Había una vez, en un bosque donde la luz bailaba entre las hojas como mariposas doradas, una mujer llamada Clara. Clara tenía el cabello suave como el trigo al viento y los ojos brillaban como dos luceros en la noche. Vivía en una casita redonda, junto a un gran roble que parecía abrazar el cielo con sus ramas.
Un día, Clara despertó y todo a su alrededor era azul. El aire, las flores, hasta los pájaros cantaban en un tono triste. El bosque había caído bajo un hechizo: la alegría se había escondido, como el sol tras las nubes. Clara sintió en su corazón una pequeña chispa de esperanza. Susurró: “Buscaré la luz para traer de vuelta la alegría”.
Clara tomó su capa de pétalos y salió al bosque. Caminó entre mariposas que susurraban secretos de colores y riachuelos que le contaban cuentos con su voz de agua. Pronto, encontró a la anciana Lucía, que tejía hilos de plata bajo un arbusto.
“¿Por qué el bosque está tan triste?”, preguntó Clara.
La anciana sonrió suave, como el sol después de la lluvia. “Un hechizo cubre el bosque. Sólo una luz nacida del amor puede romperlo.”
Clara pensó en las cosas que amaba: la risa de los niños, el cantar de los pájaros, el abrazo del viento. Cerró los ojos, apretó el corazón y deseó con todas sus fuerzas que la alegría volviera.
De repente, de sus manos brotó una luz cálida, suave como una caricia. La luz voló como un pajarito y tocó cada rincón del bosque. Las flores despertaron, los pájaros entonaron canciones felices y el azul se llenó de todos los colores del arcoíris.
La anciana Lucía aplaudió y rió. “¡Lo lograste, Clara! El amor en tu corazón es la magia más fuerte de todas.”
Clara sonrió, sintiendo el bosque latir como una canción. Desde ese día, cada vez que alguien sentía tristeza, Clara le contaba este secreto: “Dentro de ti hay una luz hermosa. Si la compartes, la alegría volverá siempre”.
Y así, con amor y un poco de magia, el bosque siguió siendo un lugar de maravillas y corazones felices, donde nunca faltaba la luz ni el calor de un buen abrazo.