Primera parte: La lucecita en el corazón
En una aldea de África, entre baobabs gorditos y tambores que hablaban con su “tum-tum-tum”, vivía un hombre llamado Kofi.
Kofi era alto, de sonrisa grande, y sus ojos brillaban como dos estrellas tranquilas.
Una noche, cuando la luna era redonda como una calabaza blanca, Kofi escuchó un susurro muy suave en su pecho.
“Estoy aquí…”, decía el susurro.
“¿Quién eres?”, preguntó Kofi en voz bajita.
“Soy tu lucecita”, respondió el susurro. “Vivo en tu corazón.”
Kofi puso la mano sobre el pecho y sintió un calorcito dulce, como cuando el sol abraza la tierra por la mañana.
La lucecita le dijo:
“Kofi, yo crezco cuando tú compartes. Cuando das, yo brillo.”
Kofi sonrió. Le gustaba mucho compartir: compartía historias, compartía risas, compartía su pan de mijo caliente.
Pero ahora sabía un secreto: cada vez que compartía, su corazón se llenaba de luz.
Segunda parte: El viaje de la luz
Un día, la aldea se quedó sin fuego.
La última brasa se apagó con un “psssss” suave, como un suspiro cansado.
Las madres no podían cocinar, los niños no podían ver los dibujos que hacía el humo en el aire, y la noche parecía muy, muy oscura.
Todos miraron a Kofi.
“Kofi”, le dijo la anciana de la aldea, “tú tienes luz en los ojos. Tal vez puedas encontrar fuego para todos.”
Kofi sintió de nuevo el calorcito en el pecho.
La lucecita dijo:
“Camina, Kofi. Camina y comparte tu luz.”
Así que Kofi se puso su vieja túnica color tierra y salió. Caminó entre baobabs, saludó a las jirafas altas, escuchó a las ranas cantar en la charca.
Mientras caminaba, la lucecita en su corazón brillaba un poquito más.
En el camino encontró a un niño de otra aldea, sentado triste al lado del camino.
“¿Por qué estás triste?”, preguntó Kofi.
“Tengo frío. No tenemos fuego”, dijo el niño.
Kofi se sentó a su lado y le contó un cuento. Un cuento alegre, con monos traviesos y pájaros cantores.
El niño empezó a reír, y sus ojos brillaron.
La lucecita en el pecho de Kofi dijo:
“Mira, cuando das alegría… también das luz.”
Tercera parte: La fogata del corazón
Al caer la tarde, Kofi llegó a una colina. En la cima había una roca negra, muy lisa, que parecía dormir al sol.
La lucecita susurró:
“Toca la roca con tu mano y con tu corazón.”
Kofi puso una mano sobre la roca y la otra sobre su pecho. Pensó en su aldea, en los niños, en las madres, en la anciana.
Pensó en compartir: compartir pan, compartir historias, compartir risas.
Entonces ocurrió algo suave y bonito:
de su pecho salió un hilito de luz dorada, muy fino, muy tierno, como un rayito de sol bebé. El hilito entró en la roca, y la roca se puso tibia, luego caliente, luego… ¡una pequeña llama apareció!
“Fuego”, susurró Kofi. “Fuego hecho de luz del corazón.”
Encendió una antorcha, pero la llama no quemaba de manera mala. Era una llama tranquila, amable, que olía a pan recién hecho y a lluvia que llega.
Al volver, los niños corrieron a su encuentro.
“¡Kofi, Kofi, has traído el fuego!”
Kofi puso la antorcha en medio de la aldea, y todos encendieron sus fueguitos: uno para cada casa, uno para cada olla, uno para cada noche.
La anciana dijo:
“Este fuego es especial. Viene de un corazón que sabe compartir.”
Kofi miró a los niños y dijo:
“Este fuego no es solo mío. Nació de todos los que comparten. Cuando compartimos pan, cuando compartimos juegos, cuando compartimos palabras bonitas, hacemos crecer la luz.”
Los niños se miraron entre sí.
Uno partió su fruta y dijo:
“Toma, yo comparto.”
Otro dejó espacio en el círculo y dijo:
“Ven, siéntate conmigo.”
La noche se llenó de pequeñas luces: las del fuego y las de los corazones.
La aldea ya no tenía miedo a la oscuridad, porque todos sabían algo nuevo:
Dentro de cada persona vive una lucecita.
Cuando compartimos, esa lucecita se vuelve grande, grande, grande…
como una fogata de amor que calienta a todos.
Y así, con risas suaves, historias lentas y fuegos pequeños pero felices, la aldea se durmió tranquila bajo la luna redonda como una calabaza blanca.