Cargando...
Cuento de las Mil y Una Noches 11/12 años Lectura 25 min.

La brújula de las puertas invisibles y el mapa que no miente

Samir, acompañado por Layla y su burro Farid, recibe una brújula mágica que lo guía a la Casa de las Rutas, donde deberá superar pruebas de ingenio, generosidad y elección para intentar crear un mapa honesto que ayude a los viajeros.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrónicos.

Hombre adulto (Samir), rostro sonriente y concentrado, piel caramelo, barba corta, túnica arena, sentado en una piedra plana dibujando con caña sobre un gran pergamino blanco en las rodillas, determinación amable; chica adolescente (Layla, ~17 años), pelo negro en coleta, túnica azul claro, sostiene una campanilla y señala una ruta dibujada, de pie a la derecha de Samir, sonrisa pícara; burro (Farid), pelaje gris, orejas largas, fiel y paciente, acostado a la izquierda con una zanahoria cerca del hocico; entorno: desierto al crepúsculo con dunas rosas y ocres, oasis distante con una pequeña puerta de madera en la arena, cielo lavanda con estrellas nacientes y lámparas de aceite flotando en el fondo; situación: Samir traza un "mapa honesto" a la luz cálida de una linterna, Layla le ayuda a indicar signos útiles y Farid vigila, atmósfera de aventura cálida y magia discreta; estilo visual: tinta negra fluida y lavados suaves (ocre, azul, lavanda), trazos caligráficos, textura de papel absorbente, composición clara con personajes en primer plano y dunas profundas al fondo. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1

Dicen que en la Ciudad de las Cúpulas Azules, cuando la luna parece una uña de plata, las historias se despiertan y caminan descalzas por los tejados. Aquella noche, en el patio de una posada perfumada a té de menta, un hombre llamado Samir contaba relatos a los viajeros para ganarse la cena.

Samir tenía ojos de café y una risa fácil, como si guardara un puñado de chispas en el bolsillo. Era optimista incluso cuando el viento le despeinaba los planes. Y, sin embargo, escondía un sueño secreto, doblado como una carta dentro del corazón: algún día quería crear una “carta segura”, un mapa que guiara a los viajeros sin mentiras ni trampas, un mapa que no se burlara de nadie en el desierto.

—¿Un mapa que diga siempre la verdad? —preguntó un mercader, levantando una ceja—. Eso es más raro que un camello que cante ópera.

—No tiene que cantar —sonrió Samir—. Solo debe saber escuchar.

A su lado, su compañero fiel, Farid, un burro gris con orejas de vela, masticaba tranquilamente una dátil caída. Farid era terco como una puerta atascada, pero leal como una sombra al mediodía. También estaba Layla, una muchacha mensajera de la posada, rápida como una golondrina, que siempre aparecía con una jarra de agua justo cuando alguien se quedaba sin palabras.

Esa noche, mientras Samir hablaba, notó algo extraño: una anciana vestida de negro lo observaba desde la esquina más oscura del patio. Su mirada era un candil tapado: no brillaba, pero quemaba.

Cuando el público se fue a dormir, la anciana se acercó y dejó sobre la mesa un objeto envuelto en tela roja.

—Samir, hijo de la ruta —susurró—, tu sueño pesa más que tu bolsa. Guarda esto. No es oro, pero abre puertas.

Samir desató el paño y encontró una brújula vieja. No tenía letras, ni flecha, ni vidrio; solo un círculo de metal con una aguja que parecía hecha de luz cansada.

—¿Y cómo se usa?

—No apunta al norte —dijo la anciana—. Apunta a lo que te falta por inventar. Pero cuidado: la creatividad es una llave. Si la giras con avaricia, se rompe dentro de la cerradura.

Y antes de que Samir pudiera preguntar más, la anciana se deshizo en el aire, como humo que decide ser nube.

Farid resopló.

—Esto huele a líos —parecía decir, moviendo las orejas.

Layla, que había escuchado desde una columna, se acercó con los ojos redondos.

—Si esa brújula abre puertas invisibles… quizá te ayude con tu mapa.

Samir apretó el metal frío. En su mente, el sueño se estiró como un gato que despierta.

—Entonces —dijo—, iremos a buscar la tinta que no se borra y el papel que no miente.

Capítulo 2

Al amanecer, la ciudad era una alfombra de murmullos. Samir, Farid y Layla salieron por la Puerta del Sésamo, donde los vendedores gritaban precios como si lanzaran cometas al cielo.

La brújula, guardada en el bolso de Samir, vibró levemente, como un corazón que quiere hablar. La sacó. La aguja de luz no apuntaba a ninguna dirección fija; giraba en círculos pequeños, impaciente.

—Parece una luciérnaga encerrada —dijo Layla.

Samir acercó la brújula a su oreja. No oyó palabras, pero sí una sensación, como cuando uno recuerda un olor olvidado: canela, piedra caliente y agua escondida.

—Nos llama el desierto —dijo.

Farid soltó un rebuzno que sonó a protesta educada.

Caminaron durante dos días. El desierto era un mar sin olas, y el sol un capitán exigente. Por la noche, las estrellas caían sobre ellos como granos de sal brillante. Samir contaba historias para mantener despierto el valor: cuentos de alfombras testarudas que se negaban a volar si el dueño era grosero, y de genios que estornudaban tormentas cuando les faltaban modales.

La tercera mañana, el aire cambió. Era más fresco, con un perfume de barro mojado. Al frente apareció un oasis pequeño, y junto al agua, una puerta de madera clavada en el suelo… sin pared alrededor.

Layla se quedó boquiabierta.

—¡Una puerta suelta! ¿Quién la perdió?

Farid se acercó y la olfateó, como si buscara el dueño.

Samir tocó el picaporte. La brújula en su mano se calentó. La aguja se quedó quieta por primera vez, apuntando directamente a la cerradura.

—Puerta invisible, aquí tienes tu llave —murmuró.

Giró el picaporte. La puerta se abrió hacia la nada… y detrás de la nada había un pasillo iluminado por lámparas de aceite que flotaban como peces dorados.

—Si esto es un sueño —dijo Layla—, por favor, que tenga desayuno.

Entraron. La puerta se cerró sola con un “clac” satisfecho, como una lengua que termina una frase.

El pasillo desembocó en una sala redonda. En el centro, un hombre muy alto, vestido con túnica color arena, dibujaba mapas sobre el suelo con un palo. Sus líneas parecían ríos.

—Bienvenidos a la Casa de las Rutas —dijo sin levantar la vista—. Soy Rashid, guardián de los caminos que no se ven. ¿Qué buscan?

Samir dio un paso adelante.

—Busco crear una carta segura para viajeros. Un mapa honesto. Quiero que nadie vuelva a perderse por culpa de trampas o mentiras.

Rashid alzó la mirada. Sus ojos eran como pozos: profundos y tranquilos.

—Un mapa honesto… —repitió—. Eso no se compra. Se construye con creatividad y corazón. Te daré tres pruebas. Si las superas, tendrás la tinta que no se borra y el papel que no miente.

Layla se enderezó.

—¿Y si no las supera?

Rashid sonrió apenas.

—Entonces volverán al desierto con una buena historia… y un buen susto.

Farid pateó el suelo, como diciendo: “Yo votaba por el susto pequeño”.

Capítulo 3

Rashid golpeó el suelo tres veces con su palo. Las lámparas temblaron y el aire se llenó de un zumbido, como si mil abejas leyera un libro.

—Primera prueba: la Risa del Laberinto —anunció—. El laberinto cambia de forma. Solo se abre con ingenio y buen humor. Si discuten o se desesperan, las paredes se acercarán a ustedes.

Una puerta apareció en la pared, hecha de sombra.

—¿Listos?

—Listos —dijo Samir, aunque su estómago hizo una pequeña pirueta.

Entraron y, de pronto, se vieron dentro de un laberinto de muros de adobe. No había techo, solo un cielo del color de la leche. Cada pasillo parecía burlarse: doblaba donde no debía, terminaba en una pared que parecía sonreír.

Caminaron, giraron, volvieron a girar. Farid bufaba. Layla contaba sus pasos con los dedos.

—Esto es como perseguir un mosquito con un zapato —se quejó ella.

Samir notó algo: en cada esquina, había un dibujo pequeño, casi invisible, de una boca. Algunas bocas estaban tristes, otras aburridas.

—El laberinto quiere reír —dijo Samir.

—Pues que se cuente un chiste solo —murmuró Layla.

Samir se detuvo y habló fuerte, como si estuviera en la posada.

—¡Oh, laberinto! ¿Sabes por qué el camello cruzó el desierto?

Las paredes se quedaron quietas, curiosas. Farid levantó las orejas.

—Porque… —Samir hizo una pausa dramática— ¡se le olvidó dónde estacionó su sombra!

Layla soltó una carcajada, inesperada. Farid rebuznó, y sonó tan ridículo que la risa se contagió. Las bocas dibujadas en las esquinas se estiraron. El aire se alivió.

Samir siguió, inventando tonterías: sobre una alfombra que se mareaba si volaba demasiado recto, sobre un genio que pedía deseos por catálogo y siempre recibía el modelo equivocado.

Cada vez que reían juntos, el laberinto parecía relajarse, como un puño que se abre. Los muros, antes tensos, comenzaron a moverse con suavidad, guiándolos en vez de bloquearlos.

Por fin, un arco apareció al final de un pasillo. Sobre él, la palabra “SALIDA” estaba escrita al revés.

—¿Y ahora? —preguntó Layla.

Samir miró la palabra al revés y sonrió.

—Hay que leerla con otros ojos.

Cerró los suyos un instante y caminó hacia atrás, guiado por el sonido de las risas todavía flotando. Al cruzar el arco, se escuchó un aplauso de viento.

Regresaron a la sala redonda. Rashid los esperaba, como si no se hubiera movido.

—Bien —dijo—. La risa es una brújula secreta: cuando aparece, indica que el miedo se perdió.

Samir inclinó la cabeza.

—A veces la creatividad es solo atreverse a ser un poco tonto.

Rashid dejó caer en la mano de Samir un frasquito con líquido azul oscuro.

—Tinta de noche. No se borra con agua ni con tiempo. Segunda prueba mañana. Descansen.

Layla miró el frasco.

—Parece un pedazo de cielo embotellado.

Farid lo olfateó y estornudó, como si el cielo le hiciera cosquillas.

Capítulo 4

La segunda prueba empezó sin aviso. Mientras desayunaban pan plano y aceitunas, la sala se oscureció. Las lámparas se apagaron, y el suelo se volvió un espejo negro.

La voz de Rashid llegó desde todas partes.

—Segunda prueba: el Puente de las Sombras. Para cruzarlo, deben ofrecer algo valioso. No oro. No joyas. Algo que los defina.

Del espejo surgió un puente estrecho, hecho de sombras entrelazadas. Debajo no había fondo, solo un rumor lejano, como un mar que sueña.

Layla tragó saliva.

—Yo me defino por no caerme —susurró.

Farid dio un paso y retrocedió. Sus patas decían “no” aunque su corazón decía “sí”.

Samir miró el puente. La aguja de la brújula brilló con tristeza, como si también sintiera vértigo.

—Yo… —dijo Samir—. Lo valioso que tengo es mi sueño: el mapa seguro. Pero si lo ofrezco, ¿no lo perderé?

En el aire apareció, como una frase escrita con humo: “Lo que compartes se multiplica.”

Samir respiró hondo. Sacó de su bolsillo un papel arrugado: era su primer boceto de mapa, lleno de líneas torcidas y notas. Lo había hecho en noches de posada, con la paciencia de un carpintero.

—Puente —dijo—, te ofrezco esto. No es perfecto, pero es mi promesa.

Dejó el papel sobre la primera tabla de sombra. El puente tembló… y, en lugar de tragárselo, lo iluminó. Las sombras se volvieron más firmes, como si el puente hubiera ganado huesos.

Layla lo miró, sorprendida.

—¿Eso era “valioso”? Está hecho un desastre.

—Por eso —respondió Samir—. Es la prueba de que empecé.

Layla buscó en su cinturón y sacó una pequeña campanilla.

—Yo ofrezco esto. Me avisaba cuando llegaban cartas en la posada. Si la doy… tendré que escuchar con más atención.

La colocó sobre el puente. Sonó una vez, clara como una gota. El puente se ensanchó un poco más.

Farid, que no tenía bolsillos, resopló. Luego, con una seriedad cómica, dejó caer al puente… una zanahoria.

Layla se rió nerviosa.

—Farid, eso no te define.

Farid empujó la zanahoria con el hocico, como diciendo: “Me define la paciencia, y la zanahoria me ayuda a practicarla”.

El puente aceptó el regalo y, de algún modo, se volvió aún más estable. Quizá la lealtad también tenía sabor.

Cruzaron despacio. A mitad del camino, el puente susurró con voces suaves, como sombras curiosas:

—¿Y si te equivocas?

—¿Y si tu mapa guía a alguien al peligro?

—¿Y si te ríen?

Samir apretó la brújula.

—Si me equivoco, corregiré. Si hay peligro, buscaré otra ruta. Si se ríen… ya aprendí que la risa puede abrir puertas.

Llegaron al otro lado. Una caja de madera los esperaba. Rashid apareció, por fin visible, y la abrió. Dentro había hojas blancas, tan blancas que parecía que el día acababa de lavarlas.

—Papel que no miente —dijo—. No acepta líneas hechas con engaño. Si el corazón intenta trazar una trampa, la hoja se queda en blanco.

Samir tomó las hojas con cuidado, como si fueran pájaros dormidos.

—Gracias.

Rashid alzó un dedo.

—Falta la tercera prueba: la más delicada. Esta noche.

Capítulo 5

Esa noche, la Casa de las Rutas olía a incienso y a pregunta. Rashid los condujo a una habitación con paredes cubiertas de espejos. En cada espejo, el reflejo no era exactamente el mismo: en uno, Layla tenía el pelo más corto; en otro, Farid parecía un burro con corona; en otro, Samir tenía arrugas de viejo.

—Tercera prueba: el Espejo de las Elecciones —dijo Rashid—. La creatividad no es solo inventar. También es elegir bien con lo que se inventa. Aquí verán caminos posibles. Uno es rápido. Uno es cómodo. Uno es generoso. Uno es tramposo. Elijan.

En el centro, una mesa apareció con cuatro plumas: una de oro, una de seda, una de vidrio y una de simple caña.

Una voz suave, quizá la de la casa misma, les susurró:

—Con la pluma de oro, tu mapa se venderá caro.

—Con la de seda, será bonito pero poco útil.

—Con la de vidrio, será exacto pero frágil: se romperá al primer error.

—Con la de caña, será humilde, pero aprenderá con cada mano que lo use.

Layla levantó la pluma de oro. Brillaba tanto que parecía presumir.

—Con esto podrías hacerte rico —dijo—. Tendrías una posada, una biblioteca, y Farid una montaña de zanahorias.

Farid abrió la boca como si dijera: “Montaña” le sonaba interesante.

Samir miró su reflejo con arrugas, en el espejo donde era viejo. Ese Samir anciano lo observaba con una paciencia triste.

—Si lo vendo caro, ¿quién se perderá? —preguntó Samir—. Los que no puedan pagar.

Rashid no dijo nada. Solo dejó que el silencio fuera una lámpara.

Samir tomó la pluma de seda. Era suave, como una mentira cómoda.

—Podría dibujar palmeras perfectas, ríos brillantes, montañas heroicas… —musitó—. Pero un mapa no es un poema, aunque tenga música.

Layla lo miró de reojo.

—¿Y si fuera ambas cosas?

Samir sonrió. La pregunta era una ventana.

Luego tocó la pluma de vidrio. Sus dedos sintieron el frío del miedo a equivocarse.

—Quiero que sea seguro —susurró—, pero si temo el error, no avanzaré. Un mapa exacto que no acepta correcciones es como un barco que no se atreve a tocar el agua.

Finalmente, Samir tomó la pluma de caña. No brillaba. No presumía. Tenía pequeñas marcas, como si ya hubiera trabajado.

—Esta —dijo—. Quiero un mapa que pueda mejorar. Que se comparta. Que cambie cuando el mundo cambie.

Layla respiró aliviada.

—Me gusta. Además, si alguien intenta engañar… el papel lo delata.

Farid rebuznó, como firmando el acuerdo.

Rashid asintió, y uno de los espejos se convirtió en puerta. Al otro lado, se veía el desierto… pero no como antes. Ahora había líneas de luz sobre la arena, rutas que aparecían y desaparecían como peces bajo el agua.

—Vayan —dijo Rashid—. Dibujen el primer tramo de su carta segura. Pero recuerden: la magia abre puertas invisibles; el corazón decide qué hay detrás.

Samir guardó las hojas, el frasco de tinta y la pluma de caña.

—No lo olvidaré.

Layla se ajustó la mochila.

—Y si nos perdemos, al menos tendremos una buena historia.

Farid, por su parte, caminó primero, como si quisiera demostrar que el valor también puede tener orejas largas.

Capítulo 6

Afuera, el desierto los recibió con su silencio enorme. Sin embargo, las rutas de luz se encendían cuando Samir sostenía la brújula. La aguja apuntaba a una línea luminosa, como un hilo de araña hecho de amanecer.

Caminaron siguiendo ese hilo. Samir se detuvo cada tanto para dibujar sobre el papel que no mentía. Mojaba la pluma de caña en la tinta de noche, y trazaba símbolos claros: una duna con forma de media luna, una piedra roja como una granada, un arbusto que olía a limón.

Cada vez que dibujaba algo verdadero, la tinta se asentaba como si encontrara su casa. Si intentaba adornar demasiado, el trazo se desvanecía, recordándole que la belleza podía nacer sin exageración.

Al segundo día, encontraron a un grupo de viajeros perdidos: una familia con dos niños y un anciano. Su camello estaba sentado como si hubiera decidido protestar por escrito.

—¡Agua! —pidió la madre, con voz seca.

Layla les dio su cantimplora sin dudar. Samir repartió dátiles. Farid, con toda la dignidad del mundo, se colocó para dar sombra.

—¿Hacia dónde iban? —preguntó Samir.

—A la Ciudad de las Cúpulas Azules —respondió el anciano—. Seguimos a un guía que prometió un atajo… y luego desapareció. Nos dejó una marca falsa en una roca.

Samir miró la roca cercana. Tenía un símbolo torcido, como una sonrisa malintencionada. El papel que no mentía, al acercarlo, se quedó inmóvil, como negándose a copiar esa trampa.

—No se preocupen —dijo Samir—. Tengo un mapa en construcción. No es perfecto, pero es honesto.

—¿Un mapa en construcción? —preguntó uno de los niños—. ¿Como una casa sin techo?

—Exacto —rió Samir—. Pero ya tiene puertas.

Los guió siguiendo las rutas de luz que la brújula mostraba. En el camino, Layla inventó un juego para los niños: buscar “señales buenas”, objetos que no engañaban: un nido, una huella fresca, una nube que anunciaba viento. Farid participó a su manera, encontrando una charca pequeña escondida entre piedras, como si su terquedad sirviera para empujar secretos.

Al atardecer, vieron a lo lejos una caravana grande, detenida. Los camellos estaban inquietos, y los hombres discutían alrededor de un poste de madera clavado en la arena con un cartel: “RUTA SEGURA”. Pero la ruta se dividía en tres, y una llevaba hacia una zona de tormentas.

—Ese cartel es una trampa —dijo Samir.

Se acercaron. Un comerciante gordo, con dedos llenos de anillos, les sonrió.

—Yo lo puse. Cobro una moneda por indicar el camino correcto —dijo, demasiado amable.

Layla frunció el ceño.

—¿Y si indicas el incorrecto?

—Eso sería… desafortunado —respondió él, como quien habla del clima.

Samir sintió una punzada. Podía ignorarlo y seguir, pero entonces otros caerían. Miró su papel y su tinta: su sueño no era solo para él.

Se acercó al poste, sacó la pluma de caña y dibujó en su hoja la escena: el poste, las tres rutas, las nubes oscuras hacia el oeste. El papel aceptó cada trazo. Luego, usando una hoja extra, dibujó un aviso sencillo, con símbolos claros para quien no supiera leer: una nube negra, un remolino, un camello asustado. Al lado, dibujó la ruta correcta con un sol pequeño.

Layla lo pegó al poste con cera de una vela que llevaba. Farid empujó el poste con la frente hasta enderezarlo.

El comerciante de anillos se enfadó.

—¡Eso arruina mi negocio!

Samir lo miró sin gritar, pero con firmeza.

—Tu negocio se alimenta del miedo. El mío se alimenta de caminos.

Entonces ocurrió algo extraño: la brújula vibró, y el aire se onduló. Detrás del poste apareció una puerta invisible, dibujada por la misma luz que seguían. La puerta se abrió y dejó escapar una ráfaga fresca, como un suspiro.

Rashid apareció al otro lado, como si la puerta lo hubiera estado esperando.

—Cuando la generosidad corrige una trampa, la magia aplaude —dijo.

El comerciante, al ver a Rashid, palideció y se alejó murmurando.

Rashid observó el aviso de Samir y asintió.

—Tu carta segura empieza a existir no cuando la dibujas, sino cuando la compartes.

Capítulo 7

De regreso a la ciudad, la caravana avanzó con más calma. La familia perdida viajaba con ellos; los niños reían y le ponían apodos a Farid: “Capitán Orejas”, “Señor Zanahoria”, “Nube con Patas”. Farid aceptaba todos, con resignación filosófica.

En la última noche antes de ver las cúpulas azules, acamparon bajo un cielo tan lleno de estrellas que parecía un mantel bordado por una abuela paciente. Samir sacó sus hojas y las extendió sobre una piedra plana.

Había dibujado rutas, señales, notas. Pero también había dejado espacio en blanco.

Layla lo notó.

—¿Por qué no lo llenas todo?

Samir tapó el frasco de tinta y miró el desierto dormido.

—Porque un mapa que pretende saberlo todo termina mintiendo. El mundo se mueve. Los ríos cambian de humor. Las dunas cambian de peinado. Dejo espacio para que otros añadan lo que descubran.

El anciano de la familia asintió.

—Eso es sabio. El conocimiento, cuando se encierra, se vuelve polvo.

Layla sonrió.

—Entonces tu mapa es como una historia: cada persona le agrega un capítulo.

Samir rió bajito.

—Y con suerte, será una historia que no asuste.

Cuando llegaron a la Ciudad de las Cúpulas Azules, Samir volvió al patio de la posada. Los viajeros se reunieron, atraídos por la noticia del “mapa que no miente”. Samir colgó una copia grande en una tabla, protegida con tela. Dejó a un lado plumas de caña y un pequeño cuaderno de notas.

—Este mapa es de todos —dijo—. Si encuentran una fuente nueva, una ruta más segura, una trampa… vuelvan y díganlo. Lo dibujaremos juntos.

Un joven viajero levantó la mano.

—¿Y cuánto cuesta?

Samir pensó en la pluma de oro. Pensó en el puente de sombras. En el aviso pegado al poste.

—Cuesta una cosa —dijo—: creatividad. Si te pierdes, no te rindas. Observa. Pregunta. Ríe si puedes. Ayuda a quien veas cansado. Y si descubres algo útil, compártelo.

Layla añadió, con humor:

—Y si ven un burro que parece capitán, ofrézcanle una zanahoria, por favor. Es parte del acuerdo.

Farid rebuznó como si firmara con sello real.

Esa noche, Samir contó la historia de la puerta sin pared, del laberinto que se abría con risas, del puente que pedía regalos de verdad y de los espejos que mostraban elecciones. Mientras hablaba, notó en un rincón a una sombra conocida: la anciana de negro. No se acercó. Solo levantó dos dedos en señal de saludo, y su mirada, por primera vez, pareció un candil destapado.

Samir comprendió entonces la moraleja, clara como agua en cuenco:

La creatividad no es solo inventar cosas nuevas; es encontrar formas generosas de mejorar lo que ya existe, convertir el miedo en risa, y abrir puertas invisibles para que otros también pasen.

Y así, en la ciudad y en el desierto, el mapa de Samir comenzó a crecer, línea a línea, como una planta luminosa alimentada por muchas manos y un solo corazón.

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Posada
Casa donde duermen y comen viajeros, como una pequeña hostería.
Brújula
Objeto que señala direcciones para saber hacia dónde ir.
Aguja
Parte fina de la brújula que muestra una dirección.
Cerradura
Mecanismo en puertas donde se coloca la llave para abrir o cerrar.
Creatividad
Capacidad de inventar ideas nuevas y originales para solucionar cosas.
Laberinto
Lugar con muchos pasillos difíciles de recorrer sin perderse.
Ingenio
Habilidad para resolver problemas con ideas rápidas y originales.
Picaporte
Parte de la puerta que se usa para abrirla o cerrarla con la mano.
Rebuzno
Sonido que hace un burro, parecido a un quejido fuerte.
Oasis
Lugar con agua y plantas en medio del desierto.
Túnica
Prenda larga y suelta que se lleva sobre el cuerpo.
Frasquito
Pequeño frasco que sirve para guardar líquidos, como una botellita.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub)

Para leer a continuación en Cuentos inspirados en las Mil y Una Noches para 11/12 años

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.