya corría, chapoteando.

Pero cuando ella dio dos pasos hacia la caseta, vio sombras moviéndose por el patio. No venían de abajo. Venían de las puertas laterales.

Los ladrones ya estaban dentro del castillo.

—Solidaridad, entonces —murmuró, como si hablase con el viento—. No solo conmigo.

Tomó aire, apretó el cofre contra su espalda, y se lanzó hacia la lluvia.

Capítulo 3: El puente de las campanas

El patio se convirtió en un laberinto de siluetas. Los guardias, confundidos, corrían hacia la torre sin ver las sombras que avanzaban por detrás. La caballeresa se metió entre barriles y carros, moviéndose como un secreto.

Ivo, al llegar a la caseta, encontró la puerta cerrada. Golpeó.

—¡Abran! ¡Abran! —chilló—. ¡La torre, el tesoro!

Un guardia medio dormido asomó la cabeza.

—¿Qué te pasa, renacuajo?

Ivo señaló hacia el patio. Una flecha se clavó en el suelo a su lado, con un sonido seco, como un “¡basta!”. El guardia ya no discutió: tiró de la cuerda de alarma. Las campanas del castillo se despertaron y empezaron a gritar al cielo.

La caballeresa aprovechó el caos para correr hacia el puente de las campanas, un pasadizo de piedra que conectaba el castillo con la muralla exterior. Si lograba cruzarlo, podría salir al camino del bosque y reunirse con el convoy que partiría al amanecer.

Pero el puente tenía un problema: era estrecho, y las campanas colgaban en su arco, de modo que el sonido sacudía el aire como golpes invisibles. Era difícil oír pasos propios… y también era fácil ocultar pasos ajenos.

A mitad del puente, una figura salió de la sombra con una ballesta. No llevaba máscara; llevaba una sonrisa.

—Vaya, vaya —dijo—. La dama sin nombre.

—Los nombres pesan —respondió ella, sin detenerse—. Y yo ya cargo suficiente.

La figura apuntó a la correa del cofre.

—Entrégalo y te dejo pasar. Nadie quiere un cadáver bajo la lluvia.

—Yo no quiero uno, tampoco —dijo la caballeresa, y alzó la espada—. Por eso te daré la oportunidad de apartarte.

La figura se rió y disparó.

La caballeresa giró el cuerpo. El virote rozó su hombrera y salió zumbando. Dolía, pero no la detuvo. Avanzó un paso más.

Ivo apareció detrás, empapado, con la sartén todavía en la mano.

—¡Oye! —gritó al asaltante—. ¡Eso no se hace! ¡Se pide por favor!

—¿Traes una sartén? —se burló el de la ballesta.

—Traigo… diplomacia de hierro —replicó Ivo, y levantó la sartén como si fuera un estandarte ridículo.

La caballeresa aprovechó la distracción. No se lanzó con furia; se lanzó con cálculo. Fingió un ataque alto, y cuando el hombre levantó la ballesta para bloquear, ella barrió su pierna con el pie. El ladrón cayó de rodillas, resbalando en la piedra mojada.

Ivo, sin pensarlo, le estampó la sartén en la muñeca. La ballesta cayó y se deslizó hasta el borde.

—¡Ay! —se quejó el ladrón—. ¡Eso no fue diplomacia!

—Fue un tratado —dijo Ivo—. Corto.

La caballeresa lo desarmó y lo empujó contra el muro.

—¿Cuántos son? —preguntó.

El hombre escupió agua de lluvia.

—Los suficientes. Y tenemos gente dentro.

—Ya lo imaginaba.

Una segunda sombra apareció al otro extremo del puente: un soldado del castillo… o alguien vestido como tal. Llevaba una lanza y caminaba demasiado seguro.

La caballeresa se colocó delante de Ivo, protectora.

—Corre —le dijo a Ivo—. Por el lado derecho, pegado al muro. No te detengas.

—¿Y tú?

—Yo detengo la marea.

Ivo dudó solo un segundo. Luego asintió y echó a correr, las botas golpeando la piedra.

La caballeresa enfrentó al falso guardia. Este atacó con la lanza. Ella desvió la punta, giró y golpeó el asta con el filo, astillándola. El hombre soltó un gruñido y sacó un cuchillo.

—Te crees heroína —escupió.

—No —dijo ella—. Solo cumplo.

El cuchillo buscó un hueco entre las placas. La caballeresa retrocedió, midiendo distancias, escuchando el ritmo de su enemigo pese al estruendo de las campanas. Vio el momento: el hombre cargó con el hombro demasiado adelante. Ella lo dejó pasar y lo empujó con el pomo de la espada. El falso guardia perdió el equilibrio y chocó contra la baranda.

Un golpe más, y cayó al foso con un grito que se apagó en el agua.

La caballeresa se quedó un instante, respirando fuerte. Miró hacia donde había ido Ivo. Luego echó a correr tras él.

El puente quedaba atrás, y el bosque se abría delante como una boca oscura.

Capítulo 4: El bosque que escucha

La lluvia se volvió más fina bajo los árboles. Las hojas, pesadas, dejaban caer gotas frías en la nuca. El camino era una cinta de barro, marcado por huellas recientes: cascos, botas, prisas.

Ivo la esperaba tras un roble enorme, con el pecho subiendo y bajando como un fuelle.

—Pensé que… —jadeó— que te iban a convertir en estatua.

—Aún no —dijo ella—. ¿Viste el convoy?

Ivo señaló hacia adelante.

—Las ruedas dejaron surcos. Pero… también hay huellas que no son de ellos. Van paralelas.

La caballeresa se agachó, tocó el barro con dos dedos.

—Tres… no. Cuatro hombres. Y uno arrastra algo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque el barro habla —respondió ella—. Hay que aprender a escuchar.

Ivo hizo una mueca.

—Yo solo escucho mi estómago.

Avanzaron con cuidado. El bosque parecía mirarlos. No con ojos, sino con ese silencio que pone la piel alerta. A lo lejos, el ulular de un búho sonó como una señal.

De pronto, una cuerda tensa se cruzó a la altura del tobillo de Ivo.

—¡No! —susurró la caballeresa, demasiado tarde.

Ivo tropezó y cayó de espaldas. Una red se abrió desde el suelo, lo envolvió y lo levantó por los aires, colgándolo boca abajo.

—¡Estoy bien! —gritó, aunque su voz sonaba como la de alguien que no estaba del todo bien—. ¡Solo veo el mundo al revés, que… honestamente… explica muchas cosas!

La caballeresa cortó la cuerda con un tajo rápido. La red cayó, y ella amortiguó a Ivo para que no se partiera como una rama seca.

—Gracias —dijo Ivo, escupiendo hojas—. ¿Podemos no morir hoy? Solo por variar.

Una risa baja respondió desde entre los arbustos.

Salieron dos hombres con capuchas. No iban vestidos como nobles, sino como cazadores. Llevaban arcos y sonrisas torcidas.

—La dama del cofre —dijo uno—. Y su pajarillo.

La caballeresa se adelantó.

—No busco pelea —mintió con cortesía.

—Nosotros sí —dijo el otro, y alzó el arco.

Ivo miró alrededor. No tenía espada, ni escudo, solo su ingenio y una valentía improvisada. Vio una colmena en una rama baja, hinchada como una calabaza.

—Eh… —susurró a la caballeresa—. ¿Las abejas cuentan como aliados?

—Si las convences —respondió ella sin apartar la vista de los hombres.

Los arqueros tensaron. La caballeresa se movió antes de que soltaran. Corrió hacia el primero, desviando el arco con el antebrazo, y golpeó con el hombro. El hombre cayó. El segundo apuntó a Ivo.

Ivo, con una piedra en la mano, la lanzó no al hombre… sino a la colmena.

La colmena se sacudió. Se oyó un zumbido que creció como una tormenta diminuta. Luego, una nube viva se desprendió y se lanzó contra el arquero.

—¡No, no, no! —gritó el hombre, agitando los brazos—. ¡Por todos los santos, no!

Salió corriendo, perseguido por abejas furiosas y su propio pánico. El primer hombre, al ver a su compañero convertido en blanco ambulante, se arrastró hacia el matorral.

La caballeresa lo detuvo colocando la punta de la espada frente a su nariz.

—Dime quién te envía.

El hombre tragó.

—El barón Garbio —confesó—. Dice que el duque no merece el sello. Dice que el ducado necesita… otra mano.

La caballeresa apretó la mandíbula.

—¿Dónde está el convoy?

—Más adelante. En el claro de las piedras altas. Los vamos a rodear al amanecer.

La caballeresa lo golpeó con el pomo para dormirlo. Luego miró a Ivo, que se sacudía una abeja del hombro.

—Vas a tener historias —dijo ella.

—Y ronchas —añadió Ivo—. Un trato justo.

Caminaron con más prisa. El tesoro pesaba, pero la responsabilidad pesaba más. Y ya no era solo por un duque. Era por todos los que vivirían bajo ese sello.

Capítulo 5: El claro de las piedras altas

Llegaron al claro cuando el cielo empezaba a palidecer, como si alguien borrara la noche con una goma enorme. Allí, entre menhires cubiertos de musgo, el convoy estaba detenido: dos carros y seis guardias. Uno tenía una herida en el brazo. Otro sujetaba una antorcha apagada, inútil ya en la claridad.

—¡Alto! —gritó un capitán, apuntando con la lanza cuando vio a la caballeresa—. ¡Identifícate!

Ella levantó las manos despacio.

—Traigo el tesoro. Y una advertencia.

Los guardias se miraron, desconfiados. Entonces Ivo dio un paso al frente.

—¡Es ella! —dijo—. ¡La que salvó el cofre! Y yo soy Ivo, el que casi fue comido por una red y luego… bueno, fue rescatado por abejas patrióticas.

El capitán parpadeó.

—¿Abejas…?

—Luego —cortó la caballeresa—. Escuchad. El barón Garbio ha puesto hombres en el bosque. Quieren rodearos al amanecer.

El capitán maldijo.

—Ya sospechábamos traición. Un explorador no volvió.

La caballeresa miró las piedras altas. Eran perfectas para emboscadas: sombras, coberturas, ángulos.

—Entonces no esperaremos. Nos moveremos ahora, pero no por el camino principal.

—¿Y por dónde? —preguntó el capitán.

Ella señaló hacia el norte, donde el terreno descendía hacia un arroyo.

—Por el paso del agua. Las ruedas harán ruido, sí, pero el arroyo lo tragará. Y las huellas se borrarán.

El capitán dudó. No era fácil obedecer a alguien sin nombre ni estandarte. Pero la caballeresa tenía esa seguridad tranquila que hacía que hasta el miedo se acomodara.

—Bien —dijo al fin—. Te seguiremos.

El convoy comenzó a moverse. Los guardias se colocaron en formación, más juntos, como una sola criatura. Ivo, en un carro, se asomó.

—Nunca pensé que ayudaría a dirigir un convoy —susurró—. Mi madre me manda a por nabos y vuelvo con… una guerra.

—Las guerras empiezan por cosas pequeñas —dijo la caballeresa, caminando junto a las ruedas—. Como la ambición de un barón.

Al llegar al arroyo, el agua les lamió las botas. Las ruedas chapotearon, y el sonido se mezcló con el murmullo del bosque. La caballeresa miró atrás: entre los menhires, una sombra se movió. Luego otra.

—Demasiado tarde para ellos —murmuró.

Pero entonces una flecha silbó desde la derecha y se clavó en un costado del carro.

—¡Contactoooo! —gritó un guardia.

El bosque estalló en figuras. Los hombres del barón habían calculado un atajo. No eran muchos, pero estaban bien colocados.

La caballeresa corrió hacia una roca, se agachó y gritó:

—¡Escudos al frente! ¡No os separéis! ¡Defended al que está a vuestro lado!

Los guardias obedecieron. Las flechas golpearon madera y metal. Uno de los hombres del barón intentó cargar hacia el carro del tesoro.

Ivo vio al atacante y, sin pensarlo, lanzó una bolsa de harina que estaba en el carro de provisiones. La bolsa estalló en una nube blanca que cegó al hombre.

—¡Nieve de verano! —gritó Ivo, orgulloso.

El atacante tosió, tropezó, y un guardia lo derribó.

La caballeresa aprovechó el desconcierto para avanzar por el flanco. No luchaba como quien busca aplausos; luchaba como quien abre camino. Bloqueó un golpe, desarmó a un enemigo, y con el borde plano de la espada lo mandó al suelo sin matarlo.

—¡Rendíos! —ordenó—. ¡Aún podéis elegir!

Uno de los hombres dudó. Luego bajó el arma. Otro lo imitó. No todos, pero algunos. Y esos “algunos” cambiaron el peso de la batalla.

La solidaridad también podía ser contagiosa.

Cuando la primera luz del amanecer atravesó los árboles, los hombres del barón se retiraron, dejando atrás a los que habían rendido armas y orgullo.

El convoy, maltrecho pero entero, siguió su ruta. El arroyo borró las huellas, como había prometido.

Ivo respiró por fin.

—Creo que… lo logramos.

La caballeresa no respondió de inmediato. Miró al horizonte, donde el monasterio de San Lirio se insinuaba como una mancha clara entre colinas. Y aun así, su mano no se separó del cofre.

Porque sabía que la última prueba siempre llega cuando uno cree que ya ganó.

Capítulo 6: La pluma guardada

El monasterio de San Lirio olía a cera, a piedra antigua y a pan recién hecho. Los monjes abrieron la puerta sin preguntar demasiado; el capitán llevaba el sello del duque en un pergamino auxiliar, y las heridas hablaban por sí solas.

En la sala del relicario, bajo un techo abovedado, colocaron el cofre sobre una mesa de roble. Había velas encendidas y un silencio que no era miedo, sino respeto.

El prior, un hombre de cejas espesas, miró a la caballeresa.

—Dicen que el tesoro trae consigo el destino del ducado.

—Trae consigo la gente del ducado —corrigió ella—. Sus mercados, sus casas, sus risas. Todo eso cabe en un sello.

El prior asintió lentamente.

—¿Quieres ver lo que has guardado?

La caballeresa dudó. Durante toda la noche había protegido el cofre sin abrirlo, como si su misterio fuera parte de su fuerza. Pero ahora, en ese lugar seguro, la curiosidad no era peligro; era cierre.

—Sí —dijo.

El prior abrió el cofre. Dentro había un sello de plata con el emblema del ducado, una llave negra como carbón pulido, un pergamino enrollado… y una pluma blanca, larga, perfecta, guardada en una funda de cuero.

Ivo se inclinó, fascinado.

—¿Una pluma? ¿Eso es el gran tesoro? Mi madre tiene una gallina con mejor presupuesto.

El prior sonrió apenas.

—No es una pluma cualquiera. Perteneció, según la tradición, al Halcón de Alba, el ave que guiaba a los primeros duques en la niebla. Con esa pluma se firmó el pacto de unión entre aldeas rivales. Sin esa firma, hubo hambre. Con esa firma, hubo puente, molino y escuela.

Ivo se quedó callado. Miró la pluma como si de repente pesara.

—Entonces… es como… el recuerdo de que juntos se vive mejor.

—Exactamente —dijo el prior.

La caballeresa tomó la funda con cuidado. No por avaricia, sino por delicadeza. Sus dedos, acostumbrados al hierro, parecían extraños sobre algo tan ligero.

—Esta pluma no debe ser un trofeo —dijo—. Debe estar donde recuerde a todos lo que prometieron.

El prior señaló una vitrina de madera y cristal, sencilla, sin joyas.

—Ahí se guardará. A la vista, pero protegida. Para que inspire y no tente.

La caballeresa colocó la pluma dentro de la vitrina. El prior cerró con una llave. El clic del cierre sonó como el final de una canción.

Ivo soltó el aire que había estado guardando desde la noche anterior.

—¿Y ahora qué? —preguntó—. ¿Vuelves al castillo? ¿Te dan una medalla? ¿Te hacen estatua con sartén incluida?

La caballeresa bajó la visera un instante, como si escondiera una sonrisa.

—Las medallas pesan. Las estatuas no caminan.

Ivo frunció el ceño.

—Entonces… ¿te irás sin decir tu nombre?

Ella miró la vitrina. La pluma blanca reposaba, por fin, guardada. El tesoro estaba a salvo. Pero el ducado, con sus traiciones y sus esperanzas, seguiría girando.

—Mi nombre no importa tanto como lo que hicimos —dijo—. Tú corriste cuando tenías miedo. Los guardias se cubrieron unos a otros. Incluso algunos enemigos eligieron rendirse. Eso es lo que sostiene un ducado, Ivo.

El muchacho se enderezó, algo más alto que la noche anterior.

—Entonces… ¿puedo contar que luché junto a una caballeresa misteriosa?

—Puedes —respondió ella—. Y añade que una sartén puede ser valiente.

Ivo rió, esta vez sin temblor.

La caballeresa se dio media vuelta. Su capa gris rozó las losas. Al salir del monasterio, el sol recién nacido le pintó el borde del yelmo con una línea dorada.

Ivo la vio alejarse por el camino, montada en su caballo ceniciento, cada vez más pequeña, hasta que la niebla volvió a reclamarla como si fuese parte de ella.

Dentro, en el silencio del relicario, la pluma quedó guardada, y con ella la promesa antigua: que la valentía se multiplica cuando se comparte.

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Almenas
Partes superiores en forma de dientes en la muralla de un castillo.
Yelmo
Casco metálico que protege la cabeza de un guerrero o caballero.
Estandarte
Bandera larga que identifica a una casa o grupo en batalla.
Legitima
Hace que algo sea legal o reconocido oficialmente por la autoridad.
Trampilla
Puerta pequeña en el suelo que permite bajar a un lugar inferior.
Empuñadura
Parte de la espada o herramienta que se sujeta con la mano.
Virote
Proyectil que se dispara con una ballesta, parecido a una flecha gruesa.
Baranda
Borde o pasamanos de protección en un puente o escalera.
Menhires
Piedras altas colocadas verticalmente en el campo, antiguas y grandes.
Relicario
Caja o lugar donde se guardan objetos sagrados o muy valiosos.
Vitrina
Mueble con cristal para mostrar y proteger objetos importantes.
Prior
Monje que dirige un monasterio cuando el abad no está o es segundo mando.
Cerrojo
Cierre de metal que asegura una puerta o tapa para que no abra.
Convoy
Grupo de carros o vehículos que viajan juntos para protegerse.

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