CapĂtulo 1: La casa al final del sendero
Nadie en el barrio se atrevĂa a acercarse a la vieja casa con ventanas polvorientas y tejados torcidos que se alzaba al final del sendero de los sauces. DecĂan los mayores que estaba embrujada y los niños, aunque lo negaban con la boca pequeña, rara vez se atrevĂan a lanzar una piedra siquiera en su direcciĂłn.
Pero a Luna le encantaban los misterios. TenĂa diez años, el pelo tan negro como la medianoche y una imaginaciĂłn tan grande que a veces creĂa que podĂa volar si se lo proponĂa. Cada vez que pasaba por delante de la casa, sentĂa un cosquilleo en la barriga, como si algo la invitara a entrar. Aquella tarde de Halloween, con la luna llena asomando tras las nubes y una ligera neblina cubriendo las calles, Luna decidiĂł que ya era hora de descubrir quĂ© habĂa dentro.
SaliĂł de casa disfrazada de bruja, con su sombrero puntiagudo, la capa de su abuela y una linterna en forma de calabaza colgando del brazo. CaminĂł decidida hasta la verja oxidada. El viento soplaba, haciendo crujir las ramas de los árboles, y el sonido de sus propios pasos la hizo reĂr de nervios. “Si los fantasmas existen, seguro que esta noche están de fiesta”, pensĂł.
Empujó la verja, que chirrió como si se quejara tras años de silencio. Al fondo, la puerta de la casa se entreabrió despacito, como si la invitaran a entrar. Luna tragó saliva, apretó la linterna y avanzó, dispuesta a no dejarse asustar.
CapĂtulo 2: El pequeño fantasma
El vestĂbulo estaba oscuro y olĂa a polvo antiguo y a madera hĂşmeda. Luna caminĂł despacio, iluminando las paredes, donde colgaban cuadros de personas con expresiones severas y bigotes retorcidos. De repente, una ráfaga de aire helado apagĂł su linterna. Luna se quedĂł quieta, con el corazĂłn latiendo fuerte.
—¿Quién anda ah� —susurró, tratando de sonar valiente.
No hubo respuesta, salvo el crujido del suelo bajo sus pies. Siguió adelante, guiándose por la tenue luz de la luna que se colaba por los cristales rotos. De repente, algo flotó junto a ella, tan silencioso como una pluma, y se posó a su lado. Luna dio un brinco, pero, en vez de salir corriendo, se quedó mirando.
Era un pequeño fantasma, translĂşcido y curioso, como una sábana flotante con ojos enormes y brillantes. No daba miedo, más bien parecĂa tĂmido y algo torpe.
—¡Hola! —dijo el fantasma con voz temblorosa—. ¿Eres… eres una bruja de verdad?
Luna soltĂł una carcajada.
—Sólo por esta noche. ¿Y tú… eres un fantasma de verdad?
El fantasmita asintiĂł con entusiasmo, haciendo que su cuerpo flotara en cĂrculos.
—Me llamo Gaspar. Nunca habĂa visto un humano tan de cerca.
—Yo me llamo Luna —respondiĂł, saludando con la mano—. Y, la verdad, nunca habĂa visto un fantasma tan… simpático.
Gaspar sonriĂł y, de pronto, se animĂł.
—¿Quieres que te enseñe mi casa? Aquà las noches de Halloween son las más divertidas.
A Luna le encantĂł la idea. Juntos, comenzaron a recorrer la casa. Gaspar le mostrĂł la biblioteca, donde los libros volaban solos y te susurraban historias al oĂdo; la cocina, donde las ollas bailaban claquĂ©; y el salĂłn, donde las sombras jugaban a las escondidas.
De vez en cuando, algĂşn cuadro guiñaba un ojo o una puerta se abrĂa sola, pero Luna estaba tan fascinada que se le olvidĂł tener miedo.
CapĂtulo 3: La sala de los sustos
En lo alto de la escalera, Gaspar se detuvo delante de una puerta pintada de rojo.
—Esta es mi parte favorita —susurró—. Aquà los fantasmas practicamos nuestros sustos para la gran noche.
Luna sintiĂł un escalofrĂo. Gaspar empujĂł la puerta y entraron en una habitaciĂłn llena de espejos, cortinas que se movĂan solas y esqueletos de cartĂłn que bailaban al ritmo de una mĂşsica chillona.
Un grupo de fantasmitas practicaba sus mejores “buuuuh”, pero en vez de asustar, hacĂan reĂr a Luna con sus caretos y sus sustos mal sincronizados. Uno de ellos, al intentar atravesar una pared, se quedĂł atascado y los demás tuvieron que ayudarlo a salir tirando de sus manitas transparentes.
—¡Vaya! —dijo Luna, aplaudiendo—. ¡Sois los fantasmas más divertidos del mundo!
Gaspar se sonrojĂł (si es que los fantasmas pueden sonrojarse) y la invitĂł a probar.
—¿Quieres intentarlo tú? Es fácil, sólo tienes que gritar lo más fuerte que puedas.
Luna lo pensĂł un segundo, se aclarĂł la garganta y, con todas sus fuerzas, gritĂł:
—¡BUUUUUUUUHHHH!
Los fantasmitas aplaudieron y uno de ellos hasta se cayĂł de la risa, atravesando una silla.
Mientras reĂan, un silbido agudo se escuchĂł desde el fondo de la sala. Todos se quedaron quietos. De las sombras, apareciĂł una figura alta y encapuchada. Luna sintiĂł un cosquilleo de miedo en la nuca.
—¡Oh, no! —susurró Gaspar—. Es la señora Morticia, la fantasma más antigua y seria de la casa.
CapĂtulo 4: El misterio de la señora Morticia
La señora Morticia flotĂł hacia ellos, envuelta en una nube de humo violeta. Sus ojos parecĂan dos carbones encendidos.
—¿Qué ocurre aqu� —tronó su voz—. ¿Humanos en nuestra casa? ¿Y en Halloween?
Gaspar temblaba tanto que parecĂa una gelatina.
—Es mi amiga, señora Morticia. Se llama Luna y… y no vino a hacernos daño. Solo querĂa conocer la casa.
Morticia observó a Luna de arriba abajo. Luna tragó saliva, pero no apartó la mirada. Después de un largo silencio, la fantasma sonrió (lo que, para sorpresa de todos, hizo que hasta los cuadros respiraran aliviados).
—Hace muchos años que ningún humano nos visita. Quizás… esta noche podamos divertirnos juntos.
Y, de pronto, la atmĂłsfera cambiĂł. Morticia chasqueĂł los dedos y las luces se encendieron solas. EmpezĂł una mĂşsica de Ăłrgano y todos los fantasmas comenzaron a bailar, flotando en el aire como si fueran globos.
Luna se uniĂł al baile. Giraba, reĂa y saltaba, y hasta se atreviĂł a invitar a Morticia a dar vueltas por la sala.
—¿Por qué siempre intentáis asustar a los humanos? —preguntó Luna, curiosa.
La señora Morticia suspiró.
—No siempre fue asĂ. Antes, los humanos y los fantasmas jugaban juntos en Halloween. Pero con el tiempo, empezaron a tenernos miedo… y nosotros tambiĂ©n nos asustamos de ellos.
Luna pensĂł en lo triste que debĂa ser vivir asĂ, escondidos y solos.
—Quizá podrĂamos cambiar eso —propuso, mirando a Gaspar y a los demás—. Si todos vieran lo divertidos que sois, seguro que querrĂan venir a jugar.
Los fantasmas se miraron entre sĂ, esperanzados.
CapĂtulo 5: La gran fiesta de Halloween
Aquella noche, Luna y Gaspar tuvieron una idea genial. Abrieron las ventanas y lanzaron luces y globos al aire. Pronto, los niños del barrio, curiosos por el espectáculo, se acercaron a la verja. Al principio, dudaron, pero la risa de Luna y el brillo de las luces los animó a entrar.
Dentro, la vieja casa se transformó en una auténtica fiesta de Halloween. Los fantasmas enseñaron a los niños a bailar en el aire, a hacer carreras de sábanas y a contar historias de miedo que, en el fondo, daban más risa que susto.
Gaspar se convirtió en el alma de la fiesta, guiando a los invitados por los pasadizos secretos y mostrando trucos de magia fantasmagórica. Hasta la señora Morticia se animó a hacer malabares con calaveras de goma, provocando carcajadas entre los más pequeños.
—¿Ves? —le susurró Luna a Gaspar—. No hay nada que temer cuando hay amistad y ganas de divertirse.
—Gracias, Luna —respondió Gaspar, flotando feliz—. ¡Eres la mejor bruja que ha pisado esta casa!
La noche avanzó entre juegos, cuentos y dulces flotantes. Cuando el reloj marcó la medianoche, los fantasmas y los niños se despidieron con promesas de volver a verse el próximo Halloween.
CapĂtulo 6: Un nuevo comienzo
Cuando saliĂł el sol, la casa ya no parecĂa tan oscura ni tan aterradora. Luna abrazĂł a Gaspar y le prometiĂł volver pronto. Al cruzar la verja, se girĂł para despedirse y vio a la señora Morticia saludando desde la ventana, con una sonrisa amable.
De camino a casa, Luna pensĂł en lo valiente que habĂa sido al entrar aquella noche y en lo mucho que habĂa ganado: un amigo nuevo, una aventura inolvidable y el secreto de que, a veces, lo que más miedo da es lo que más merece la pena descubrir.
Desde aquel dĂa, la vieja casa al final del sendero dejĂł de ser un lugar prohibido. Cada Halloween, los niños del barrio acudĂan a celebrar la noche más mágica del año junto a sus amigos fantasmas.
Y Luna, por supuesto, siempre iba vestida de bruja, con su linterna de calabaza y una sonrisa de oreja a oreja, lista para una nueva aventura.
Porque, al final, lo importante no es no tener miedo, sino atreverse a buscar la magia que se esconde tras cada sombra. Y, sobre todo, saber que la amistad puede iluminar hasta la noche más oscura de Halloween.