Capítulo 1: Preparativos en el colegio
Era lunes por la mañana y el patio del colegio ya no era el mismo de siempre. Había banderines de colores colgados entre los árboles, globos grandes que bailaban con el viento y, en una esquina, una mesa llena de papeles brillantes, pinturas y cintas. El viernes sería la gran Fiesta de la Primavera y todos los niños habían ayudado a decorar.
Tomás, Martín y Lucas, tres amigos inseparables de la clase de primero, estudiaban el patio desde la ventana del aula. Tomás era el más alto y soñador, siempre pensaba en proyectos que duraban días y días. Martín, el más divertido, hacía dibujos graciosos en su cuaderno. Lucas, que llevaba gafas azules, era muy bueno escuchando.
—¡Qué bonito está todo! —dijo Tomás, con los ojos muy abiertos—. ¿Os imagináis cómo será el viernes?
—¡Va a ser genial! —respondió Martín—. Mi mamá me va a hacer una corona de flores.
—Yo quiero aprenderme todas las canciones —añadió Lucas, un poco nervioso—. Pero no sé si me acordaré de la letra.
Tomás sonrió, animando a su amigo.
—Seguro que sí, Lucas. Podemos ensayar después de clase los tres juntos, si quieres.
—¡Buena idea! —rió Martín—. ¡Y así bailamos también!
Los tres se miraron y se sintieron valientes. Estaban listos para que aquella semana fuese especial.
Capítulo 2: Un pequeño problema
A la hora de la merienda, la maestra, la seño Clara, les avisó de una noticia importante.
—Niños, necesitamos voluntarios para preparar el mural de la entrada. Será el mural más grande del colegio, con dibujos de todos vosotros. Pero sólo hay sitio para diez dibujos grandes. ¿Quién se anima?
Todos levantaron la mano, incluso Tomás, Martín y Lucas. Pero pronto se dieron cuenta de que muchos niños querían participar y algunos empezaron a discutir.
—¡Pues yo he traído los rotuladores gordos! —decía Pedro.
—¡Pero yo dibujo mejor! —respondía Sofía.
Tomás miró a sus amigos y se encogió de hombros.
—No me gusta cuando todos discuten —susurró Lucas.
Martín, que tenía la cara colorada, asintió.
Tomás entonces tuvo una idea. Le gustaban los proyectos largos, así que pensó en otra solución.
—¿Y si en vez de un solo mural hacemos uno que se pueda cambiar cada semana? Así, todos podrán poner sus dibujos, aunque no sea al mismo tiempo —sugirió con voz tímida, pero segura.
La seño Clara se acercó, sonriendo.
—Tomás, ¡es una idea estupenda! Así nadie se queda fuera y todos podemos disfrutar de los dibujos de los demás. ¿Qué os parece, clase?
Todos aplaudieron. El enfado se esfumó como por arte de magia. Martín abrazó a Tomás y Lucas sonrió de oreja a oreja.
—¡Bravo, Tomás! —dijo Sofía, aún sujetando sus pinturas.
Capítulo 3: Ensayo en el patio decorado
Al salir al patio, el aire olía a primavera y a limonada. Entre los bancos había guirnaldas de mariposas de papel y las mesas estaban llenas de purpurina. Lucas sacó la letra de la canción y Tomás le ayudó a leerla despacito. Martín inventaba pasos de baile y los tres reían cuando uno se equivocaba.
—Lucas, cada vez te sale mejor —animó Tomás con una palmadita en la espalda.
—Sí, incluso yo me la he aprendido —añadió Martín—. ¡Y eso que yo siempre me lío!
Lucas, al ver a sus amigos tan contentos, sintió que podía hacerlo. Juntos, practicaron hasta que casi no necesitaban mirar la hoja.
Un grupo de niños pasó cerca, saludando.
—¿Queréis ensayar con nosotros? —preguntó Tomás, animado.
Se les unieron dos niños que solían jugar en otra parte del patio. Al principio, Lucas tenía vergüenza, pero cuando vio que los nuevos amigos también se equivocaban, se sintió más tranquilo.
Pronto cantaban todos juntos, bailando bajo los globos y las mariposas de colores. El patio era ahora un lugar mágico, lleno de risas.
Capítulo 4: La fiesta y una nueva amistad
Cuando llegó el viernes, el colegio olía a tarta de manzana y a flores frescas. Todos llevaban sus mejores sonrisas y las profesoras iban de un lado a otro, felices.
El mural de la entrada era como un arco iris: durante la semana, cada día habían cambiado algunos dibujos, para que todos pudieran ver los de los demás. Tomás, Martín y Lucas buscaron los suyos y los señalaron, orgullosos.
En el escenario del patio, llegó el momento de la canción. Lucas temblaba un poco, pero Tomás le cogió la mano. Martín les guiñó un ojo.
—Vamos, que lo hacemos genial —susurró.
Cantaron alto y claro, y cuando terminaron, todos aplaudieron. Lucas sonreía como nunca antes.
Después, se sentaron en el césped. A su lado, los niños nuevos del ensayo se acercaron con vasos de limonada.
—¿Jugamos juntos? —preguntaron.
Tomás miró a sus amigos y luego a los demás niños del patio.
—¡Sí! Así os conocemos mejor —dijo feliz.
Martín y Lucas asintieron. Descubrieron que los nuevos amigos sabían hacer trucos con la cuerda y que también les encantaban los chistes. Jugaron hasta que el sol empezó a esconderse.
Al volver a casa, Tomás pensó en todo lo que había pasado: su idea del mural, cantar con sus amigos, conocer a otros niños. Se sintió valiente y contento.
—Hoy he aprendido que, aunque a veces las cosas sean difíciles, si buscas otra manera, puedes ayudar a los demás y sentirte bien contigo mismo. Y que siempre hay nuevos amigos por descubrir —susurró antes de quedarse dormido, soñando con la próxima aventura.