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Cuento sobre la tolerancia 7/8 años Lectura 11 min.

La merienda de las ideas

Mateo y sus amigos deciden crear un rincón de lectura en el patio de la escuela, combinando sus diferentes gustos y propuestas para lograr que todos se diviertan juntos durante la merienda. A través de la colaboración y el respeto, aprenden a escuchar las ideas de cada uno, descubriendo que ser diferentes puede ser una gran ventaja.

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Un niño de 8 años, Mateo, con cabello castaño desordenado y ojos brillantes de curiosidad, sonríe alegremente mientras sostiene una rodaja de manzana con queso. Lleva una camiseta colorida con motivos de nubes y un short azul. A su lado, su mejor amiga Lila, una niña de 8 años con cabello rizado y gafas redondas, lee un libro con una expresión concentrada, sentada sobre una suave alfombra. Más lejos, Bruno, un niño de 9 años con cabello rubio y una actitud algo mohína, observa a los demás mientras sostiene un balón de fútbol, con los brazos cruzados. La escena tiene lugar en un salón polivalente luminoso, con paredes pintadas de azul claro, ventanas que dejan entrar la luz del sol y mesas decoradas con frutas coloridas y pasteles. Al fondo, hay un gran cartel con dibujos de niños jugando juntos. La situación principal muestra a Mateo y sus amigos compartiendo una merienda alegre, rodeados de libros y risas, con estrellas de papel colgadas del techo que simbolizan sus ideas de compartir y tolerancia. reportar un problema con esta imagen

La sala que olía a palomitas

Mateo tenía siete años y una sonrisa que llegaba hasta las orejas. Le gustaban las camisetas de colores, las bicicletas con timbres fuertes y, sobre todo, las meriendas raras de su abuela: pan con queso y mermelada, o pepinillos con miel. A Mateo no le importaba mezclar sabores. “Cada bocado puede ser una sorpresa”, decía.

Un miércoles por la tarde, la escuela invitó a todos a la sala polivalente para un cine-debate. La sala era grande, con cortinas azules y un proyector que olía a palomitas. Las sillas estaban en círculo. En una mesa, había dibujos y una caja con notas para ideas.

“Hoy veremos un corto sobre el patio de la escuela”, anunció la seño Clara. —“Después hablaremos de cómo queremos jugar todos.”

Mateo se sentó junto a su amiga Lila, que tenía el pelo rizado y siempre llevaba calcetines diferentes. A su lado, Bruno cruzó los brazos. Bruno prefería la pelota y las carreras. Silvia dibujaba en su cuaderno, con ojos atentos. Silvia era más callada y le gustaban los libros y los susurros.

El cortometraje mostró niños en un patio que jugaban a cosas distintas. Algunos querían correr, otros leer, y algunos cuidar plantas. Al final, uno de los personajes decía: “No todos jugamos igual, pero podemos encontrar maneras para que todos se diviertan.”

Cuando las luces se encendieron, la sala olía a palomitas y a ideas.

La pequeña discusión

“Yo digo que hagamos dos zonas: una para correr y otra para leer”, dijo Bruno, firme.

“Mejor solo una para correr”, respondió Martín. —“Así nadie se pierde la acción.”

Silencio. Silvia levantó la mano despacio. Su voz fue de seda.

“Y si ponemos una alfombra y una caja con libros en un rincón? Podemos leer mientras otros juegan.” explicó.

Algunos niños miraron sus zapatos. Nadie contestó al principio. Silvia era pocos segundos más tímida que el viento.

Mateo pensó en su abuela y en los pepinillos con miel. Pensó que, a veces, las cosas raras eran las mejores. Levantó la mano.

“Me gusta la idea de Silvia”, dijo. —“A mí también me gusta correr, pero no me molesta cuando alguien lee. Podemos turnarnos y cuidar el rincón.”

Bruno frunció el ceño.

“Si ponemos un rincón, nadie lo va a usar”, dijo Bruno. —“Siempre vamos a preferir la pelota.”

“No todos prefieren la pelota”, dijo Lila. —“Algunos preferimos mirar nubes o plantar semillas.”

En ese momento entró una mujer con una carpeta y una sonrisa suave. Se llamó Ana y era la animadora del club de lectura de la biblioteca del barrio. Llevaba un delantal con libros dibujados y una chapa que decía “Lecturas con Ana”.

“Hola, soy Ana”, dijo mientras se acercaba. —“Escuché que hablaban de libros. ¿Puedo ayudar?”

Los niños miraron a Ana con curiosidad. Ella sacó una cajita pequeña con marcapáginas y stickers.

“Podemos probar una semana”, propuso Ana. —“Hagamos un rincón sencillo: una alfombra, una caja con libros y una regla de respetar el silencio si alguien lee. Si en la semana nadie lo usa, lo cambiamos.”

Mateo sintió que la sala se llenó de luz. La idea de probar le gustó. No era imponer algo, era intentar.

“Y si lo usamos a la hora de la merienda también”, añadió Mateo. —“Podemos leer y comer algo tranquilo.”

“¡Eso suena bien!” exclamó Silvia. Sus ojos brillaron. —“A mí me gustaría leer y luego contar un cuento pequeño.”

La merienda compartida

Después de la charla, la seño Clara propuso organizar una merienda para celebrar la nueva idea. Todos aplaudieron. Pero enseguida surgió otra pequeña discusión: ¿qué merienda?

“Galletas de chocolate”, gritó Martín.

“Fruta fresca”, dijo la seño.

“Churros”, susurró alguien desde el fondo.

La caja con notas se abrió. Cada uno escribió su preferencia en un papel. Mateo escribió: “Me gustan las manzanas con crema y también las galletas saladas.” Sonrió al ver que podía decir dos cosas a la vez.

Ana recordó que en su club de lectura siempre compartían una receta sencilla y llamada “merienda de la amistad”: frutas, pan, queso y unas galletas pequeñas. —“Así hay algo dulce y algo salado”, explicó. —“Cada quien puede tomar lo que quiera.”

Bruno levantó la nariz.

“Pero ¿cómo repartimos? Si pongo mi pelota abajo, nadie coge mis galletas.”

“Hacemos mesas”, dijo Lila. —“Una con frutas, otra con galletas y otra con cosas saladas. Y una mesa con tazas y agua.”

Los niños comenzaron a moverse. Silvia decoró con dibujos una cartulina que decía: “Merienda para todos”. Mateo ayudó a llevar la fruta. Ana organizó una fila tranquila y enseñó a los niños a servir con cucharas y a decir “por favor” y “gracias”.

Mientras comían, Mateo se sentó en la alfombra que Ana colocó cerca de la mesa. Algunos niños leyeron en voz baja. Otros comieron y charlaron. Mateo masticó una rodaja de manzana con un poquito de queso. Le gustaba esa mezcla; la probó y sonrió.

“¿Te gusta?” le preguntó Silvia.

“Sí”, respondió Mateo. —“Es como cantar y bailar al mismo tiempo.”

La merienda hizo que las voces fueran suaves. Bruno, que había querido solo correr, se acercó sin darse cuenta a Silvia y sus libros. Miró una página y, por primera vez, guardó silencio por gusto. Le gustó imaginar.

Un acuerdo con sonrisas

Al terminar la merienda, la seño Clara dijo: —“Ahora haremos una prueba de reglas para el patio.” Ana sacó una pizarra pequeña y escribió con letras grandes: “Reglas de la semana”.

“1. Rincón de lectura: alfombra y libros. Silencio si alguien lee. 2. Zona de correr: cuerdas y pelota. 3. Turnos por la tarde para juegos tranquilos. 4. Cuidar y compartir la merienda. 5. Escuchar las ideas de todos.” —Ana sonrió. —“¿Qué opinan?”

Bruno se cruzó de brazos y luego dijo:

“Si no nos gusta, lo cambiamos a la semana.”

“Exacto”, dijo Mateo. —“Probamos. Si uno tiene una idea nueva, la ponemos en la caja de notas.”

Silvia se acercó con la cartulina y escribió con letra pequeña: “Si alguien quiere silencio, puede colgar una estrella azul en la cuerda; así lo sabremos.” La idea era sencilla y suave.

Se creó una pequeña mediación entre los niños, la seño y Ana. Cada quien dijo lo que sentía. Nadie gritó. A veces las voces eran rápidas, otras, lentas. Ana recordaba preguntar: —“¿Cómo te hace sentir esto?” —y los niños respondían con honestidad.

Esa tarde, cuando llegó la hora de salir al patio, hicieron la prueba. La alfombra se puso en un rincón. La bola quedó en la zona grande. Un niño puso la estrella azul y Silvia se sentó con un libro de cuentos. Mateo leyó una frase en voz alta, contento.

Al poco tiempo, los juegos se organizaron en turnos. Los que querían correr, corrieron; los que querían leer, leyeron. Cuando alguien quería cambiar, añadían una nota en la caja. Fue sencillo. Fue respetuoso.

“Nunca pensé que podría ser tan tranquilo y divertido al mismo tiempo”, dijo Bruno mientras se sentaba a descansar. —“Me gusta escuchar cuando alguien cuenta un cuento.”

“Y a mí me gusta cuando nos cuidamos”, dijo Lila.

La mediación fue una conversación amable. Todos dijeron sus preferencias y luego eligieron una solución juntos. La seño Clara y Ana aplaudieron con una sonrisa tranquila.

Antes de irse, la clase decidió una nueva tradición: cada viernes habría una merienda compartida y, después, diez minutos de lectura en la alfombra. Uno de los niños propuso alternar el tipo de merienda cada semana para que nadie se quedara sin probar algo nuevo.

Mateo sintió que su corazón estaba como una casita con muchas ventanas abiertas. Le gustaba que los gustos diferentes pudieran convivir. Le gustaba que su idea de mezclar sabores también sirviera para mezclar juegos y silencios.

Buenas noches, con historias

Esa noche, en casa, la abuela le preguntó a Mateo cómo había ido la tarde. Mateo contó con manos y palabras.

“Hicimos una alfombra para leer, y Bruno corrió, y Silvia trajo una idea con estrellas, y Ana nos ayudó. Y comimos manzana con queso. Estaba rica.”

La abuela rió y le dio un beso en la frente.

“Qué bien, pequeño chef de las ideas”, dijo. —“Me gusta que pruebes cosas nuevas y que escuches a los demás.”

Mateo miró el techo y pensó en la sala polivalente con sus cortinas azules, en la caja de notas, en la estrella azul y en los libros pequeños. Pensó en cómo una merienda, una animadora y una idea tímida habían hecho que todos se sintieran importantes.

Antes de dormir, Mateo escribió una pequeña nota y la puso en su caja de ideas: “Escuchar es como probar un bocado nuevo. A veces nos sorprende y nos hace sonreír.”

Se durmió con la sensación de que las diferencias eran como colores en una misma pintura. En sus sueños, las palomitas y los libros bailaban juntos, las estrellas azules brillaban y todos, de alguna forma, compartían la misma merienda.

Y así, en una sala que olía a palomitas y a amistad, Mateo aprendió que ser diferente no es estar separado. Es invitar a los otros a la mesa. Es poner una alfombra, una pelota y una estrella azul. Y es, sobre todo, decir con voz suave: “¿Te gusta?”.

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