Cargando...
Cuento de aventura 11/12 años Lectura 20 min. Disponible en audiocuento (2)

La brújula que señalaba decisiones y el valle del segundo amanecer

Bruno encuentra una carta de alguien llamado Lirio y, guiado por una brújula mágica, atraviesa un bosque y una feria de espejos donde aprende sobre valentía, orgullo y ayudar sin buscar reconocimiento.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrĂłnicos.

Un niño de 12 años, rostro redondo y cabello castaño revuelto, agazapado con la mano derecha sobre un pequeño mecanismo de madera y metal; otro chico de unos 14 (Lirio), de cabello negro y mirada cansada pero agradecida, sentado dentro de una jaula hecha de agujas de reloj en el centro de la carpa, sonríe al ver a Bruno; un zorro vendedor (Don Brillo), pelaje rojo, sombrero de copa y capa, espera en la entrada con los brazos cruzados y sonrisa ladina; la carpa es pequeña y oscura, rayada rojo y morado con faroles apagados y un letrero desgastado que dice ESPEJOS; en primer plano, un mecanismo de madera con tres ranuras marcadas “Tiempo”, “Orgullo”, “Miedo” emite una tenue luz dorada donde el niño apoya la mano; atmósfera tensa y mágica, sombras fuertes y texturas de papel arrugado. reportar un problema con esta imagen

La versión de audio está disponible de forma gratuita para este cuento:

DuraciĂłn del audiocuento: 21:02

Descargar los archivos MP3

CapĂ­tulo 1: La carta que olĂ­a a tormenta

Bruno tenía once años y una curiosidad que le zumbaba en el pecho como una abeja inquieta. Vivía en un pueblo donde las tardes se estiraban como chicle, hasta que un día el viento trajo algo distinto: una carta sin sello, doblada con cuidado, atrapada en la reja de su ventana.

El papel olĂ­a a lluvia, como si hubiera cruzado nubes a pie.

La abriĂł y leyĂł:

“Si alguien encuentra esto, que no pase de largo. Me llamo Lirio. No soy de aquí. Estoy atrapado donde el tiempo se queda quieto. Necesito una mano… una mano valiente.”

Bruno tragó saliva. Miró la calle, vacía, como si el pueblo contuviera la respiración. Por un instante, pensó en dejar la carta en la mesa y seguir con su vida. Pero la palabra “valiente” le pinchó el orgullo como una espina.

—¿Y si es una broma? —murmuró.

El viento respondiĂł con un silbido que sonĂł a risa.

Bruno guardĂł la carta en el bolsillo y saliĂł. En la plaza, junto a la fuente, encontrĂł a la anciana Berta, que vendĂ­a caramelos de anĂ­s y secretos sin pedirlos.

—Señora Berta… ¿conoce a alguien llamado Lirio?

Berta levantĂł una ceja, como si la pregunta fuera una llave.

—Lirio… —repitió—. Eso no es nombre de persona. Es nombre de promesa. Si lo has leído, ya estás metido en el cuento, niño.

—Yo no quiero… o sea, sí quiero, pero… ¿dónde está?

Berta sacó de debajo del mostrador un objeto pequeño: una brújula de latón. En vez de marcar el norte, su aguja giraba como un pez buscando agua.

—Te llevará donde haga falta —dijo—. Pero recuerda: la brújula no señala lugares, señala decisiones.

Bruno la tomĂł. Estaba tibia, como si hubiera esperado su mano.

—¿Y si me pierdo?

—Entonces aprenderás a encontrarte —respondió Berta—. Eso también es útil.

Bruno se rió, nervioso. Y echó a andar, siguiendo la aguja que por fin se detuvo… apuntando hacia el bosque que todos evitaban, el Bosque de los Candiles, donde, decían, las luciérnagas contaban historias y los árboles escuchaban demasiado.

CapĂ­tulo 2: El Bosque de los Candiles

Al entrar, el aire cambió de sabor: olía a menta y a madera mojada. Las ramas se arqueaban sobre él como costillas de una enorme criatura dormida. Bruno avanzó con cuidado, pero la emoción le encendía los pies.

—Está bien, brújula… no me hagas quedar como tonto —susurró.

La aguja vibrĂł, ofendida, y apuntĂł hacia un sendero de piedras blancas que no estaba allĂ­ la semana anterior. Las piedras brillaban como dientes de luna.

De pronto, una luciérnaga se posó en su nariz. Bruno se quedó bizco intentando verla.

—¡Eh! —dijo—. ¡Eso hace cosquillas!

La luciérnaga parpadeó tres veces, como si se riera. Luego voló, y otras la siguieron, formando un camino luminoso. Parecía que el bosque, en vez de asustarlo, lo invitaba.

Entre los troncos apareciĂł un arroyo. No sonaba a agua: sonaba a campanillas. Sobre una roca, sentado con la dignidad de un rey diminuto, habĂ­a un sapo con chaleco.

—Alto ahí —croó—. Para cruzar el Arroyo Tintineante, hay que pagar peaje: una verdad.

Bruno se quedĂł helado.

—No tengo dinero.

—¡Puaj! ¿Quién habló de dinero? —El sapo se acomodó el chaleco—. Una verdad, niño. Una sola. Algo que no digas casi nunca.

Bruno miró el agua. En su superficie, su reflejo parecía más pequeño, como si también tuviera miedo.

—La verdad es… —empezó, y se le trabó la lengua—. A veces finjo que no me importan las cosas para que no se rían de mí.

El sapo lo observĂł, serio. Luego asintiĂł.

—Buen pago. Pasa.

Bruno cruzĂł por unas piedras que aparecieron justo a tiempo. Al llegar al otro lado, el sapo lo llamĂł:

—Oye, valiente de bolsillo. Si buscas a Lirio, no confíes en lo que brilla demasiado. A veces la luz es una trampa con sonrisa.

—¿Y qué confío entonces?

—En lo que ayuda sin pedir aplausos —dijo el sapo—. Eso suele ser verdadero.

Bruno siguió. La brújula tiraba de él como si tuviera hilo invisible. Y, poco a poco, el bosque se volvió más extraño: los hongos tenían forma de paraguas, y en las hojas se veían letras diminutas, como si los árboles escribieran cartas al viento.

CapĂ­tulo 3: La Feria de los Espejos Hambrientos

El sendero desembocó en un claro donde no debería haber nada… pero había una feria. Carpas de colores, faroles que flotaban sin cuerda, música que sonaba como si alguien tocara un piano con guantes de agua.

Un cartel colgaba del aire:

“FERIA DE LOS ESPEJOS HAMBRIENTOS. ENTRA Y MIRA QUIÉN PODRÍAS SER.”

Bruno frunció el ceño.

—Eso suena… peligroso y tentador —dijo.

—¡Exacto! —respondió una voz detrás de él.

Un zorro de pelaje rojo, con sombrero de copa y sonrisa de vendedor, le hizo una reverencia exagerada.

—Me llaman Don Brillo. ¿Buscas a alguien? Aquí todos encuentran algo. A veces, incluso lo que no querían.

—Busco a Lirio —dijo Bruno, apretando la carta en el bolsillo.

El zorro abriĂł los ojos como platos.

—¡Lirio! ¡Ah, sí, sí! El que se metió donde el tiempo se atasca como chicle en zapato. Por aquí, por aquí. Pero antes… ¿no quieres verte en un espejo? Gratis. Palabra de zorro.

Bruno recordó al sapo: “no confíes en lo que brilla demasiado”.

Los espejos de la feria no estaban en paredes: colgaban de cuerdas invisibles. En uno, Bruno se vio más alto, con una capa y una espada. En otro, se vio famoso, rodeado de gente aplaudiendo. En otro… se vio solo, sentado en un cuarto oscuro, abrazando la carta.

TragĂł saliva.

—Los espejos… comen deseos, ¿verdad? —preguntó.

Don Brillo rio, como si la idea fuera chistosa.

—“Comer” es una palabra fea. Digamos que… se alimentan de lo que la gente quiere tanto que olvida lo que debe.

Bruno dio un paso atrás.

—Entonces no quiero.

El zorro lo mirĂł con una mueca.

—Eres aburrido.

—Soy prudente —corrigió Bruno, aunque le temblaban las rodillas.

La brújula vibró en su mano y apuntó hacia una carpa pequeña, casi escondida, sin luces. Nadie la miraba. Era la única que no ofrecía nada brillante.

Bruno se dirigiĂł allĂ­. Don Brillo lo siguiĂł, silbando.

—Esa carpa no es para niños —advirtió—. Ahí dentro se habla en serio.

—Pues hoy me toca —dijo Bruno.

EntrĂł. La carpa olĂ­a a pan tostado y a invierno. En el centro, habĂ­a una jaula hecha de agujas de reloj. Y dentro, sentado en el suelo, un chico de pelo oscuro y ojos claros como charcos al sol. TenĂ­a las manos marcadas, como si hubiera intentado empujar el tiempo con los dedos.

—¿Lirio? —preguntó Bruno.

El chico levantĂł la mirada. SonriĂł con cansancio.

—Pensé que nadie vendría.

—Yo… encontré tu carta.

Don Brillo carraspeó detrás.

—Muy emotivo. Ahora, para liberar al prisionero, hay que pagar. Todo tiene precio.

Bruno apretĂł la brĂşjula.

—¿Qué quieres?

El zorro enseñó los dientes.

—Una cosa pequeñita: tu curiosidad. Así dejarás de meterte en líos. Te prometo una vida tranquila.

Bruno sintió un escalofrío. Sin curiosidad, ¿qué quedaba de él? Sería como un barco sin vela, una linterna sin fuego.

MirĂł a Lirio. Era un desconocido, sĂ­. Pero su mirada pedĂ­a auxilio sin hacer ruido, como una puerta que no puede abrirse.

—No —dijo Bruno—. No te la doy.

El zorro chasqueĂł la lengua.

—Entonces no hay trato.

Lirio hablĂł por primera vez, con voz baja:

—La jaula se abre con una acción que no sea para ti.

Bruno entendió: el bosque, la brújula, la verdad del sapo… todo apuntaba a lo mismo. Ayudar sin buscar aplausos.

RespirĂł hondo.

—¿Qué hago?

Lirio señaló el suelo, donde había un pequeño mecanismo con tres ranuras: “Tiempo”, “Orgullo” y “Miedo”.

—Alguien debe poner ahí algo suyo. No un objeto. Un pedazo de… lo que pesa.

Don Brillo se relamiĂł, disfrutando.

—Vamos, héroe. Mete la mano.

Bruno se arrodilló. La jaula tic-tac-tic-tac parecía reírse de él.

—Yo… pongo mi orgullo —dijo.

Y, en su mente, dejó caer esa necesidad de parecer duro, de que nadie se riera. Fue como soltar una mochila llena de piedras invisibles. Dolió un segundo… y luego se sintió más ligero.

El mecanismo brillĂł, pero no con luz tramposa: con una luz tranquila, como la de una vela en una noche larga.

La ranura “Orgullo” se cerró con un clic. Las agujas de reloj de la jaula temblaron.

Don Brillo gruñó.

—¡Eso no vale! ¡Eso no se puede medir!

—Se puede —dijo el sapo, apareciendo de no sé dónde, con su chaleco impecable—. Se mide en valentía.

Con un chasquido, la jaula se desarmĂł como un castillo de naipes. Las agujas cayeron al suelo y se convirtieron en hojas secas.

Lirio salió, tambaleándose.

—Gracias —susurró.

Bruno sonriĂł, aliviado.

—Ahora vámonos antes de que el zorro…

Pero Don Brillo, furioso, pateĂł el suelo. Los espejos de la feria comenzaron a vibrar y a acercarse, como bocas con hambre de reflejos.

—Nadie me rompe un negocio —escupió—. Si no pago con tu curiosidad, pagarás con tu salida.

La carpa se sacudiĂł. La mĂşsica afuera se volviĂł aguda, como una risa de vidrio.

CapĂ­tulo 4: Huida por el RĂ­o de Nubes

Bruno agarrĂł a Lirio del brazo.

—¡Corre!

Salieron de la carpa. La feria entera parecía un animal despertando. Los espejos se balanceaban y mostraban imágenes rápidas: Bruno cayéndose, Bruno rindiéndose, Bruno volviendo a casa sin mirar atrás.

—¡No mires! —gritó Lirio—. ¡Te atrapan por los ojos!

Bruno apretó los párpados y corrió guiándose por la brújula. La aguja giraba frenética, como si también estuviera asustada, hasta que se clavó hacia un arco de madera al borde del claro.

Bajo el arco, no había suelo. Había un río… pero no de agua. De nubes.

Un río blanco y espeso, moviéndose lento, como leche derramada en el cielo.

—No me digas que hay que saltar —dijo Bruno, sin abrir del todo los ojos.

—Hay que saltar —confirmó Lirio.

Detrás, Don Brillo gritó:

—¡Volved! ¡Os daré lo que queráis ver!

Bruno abriĂł los ojos justo lo suficiente para ver el borde. El vacĂ­o le mordiĂł el estĂłmago.

—No sé si puedo.

Lirio le apretĂł la mano.

—Yo tampoco —dijo—. Pero podemos juntos.

Esa frase fue un empujĂłn suave. Bruno asintiĂł.

—A la de tres. Una… dos…

—¡Tres!

Saltaron.

El rĂ­o de nubes los sostuvo como una cama de algodĂłn terco. Rebotaron, se hundieron hasta la cintura, y luego flotaron, llevados por la corriente. Bruno soltĂł una carcajada nerviosa.

—¡Esto es rarísimo!

—Mejor rarísimo que encerrado —dijo Lirio, y también se rió.

Los espejos se quedaron en la orilla, chillando de frustraciĂłn. Don Brillo, diminuto ya en la distancia, parecĂ­a una mancha roja de enfado.

La corriente los llevó por un paisaje imposible: montañas con cimas de cristal, pájaros que parecían cometas, y árboles que se inclinaban como si saludaran.

—¿Quién eres, Lirio? —preguntó Bruno, mientras la nube-río los mecía.

Lirio mirĂł el cielo, pensativo.

—Vengo del Valle del Segundo Amanecer. Allí, cada día empieza dos veces: una para los que se atreven, otra para los que necesitan tiempo. Yo… me metí en la feria buscando una respuesta. Quería saber quién debía ser. Y los espejos… me cobraron caro.

Bruno recordĂł los reflejos.

—Te atraparon por los ojos.

—Y por el orgullo —admitió Lirio—. Creí que podía con todo solo. Spoiler: no pude.

Bruno se riĂł.

—¿Spoiler? ¿En una aventura?

—Aprendí palabras raras en la jaula del tiempo —dijo Lirio, encogiéndose de hombros.

El rĂ­o de nubes empezĂł a descender. Delante, una isla flotante se acercaba: un trozo de tierra suspendido, con una puerta de piedra en medio, como la entrada a un libro.

La brújula se calmó, como si dijera: “aquí”.

CapĂ­tulo 5: La Puerta que Preguntaba

La isla flotante tenĂ­a hierba alta que les cosquilleĂł las piernas al subir. En el centro, la puerta de piedra no tenĂ­a picaporte. TenĂ­a, en cambio, una boca tallada y dos ojos cerrados.

Cuando Bruno se acercĂł, los ojos se abrieron. Eran de un gris antiguo, como tormenta vieja.

—Para pasar —dijo la puerta, con voz de roca—, hay que responder: ¿por qué ayudaste a un desconocido?

Bruno se quedó en silencio. La respuesta fácil sería “porque soy valiente”, pero eso sonaba a espejo. Y los espejos tenían hambre.

Miró a Lirio. Lirio lo miró a él, esperando, sin exigir.

Bruno respirĂł hondo.

—Porque… si yo estuviera atrapado, querría que alguien viniera —dijo—. Y porque… ayudar me hace sentir más yo, no menos.

La puerta parpadeĂł lentamente.

—Respuesta aceptable —dijo, como si le costara admitirlo—. Segunda pregunta: ¿qué temes perder?

Bruno sintiĂł el miedo como una sombra pegada al talĂłn.

—Temo perder a mi familia —dijo—. Y temo perderme a mí mismo si dejo de atreverme.

La puerta guardĂł silencio. Luego, su boca se curvĂł apenas, casi una sonrisa.

—No se puede vivir sin miedo —dijo—. Pero se puede vivir sin obedecerlo.

La piedra se estremeciĂł. Se abriĂł una rendija y, con un sonido profundo, la puerta se apartĂł, revelando un tĂşnel de luz dorada.

—Vamos —dijo Lirio, con un brillo nuevo en la mirada—. Al otro lado está mi valle… y tu regreso.

Bruno tragĂł saliva.

—¿Mi regreso? ¿Esto tiene vuelta?

—Las buenas acciones suelen tenerla —respondió Lirio—. A veces tardan, pero vuelven.

Entraron.

El túnel era cálido, como caminar dentro de una mañana. En las paredes se movían sombras que no daban miedo: parecían recuerdos felices buscando sitio.

Al final, salieron al Valle del Segundo Amanecer.

Era un lugar donde el cielo tenía dos franjas de sol: una nacía por el este, otra por el oeste, y ambas se saludaban en el centro como dos amigos. Las casas eran pequeñas y redondas, como tazas. Y el aire olía a pan recién hecho y a hojas de limón.

Bruno se quedĂł boquiabierto.

—Esto… esto es como un sueño que se estudió mucho para el examen.

Lirio soltĂł una carcajada.

—Bienvenido.

Un grupo de personas se acercĂł: algunos jĂłvenes, otros ancianos, todos con ojos de quien ha visto cosas raras sin asustarse. En medio venĂ­a una mujer con un delantal bordado con soles.

—Lirio —dijo, tocándole la mejilla—. Creímos que te había tragado la feria.

Lirio bajĂł la mirada.

—Me dejé tragar un poco —admitió—. Pero alguien me sacó.

La mujer mirĂł a Bruno con gratitud limpia, sin fuegos artificiales.

—Gracias, viajero.

Bruno se revolviĂł incĂłmodo. No sabĂ­a dĂłnde poner las manos cuando lo agradecĂ­an.

—Yo… solo hice lo que tocaba.

La mujer asintiĂł.

—Eso es lo que hacen los que tocan el corazón del mundo. Venid. Hay que celebrar… y también hay que despedir.

Bruno sintiĂł un pellizco.

—¿Despedir?

Lirio lo llevĂł aparte, hacia una colina desde donde se veĂ­a todo el valle.

—Tu puerta se abrirá pronto —explicó—. Pero antes… quiero darte algo.

Sacó de su bolsillo una semilla, pequeña como una uña, brillante como si guardara un amanecer dentro.

—Plántala donde te sientas pequeño —dijo—. Te recordará que ayudar agranda.

Bruno la tomĂł con cuidado.

—¿Y tú? ¿Qué harás?

Lirio mirĂł las dos salidas de sol.

—Aprenderé a pedir ayuda antes de que me explote el orgullo en la cara. Y… quizá cierre la feria de Don Brillo. O al menos le pondré un cartel: “Cuidado: las promesas muerden”.

Bruno soltĂł una risa.

—Me gustaría ver eso.

—Algún día, si tu curiosidad te trae de vuelta… pero no la regales por nada —dijo Lirio.

La luz del valle cambiĂł. El segundo amanecer empezĂł a desvanecerse, como cuando una canciĂłn baja el volumen.

En el centro del valle apareciĂł otra puerta, esta vez hecha de viento. La brĂşjula de Bruno apuntĂł hacia ella, firme.

—Es tu momento —dijo Lirio, y su voz tembló un poquito—. Gracias, Bruno.

Bruno sintiĂł que se le apretaba la garganta.

—Gracias a ti por… por recordarme que ser valiente no es ir solo.

Se dieron un abrazo rápido, de esos que no quieren ser dramáticos pero lo son igual. Luego Bruno corrió hacia la puerta de viento.

Antes de cruzar, se girĂł. Lirio levantĂł la mano, y el valle entero parecĂ­a saludar.

Bruno dio el paso.

CapĂ­tulo 6: La canciĂłn a lo lejos

El bosque lo recibió con olor a tierra y normalidad. Bruno apareció junto a la fuente de la plaza, como si hubiera salido de un rincón del aire. La tarde seguía allí, pero algo en él había cambiado: como si llevara un farol encendido por dentro.

La brĂşjula se quedĂł quieta. Por primera vez, no pedĂ­a nada.

Bruno caminó a casa despacio, como quien no quiere despertar un sueño. En su bolsillo, la semilla tibia parecía un pequeño secreto.

Al pasar por la plaza, la anciana Berta lo mirĂł sin sorpresa.

—Ya veo que volviste con los ojos enteros —dijo.

Bruno sonriĂł.

—Y con menos orgullo en la mochila.

Berta le dio un caramelo de anĂ­s.

—Buen intercambio.

Esa noche, Bruno salió al patio y cavó un pequeño hoyo junto al viejo limonero, donde a veces se sentía insuficiente, como si el mundo fuera demasiado grande. Plantó la semilla y la cubrió con tierra.

—Crece —susurró—. No para que me aplaudan. Para que me acuerde.

Cuando entrĂł, antes de dormir, escuchĂł algo por la ventana.

Una canción. Lejana, finita, como un hilo de luz atravesando la oscuridad. Venía del bosque… o del aire… o de algún lugar donde los amaneceres podían ser dos.

La melodĂ­a decĂ­a, sin decir, que ayudar es una puerta que se abre hacia afuera y hacia adentro a la vez.

Bruno se acercĂł a la ventana y, muy bajito, cantĂł con ella:

“Si ves a alguien en sombra, préstale tu sol,

no por ganar medallas, sino por corazĂłn.

La valentĂ­a no ruge: aprende a ser canciĂłn,

y vuelve, paso a paso, a tu mejor versión.”

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

CalificaciĂłn actual: 2.8 sobre 5 (2 opiniones)

El cuestionario: Âżhas entendido bien el cuento?

BrĂşjula
Instrumento que muestra la dirección con una aguja que apunta según el campo magnético.
Curiosidad
Deseo de conocer o aprender cosas nuevas sobre el mundo o las personas.
Peaje
Pago o precio que se pide para pasar por un lugar o servicio.
Prudente
Que actĂşa con cuidado y piensa antes de hacer algo arriesgado.
Jaula
Estructura cerrada de barras donde se puede encerrar a alguien o algo.
Mecanismo
Conjunto de piezas que trabajan juntas para hacer funcionar algo.
Ranura
Abertura larga y estrecha donde encaja o entra otra cosa.
Orgullo
Sentimiento de valor propio que puede impedir pedir ayuda o cambiar.
Tramposa
Que engaña o usa trucos para aparentar algo que no es verdad.
Semilla
Parte pequeña de una planta que se puede plantar para crecer otra planta.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub) Descargar los archivos MP3

Para leer a continuación en Cuentos tradicionales de aventuras para 11/12 años

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.