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Cuento de Agricultor y de Granja 7/8 años Lectura 15 min.

La esquina de correr y el corderito curioso

Un agricultor enseña a sus hijos a cuidar la granja y a respetar la tierra y los animales, enfrentando pequeñas sorpresas del día con calma y responsabilidad.

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Un agricultor sonriente y tranquilo, piel bronceada, pelo castaño corto, chaqueta de lona beige algo polvorienta y botas de goma marrones, se arrodilla y extiende la mano para guiar suavemente a un pequeño cordero hacia su madre; a la izquierda, Clara, unos 6 años, pelo castaño en coletas y vestido amarillo de lunares, sostiene una regadera verde y mira asombrada; a la derecha, Leo, unos 10 años, pelo despeinado, camiseta azul y pantalón corto kaki, corre detrás del cordero listo para ayudar; detrás, una vaca grande blanca y beige llamada Brisa observa junto al granero rojo; el cordero blanco peludo se acerca a una oveja madre gris más allá de una valla baja de madera; escena en una pradera verde y soleada con hierba alta y flores silvestres, un camino de tierra y colinas suaves bajo un cielo azul con nubes, ambiente tierno, seguro y alegre, composición centrada y colores cálidos. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La mañana huele a pan y a heno

Mateo se levantó cuando el cielo todavía estaba rosado, como si alguien hubiera pintado una raya de fresa sobre las nubes. En la cocina, el reloj hacía “tic-tac” con paciencia. También olía a pan tostado y a café, aunque Mateo no tomaba café; prefería un vaso de leche.

“Buenos días, papá”, dijo Clara, su hija, frotándose los ojos.

“Buenos días, pequeña nube”, contestó Mateo, peinándole el pelo con la mano. “Hoy tengo un plan… pero ya verás que en la granja los planes a veces se doblan como una hoja.”

Leo, el hijo mayor, apareció con una media en la mano. “¡Se me perdió la otra! ¿La vaca se la comió?”

Mateo soltó una risa suave. “Las vacas prefieren hierba, no calcetines. A ver… ¿miraste debajo del sofá?”

Leo miró a Mateo como si el sofá fuera un lugar muy lejano y misterioso. “No.”

“Entonces aún hay esperanza”, dijo Mateo.

Después del desayuno, Mateo se colgó una chaqueta y se calzó las botas. Las botas estaban manchadas de barro seco, como si llevaran recuerdos pegados.

Clara señaló una lista en la mesa, hecha con lápiz. “¿Eso es tu trabajo de hoy?”

Mateo la leyó en voz alta, marcando con el dedo:

“Dar de comer a las gallinas. Revisar el agua de los terneros. Mirar si el huerto necesita riego. Arreglar una tabla suelta del corral. Y, si queda tiempo, preparar la esquina de la pradera para que corráis.”

“¡La pradera!”, gritó Clara. “¿Podemos ir?”

“Sí, pero primero la familia”, dijo Mateo, mirando la hora. “Tengo que llevaros a la escuela. El campo espera, pero vosotros también.”

Leo encontró su media debajo del sofá, triunfante. “¡No fue la vaca!”

“Ves”, dijo Mateo. “Los misterios se resuelven con calma.”

Caminaron hacia el coche mientras el aire de la mañana les pellizcaba la nariz. En el camino, pasaron junto al granero. Se oía un “muuu” largo y tranquilo. También un “kikirikí” que sonó como si alguien tocara una trompeta invisible.

Mateo saludó con la mano. “Buenos días, señoras gallinas. Buenos días, Brisa”, dijo a la vaca que asomaba la cabeza.

Clara se rió. “¿Les hablas de verdad?”

“Claro. Ellas no contestan con palabras, pero contestan con lo que hacen. Si una gallina come bien, pone huevos. Si una vaca está tranquila, da buena leche. Y si un agricultor escucha, aprende.”

Cuando dejó a los niños en la escuela, Mateo volvió a la granja con un pensamiento en la cabeza: hoy quería enseñarles un poco de su trabajo, pero sin olvidar que también era papá. “Un agricultor cuida de la tierra y de los animales”, se dijo, “y también cuida de su gente.”

Capítulo 2: Manos en la tierra, ojos atentos

Mateo empezó por las gallinas. Abrió la puerta del gallinero y una nube de plumas suaves se movió como un grupo de señoras con prisa.

“Tranquilas, tranquilas”, dijo. “Aquí llega el desayuno.”

Vertió grano en un comedero y escuchó el sonido de los picos: tac-tac-tac. Luego revisó el agua. “Siempre limpia”, murmuró. “Sin agua, no hay energía.”

Recogió los huevos con cuidado. Eran tibios, como una taza calentita. Los colocó en una caja y contó en voz baja. “Uno, dos, tres… doce. Buen trabajo, equipo.”

Después fue al corral de los terneros. Había dos, pequeños y curiosos: Chispa y Nube. Chispa intentó lamerle la mano, como si Mateo fuera un helado.

“¡Eh, cosquillas!”, dijo Mateo, riéndose. Les revisó el bebedero, acarició sus lomos y miró sus ojos. “Brillantes, bien. Nariz húmeda, bien. Barriga contenta, mejor.”

A Mateo le gustaba explicar las cosas, aunque estuviera solo. “Cuando cuidas animales, miras señales”, dijo en voz alta. “Si están quietos y sin ganas, algo pasa. Si comen con alegría y se mueven, es buena noticia.”

Luego caminó hacia el huerto. El suelo olía a tierra fresca. Había filas de lechugas, zanahorias asomando como dedos naranjas y tomates todavía verdes, escondidos bajo hojas.

Mateo metió un dedo en la tierra. “Mmm… un poco seca.” Tomó la manguera y regó despacio, sin hacer charcos. El agua brillaba al sol, y las hojas parecían aplaudir con gotas.

Mientras regaba, vio una tabla suelta en la valla del corral. “Eso no puede quedarse así”, dijo. “La responsabilidad es hacer las cosas antes de que se vuelvan un problema.”

Buscó un martillo, clavos y una tabla de repuesto. Trabajó con calma: medir, apoyar, clavar. Cada golpe sonaba firme: toc, toc, toc. Cuando terminó, tiró suavemente de la valla para comprobarla.

“Fuerte como un abrazo”, dijo Mateo.

Justo entonces sonó su teléfono. Era un mensaje de la escuela: hoy saldrían media hora antes por una reunión.

Mateo levantó las cejas. “Plan doblado”, murmuró. Miró su lista. Aún faltaba preparar la esquina de la pradera.

“Vale, Mateo”, se dijo. “Si los niños salen antes, tú también cambias el paso. Ser agricultor es aprender a adaptarse.”

Guardó las herramientas, se lavó las manos en un cubo de agua y se cambió de camiseta. Luego fue hacia la pradera.

La pradera era un lugar amplio, verde, con hierba que se movía como olas pequeñas. En una esquina había una zona segura, cercada con una valla baja y suave, sin alambres peligrosos. Mateo la llamaba “la esquina de correr”.

Revisó la puerta. Probó el cierre. Miró si había agujeros en el suelo donde alguien pudiera tropezar. Quitó una rama caída y una piedra grande.

“Listo”, dijo. “Aquí pueden correr libres, y yo estaré cerca.”

Miró el cielo y respiró hondo. En el campo, cada cosa tenía su tiempo. Y el tiempo, como un amigo, a veces decía: “Hoy vamos por otro camino.”

Capítulo 3: La esquina de correr y una sorpresa pequeña

Cuando Mateo recogió a Clara y a Leo, los dos venían saltando.

“¡Papá, papá! La profe dijo que las plantas también ‘beben'”, contó Clara.

“Eso es verdad”, respondió Mateo. “Y hoy podréis ver cómo.”

En la granja, antes de ir a la pradera, pasaron por el huerto. Mateo les enseñó la tierra húmeda.

“¿Veis?”, dijo. “Si está seca, la planta se cansa. Si le das agua, se pone fuerte. Pero no demasiada, porque se ahoga. Igual que nosotros: ni sed, ni piscina en la boca.”

Leo se rió. “¡Glup glup!”

Mateo les dio una regadera pequeña a cada uno. “Solo un poquito en las lechugas. Despacito, como si fueran bebés.”

Clara regó con cuidado, sacando la lengua de concentración. Leo intentó regar rápido, pero Mateo lo frenó con una mano suave.

“En el campo, la prisa es mala amiga”, dijo. “Mejor hacerlo bien.”

“Vale”, aceptó Leo, y bajó el ritmo.

Luego fueron a la esquina de la pradera. Mateo abrió la puerta y los niños entraron como dos flechas felices. La hierba les rozaba las piernas y el sol les calentaba la espalda.

“¡Mira, soy un caballo!”, gritó Leo, galopando.

“¡Yo soy un viento!”, dijo Clara, corriendo en círculos.

Mateo se sentó en una piedra plana cerca de la valla. Desde ahí podía verlos sin perderlos de vista. También podía escuchar a los animales a lo lejos: el mugido de Brisa, el cacareo de las gallinas, el zumbido de una abeja trabajadora.

“Papá”, llamó Clara, deteniéndose de golpe. “¿Qué haces tú todo el día? ¿Solo das comida?”

Mateo sonrió. “Doy comida, sí. Pero también miro, arreglo, limpio, espero, y a veces… me preocupo un poquito. Ser agricultor es cuidar de muchas cosas. Mira: si una gallina no tiene agua, no pone huevos. Si una valla está rota, un animal se puede salir. Si la tierra está triste, las verduras no crecen.”

Leo se tumbó en la hierba. “¿Y tú comes hierba?”

“Solo en ensalada”, contestó Mateo, y los tres rieron.

En ese momento, Mateo vio algo pequeño moviéndose cerca de la valla: un corderito, blanco y esponjoso, que balaba bajito: “Beeee”.

Clara abrió los ojos. “¿Se perdió?”

Mateo se levantó despacio. No quería asustarlo. “No creo que esté perdido. Debe de haber pasado por la puerta pequeña cuando la abrí esta mañana para llevar paja. A veces los animales son curiosos.”

Leo se acercó, pero Mateo lo detuvo con una señal. “Primero, calma. Segundo, espacio. Tercero, buscamos la mamá.”

Clara susurró: “¿Cómo la encontramos?”

“Con los oídos”, dijo Mateo. Cerró los ojos un segundo. Escuchó. Desde el otro lado de la pradera llegó un balido más fuerte, como una respuesta.

“Ahí”, señaló. “La mamá está cerca.”

Mateo abrió la puerta de la esquina y, sin correr, guió al corderito hacia afuera. El corderito caminó dando saltitos, como si la hierba le hiciera cosquillas.

“Ven, pequeño algodón”, murmuró Mateo. “Por aquí.”

Cuando llegaron a la valla que separaba la pradera grande, la oveja mamá se acercó. Olfateó al corderito, lo empujó con la nariz y el pequeño se pegó a ella, contento. Todo quedó en calma.

Clara soltó el aire, como si hubiera estado guardándolo. “Ya está bien.”

“Sí”, dijo Mateo. “Y gracias por no gritar ni correr. Ser responsable también es eso: hacer lo que ayuda.”

Leo levantó una mano, serio como un juez. “Yo fui responsable. Casi.”

Mateo le guiñó un ojo. “Casi cuenta mucho cuando estás aprendiendo.”

Volvieron a la esquina de correr. Mateo revisó el cierre otra vez, por si acaso. “No pasa nada”, dijo con voz tranquila. “Solo fue una sorpresa pequeña. Ahora seguimos.”

Los niños corrieron un rato más, y después se sentaron cerca de Mateo, con las mejillas rojas y felices.

“Papá”, dijo Clara, “tu trabajo es como ser cuidador de un montón de amigos.”

Mateo miró la pradera y asintió. “Sí. Amigos que no hablan como nosotros, pero sienten. Y la tierra también siente, a su manera.”

Capítulo 4: El atardecer de los animales sanos

Cuando el sol empezó a bajar, Mateo llevó a los niños de vuelta a la casa para merendar. Pan con queso, una manzana para cada uno, y agua fresca.

“Ahora tengo que hacer una última ronda”, dijo Mateo, limpiándose las manos con un paño. “¿Venís conmigo?”

“¡Sí!”, dijeron los dos.

Fueron primero al corral de los terneros. Chispa brincó al verlos, como si tuviera resortes. Nube se acercó más despacio, pero con ojos curiosos.

“Mirad”, explicó Mateo. “Les toco el cuello para ver si están calentitos, pero no demasiado. Les miro las patas para ver si caminan bien. Y siempre, siempre, reviso que tengan agua.”

Leo se agachó y miró el bebedero. “Está lleno.”

“Bien”, dijo Mateo. “Eso es responsabilidad: no suponer, comprobar.”

Después pasaron por el establo de Brisa. La vaca masticaba despacio, con una calma que parecía un cuento. Mateo le acarició el costado.

“Hola, Brisa. ¿Cómo va ese estómago trabajador?” Brisa soltó un “muuu” suave.

Clara se rió. “Parece que te contesta.”

“Claro”, dijo Mateo. “Me dice: ‘Gracias por el heno'.”

En el gallinero, las gallinas ya buscaban sitio para dormir. Mateo contó otra vez. “Todas están. Perfecto.” Cerró bien la puerta para que no entraran animales curiosos durante la noche.

Mientras caminaban hacia la casa, el cielo se volvió naranja, luego morado. Se encendieron algunas luces en la granja. El aire olía a hierba y a tierra, y también a sopa, porque desde la ventana de la cocina salía un vapor delicioso.

Leo bostezó. “Estoy cansado. Correr en la pradera es mucho trabajo.”

Mateo lo levantó un momento en brazos. “Ves. El cuerpo también trabaja cuando juega. Y el trabajo, cuando se hace con cariño, también puede sentirse bonito.”

Clara tomó la mano de Mateo. “Hoy aprendí que el agua importa.”

“Y que los animales tienen mamá”, añadió Leo.

Mateo sonrió. “Y yo aprendí que mi lista puede cambiar sin que el día se rompa. La granja es como una familia: todos nos ajustamos.”

Entraron en casa. Después de la cena, los niños se pusieron el pijama. Mateo los acompañó a la cama y se sentó un rato a su lado.

“Papá”, preguntó Clara con voz bajita, “¿te gusta ser agricultor?”

Mateo miró por la ventana. A lo lejos, en la oscuridad tranquila, se oían sonidos suaves de la granja, como si todo respirara.

“Sí”, dijo. “A veces me canso. A veces se rompe algo. A veces el clima hace sus travesuras. Pero cuando veo a los animales sanos, cuando la tierra da verduras, y cuando sé que con mi trabajo la gente puede comer… siento una alegría grande, como una manta calentita.”

Leo se acomodó entre las sábanas. “¿Mañana habrá más sorpresas pequeñas?”

“Seguro habrá algo”, respondió Mateo. “Y lo enfrentaremos con calma. Como hoy.”

Clara cerró los ojos. “Me gusta tu granja.”

Mateo les dio un beso en la frente. “Y a la granja le gustáis vosotros.”

Antes de apagar la luz, Mateo pensó en Brisa masticando tranquila, en Chispa y Nube bebiendo agua, en las gallinas dormidas, y en el corderito junto a su mamá. Todo estaba bien.

Apagó la lámpara y susurró: “Buenas noches. Gracias por otro día.”

Y la granja, silenciosa y viva, pareció responder con un suspiro de paz.

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El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Pradera
Un campo amplio y con hierba donde los animales pueden correr y jugar.
Gallinero
La casita o lugar donde viven y duermen las gallinas.
Comedero
El recipiente donde se pone la comida para los animales.
Terneros
Animales jóvenes de la vaca; son las crías de las vacas.
Corral
Un espacio cercado para mantener a los animales seguros.
Paja
Tallos secos de plantas que se usan para cama o alimento de animales.
Responsabilidad
Hacer lo correcto y cuidar de algo o alguien con atención.
Manguera
Un tubo largo que sirve para llevar agua y regar las plantas.
Herramientas
Objetos como martillo y clavos que se usan para arreglar cosas.
Esquina de correr
Una parte cerrada de la pradera donde los niños pueden correr seguro.

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