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Cuento aterrador 7/8 años Lectura 14 min.

La calle que susurraba y el baúl de los buu

Luna, una niña valiente, sigue el susurro de una calle misteriosa hasta un pasillo donde descubre un baúl de sustos y conoce a Don Sombrón; con una canica verde y su deseo de paz, intenta encontrar una manera amable de tratar los miedos que han escapado.

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Luna, niña de 8 años de cara redonda y trenzas desordenadas, sostiene una pequeña canica verde brillante y la acerca a la cerradura de un gran cofre; Don Sombrón, hombre alto de unos 40–50 años con larga capa negra, permanece a la derecha vigilándola; alrededor del cofre flotan pequeñas sombras infantiles redondeadas y vaporosas en tonos gris-azul y violeta; el escenario es un largo pasillo de piedra con velas en soportes de hierro, una puerta azul entreabierta al fondo y una alfombra roja desgastada; al cerrar Luna la tapa del cofre, en su pequeño ojo de buey aparece una mini-ventana de vidrio y las sombras, calmadas, miran con asombro, creando una atmósfera misteriosa y cálida bañada por el resplandor verdoso de la canica. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La calle que susurraba

Luna tenía siete años y una imaginación que brillaba como una linterna pequeña. Vivía en un barrio tranquilo, pero había una callecita al final, tan estrecha que parecía un hilo negro cosido a la noche. De día era normal: un árbol, una farola, una puerta azul. Pero al anochecer, la calle cambiaba de voz.

La farola parpadeaba como si guiñara un ojo cansado. El árbol movía sus ramas y hacía “shhh… shhh…”, como una abuela contando un secreto. Y la puerta azul… la puerta azul parecía escuchar.

Una tarde, Luna volvió de la escuela con su mochila saltando en la espalda. Traía en el bolsillo una canica verde, “para la suerte”, decía ella. Al pasar cerca de la callecita, oyó un susurro suave, como hojas rozándose.

“Luna…”

Se detuvo. Miró a un lado y a otro. No había nadie. Solo la sombra larga de la farola estirada como un gato.

“¿Quién anda ahí?” preguntó, apretando la canica en el bolsillo.

No hubo respuesta, solo un viento que olía a tierra mojada. A Luna le dio un cosquilleo en la barriga, como si una mariposa se hubiera equivocado de lugar. No era un miedo grande, más bien una campanita de aviso.

En su casa, su abuela Remedios estaba regando una planta que parecía un pequeño monstruo verde, con hojas puntiagudas.

“Abuela,” dijo Luna, dejando la mochila, “la calle del final me habló.”

La abuela levantó una ceja como quien abre una ventana.

“¿Te habló de verdad o te cantó con el viento?”

“Me dijo mi nombre.”

La abuela sonrió, pero sus ojos se pusieron serios, como dos botones bien cosidos.

“En este barrio,” explicó, “la miedo es un profesor discreto. No grita, no empuja. Solo te enseña a mirar mejor y a caminar con cuidado.”

“¿Y por qué me llama?”

Remedios señaló el reloj. Las agujas avanzaban despacio, como si también tuvieran miedo de llegar a la noche.

“Quizá porque tú tienes un sueño escondido,” murmuró. “Uno de esos que duermen en el bolsillo, junto a una canica.”

Luna se tocó el bolsillo sin querer.

Esa noche, en su cama, oyó otra vez el “shhh… shhh…” del árbol. La luna redonda parecía un plato de leche en el cielo. Luna cerró los ojos y pensó: “Quiero que haya paz. Que nadie tenga que temblar por nada.” Era su secreto. Ni siquiera lo decía en voz alta, por si se rompía.

Entonces, como en un sueño despierto, la callecita volvió a susurrar:

“Ven… pero no corras. La paz se cose despacio.”

Capítulo 2: La puerta azul y el señor de las sombras

Al día siguiente, Luna esperó a que el sol se pusiera como una moneda naranja detrás de los tejados. Se puso su chaqueta con capucha, metió la canica verde en el bolsillo y salió. No iba sola del todo: llevaba también una idea valiente, aunque todavía era pequeña.

La callecita estaba más oscura que el resto del barrio, como si alguien hubiera derramado tinta. La farola parpadeó.

“Hola,” dijo Luna, intentando que su voz sonara firme. “Soy yo.”

El árbol contestó con un “shhh” amable. La puerta azul estaba al final. Tenía un pomo dorado que brillaba como un ojo.

Luna tocó el pomo. Estaba frío, como una cuchara en invierno. Pero no le dolió: solo le recordó que estaba despierta.

La puerta se abrió con un crujido suave, como pan tostado.

Dentro no había una casa, sino un pasillo largo, con paredes de piedra gris. Había velas encendidas, pero la llama no se movía, como si estuviera aprendiendo a quedarse quieta. La luz dibujaba sombras largas que se estiraban y se encogían, como si hicieran gimnasia.

De pronto, una voz profunda salió de la penumbra.

“¿Quién trae luz en el bolsillo?”

Luna tragó saliva. Vio una figura alta, con capa negra. No tenía cara clara, solo un borde de sombra y dos ojos que parecían luciérnagas apagadas.

“Soy Luna,” dijo. “No traigo luz… solo una canica verde.”

La figura se inclinó. La capa se movió como un murciélago cansado. Luna sintió un escalofrío, pero recordó las palabras de su abuela: el miedo enseña.

“Yo soy Don Sombrón,” dijo la figura. “Guardián del Pasillo de los Suspiros. Aquí guardo los miedos sueltos para que no muerdan a nadie.”

Luna frunció el ceño.

“¿Los miedos muerden?”

“Si se quedan solos, sí,” respondió Don Sombrón. “Se vuelven traviesos. Se esconden debajo de las camas, se pegan a las cortinas, hacen ‘buu' en los armarios.”

Luna pensó en su propio armario. A veces crujía.

“¿Y por qué me llamaste?”

Don Sombrón levantó una mano larga y señaló una puerta al fondo del pasillo. De esa puerta salía un zumbido triste, como una mosca que no encuentra la ventana.

“Porque la paz del barrio está deshilachándose, dijo. “Y solo alguien que sueña con coserla puede intentarlo.”

Luna apretó su canica. Se imaginó una manta con agujeros por donde se cuela el frío.

“¿Qué hay detrás de esa puerta?”

“Está el Baúl de los Buu,” dijo Don Sombrón. “Un baúl donde se guardan los sustos pequeños. Pero hoy está abierto un poquito. Y los sustos están saliendo, haciendo bromas pesadas.”

Luna respiró hondo.

“Yo puedo cerrarlo.”

Don Sombrón soltó un sonido que parecía una risa en una botella.

“Eres muy pequeña.”

“Pero mi valor puede crecer,” contestó Luna. “Como una planta.”

Las velas parecieron brillar un poco más. Don Sombrón se apartó.

“Entonces ve,” dijo. “Pero recuerda: el valor no es no tener miedo. El valor es caminar con él de la mano, sin dejar que te empuje.”

Capítulo 3: El Baúl de los Buu

Luna avanzó por el pasillo. Cada paso sonaba “toc… toc…”, como si el suelo hablara en morse. En las paredes había cuadros oscuros. En uno, un gato negro miraba con ojos redondos; parecía decir: “No te rindas.” En otro, una nube gris tenía cara de enfado, pero también de sueño.

Al llegar a la puerta del fondo, Luna oyó un “buu” pequeñito, casi como un estornudo. Luego otro: “buu… buu…”

“Es solo aire jugando,” se dijo. Pero su corazón iba rápido, como un tambor de juguete.

Empujó la puerta.

La habitación era redonda. En el centro había un baúl grande de madera, con dibujos de espirales. La tapa estaba abierta un dedo. De la rendija salían sombras pequeñas, como calcetines negros que hubieran aprendido a volar. No eran monstruos enormes: eran sustos con forma de nube, de dedo, de nariz. Uno tenía orejas puntiagudas, otro una cola como signo de interrogación.

Al verla, los sustos se quedaron quietos. Luego empezaron a girar alrededor de Luna.

“¡Buu!” dijo uno, muy orgulloso.

“¡Buuuu!” dijo otro, estirando la palabra como chicle.

Luna dio un paso atrás. Su canica verde se calentó en el bolsillo, como si guardara un sol pequeñito.

“Hola,” dijo ella, sorprendiéndose de lo tranquila que sonó. “¿Estáis perdidos?”

Los sustos se miraron entre sí. Uno, el de cola-interrogación, se acercó y olió el aire.

“Nos escapamos,” dijo con voz finita. “Queremos jugar.”

“¿Y por qué dais sustos?”

“Porque si no, nadie nos mira,” respondió otro. Tenía ojos como dos botones mal cosidos. “En el baúl está oscuro y aburrido.”

Luna sintió algo raro: un poquito de pena. Esas sombras no parecían malas, solo inquietas, como niños que no saben qué hacer con sus manos.

“Si queréis que os miren,” dijo Luna, “podéis pedirlo sin asustar.”

Los sustos soltaron un “buu” tímido, como si no supieran esa palabra.

Luna se acercó al baúl. La madera olía a lluvia vieja. En el borde había una cerradura con forma de boca. La boca estaba abierta, y de ella salía un suspiro frío.

Luna recordó su sueño: coser la paz.

Sacó la canica verde. Era transparente, con una chispa dentro. La levantó hacia la cerradura.

“Canica de la suerte,” susurró, “no quiero aplastar a nadie. Solo quiero que el barrio duerma tranquilo.”

La canica brilló, pintando la habitación de verde suave, como luz de luciérnaga. Los sustos retrocedieron, tapándose la cara.

“No queremos desaparecer,” dijeron.

“No vais a desaparecer,” prometió Luna. “Solo vais a volver al baúl, pero con una ventana.”

“¿Una ventana?” preguntó el susto de orejas puntiagudas.

“Sí,” dijo Luna, y sonrió. “Una ventana para que os miren sin que tengáis que gritar ‘buu' en la cara.”

En ese momento, la tapa del baúl tembló. Una sombra más grande quiso salir, como una manta negra que se cree dragón. Luna sintió que el miedo le tocaba el hombro.

“Ahí está el profesor,” pensó. “Ahora me enseña.”

No corrió. Dio un paso firme. Levantó la canica como un faro. Y habló, claro y sencillo:

“¡Alto! Aquí no se muerde.”

La sombra grande se detuvo, sorprendida. Se encogió un poco, como un globo que pierde aire. Luna aprovechó y acercó la canica a la cerradura-boca.

La boca cerró despacio. “Clac.” La tapa bajó. “Toc.” Los sustos pequeños, uno por uno, se deslizaron dentro como si fueran a dormir. Antes de entrar, el de cola-interrogación le susurró:

“¿De verdad nos harás una ventana?”

“Lo juro,” dijo Luna.

Entonces todo quedó en silencio, un silencio suave, como una manta limpia.

Capítulo 4: La ventana para los sustos y el hilo de la paz

Don Sombrón apareció en la puerta de la habitación, como si hubiera estado ahí todo el tiempo.

“Has sido valiente,” dijo. Sus ojos-luciérnaga parecían menos apagados. “Pero dijiste algo importante: una ventana.”

Luna asintió.

“Los sustos solo querían que alguien los viera,” explicó. “Si vuelven al baúl sin nada, se aburrirán otra vez.”

Don Sombrón se quedó pensativo. La capa le cayó como una cortina.

“¿Y qué propones, costurera de paz?”

Luna miró alrededor. En un rincón vio una telaraña brillante. Parecía un encaje de plata, como si la noche supiera tejer.

“Podemos usar eso,” dijo señalando la telaraña. “Es como hilo.”

Don Sombrón extendió una mano. Sin tocarla, la telaraña se soltó y flotó, obediente, como un hilo que conoce su trabajo. Luna no se sorprendió demasiado; en ese pasillo, lo raro era normal.

Entre los dos, cosieron un pequeño círculo en la tapa del baúl, como un ojo de buey. Don Sombrón puso un cristal oscuro, no para asustar, sino para que la luz no molestara. Luna colocó alrededor un marco de madera con dibujos de estrellas.

Cuando terminaron, Luna se inclinó y susurró hacia la ventanita:

“Podéis mirar el mundo desde aquí. Cuando queráis jugar, hacedlo con cosquillas, no con mordiscos.”

Desde dentro se oyó un “buu” chiquito… pero sonó como risa. Luego un “gracias”.

Luna sintió el pecho calentito, como taza de cacao.

Don Sombrón abrió la puerta del pasillo. El aire de fuera entró con olor a pan recién hecho, aunque era de noche.

“Tu barrio estará más tranquilo,” dijo. “Pero recuerda: siempre habrá sombras. No son enemigas. Son solo el lugar donde la luz descansa.”

Luna caminó de vuelta por la callecita. La farola ya no parpadeaba tanto; parecía sonreír con su luz amarilla. El árbol hacía “shhh” pero ahora sonaba como canción de cuna.

En casa, su abuela Remedios la esperaba con una manta.

“¿Aprendiste algo del profesor discreto?” preguntó.

Luna se acurrucó.

“Sí,” dijo. “El miedo enseña a ser valiente… y también a ser amable. A veces los sustos solo quieren una ventana.”

La abuela le acarició el pelo.

“Entonces cosiste un buen hilo,” murmuró. “El hilo de la paz.”

Esa noche, Luna se durmió rápido. Soñó con un baúl que no era prisión, sino casa con ventanita. Soñó con sombras jugando a las cosquillas con la luz. Y en su sueño, el barrio entero respiraba tranquilo, como si por fin hubiera encontrado su ritmo.

Y si alguna vez, en una noche silenciosa, alguien oye un “buu” muy lejano, no es para asustar. Es solo un susto pequeño saludando desde su ventana, recordando que el valor puede vivir incluso en un corazón de siete años.

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Susurraba
Hablar en voz muy baja, como un secreto que casi no se oye.
Susurro
Un sonido suave y bajo, parecido a un secreto dicho al oído.
Parpadeaba
La luz se apagaba y encendía muy rápido y de forma intermitente.
Crujido
Un ruido seco que hace la madera o algo al moverse o romperse un poco.
Penumbra
Luz muy suave, medio oscuro, cuando no es de día ni de noche total.
Guardián
Persona o figura que cuida un lugar y protege lo que hay dentro.
Deshilachándose
Cuando algo se va rompiendo en hilos y queda con agujeros o suelto.
Baúl
Caja grande y fuerte donde se guardan cosas dentro.
Rendija
Una abertura muy estrecha, como una pequeña grieta por donde entra aire o luz.
Telaraña
Red fina que hacen las arañas, parece hilo tejido entre ramas o esquinas.
Encaje
Tela con dibujos hechos de hilos finos, parece una red decorativa.
Ventanita
Ventana pequeña, como un ojo que deja ver sin ser grande.
Cerradura
Parte de la puerta donde se pone la llave para abrir o cerrar.
Sombra
Figura oscura que hace la falta de luz cuando algo la tapa.

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