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Cuento de hadas 11/12 años Lectura 19 min.

La luz que no venía del sol: Elia y el nombre perdido de Neriel

En la ciudad flotante de Lúmina, la tejedora Elia acompaña a un joven sin nombre en un viaje por mercados mágicos y un bosque de susurros, enfrentando sombras, preguntas sinceras y actos de bondad en busca de su identidad perdida.

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Mujer adulta de piel clara (unos 30 años) con cabello gris plateado trenzado, rostro sereno y decidido, sostiene una pequeña linterna que emite luz dorada; joven de unos 20 años con cabello castaño despeinado, con mirada emocionada y aliviada mientras pronuncia el nombre Neriel mirando un farol que se enciende; una sombra personificada, silueta oscura y translúcida, se disipa detrás de ellos; árbol inmenso de tronco plateado y ramas torsadadas cubierto de cientos de faroles apagados, solo uno encendido en dorado; colina herbosa al crepúsculo con cielo azul profundo a violeta, luciérnagas y polvo dorado flotando; plano medio centrado en la mujer y el joven, la linterna ilumina sus rostros con un halo cálido y la sombra se funde al fondo a la izquierda; paleta: dorados y ámbar para la luz, azules profundos y violetas para el cielo, gris plateado y marrones para personajes y árbol; estilo: trazos limpios y contornos negros al estilo cómic americano, texturas lineales para corteza y telas, expresiones exageradas pero tiernas, atmósfera feérica apta para niños. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La ciudad que flotaba en un suspiro

En lo alto del valle, donde las nubes se peinan con los campanarios, existía Lúmina, una ciudad suspendida entre sueño y realidad. Sus puentes eran de cuerda y canto, y sus calles, de piedra tibia, guardaban en las grietas pequeñas luciérnagas que parecían letras escapadas de un libro.

Allí vivía Elia, una mujer de ojos atentos y sonrisa quieta, como quien escucha incluso cuando todo calla. No era reina ni hada famosa; era tejedora de hilo de luna. Con sus dedos hilaba hebras finas que brillaban sin deslumbrar, como la luz cuando promete y no impone.

Una tarde, mientras el sol se iba poniendo el abrigo anaranjado, Elia oyó algo extraño: un golpeteo suave, como si una lágrima llamara a la puerta del mundo. Siguió el sonido hasta el borde de la ciudad, donde el aire se volvía transparente y el vacío parecía un mar al revés.

Allí, sentado en el último escalón del puente más estrecho, había un desconocido. Llevaba una capa gastada y una sombra en la mirada, una sombra que no era suya del todo, como si alguien se la hubiera colgado en los hombros.

—¿Te has perdido? —preguntó Elia con cuidado, como quien no quiere asustar a un pájaro herido.

El desconocido levantó la cabeza. Sus ojos tenían el color del agua cuando recuerda.

—Me llamo Neri —dijo—. No sé si me he perdido… o si me han perdido a mí.

Elia sintió que esa frase era una llave. Y, sin saber por qué, su deseo se encendió con claridad: ayudarlo. No por héroe, sino por humana.

—En Lúmina, lo que se pierde suele dejar un rastro —respondió ella—. A veces es una huella, a veces una canción. Ven. Buscaremos la tuya.

Y mientras la ciudad flotaba, como sostenida por un pensamiento amable, Elia le ofreció su mano. Neri dudó un instante, como quien teme que el calor sea mentira, pero la tomó.

Capítulo 2: El mercado de las cosas invisibles

El mercado de Lúmina no vendía pan ni telas comunes. Allí se ofrecían objetos que no cabían en los bolsillos, pero sí en el corazón: valor en frascos diminutos, paciencia enrollada como cinta, disculpas recién horneadas, y risas con sabor a menta.

Elia y Neri caminaron entre puestos iluminados por farolillos que no ardían con fuego, sino con recuerdos felices prestados.

Una anciana con sombrero de plumas —plumas de ganso que parecían comas— los llamó con un dedo.

—¡Tejedora! —dijo—. Vienes con un muchacho que huele a noche.

Neri retrocedió, como si la palabra “noche” tuviera uñas.

Elia se colocó a su lado.

—No huele a noche —corrigió con suavidad—. Huele a camino largo.

La anciana rió, y su risa sonó a cucharas en una taza.

—Los caminos largos dejan manchas. ¿Qué buscáis?

Neri apretó la capa.

—He perdido mi nombre verdadero —confesó—. “Neri” es solo el apodo que me dieron en un cruce. Siento que me falta una parte… como si alguien hubiera borrado una línea de mi historia.

Elia lo miró. En su pecho, algo se apretó, no de tristeza, sino de ternura.

La anciana sacó un espejo pequeño. No reflejaba caras, sino palabras flotantes.

—Mírate —ordenó.

Neri se asomó. En el espejo apareció una palabra incompleta, como un puente a medio construir: “Ne…”

—La sombra te muerde las sílabas —sentenció la anciana—. Para recuperar tu nombre necesitarás tres cosas: una pregunta sincera, un acto de bondad sin testigos y una luz que no venga del sol.

—¿Y dónde encuentro todo eso? —preguntó Neri.

La anciana señaló hacia el norte, donde el cielo parecía más profundo.

—En el Bosque de los Susurros, donde los árboles guardan secretos como ardillas. Pero cuidado: allí, la sombra ofrece atajos. Y los atajos suelen cobrar intereses.

Elia pagó con un ovillo de hilo de luna. La anciana lo tomó como si fuera un pez brillante.

—Vuelve con el nombre entero —dijo—. Y recuerda: un corazón amable es la mejor lámpara.

Neri tragó saliva.

—¿Por qué me ayudas? —preguntó al fin, mientras salían del mercado.

Elia se encogió de hombros y sonrió.

—Porque cuando alguien tropieza en la oscuridad, la luz no pregunta “¿mereces?”. La luz solo alumbra.

Capítulo 3: El Bosque de los Susurros y la sombra que negocia

El Bosque de los Susurros empezaba donde terminaban las palabras fáciles. Los árboles eran altos y delgados, como si quisieran escribir en el cielo. Sus hojas murmuraban nombres antiguos, y el suelo estaba cubierto de musgo suave, como una alfombra para pensamientos.

Elia llevaba una linterna vacía. No era un error: en Lúmina, algunas linternas se llenaban después, con lo que uno llevaba dentro.

Neri caminaba con paso inseguro. A veces miraba detrás, como si temiera que su sombra se despegara y echara a correr.

—¿Oyes eso? —preguntó él.

—El bosque habla —respondió Elia—. Pero no siempre dice la verdad. A veces solo repite lo que más temes.

Y entonces apareció la sombra. No era una mancha en el suelo, sino una figura oscura que se levantó entre dos troncos. Tenía forma humana, pero sin rostro: un saco de noche con hombros.

—Buenas noches, caminantes —dijo con voz de terciopelo mojado—. ¿Buscáis un nombre? Yo vendo nombres.

Neri se quedó helado.

—No quiero comprar nada —murmuró.

—No se compra con monedas —susurró la sombra—. Se paga con dudas. Dame una, solo una, y te devuelvo el nombre entero.

Elia alzó la barbilla.

—¿Qué duda pides?

La sombra pareció sonreír, aunque no tuviera boca.

—La duda más sabrosa: “¿Y si no valgo?” Esa alimenta muy bien.

Neri bajó la mirada. El bosque se volvió más frío, como si hubiera apagado una vela.

Elia dio un paso al frente, y su voz fue firme sin ser dura.

—Esa duda no te pertenece. Te la han contado tantas veces que te parece tuya. Pero no lo es.

La sombra se inclinó hacia ella.

—¿Y tú, tejedora? ¿No dudas nunca?

Elia sintió un pinchazo en el pecho, como un recuerdo con espinas. Por un instante pensó en las veces que había callado para no molestar, en las veces que había ayudado y nadie lo había visto. Esa duda, pequeñita, intentó abrir la puerta.

Pero Elia respiró despacio. Pensó en la ciudad flotante, en las luciérnagas de las calles, en la anciana del mercado, en la mano de Neri temblando al agarrar la suya.

—Dudo —admitió—. Pero no negocio con mis sombras. Las escucho y sigo caminando.

La figura oscura siseó, molesta.

—Entonces tomad un atajo —ofreció—. Un camino más corto. Menos miedo. Menos esfuerzo.

Elia miró el sendero que la sombra señalaba: brillaba demasiado, como una sonrisa falsa. El bosque, a su lado, permanecía silencioso, como esperando una decisión.

—Los atajos huelen a trampa —dijo ella.

—Y los caminos largos huelen a cansancio —replicó la sombra.

Neri levantó la cabeza. Sus ojos tenían una chispa nueva, pequeña pero real.

—Prefiero cansarme a perderme —dijo.

La sombra retrocedió, ofendida, y se disolvió entre los árboles, como tinta en agua. El bosque volvió a susurrar, pero ahora sonaba menos amenazante, como si aprobara.

Elia miró su linterna vacía.

—Aún no se llena —comentó Neri, intentando una broma.

—Paciencia —respondió Elia—. Algunas luces tardan porque quieren ser honestas.

Capítulo 4: La pregunta sincera

Más adentro del bosque encontraron un claro donde había un pozo sin brocal. No parecía peligroso; parecía un ojo mirando al cielo desde la tierra. Alrededor crecían flores pálidas que se abrían y cerraban como párpados.

En el aire flotaba una frase, casi audible: “Pregunta”.

Neri se acercó al pozo. Miró dentro y no vio agua, sino oscuridad salpicada de puntitos, como un cielo nocturno al revés.

—¿Qué tengo que preguntar? —susurró.

Elia se sentó en una piedra. Su falda tocó el musgo y el musgo pareció suspirar.

—Una pregunta sincera no se fabrica —dijo—. Se descubre. Debe salir de donde más te duele… y de donde más esperas.

Neri cerró los ojos. Durante un momento, solo se escuchó el bosque, con su respiración de hojas.

—Tengo miedo de que… —empezó, pero se detuvo.

El pozo pareció esperar.

Neri abrió los ojos y habló con voz clara, como quien abre una ventana.

—¿Quién soy cuando nadie me aplaude?

El claro se estremeció. Las flores parpadearon. En el borde del pozo apareció una gota de luz, pequeña y viva, como una respuesta que no se dice con palabras.

Elia sonrió, emocionada.

—Esa es una buena pregunta —murmuró—. Porque no busca parecer. Busca ser.

La gota de luz se elevó y se posó en la linterna vacía de Elia. Pero la linterna no se llenó del todo; solo encendió una llama tímida, como una vela al principio de una ceremonia.

Neri tocó su pecho.

—Siento algo… como si un nudo se aflojara.

En el aire, el espejo invisible del mercado habría mostrado ahora “Ner…”, un poco más completo.

Elia se levantó.

—Nos falta el acto de bondad sin testigos —recordó—. Y la luz que no venga del sol.

—¿Cómo se encuentra una bondad “sin testigos”? —preguntó Neri, frunciendo el ceño.

Elia soltó una risita suave.

—Si lo planeas demasiado, ya estás invitando al aplauso. La bondad verdadera llega como la lluvia: sin pedir permiso y sin esperar gracias.

Siguieron caminando. El bosque ya no era tan oscuro; o quizá eran ellos quienes llevaban algo más claro por dentro.

Capítulo 5: El acto sin testigos

Al caer la tarde, el sendero los llevó a un arroyo que corría despacio, como un pensamiento cansado. Sobre el agua, un puente de madera estaba roto. Del otro lado se veía una casita diminuta, encajada en una colina, con una chimenea que soltaba humo azul.

—Parece habitada —dijo Neri.

—Y parece sola —añadió Elia.

No había nadie a la vista. Solo un cuenco caído junto al arroyo y unas huellas pequeñas en el barro, como si alguien hubiera ido y vuelto muchas veces sin lograr cruzar.

Neri se agachó y tocó la madera rota.

—Podríamos arreglarlo —propuso.

—Podemos —asintió Elia—. Pero recuerda: sin testigos.

Miraron alrededor. No había ojos humanos, solo pájaros curiosos y el bosque, que lo ve todo sin contar.

Trabajaron en silencio. Elia sacó hilo de luna y lo usó como cuerda fuerte, brillante pero discreta. Neri encontró ramas rectas y las colocó como vigas. Sus manos, al principio torpes, se volvieron seguras, como si recordaran un oficio olvidado.

Cuando terminaron, el puente quedó firme. No era perfecto, pero era honesto. El arroyo, agradecido, cantó un poco más alto.

Neri se quedó mirando su obra. Sus labios se curvaron, y en sus ojos apareció un brillo que no era orgullo, sino alivio.

—Nadie lo verá —dijo, como si eso fuera lo más raro.

—Alguien lo usará —respondió Elia—. Y eso basta.

En ese instante, la linterna de Elia se encendió un poco más. La llama ya no temblaba tanto.

Del bosque llegó un susurro distinto, cálido, como si los árboles aprobaran con una reverencia.

Neri se llevó una mano al corazón.

—Siento mi nombre más cerca —confesó—. Como si estuviera detrás de una puerta y alguien hubiera quitado el pestillo.

Elia lo miró con seriedad dulce.

—Lo estás recuperando porque te estás recuperando a ti.

Entonces, al otro lado del puente, la puerta de la casita se abrió apenas. Una mano pequeña dejó una bolsita de pan en el umbral, y la puerta se cerró de nuevo sin que se viera el rostro de quien la había dejado.

Neri se rió bajito.

—¿Eso cuenta como testigo?

Elia negó con la cabeza, divertida.

—Eso cuenta como gratitud. Y la gratitud no estropea la bondad; la riega.

Compartieron el pan. Tenía sabor a hogar, incluso sin saber de quién era.

Capítulo 6: La luz que no viene del sol

La última parte del camino los llevó a una colina donde el cielo parecía tocar la tierra. Allí se alzaba un árbol solitario, enorme, con el tronco plateado y ramas que sostenían faroles apagados. Era el Árbol de las Promesas: cada farol representaba una promesa hecha con el corazón. Algunos brillaban; otros estaban oscuros, como si esperaran ser cumplidos.

Al pie del árbol, la sombra apareció de nuevo, más delgada, como si el hambre la hubiera encogido.

—Os falta una luz que no venga del sol —susurró—. Yo puedo daros una. Gratis.

—Nada de ti es gratis —dijo Elia.

La sombra se acercó a Neri.

—Solo necesito que me digas algo —tentó—. Di: “No necesito a nadie”. Y te daré una luz fuerte, rápida, como un relámpago.

Neri abrió la boca, y Elia vio cómo la frase quería salir: era fácil, era orgullosa, era una armadura.

Elia no lo agarró ni lo obligó. Solo habló, como quien enciende una cerilla en la oscuridad.

—Neri… cuando te vi en el puente, no estabas roto. Estabas solo. La soledad es una habitación sin ventanas: te convence de que el mundo es pequeño. Pero el mundo es grande. Y tú también.

Neri tragó saliva. Miró la sombra, luego miró el Árbol de las Promesas. Sus faroles apagados parecían ojos esperando una verdad.

—No necesito… —empezó.

La sombra se irguió, victoriosa.

Pero Neri se detuvo y cambió el rumbo de la frase, como quien gira el timón a tiempo.

—No necesito fingir que no necesito a nadie.

Elia soltó el aire que estaba conteniendo.

La sombra retrocedió, como si esa frase fuera sal.

—¡Eso no vale! —protestó, deshaciéndose en hilos oscuros—. ¡Eso es demasiado humano!

—Precisamente —dijo Elia.

Neri dio un paso hacia el árbol. Levantó la vista, y por primera vez su rostro pareció completo, como si la luz interior le acomodara los rasgos.

—¿Y la luz que no viene del sol? —preguntó, casi en un susurro.

Elia levantó su linterna. La llama dentro no era blanca ni amarilla común: era una luz nacida de la pregunta sincera y de la bondad silenciosa. Una luz hecha de intención.

—Viene de aquí —dijo, tocándose el pecho—. Y de aquí —tocó el pecho de Neri con dos dedos, como si llamara a una puerta.

Neri cerró los ojos. Respiró. Recordó el puente reparado, el pan compartido, la mano de Elia que no exigía nada. Cuando abrió los ojos, una chispa se desprendió de su mirada y saltó a uno de los faroles apagados del Árbol de las Promesas.

El farol se encendió.

No con fuego, sino con una luz suave, dorada, como miel en el aire.

Y en ese mismo instante, Neri sintió que el nombre verdadero subía desde dentro, como un pez que vuelve a la superficie.

—Me llamo Neriel —dijo, y la palabra sonó como una campana pequeña.

El viento repitió “Neriel” entre las ramas, y el bosque lo aceptó, como si siempre lo hubiera sabido.

Capítulo 7: El regreso y la luz dorada

De vuelta a Lúmina, la ciudad parecía más ligera. Los puentes cantaban más alto y las luciérnagas en las piedras brillaban como si celebraran una fiesta secreta.

Neriel caminaba distinto: no más alto por orgullo, sino más derecho por paz. A veces miraba su sombra, y ella lo seguía sin intentar adelantarse, obediente y pequeña.

—¿Y ahora qué? —preguntó él al llegar al borde de la ciudad, al mismo puente donde se habían encontrado.

Elia se apoyó en la barandilla. Debajo, el vacío ya no daba miedo; parecía un lago de aire.

—Ahora —dijo—, puedes elegir. Quedarte, volver, buscar… Lo importante es que ya no eres un hueco.

Neriel la miró con gratitud.

—Tú me devolviste el nombre.

Elia negó lentamente.

—Yo solo caminé contigo. El nombre lo recuperaste cuando dejaste de pelear contigo mismo.

Se quedaron en silencio, mirando cómo el cielo se iba poniendo de un azul profundo. Entonces, desde el Árbol de las Promesas, a lo lejos, se elevó un hilo de luz y cruzó el aire como una cometa. Era la misma luz dorada del farol encendido, pero más grande, como si hubiera decidido compartir su secreto.

La luz cayó sobre Lúmina y la bañó entera. Las casas, los puentes, las calles… todo se volvió dorado por un instante, como si el mundo recordara que la bondad es un sol que no se apaga.

Neriel sonrió, y sus ojos ya no tenían sombra pegada.

—¿Crees que podré ayudar a alguien algún día? —preguntó.

Elia lo miró, y en su mirada había ternura y firmeza, como un abrazo que enseña.

—Ya lo estás haciendo —respondió—. Porque quien encuentra su luz puede prestarla sin quedarse a oscuras.

La luz dorada se fue asentando lentamente, como polvo de estrellas. Y aunque la noche llegó, no trajo miedo: trajo calma.

En Lúmina se decía que, desde aquella vez, cuando alguien dudaba de su valor, una luciérnaga se posaba cerca y parecía susurrar: “Camina. Pregunta. Ayuda. La luz vuelve”.

Y Elia, la tejedora de hilo de luna, siguió hilando. Pero desde entonces, en cada ovillo escondía un brillo dorado, por si algún desconocido, en algún puente, necesitaba recordar su nombre.

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Golpeteo
Serie de golpes suaves y repetidos, como un tambor pequeño.
Grietas
Pequeñas hendiduras o roturas en una superficie dura.
Ovillo
Bola de hilo enrollado que se usa para tejer.
Musgo
Planta pequeña y suave que crece sobre piedras y tierra húmeda.
Brocal
Borde o anillo que rodea la boca de un pozo.
Susurro
Habla muy baja, como un sonido suave entre hojas.
Linterna vacía
Objeto para dar luz que aún no tiene lo que la enciende.

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