Capítulo 1: La cuenta mágica
«¡Uno!» gritó Lina, la más pequeña de la casa, mientras se balanceaba sobre una pata del banco del comedor. Tenía nueve años y un rizo rebelde que siempre le tapaba un ojo cuando sonreía. Su hermano mayor, Tomás, la miraba con divertida paciencia, y la hermana del medio, Amaya, sostenía una cucharita que hacía «cling-cling» como si fuera una campana de circo.
Lina empezó a contar en voz alta. «Dos, tres...» Cada número venía con una risa: «cuatro-ja-ja», «cinco-ji-ji». Era su juego favorito: contar hasta diez y convertir cada número en una carcajada distinta. Los hermanos se sentaron a su alrededor, curiosos.
«¿Por qué ríes en cada número?» preguntó Tomás.
Lina encogió los hombros y dijo «porque así los números se vuelven amigos». Hizo una mueca pequeña que pareció una sonrisa torcida y todos rieron junto a ella. La casa se llenó de un coro de risas que hacía cosquillas en las paredes.
«Vamos a hacer algo grande hoy», propuso Amaya. «Hay una brocante en la plaza. Prometo que habrá cosas raras y brillantes».
«¿Brocante?» murmuró Lina, como si fuera una palabra mágica. Saltó del banco y ya tenía en la mente imágenes de cofres con tesoros. «Contaré hasta diez en la brocante», dijo con ojos brillantes. «Y haré la mejor risa de todas».
Capítulo 2: Tesoro entre ollas
La plaza estaba llena de mesas con cachivaches que crujían y tintineaban. Había frascos con botones, relojes que todavía decían la hora de otro siglo, y peluches con una sola oreja que sonreían a medias. «¡Uf!» dijo Amaya, acariciando una lámpara que olía a polvo y limón.
Los hermanos se separaron para explorar. Lina tropezó con una pila de sombreros que parecían tener vida propia: uno cayó sobre su cabeza y ella grito «¡Seis-ju-ju!» mientras se reía. La gente alrededor sonrió. Un vendedor con un bigote torcido les ofreció una lupa antigua. «Miren esto», dijo Tomás, haciendo una voz de explorador.
Lina recogió un espejo pequeño con marco dorado. Cuando se miró, su reflejo asomó la lengua en una mueca inesperada. «¿Sabes qué?», dijo ella. «Voy a hacer una competencia de muecas. El que haga la mueca más rara gana.» Amaya aplaudió. Tomás se frotó las manos.
Comenzaron a hacer muecas. Lina contó: «Siete—ha-ha», mientras sacaba los ojos como un pez (con todo respeto al pez). Amaya contrarrestó con una mueca de cejas que parecía un puente. Tomás, con su aire de imitar a los mayores, intentó hacer una mueca heroica y casi se le salió la mandíbula (por poco).
Un grupo de niños se acercó y añadió sonidos: «¡Uuuh!», «¡Booom!» Las muecas se convirtieron en risas contagiosas. La brocante olía a pan recién hecho y a aventuras viejas. Lina sentía que cada número que decía hacía cosquillas al mundo entero.
Capítulo 3: La mueca récord
«Hora de contar hasta diez y registrar la mueca récord», declaró Lina solemnemente, poniéndose una cinta como si fuera juez de concurso. Empezó a contar con su risa especial: «Uno-ja, dos-ji, tres-je...»
La gente alrededor se arremolinó para mirar. Amaya hizo una mueca que se parecía a una nube. Tomás intentó una mueca de monstruo de bolsillo. Pero Lina tenía un plan secreto: combinar la risa con una mueca tan curiosa que nadie olvidaría.
Cuando llegó al «ocho», se puso de rodillas, hizo una cara que mezclaba sorpresa y miedo de caramelo, y soltó una risita que sonó como «¡ha-ji-ja!» Todos los presentes soltaron carcajadas. Un perro que dormía encima de una manta despertó y ladró contento: «¡Guau-guau!» —o al menos eso le entendieron.
Pero entonces ocurrió algo inesperado: el espejo dorado que Lina había comprado empezó a resbalar de su mano. «¡Cuidado!» gritó Tomás, pero era demasiado tarde. El espejo cayó rebotando entre sombreros y teteras, dio un giro teatral y... se quedó atrapado en la cesta de una bicicleta llena de pelotas de colores. Hubo un silencio breve, como cuando aguantas la respiración antes de un gran salto.
En ese silencio, Lina hizo la mueca más grande que pudo. Su cara se estiró, sus ojos hicieron círculos y su lengua asomó como un faro. Todos lloraron de risa. Incluso el vendedor de bigote torcido se dobló, y el perro rodó sobre la manta, fingiendo muerte de risa (o quizás era picor).
La mueca de Lina fue declarada por todos como la «mueca récord» de la brocante. Un niño le aplaudió, una anciana le dio una galleta, y Amaya le dio un abrazo que sonaba como «¡smack!». Tomás hizo una reverencia exagerada. Lina se puso colorada de orgullo y de tanto reír.
Capítulo 4: Risas, diferencias y una suave roulade
Al volver a casa, cargados de pequeños tesoros (una cuchara con pintura, un mapa doblado, y el espejo dorado), empezaron a discutir por el orden de las historias que contarían en la mesa. Eran esas pequeñas peleas que pasaban en todas las familias: «¡Yo hice la mueca más rara!», «No, la mía fue más largaaa», «¡Fue mi galleta la mejor!».
Lina miró a sus hermanos, pensó en el perro que había ladrado, en la anciana con la galleta y en el vendedor con bigote, y soltó una risa suave. Empezó a contar otra vez, pero esta vez hasta diez sin dejar de reír: «Uno-ja, dos-ji, tres-je, cuatro-ja, cinco-ji, seis-ju, siete-ha, ocho-ji, nueve-ja, diez—¡ja!» Cada número parecía unir un hilo invisible entre ellos. Los hermanos se quedaron en silencio un segundo, como escuchando ese hilo.
«¿Sabes?» dijo Lina. «A cada uno le salen las muecas distintas, y eso es lo divertido. Si fuéramos todos iguales, ¡sería aburrido!» Amaya y Tomás se miraron y sonrieron. «Tienes razón», dijo Tomás. «Tu risa y tus muecas hacen que todo sea más alegre».
De regreso en el salón, Lina buscó un lugar cómodo en la alfombra. Con sus juguetes a un lado y el espejo a mano, se dejó caer en una suave roulade —una voltereta redondita que acabó con ella de espaldas, riendo. «¡Wuu!» hizo el sonido cuando rodó, y la familia estalló otra vez en risas.
Amaya le ofreció la cucharita, Tomás el mapa, y juntos compartieron la galleta que Lina había recibido. Antes de apagar la luz, Lina contó una última vez hasta diez en voz baja y con una sonrisa: cada número un recordatorio de que ser distinto es un tesoro. «Uno... dos...», susurró, y la casa respondió con un susurro alegre.
La noche cerró la ventana como quien aplaude. Afuera, la luna parecía sonreír de mueca también. Dentro, Lina, la pequeña de la fratría, soñó con nuevas cuentas, nuevas muecas y con la próxima brocante donde, seguro, haría reír a todo un pueblo otra vez.