Capítulo 1: Una cama que hace cosquillas
Había una vez un niño llamado Samuel que tenía ocho años y una risa más explosiva que el estallido de las palomitas en la sartén. Samuel era todo un experto en encontrar diversión en cualquier rincón, pero cada noche, antes de dormir, se proponía un reto muy especial: quería irse a la cama con una sonrisa tan grande que casi se le escapara de la cara hasta los sueños.
Esa noche, cuando se puso el pijama de rayas y se cepilló los dientes con la fuerza de un pequeño dragón, Samuel subió a su cama saltando como si fuera un trampolín. Pero de repente, ¡la cama empezó a hacerle cosquillas! Sí, sí, cosquillas por todo el cuerpo.
“¡Ay, cama! ¡Que me haces reír!” gritó Samuel entre carcajadas.
La cama crujió, como si estuviera diciendo: “Solo quiero ver si puedes sonreír aún más”.
Samuel rodó de un lado al otro, riendo y tratando de escapar de las cosquillas. Pero, claro, no podía. Porque, ¿dónde puede ir uno si las cosquillas vienen de la propia cama?
Su osito de peluche, Don Bigotes, le miraba desde la almohada con cara de estar a punto de estornudar de la risa también. Samuel se tapó con la sábana y dijo: “Vale, vale, cama bromista, ¡me rindo! Pero prométeme que no me harás cosquillas en la nariz, que si no, estornudo hasta la luna”.
La cama crujió suavecito, como si quisiera decirle: “Prometido”.
Capítulo 2: El pijama que quería bailar
Mientras Samuel recuperaba el aliento, notó que su pijama de rayas empezaba a moverse solo. ¡Las mangas y los pantalones se agitaron como si quisieran bailar una conga!
“¡Oye, pijama! ¿Ahora también tú quieres jugar?”, preguntó Samuel, encogiéndose de hombros, divertido.
“¡Claro! ¡La fiesta de la risa no puede parar!” respondió el pijama, arrugando las rayas como si fuesen olas en el mar.
Samuel se levantó sobre el colchón y empezó a dar saltitos, mientras el pijama giraba y giraba, y Don Bigotes hacía palmas de peluche, aunque en realidad no tenía manos. La lámpara del cuarto parpadeaba, como si tirara besitos de luz a todos.
De repente, el pijama se detuvo y le susurró: “Samuel, ¿sabes qué es lo más divertido? Que todos somos diferentes. Yo tengo rayas, Don Bigotes tiene manchas, y la cama… bueno, la cama cruje mucho, pero siempre nos hace reír”.
Samuel pensó un momento y sonrió. “¡Claro! Si todos fuéramos iguales, no habría tantas formas de reírse”.
El pijama asintió orgulloso y se acomodó de nuevo en el cuerpo de Samuel, que sentía como si sus sueños también fueran a bailar esa noche.
Capítulo 3: El desfile de las almohadas traviesas
Cuando parecía que la calma volvía, las almohadas decidieron hacer su aparición especial. Una, dos, tres, cuatro… ¡todas saltaron de la cama y se pusieron en fila como soldados blanditos!
Samuel les preguntó: “¿Y vosotras qué hacéis ahí, tan marciales?”
Una almohada, la más regordeta, respondió con voz grave: “¡Preparamos el Gran Desfile de las Almohadas, donde todos somos bienvenidos, grandes, pequeños, rayados o manchados!”
Don Bigotes se animó y se puso en la cabeza de Samuel como si fuera un sombrero peludo. El pijama estiró las mangas como banderas, y Samuel, con la sonrisa de oreja a oreja, desfiló con paso de pluma.
Las almohadas giraban, rebotaban, se mezclaban y se lanzaban abrazos blandos entre sí. Samuel sentía que las almohadas no solo eran suaves, sino también muy sabias.
“¿Sabéis?” dijo Samuel, “me gusta que todas seáis diferentes, porque así mi cama nunca se aburre. ¡Y tampoco yo!”
Las almohadas aplaudieron, aunque sonaba como un soplido suave de viento, y se tumbaron una al lado de la otra para construir una montaña de abrazos.
Capítulo 4: El bostezo que voló por la ventana
Después del desfile, Samuel soltó un bostezo tan grande, tan largo, que salió volando por la ventana, como un globo que se escapa de las manos. El bostezo cruzó el cielo y saludó a la luna, mientras Samuel sentía que el sueño se acercaba despacito, con pasitos de puntillas.
Don Bigotes se acurrucó en su pecho y susurró: “Samuel, ¿por qué sonríes hasta cuando te duermes?”
Samuel respondió, mientras se tapaba hasta la nariz: “Porque todo es más divertido cuando nos queremos y nos aceptamos como somos. Si uno es almohada, otro oso, otro pijama o cama… todas son risas diferentes.”
El pijama le daba calorcito, la cama dejó de hacer cosquillas, y las almohadas se abrazaron unas a otras, formando el lugar perfecto para soñar.
Capítulo 5: La nube más blandita del mundo
Cuando Samuel cerró los ojos, sintió que la cama se hacía cada vez más ligera, tan ligera como una nube de algodón de azúcar. Poco a poco, la habitación se llenaba de suavidad y de una luz dorada que le hacía cosquillas en el alma.
La cama se elevó despacio, flotando en el aire como un barco de vapor suave, llevando a Samuel, Don Bigotes, el pijama danzarín y las almohadas viajeras a un cielo lleno de nubes blanditas. Allí, todos los niños del mundo podían encontrarse, reír juntos y soñar sin miedo, cada uno diferente, todos importantes, todos abrazados en la gran nube de la tolerancia y la alegría.
Y así, con una sonrisa grande, un corazón tranquilo y los sueños bailando bajo las sábanas, Samuel se dejó llevar suavemente por la nube más blandita, directo al mundo maravilloso de los sueños felices.