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Cuento del Duende Travieso de Navidad 9/10 años Lectura 16 min.

La campana de travesuras en la Nochebuena del bosque

Un zorro llamado Bruno organiza una fiesta de Nochebuena en el bosque que se ve alegremente trastocada por un pequeño elfo travieso llamado Pícaro, cuyas bromas y magia inesperada harán que los animales se reúnan y compartan cuentos y risas.

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Un pequeño duende travieso de rostro redondo y orejas puntiagudas con gorro rojo crea delicados copos luminosos sobre una vieja linterna de hierro; Bruno, un zorro rojizo de mirada cálida, levanta una copa de vainas en señal de bienvenida; Doña Castaña, una anciana ardilla de pelaje gris, cuenta una historia sentada en el centro con una taza humeante; alrededor, un búho con corona de hojas, una liebre risueña con bayas y erizos apilando migas escuchan atentos y alegres; la escena transcurre en el interior de una madriguera de madera en una colina nevada, paredes de tierra y raíces, luciérnagas en frascos, una larga mesa de corteza con frutas secas y una jarra de sirope, alfombra de hojas y pequeñas linternas; ambiente de fiesta invernal, paleta cálida de ocres y rojos contrastando con azules fríos y blancos, textura de gouache y trazos suaves, estilo infantil. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El timbre que cantó en la nieve

La noche de Navidad cayó sobre el bosque como una manta de azúcar. Las ramas brillaban con escarcha, y el aire olía a piñas, a chimenea lejana y a galletas que alguien había soñado.

Bruno, el zorro, avanzaba con cuidado para no hundir las patas en los montículos blandos. Llevaba todo el día preparando su fiesta de Nochebuena: había colgado guirnaldas de bayas rojas en la entrada de su madriguera, ordenado las nueces en forma de estrella y puesto a enfriar un jarabe de miel y menta.

—Esta noche todo saldrá perfecto —se dijo, orgulloso, mirando su reflejo en una bola de hielo.

Entonces sonó un timbre.

No uno cualquiera, no. Fue un “¡Trrriiin!” cristalino, como si una campanilla hubiera aprendido a reír. Bruno se quedó tieso. En el bosque no había timbres. Había búhos, había zorros, había ardillas… pero timbres, no.

El “¡Trrriiin!” volvió a sonar, ahora más cerca, como si el sonido diera saltitos.

Bruno siguió el rastro del tintineo hasta encontrar, plantado en mitad de la nieve, un poste diminuto con un botón rojo. A su lado, unas huellas pequeñas, traviesas, dibujaban ochos.

—¿Quién pone un timbre en mi camino? —murmuró Bruno.

Y, sin pensarlo demasiado, apretó el botón.

“¡Trrriiin!”

La nieve respondió con un remolino, y del remolino salió… un elfo. Pequeño como una taza, con gorro puntiagudo, orejas vivas y una sonrisa de “yo no he sido”.

—¡Feliz Nochebuena! —cantó el elfo, haciendo una reverencia tan exagerada que casi se cae—. Me llamo Pícaro. Y tú acabas de activar mi campana de aventuras.

—Yo solo… quería saber qué era —dijo Bruno, entre curioso y desconfiado.

Pícaro le guiñó un ojo.

—Perfecto. Primero, una bromita suave para calentar el ambiente.

Chasqueó los dedos y, de pronto, las guirnaldas de bayas que Bruno había colgado aparecieron… ¡en la cola del zorro! Como un cinturón de rubíes que se movía de un lado a otro.

Bruno intentó mirarse, dando vueltas como trompo.

—¡Oye! ¡Eso cosquillea!

Pícaro aplaudió sin hacer ruido, como si aplaudir también fuera parte del secreto.

—La noche es larga, zorro elegante. ¿Me invitas a tu fiesta? Prometo portarme… más o menos.

Bruno suspiró. La nieve brillaba. El timbre parecía sonreír. Y, por alguna razón, el elfo no le daba miedo: le daba risa.

—Está bien —cedió—. Pero si vas a hacer travesuras, tendrás que ayudar a que la fiesta salga bien.

—¡Trato hecho! —dijo Pícaro, y el timbre se apagó como una estrella cuando se duerme.

Capítulo 2: El camino de las sorpresas pegajosas

Bruno y Pícaro caminaron hacia la madriguera. Pero el elfo no caminaba: se deslizaba, daba saltos y, a ratos, parecía flotar un poquito, como hoja en viento.

—Primera regla de la fiesta —dijo Bruno—: no tocar el jarabe de miel y menta. Está para brindar.

Pícaro se llevó una mano al corazón.

—Yo, tocar, no. Yo… admirar de cerca.

No habían avanzado mucho cuando escucharon un “plop”. Luego otro. Y otro. Sonidos de gotas gordas cayendo desde un árbol.

Bruno levantó el hocico. En una rama baja había una ardilla anciana llamada Doña Castaña, famosa por contar historias tan largas que a veces amanecía antes de llegar al final. Sus bigotes temblaban de frío, y sus patitas parecían torpes.

—Buenas noches, Doña Castaña —saludó Bruno—. ¿Viene a la fiesta?

La ardilla intentó bajar, pero resbaló un poco.

—Ay, hijo… hoy mis patas se sienten como si fueran de madera —dijo, apenada—. Me da vergüenza llegar tarde o caerme delante de todos.

Pícaro miró a Bruno con ojos brillantes. Bruno lo miró de vuelta, como diciendo: “Ni se te ocurra”.

Pícaro sonrió igual.

—Tengo una idea dulcísima —susurró el elfo, y antes de que Bruno pudiera detenerlo, chasqueó los dedos.

Del cielo comenzó a caer una lluvia finísima de jarabe. No empapaba: solo pegaba. ¡Y qué pegaba! Las patas de Doña Castaña quedaron adheridas a la rama como si la rama la abrazara.

—¡Ahora sí que no puedo bajar! —exclamó la ardilla, con los ojos como platos.

Bruno abrió la boca para protestar, pero Pícaro ya estaba sacando de su bolsillo un puñado de copos de nieve brillantes.

—Calma, calma. La travesura viene con solución.

Sopló los copos, y se convirtieron en una escalera de nieve endurecida, escalón por escalón, perfecta y segura. Doña Castaña pudo bajar despacio, apoyándose, sin resbalar. El jarabe, al sentir el suelo, se volvió azúcar crujiente y se rompió como caramelo.

La ardilla bajó, sorprendida… y luego soltó una risita.

—¡Qué cosa más rara! —dijo—. Pero he bajado sin miedo.

Bruno miró al elfo.

—Eso fue… innecesario —dijo—. Pero gracias por arreglarlo.

Pícaro se encogió de hombros.

—Las bromas son como las campanas: si no terminan en sonrisa, suenan mal.

Siguieron avanzando. En el camino encontraron a un búho jovencito, Lúcido, que llevaba una corona de hojas torcidas porque quería “verse formal”. Pícaro casi le cambia la corona por un colador, pero Bruno le tocó el hombro.

—Hoy no —le dijo con firmeza, aunque le temblaba un poco la risa.

Pícaro suspiró como si fuera un poeta muy incomprendido y se guardó la idea.

Llegaron por fin a la entrada de la madriguera, donde ya se escuchaba el murmullo alegre de la fiesta: patas sobre hojas, risas, villancicos que algunos cantaban con más entusiasmo que afinación.

—Bienvenido, Pícaro —dijo Bruno—. Recuerda: co-anfitrión. No tormenta.

—Seré brisa traviesa —prometió el elfo, y se subió a un farolito como si fuera un escenario.

Capítulo 3: La mesa rebelde y el brindis que saltó

Dentro, la madriguera estaba cálida y luminosa. Un tronco hueco servía de chimenea, y luciérnagas descansaban en frascos como pequeñas lámparas. Había una mesa larga hecha de corteza, llena de frutos secos, pan de bellota, setas asadas y una jarra grande del jarabe de miel y menta.

Los invitados —animales del bosque— hablaban y reían. No había humanos en ninguna parte, solo colas, alas, orejas y narices curiosas.

Bruno subió a una piedra lisa para dar la bienvenida.

—Esta noche celebramos juntos —dijo—. Que haya paz, cuentos y…

“¡Trrriiin!” sonó de pronto, y nadie supo de dónde. Pícaro, por supuesto, miraba al techo como si el sonido fuera una paloma invisible.

La mesa tembló.

Primero se movió un poquito. Luego, con un crujido de broma, empezó a caminar. Sí: caminar. Con cuatro patas de rama que antes no tenía.

—¡Eh! —gritó una liebre—. ¡Mi plato!

La mesa dio una vuelta completa, esquivó a un tejón y pasó junto a Bruno como si quisiera jugar al escondite. Las nueces rodaron como canicas. Un racimo de uvas silvestres salió disparado y aterrizó, con dignidad dudosa, sobre la cabeza de Lúcido el búho.

—Ahora parezco un arbusto —se quejó Lúcido, aunque también se reía.

Bruno se llevó las patas a la cara.

—¡Pícaro!

El elfo silbó, disimulando.

—La mesa solo quiere bailar. Es Nochebuena.

La mesa dio un saltito y la jarra de miel y menta se elevó como si tuviera alas. El líquido no se derramaba: hacía burbujas que formaban estrellitas en el aire.

—¡Eso es para el brindis! —protestó Bruno, corriendo detrás—. ¡Baja ahora mismo!

Pícaro vio la cara de Bruno, esa mezcla de “me enfado” y “me estoy riendo por dentro”, y por primera vez pareció pensativo.

Chasqueó los dedos, pero no para empeorar. La mesa frenó suavemente, como si alguien le hubiera dicho un secreto al oído. La jarra descendió y se posó en el centro, quieta y obediente.

—Perdón —dijo Pícaro, bajando la voz—. A veces hago ruido para ver si alguien me mira.

Bruno se quedó quieto. Miró alrededor: Doña Castaña recogía nueces con paciencia; Lúcido sacudía las uvas de la cabeza; una familia de erizos juntaba migas para hacer una “montañita de postre”.

Nadie parecía enfadado de verdad. Pero todos, sin querer, estaban colaborando. Juntos.

—Está bien —dijo Bruno al fin—. Si vas a hacer travesuras… que sea para que todos participen, no para arruinarlo.

Pícaro asintió, serio por un segundo.

—Entonces hagamos el brindis como co-anfitriones —propuso—. Tú hablas… y yo hago que las burbujas canten bajito.

Bruno no pudo evitar sonreír.

—Trato.

Bruno alzó una copa de cáscara de avellana. Pícaro tocó la jarra y las burbujas formaron un coro suave, como campanitas mojadas.

—Por la Nochebuena —dijo Bruno—. Por compartir, por reír y por cuidar del otro.

Las burbujas susurraron: “tin-tin-tin”, como si estuvieran de acuerdo.

Capítulo 4: El rincón de los cuentos que unió dos inviernos

La fiesta siguió con juegos. Pícaro hizo que las sombras en la pared se convirtieran en pequeños renos danzarines. Pero cada vez que alguien se asustaba un poquito, el elfo bajaba el volumen de su magia, como quien baja la música para escuchar una voz.

Bruno empezó a observarlo de otra manera. Pícaro no buscaba solo risas: buscaba miradas. Buscaba que lo invitaran a quedarse.

En un rincón, Doña Castaña estaba sentada sola, con una taza tibia entre las manos. Miraba a los más jóvenes correr y jugar, pero no se acercaba.

Bruno se aproximó con Pícaro.

—¿Todo bien, Doña Castaña?

La ardilla suspiró.

—Sí, hijo… Solo que antes, en otras Navidades, alguien me pedía cuentos. Ahora todos van tan rápido.

Pícaro se quedó quieto. Sus orejas parecieron caerse un poco.

—A mí me gustan los cuentos —dijo el elfo—. Especialmente los largos. Así uno puede vivir dentro de ellos un rato.

Bruno levantó una ceja, sorprendido.

—¿Tú? ¿Quieto, escuchando?

—Puedo —dijo Pícaro—. A veces.

Bruno tuvo una idea. Subió a una silla de madera y dio dos golpes suaves con una cuchara en una nuez (porque no había campana y no pensaba apretar más timbres esa noche).

—¡Atención! —anunció—. Inauguramos el Rincón de los Cuentos. Co-anfitriona: Doña Castaña. Co-anfitrión: Pícaro.

Los animales se fueron acercando, curiosos. Los más pequeños se sentaron adelante; los mayores se acomodaron atrás, como si sus cuerpos también quisieran escuchar.

Doña Castaña parpadeó, emocionada.

—¿Yo…? —preguntó.

—Tú —dijo Bruno—. Y Pícaro te ayudará con… efectos. Pero suaves.

Pícaro levantó tres dedos, como juramento.

—Efectos de abrazo —prometió.

Doña Castaña empezó:

—En un invierno muy, muy blanco…

Mientras hablaba, Pícaro hizo aparecer copos luminosos que bajaban despacio, sin mojar, y se posaban en las orejas de los oyentes como coronas frías. Cuando Doña Castaña mencionó un río, el elfo dibujó una línea de luz azul que corría por el suelo. Cuando apareció un lobo en la historia, el lobo era de sombra y bostezaba para no dar miedo.

Los más jóvenes miraban fascinados. Los mayores sonreían, recordando. El cuento, como una manta, cubrió a todos por igual.

Bruno vio entonces el truco de Pícaro: sus travesuras eran una cuerda. Tiraba de un lado para que el otro se acercara. Hacía ruido para crear un silencio compartido.

Al final, Doña Castaña concluyó con voz temblorosa y feliz:

—…y por eso, cuando se comparte el calor, el invierno se vuelve amigo.

Hubo aplausos de patas, alas y colas.

Pícaro inclinó el gorro, humilde.

—Gracias por dejarme escuchar —susurró.

Bruno le dio un codito.

—Gracias por ayudar sin armar un desastre enorme.

—¿Eso fue un cumplido? —preguntó Pícaro, con brillo travieso.

—Fue… medio cumplido —admitió Bruno—. No te emociones.

Capítulo 5: La campana final y la promesa de volver

La noche avanzó hasta que la luna se acomodó justo encima de la madriguera, como un farol gigante. Los invitados empezaron a despedirse, uno por uno, llevando migas felices en los bigotes y ojos con sueño.

Bruno acompañó a Pícaro a la entrada. Afuera, el bosque estaba silencioso, pero no vacío: el silencio tenía forma de paz.

El timbre misterioso seguía allí, medio cubierto por nieve, como si hubiera estado esperando.

Pícaro lo miró y luego miró a Bruno.

—Creo que ya es hora de que mi campana se calle —dijo—. Las travesuras también descansan.

Bruno cruzó la mirada con él.

—Esta noche aprendí algo —confesó Bruno—. Al principio pensé que solo querías complicarlo todo.

Pícaro se encogió un poco, sin bromas.

—A veces complico porque… si todo está perfecto, nadie necesita a nadie. Y yo… —hizo una pausa— yo quiero que se necesiten un poquito. Para hablar. Para reír. Para pedir cuentos. Para que los pequeños y los viejos se sienten cerca.

Bruno sintió un calor raro en el pecho, como si hubiera bebido jarabe de miel y menta sin darse cuenta.

—Entonces tu magia es como un nudo —dijo—. Aprieta para que no se suelten.

Pícaro sonrió, aliviado.

—Un nudo de lazo, no de cordón que lastima —aclaró.

—Un lazo —aceptó Bruno—. Y, si vuelves el próximo año… serás co-anfitrión de nuevo.

Pícaro levantó una ceja.

—¿Con timbre incluido?

—Sin timbre —dijo Bruno—. Tocarás la puerta como todos.

Pícaro hizo una mueca dramática, como si eso fuera lo más duro del mundo.

—¡Qué vida tan seria! —protestó, y luego se rió—. Está bien. Haré “toc-toc” con estilo.

El elfo se acercó al poste del timbre, lo acarició y susurró algo que sonó a viento.

El timbre respondió con un último “¡Trrriiin!”, suave como un beso en la frente. Después, el poste se convirtió en una simple ramita, como si nunca hubiera existido.

Pícaro dio un salto hacia atrás, y por un instante su gorro brilló como una estrella fugaz.

—Feliz Nochebuena, Bruno —dijo—. Gracias por invitarme a hacer la fiesta, no solo el lío.

—Feliz Nochebuena, Pícaro —respondió Bruno—. Gracias por recordar que la risa también puede unir.

Pícaro se alejó entre los árboles, dejando en la nieve huellas pequeñas que parecían comillas, como si la noche hubiera dicho algo bonito.

Bruno volvió a su madriguera, donde aún flotaba el eco del cuento de Doña Castaña y el murmullo de burbujas cantoras. Antes de dormir, miró la cola… por si acaso seguía con guirnaldas.

No había guirnaldas. Pero sí una bayita roja enredada con cuidado, como un lazo.

Bruno la guardó bajo su almohada de hojas.

Y se durmió sonriendo, sabiendo que, a veces, una travesura amable es solo una forma de decir: “Quiero estar contigo esta noche”.

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Escarcha
Capa fina de hielo que cubre hojas y ramas cuando hace mucho frío.
Madriguera
Casa subterránea que usan algunos animales, como zorros o conejos.
Jarabe de miel y menta
Líquido dulce hecho con miel y hojas de menta, para beber o endulzar.
Guirnaldas
Adornos largos hechos de hojas, bayas o flores que se cuelgan en fiestas.
Timbre
Objeto que suena al pulsarlo, hace un ruido claro para llamar la atención.
Travesuras
Acciones pequeñas y divertidas que pueden causar lío pero no daño serio.
Campanilla
Pequeña campana que suena con un timbre agudo y claro.
Copos de nieve brillantes
Pedacitos de nieve que reflejan la luz y parecen brillar al caer.
Luciérnagas
Insectos que emiten luz en su cuerpo por la noche, como pequeñas lámparas.
Corteza
Capa exterior y dura del tronco de un árbol.

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