Capítulo 1
Luna, Mara y Sol se despertaron con el canto de un petirrojo. Eran tres niñas de seis años que se tomaban de la mano como si fuera una sola cuerda. Tenían un encargo importante: llevar agua desde la fuente del bosque hasta la aldea en el otro lado del páramo. El pueblo estaba seco y las macetas necesitaban beber, así que ellas pusieron sus cubos brillantes en la silla y prometieron volver antes de que la luna se asomara.
—No tengáis miedo —dijo Luna, que era la más tranquila—. El camino es largo, pero nuestros pasos van como un latido: uno, dos, uno, dos.
—Uno, dos —repitieron Mara y Sol, y sonrieron.
El sol jugueteaba entre las hojas como monedas doradas. Cada cubo era un pequeño barco que esperaba su carga. Antes de salir, la abuela les dio una manta, una zanahoria para el camino y un consejo: «Caminad juntas y cuidad la canción». La canción sería su guía cuando el viento se hiciera fuerte.
Capítulo 2
El páramo se extendía como un mar de hierba. Las flores eran faroles minúsculos en la distancia. Caminaban cantando, y la canción les hizo valientes. De repente, una nube del tamaño de una montaña tapó el sol. El cielo se oscureció, y las sombras alargadas parecían manos que querían jugar con ellas.
—Mira cómo cambia todo —susurró Mara—. Parecen gigantes dormidos.
—No están dormidos, solo sueñan —dijo Luna y apretó la mano de sus amigas. Su voz era un puente que cruzaba la inquietud.
Un viento fresco quiso llevarse la canción, pero las niñas la sujetaron con fuerza. En el borde del páramo vieron a un niño que recogía ramas. Tenía ojos de río y llevaba un pañuelo rojo en la cabeza. Era el hermano de Mara, Nico. Mara corrió hacia él y le dio un abrazo tan grande como un abrigo.
—¡Nico! —gritaron las tres—. ¿Qué haces aquí?
—Buscaba mi perro y escuché vuestra canción —contestó Nico—. Vi que veníais con cubos. Puedo acompañaros un rato.
Nico conocía los senderos secretos del páramo. Señaló una hondonada donde el viento era suave. Les enseñó a apoyar los cubos sobre piedras planas para que no se volcaran. Cuando una de las niñas notó que su cubo tenía un pequeño orificio, Nico le mostró cómo usar una hoja grande como tapa provisional. Todos trabajaron como si fueran manos de un mismo árbol.
Pero el cielo se volvió más serio. Las nubes, como mantas pesadas, vinieron a tapar el mundo. Un trueno rodó lejos, como un tambor de gigante. La lluvia empezó a caer en hilitos finos. Las niñas sintieron un escalofrío, pero Luna les recordó la canción y las palabras de la abuela: «Cuidad la canción».
—Lleva el agua, lleva el agua —cantaban las niñas para no perder el paso—.
La canción las empujó hacia adelante como una ola.
Nico se quedó con ellas hasta que las sombras se hicieron menos amenazantes. Les contó historias de estrellas que brillan bajo la lluvia y de riachuelos que cantan cuando nadie los escucha. Con su ayuda, cruzaron una parte del páramo que parecía más grande por la lluvia. Los cubos llegaron a la fuente, y el agua les brilló como plata líquida.
Capítulo 3
En la fuente, cada cubo bebió el agua con ansias. Las niñas rieron cuando el agua tocó sus manos; hacía cosquillas, como un grupo de peces diminutos. Llenaron los cubos hasta el borde y los taparon como si fueran tesoros. El regreso fue más ligero, porque el corazón se llena de confianza cuando se comparte el peso.
El cielo se despejó poco a poco. Un arco de luz asomó, y la pradera pareció aplaudir. Ya cerca de la aldea, se encontraron con la abuela y algunos vecinos que habían venido a esperar. Todos ayudaron a llevar los cubos y a celebrar. Las macetas del pueblo recibieron el agua y parecieron respirar.
Antes de entrar en sus casas, las niñas se sentaron en un escalón oscuro y empezaron a cantar la canción que las había guiado. Era una melodía simple y suave, hecha de pasos, manos y promesas. Nico se unió, y sus voces formaron un pequeño río que corría claro por la plaza. La gente se acercó y aplaudió con ternura.
La canción decía cosas sencillas: que juntos se puede, que cuidar es valiente, que la amistad seca cualquier miedo. Las niñas se miraron y supieron que, aunque el páramo fuera enorme y el cielo a veces oscuro, siempre habría alguien que les ofreciera la mano: una amiga, un hermano, una canción.
Cantaron una vez más, más fuerte y más alegre, hasta que la tarde se volvió un mantel dorado. La abuela besó sus frentes y susurró: «Hoy habéis sido lluvia y sol para nuestro pueblo». Las tres niñas, Luna, Mara y Sol, se durmieron esa noche con la canción en el bolsillo del corazón.
Canción final:
Lleva el agua, lleva el agua,
lleva el agua con amistad.
Manos juntas, paso suave,
y el miedo se va a marchar.