Cargando...
Cuento de explorador 9/10 años Lectura 14 min.

La pared que guardaba la memoria del hielo

Vera sigue una misteriosa pared de piedras en un desierto helado y descubre mapas, símbolos y una sala enterrada que parecen guardar un antiguo mensaje, obligándola a enfrentar qué hacer con ese hallazgo.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrónicos.

Vera, mujer de 21 años, aliviada y maravillada, rostro enrojecido por el frío, pelo castaño bajo un gorro gastado, abrigo caqui con parches, sostiene un cuaderno y una hoja de frottage contra el pecho y cojea al salir de una grieta en la pared de piedra; Lila, mujer de unos 30 años, mirada abierta y curiosa, bufanda colorida, brazos cruzados y admirando a Vera desde atrás; Tomás, hombre de unos 35 años, barba corta, chaqueta técnica, sostiene una termo y una linterna apagada junto a Lila listo para ayudar; entorno: desierto helado con muro de piedras secas que se pierde en la distancia, nieve brillante, un puente estrecho de hielo agrietado y cielo pálido; se aprecia un símbolo grabado (tres puntos y una línea) en una piedra cercana, atmósfera de aventura tranquila y heroica, tonos fríos con toques cálidos en la ropa. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La pared que no terminaba

El desierto frío parecía un mar blanco y gris. El viento soplaba como si quisiera contar secretos, y la nieve crujía bajo las botas de Vera. Ella tenía veintiún años y una mochila ordenada con precisión: cuerda, cuaderno, brújula, una lupa pequeña, chocolate en una bolsa aparte (porque “la ciencia no debe mancharse”, decía ella) y un termo de té.

Delante, una pared de piedras secas avanzaba hacia el horizonte. No tenía cemento ni hielo que uniera las rocas; aun así, seguía firme, como si llevara siglos aguantando tormentas.

—Ahí estás otra vez —murmuró Vera, acercándose—. ¿Quién te construyó y por qué justo aquí?

Su misión era sencilla en palabras y difícil en la realidad: seguir la pared todo lo que pudiera, registrar cada detalle y descubrir qué escondía. El Instituto de Exploración Polar le había confiado esa tarea porque Vera era metódica… y también creativa. Si una pista estaba escondida, ella la encontraba. Si no había pista, a veces la inventaba… pero solo como hipótesis en el cuaderno, con un enorme “¿Y si…?” al lado.

Sacó un carbón y marcó en una piedra un símbolo pequeño: una V dentro de un círculo. Así sabría que ya había pasado por ahí.

—Hoy caminaremos juntas —le dijo a la pared, como si fuera una compañera de viaje.

El viento respondió con un silbido. A Vera le pareció una risa.

A media tarde, la nieve se espesó y el cielo se volvió del color del plomo. La pared seguía, recta y testaruda. Vera se agachó y vio algo raro: una piedra no estaba como las demás. Tenía un borde liso, casi tallado.

—Esto no es casualidad…

La tocó con la punta de los dedos. Estaba fría, pero no tanto como el resto, como si guardara un poquito de calor.

Entonces oyó un “crac” cercano.

Vera se quedó quieta. En el desierto frío, los sonidos importaban. Podía ser hielo, podía ser una grieta… o podía ser algo que no quería conocer de cerca.

Respiró hondo.

—Tranquila, Vera —susurró—. Observa. Piensa. Actúa.

Y siguió caminando junto a la pared, con el corazón saltándole como un conejo asustado.

Capítulo 2: El mapa en el hielo

La tormenta cayó de golpe. Los copos le golpeaban la cara como granos de sal, y la pared desaparecía por momentos detrás de la cortina blanca. Vera se pegó a las piedras, usando el muro como guía para no perder el rumbo.

—Si me separo de ti, me tragaré el desierto —dijo entre dientes.

Encontró un pequeño hueco en la pared, como una puerta sin puerta. Detrás, había un espacio protegido del viento. No era una cueva, solo un resguardo estrecho, pero bastaba.

Vera montó un mini campamento: sacó una manta térmica, clavó dos estacas y tensó un trozo de lona. Luego, como siempre, escribió en su cuaderno:

“Día 6. Tormenta. La pared funciona como brújula física. Piedra tallada detectada. Posible señal.”

Cuando la tormenta aflojó, Vera encendió una linterna y examinó el suelo del resguardo. Allí, bajo una capa de hielo delgado, había líneas oscuras, como dibujos atrapados.

Se arrodilló y pasó la mano con cuidado. No podía romper el hielo a lo loco. Sacó su pequeño frasco de té caliente y dejó caer unas gotas, despacio, como si despertara algo dormido. El hielo se volvió transparente en un círculo.

Apareció un mapa.

No era un mapa moderno. Era un trazado simple: la pared dibujada como una serpiente de piedra, y al lado, marcas que parecían montículos. En una esquina, un símbolo repetido: tres puntos y una línea.

—¿Tres puntos y una línea…? —Vera frunció el ceño—. Esto no es decoración. Es un mensaje.

Se le escapó una sonrisa. El miedo se le encogió un poco, como si también quisiera ver el mapa.

—Bien jugado, pared. Me estás hablando.

Copió el mapa en su cuaderno y añadió: “Posible ruta hacia algo importante. Símbolo desconocido. Consultar al regreso.”

De pronto, un ruido grave retumbó. No era un “crac”. Era un “buuummm” sordo, como un tambor bajo tierra.

Vera apagó la linterna. Se quedó en silencio.

El sonido se repitió, más cerca. La pared vibró levemente.

—No me gusta esto —susurró—. Pero no voy a salir corriendo sin pensar.

Miró el mapa. Las marcas indicaban un tramo donde la pared hacía un giro raro. Quizá allí estaba el origen del ruido… o la respuesta.

Vera se puso de pie, ajustó la mochila y se asomó.

La tormenta había bajado, dejando un mundo brillante, casi irreal. Y la pared, como si nada, seguía su camino.

—Vamos —dijo—. Con cuidado. Con cabeza. Y con chocolate, por si acaso.

Capítulo 3: El puente de hielo y el truco del viento

El día siguiente amaneció con un sol pálido, como una moneda vieja. Vera avanzó siguiendo la pared. A ratos, el muro quedaba medio enterrado por la nieve; en otros, se elevaba como una columna de sombras.

El “buuummm” no volvió, pero el silencio era tan grande que daba un poco de risa nerviosa.

—Si alguien me viera hablando sola… —Vera soltó una carcajada—. Bueno, la pared no se queja.

Horas después llegó a un valle estrecho. La pared descendía hacia una grieta enorme: un corte oscuro en el hielo, profundo y ancho. Por encima, había un puente natural de hielo, delgado como una galleta a punto de romperse. La pared lo cruzaba.

Vera se inclinó y lanzó una piedrita. No oyó el fondo.

—Perfecto —dijo—. Un abismo sin instrucciones.

Se agachó y evaluó: el hielo del puente tenía grietas. Cruzar sin plan era una idea pésima.

—Vale, método —se dijo—. Paso uno: comprobar.

Sacó su cuerda, la ató a una roca grande y luego la pasó alrededor de su cintura. Probó tirando con fuerza. No era una garantía, pero era algo.

Luego miró el viento. Venía de la derecha, empujando hacia la grieta.

—Paso dos: usar el enemigo.

Vera tomó la lona del campamento, la dobló y la sujetó como un pequeño escudo. Si el viento soplaba, ella podría apoyarse contra él, como hacen los caminantes con un bastón invisible.

Puso un pie en el puente. El hielo crujió.

—No me asustes, que yo me asusto sola —le habló al hielo.

Avanzó despacio, respirando de manera regular. Cada paso era una pregunta. Cada crujido, una respuesta desagradable. A mitad de camino, una ráfaga fuerte la empujó. Vera inclinó el cuerpo hacia el viento, apretó la lona contra su lado y se quedó pegada al suelo como una lagartija muy seria.

—¡Gracias por empujar, pero un poquito menos! —gritó.

Llegó al otro lado con las piernas temblando. Se sentó un momento y se rió, porque estaba viva, y reír era una forma de celebrarlo sin gastar demasiado aire.

Cuando recuperó el aliento, vio algo en la pared, justo después del puente: el símbolo de tres puntos y una línea, grabado en varias piedras. Y, debajo, una rendija estrecha entre rocas, como si el muro escondiera una entrada.

Vera encendió la linterna.

—Bueno —dijo—. Ahora empieza lo interesante.

Capítulo 4: La sala de las piedras que recuerdan

La rendija conducía a un pasadizo bajo la pared. Dentro olía a polvo frío, como cuando abres un libro antiguo en una habitación helada. Las piedras estaban encajadas con una precisión sorprendente.

Vera avanzó agachada. La linterna iluminaba dibujos: líneas, círculos, animales simples, y muchos símbolos de tres puntos y una línea. En el suelo había placas planas, como escalones.

El pasadizo terminó en una sala pequeña. En el centro, había una columna baja hecha de piedra y, encima, una losa lisa con marcas.

Vera se acercó, fascinada. Al pasar la mano, notó que las marcas no eran solo rayas: eran patrones, como si alguien hubiera intentado guardar información sin papel.

—¿Un archivo? —susurró—. ¿Un libro de piedra?

En una pared había un dibujo grande: la misma pared serpenteando por el desierto, y cerca, figuras humanas llevando piedras, señalando estrellas, y… compartiendo algo. Uno parecía enseñar a otro, con el brazo extendido.

Vera sintió un nudo en la garganta, no de tristeza, sino de emoción.

—Construyeron esto para que alguien lo entendiera —dijo—. Para que el conocimiento no se perdiera.

Se sentó y empezó a copiar. Dibujó símbolos, contornos, posiciones. Luego sacó su lupa y vio detalles: pequeños puntos organizados en grupos, como si fueran números o fechas.

Entonces escuchó el “buuummm” otra vez.

Más fuerte. Más cerca. El polvo cayó del techo.

Vera apagó la linterna por un segundo y pegó la oreja a la pared. El sonido venía de fuera, como un rugido contenido.

—El hielo se está moviendo… —murmuró—. ¿Una placa de hielo presionando? ¿Una tormenta subterránea?

No había tiempo para teorías largas. El techo volvió a temblar.

Vera guardó el cuaderno, pero se quedó mirando la losa central.

—No puedo irme sin asegurar esto.

Sacó su carbón y frotó un papel contra la losa, haciendo una copia rápida de las marcas más importantes. Luego metió la hoja entre dos tapas rígidas de su mochila para protegerla.

El “buuummm” se convirtió en un “CRAAAAAC”.

Una grieta se abrió en una esquina de la sala. Entró aire helado como un animal furioso. La puerta por donde había venido empezó a llenarse de polvo.

Vera tragó saliva.

—Courage, inteligencia, resiliencia —dijo en voz baja, como si fuera una lista de compras—. Vale, Vera. Salimos.

Corrió hacia el pasadizo. Una piedra cayó detrás de ella, rebotando. Otra se soltó delante.

Vera se detuvo un segundo, observó la estructura y vio una cosa: las placas del suelo no eran iguales. Algunas tenían un relieve distinto, como si fueran “pasos seguros”.

—¡Claro! —exclamó—. Es un camino marcado.

Saltó de placa en placa con cuidado, siguiendo el patrón que había visto en la losa. El pasadizo tembló, pero ella avanzó como si estuviera leyendo con los pies.

Al final, empujó la rendija y salió al exterior, jadeando.

La pared seguía allí, inmóvil. El desierto frío brillaba. Pero detrás de ella, la entrada quedó medio tapada por nieve y piedras.

Vera se arrodilló, tocó el suelo y sonrió con cansancio.

—Lo logré —susurró—. Y no lo olvidaré.

Capítulo 5: El regreso y la promesa de compartir

El camino de vuelta fue duro. El viento volvió a jugar a empujarla, y el frío intentó meterse en sus guantes. Vera avanzó siguiendo sus marcas en las piedras: la V dentro del círculo, aquí y allá, como migas en un cuento.

En el campamento base la recibieron con ojos abiertos y tazas de caldo caliente. Su equipo —la geógrafa Lila y el técnico Tomás— casi la apretujó con abrazos.

—¡Pensamos que te había tragado el hielo! —dijo Lila.

—Lo intentó —respondió Vera, soplando el caldo—, pero no le di permiso.

Extendió su cuaderno y la copia de carbón sobre la mesa. Los demás se inclinaron, intrigados.

—Encontré una sala bajo la pared —explicó—. Es como un archivo de piedra. Hay símbolos repetidos y un mapa en hielo. Creo que la pared no era solo una pared: era una guía, una memoria.

Tomás silbó bajito.

—¿Y qué significa el símbolo de tres puntos y una línea?

—Todavía no lo sé —admitió Vera—. Pero lo averiguaremos. Y lo importante es esto: quienes construyeron la pared querían que su conocimiento llegara lejos. No lo guardaron como un tesoro escondido. Lo dejaron como un mensaje para cualquiera que aprendiera a mirar.

Lila señaló el dibujo de las figuras enseñando.

—Esto parece… una invitación.

Vera asintió.

—Exacto. Por eso vamos a compartirlo bien. No en secretos de pasillo. Lo publicaremos, lo explicaremos, haremos mapas claros. Y si volvemos, lo haremos con cuidado, sin destruir nada.

Tomás levantó una ceja.

—¿Y si alguien quiere quedarse con el hallazgo solo para ser famoso?

Vera apretó la taza con ambas manos.

—Entonces recordaremos que el conocimiento no se hace más grande cuando lo escondes. Se hace más grande cuando lo repartes. Como el chocolate.

Sacó su bolsa y la dejó en medio de la mesa. Tomás la abrió como si fuera un cofre.

—Vera, esto sí que es ciencia aplicada —dijo, llevándose un trozo a la boca.

Esa noche, mientras el viento cantaba afuera, Vera escribió la última línea del día:

“Seguí una pared de piedras secas por un desierto frío y encontré una historia antigua. Ahora me toca a mí continuarla: contando lo que vi.”

Miró por la ventana. En la oscuridad, imaginó la pared extendiéndose, paciente, esperando a otros ojos curiosos.

—Volveré —prometió—. Y la próxima vez, traeré más papel… y más chocolate para compartir.

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Resguardo
Lugar pequeño que protege del viento o del frío.
Rendija
Abertura estrecha entre rocas o paredes donde entra aire.
Pasadizo
Camino largo y estrecho dentro de una construcción o pared.
Losa
Piedra plana y ancha que cubre o forma parte del suelo o techo.
Placa
Pedazo plano de piedra o metal que puede estar en el suelo.
Placas
Partes planas del suelo hechas de piedra o hielo que se pueden pisar.
Grieta
Abertura o fisura en el hielo, la roca o la tierra.
Archivo
Lugar o conjunto donde se guarda información importante y antigua.
Brújula
Instrumento que muestra la dirección hacia el norte y ayuda a orientarse.
Símbolo de tres puntos y una línea
Dibujo especial que se repite y transmite un mensaje antiguo.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub)

Para leer a continuación en Cuentos de exploradores para 9/10 años

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.