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Cuento sobre una emoción 11/12 años Lectura 19 min. Disponible en audiocuento (1)

El volcán valiente: Mateo aprende a hablar con el miedo

Mateo y sus amigos se preparan para presentar un experimento de volcán en el festival de ciencias del colegio, enfrentándose a sus miedos y aprendiendo a hablar en público mientras descubren el valor de la amistad y el apoyo mutuo.

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Hay 3 personajes: - Mateo: un niño de 11 años, con cabello castaño desordenado y gafas redondas. Lleva una camiseta azul y un pantalón corto beige. Está en el centro, sosteniendo una pequeña piedra en su mano, con una expresión determinada en su rostro. - Raúl: un niño de 11 años, con cabello negro y liso, que lleva una sudadera roja con capucha. Está ligeramente a la izquierda de Mateo, sonriendo y sosteniendo un cartón decorado para su volcán. - Diego: un niño de 11 años, con cabello rubio y pecas. Lleva una camiseta verde y jeans. Está a la derecha de Mateo, levantando los brazos en el aire, como si estuviera listo para hacer una presentación. El lugar es un aula luminosa, con paredes pintadas de amarillo y carteles coloridos sobre ciencias. Al fondo, una gran ventana deja entrar la luz del sol, iluminando una mesa de madera sobre la que hay un volcán de cartón, pintado de rojo y verde, con burbujas de "lava" de bicarbonato y vinagre que desbordan. La situación principal muestra a los tres niños presentando su volcán frente a sus compañeros, con rostros entusiastas y un poco nerviosos. Mateo, en el centro, habla en un micrófono, mientras Raúl y Diego lo animan, todos rodeados de compañeros que los miran con admiración y curiosidad. reportar un problema con esta imagen

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Duración del audiocuento: 19:52

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Capítulo 1: El anuncio

La seño Clara pegó un cartel en la pizarra que decía, en letras grandes: “Festival de ciencias del colegio”. La clase de once años se llenó de murmullos.

—Este viernes presentaréis en equipos un experimento sencillo —explicó—. Podéis elegir entre un volcán de bicarbonato, un arco iris con agua o un puente con palitos. Habrá público. Y micrófono.

Mateo sintió un cosquilleo raro en el estómago. “Público”, pensó, y la palabra se le quedó pegada por dentro, como un chicle en la suela. A su lado, Diego ya levantaba la mano:

—¡Nosotros hacemos un volcán, seño!

Raúl, el tercero de su grupo, sonrió con calma.

—Con cartón y pintura roja. Yo traigo el cartón —dijo.

—Perfecto —aprobó la seño Clara—. Recordad que lo importante no es solo el experimento. También cómo lo contáis. Respirad, mirad a alguien de confianza y hablad claro. Las emociones son parte del viaje.

Cuando sonó el timbre, Diego iba saltando como un balón:

—¡Volcán, volcán, volcaaán!

Mateo trató de sonreír, pero la sonrisa le salió pequeña.

—Yo… puedo pintar —murmuró.

—Genial —dijo Raúl, ajustándose la mochila—. Y podemos dividirnos lo que decimos. Yo explico los materiales. Diego habla del “por qué” de la reacción. ¿Y tú, Mateo?

Mateo tragó saliva.

—Yo… puedo… hacer que el volcán erupcione.

Diego le dio una palmada en la espalda.

—¡Eso es lo más emocionante! ¡Tendrás el mando del espectáculo!

Mateo asintió, aunque por dentro sentía que un montón de mini-cabrillas corrían por su barriga. Sabía el nombre de esa sensación. Miedo. Lo conocía desde la última vez que le tocó leer en voz alta y su voz le tembló como una cuerda de guitarra mal afinada.

“¿Y si me equivoco? ¿Y si me quedo callado? ¿Y si todos se ríen?”, pensó, bajando las escaleras del colegio.

Raúl, que caminaba a su lado, le miró de reojo.

—¿Todo bien?

Mateo se encogió de hombros.

—Sí… solo tengo ese “coso” aquí —se señaló el estómago.

—A mí me pasa antes de los partidos —dijo Raúl—. Mi entrenador dice que el miedo es como un guardia que se preocupa por nosotros. A veces grita demasiado. Pero si le escuchas con calma, te suelta la mano.

Mateo soltó el aire, despacio.

—Ojalá mi guardia se calle un rato.

Capítulo 2: El ensayo

Se juntaron en casa de Mateo el miércoles por la tarde. La cocina olía a galletas y la mesa estaba llena de botes: vinagre, bicarbonato, colorante rojo, un vaso estrecho.

La hermana mayor de Mateo, Inés, pasó con música bajita en el altavoz.

—No interrumpo, ¿eh? —sonrió—. Si necesitáis ayuda con cartón o con nervios, aviso.

Diego levantó el pulgar.

—Trae ayuda con nervios para el jefe de la erupción.

Mateo le lanzó una mirada que decía “no me delates”, pero Inés solo puso cara de cómplice.

—Yo tenía un miedo tremendo a leer poemas en el instituto —dijo—. Me enseñaron a contarlo: “Se llama miedo, viene cuando importa y se nota en mi respiración”. Luego hacíamos una cosa. ¿Queréis probar?

Raúl y Diego asintieron. Mateo, por vergüenza, también.

—Se llama “caja de respiración” —explicó Inés—. Imaginad que dibujáis una caja. Inhaláis contando cuatro, mantenéis cuatro, exhaláis cuatro, descansáis cuatro. Juntos.

Los cuatro levantaron el dedo al aire y dibujaron su caja imaginaria. Inhalaron. Pausa. Exhalaron. Pausa. Mateo notó que el cosquilleo en la barriga bajaba un poquito.

—Otra —pidió Diego.

Tras tres cajas, Mateo podía pensar mejor. Empezaron a ensayar.

—Yo empiezo —dijo Raúl, sosteniendo una tarjeta—: “Buenas tardes. Somos Raúl, Diego y Mateo. Hoy os mostraremos un volcán casero…”

—Luego yo —saltó Diego—: “Esto ocurre porque el bicarbonato es una base y el vinagre, un ácido. Cuando se unen, se forma gas. Y el gas…”

—¡Empuja! —completó Mateo, casi sin querer.

Raúl sonrió.

—Y tú dices: “Listos para la erupción”. Colocas el embudo y… ¡a escena!

Practicar fue divertido. El volcán, aunque era de cartón, parecía real. Pintaron grietas, pusieron musgo de esponja y una mini bandera que decía “Cuidado”.

Pero en cuanto Diego sacó el móvil e hizo como si fuera un micrófono, la garganta de Mateo se cerró un poco.

—A ver, Mateo —dijo Diego—. Haz tu parte.

Mateo cogió el vaso y notó que sus manos estaban sudando. El vinagre olía fuerte. La voz le salió bajita:

—Listos para la erupción.

Diego levantó las cejas.

—Compadre, no te oye ni una hormiga.

Raúl le tocó el hombro a Diego.

—Suave, tío. —Se giró a Mateo—. ¿Qué te dice tu guardia ahora?

Mateo se encogió.

—Que me esconda.

Inés, que seguía por ahí, se sentó en el borde de la silla.

—Podemos hacer algo. Primero, nombrarlo: “Siento miedo”. Luego, escuchar el cuerpo: “Mi corazón va rápido, mis manos sudan”. Después, decidir un gesto útil. Por ejemplo: apretar una pelota, apoyar los pies en el suelo para sentir el peso, o buscar una mirada amiga. Yo miraba siempre al profe que sonreía.

Mateo miró a Raúl, que le hacía una sonrisa diminuta y de verdad. Miró sus zapatillas. Sintió cómo la suela tocaba el suelo.

—Vale —dijo—. Siento miedo. Me late fuerte. Pero puedo intentar hablar más alto.

—Te sostengo el vaso —ofreció Raúl.

Repitieron. Esta vez, la frase salió más firme:

—¡Listos para la erupción!

El líquido rojo trepó por el borde y cayó en una espuma burbujeante. Diego aplaudió como si fuera público.

—¡Ole!

Al terminar, Raúl sacó unas tarjetitas.

—He pensado que cada uno lleve una con sus frases. Y si pasa algo, el otro sigue. En fútbol hacemos eso: si uno se bloquea, el equipo cubre.

Mateo respiró, sin la cajita imaginaria, pero despacio. Pensó que quizás no estaba solo en el escenario. En realidad, nunca.

Capítulo 3: La noche anterior

El jueves, antes de dormir, Mateo colocó su mochila a los pies de la cama. Había metido el bicarbonato, el embudo y dos botellas de vinagre, por si una se perdía. Había guardado también una piedra lisa que encontró en el parque. Inés se la había dado.

—Para llevar en el bolsillo. Si te tiembla la mano, la tocas. Es tu ancla —le dijo.

En la quietud de su cuarto, el miedo volvió a visitarlo. No era un monstruo enorme. Más bien un invitado pesado que no se iba.

“Hola, miedo —pensó—. Ya sé que estás. No hace falta que me aprietes tanto.”

Abrió su cuaderno y escribió: “Querido miedo: mañana hay festival. Me importa. Gracias por avisarme. Te pido que me acompañes, pero no me empujes. Firmado: Yo”. Le dibujó un casco de obra al miedo, como si solo estuviera para proteger.

Luego se puso frente al espejo y practicó su parte sin el volcán. Solo con las manos. Su voz rebotaba suave entre los libros y la lámpara.

—Buenas tardes —susurró—. Soy Mateo. Listos para la erupción.

Se miró a los ojos. Notó que su respiración se aceleraba al imaginar a la gente. Hizo una caja de respiración. El aire se movió como una ola lenta.

—Estoy nervioso y puedo hablar —dijo en voz baja, casi como un secreto.

Desde el pasillo, su madre asomó la cabeza.

—¿Quieres que te escuche? —preguntó.

Mateo le hizo un gesto de “tal vez un poco”.

La madre se sentó en el borde de la cama, sin prisa. Mateo repitió sus frases. Ella no dijo “perfecto” ni “maravilloso” ni nada grande. Solo:

—Te oí. Clarito. ¿Quieres un abrazo de oso, de medio oso o de colibrí?

—De medio oso —respondió Mateo, y se dejó envolver. Se acordó de algo que la seño Clara siempre decía: “Las emociones son mensajeras. No mordemos a las mensajeras. Les ofrecemos agua.”

—Un poco de agua —pidió Mateo, y su madre le trajo un vaso. El agua estaba fresca. Su barriga dejó de ser un hormiguero.

Apagó la luz con la sensación de que, aunque el miedo seguía en la habitación, ahora se había sentado en una silla, con su casco de obra, y no estaba dando vueltas como loco.

Capítulo 4: El imprevisto

El salón de actos olía a madera y a nervios. Los cursos se sentaron por filas. Había padres, abuelos, la seño Clara con su carpeta. Los focos encendidos parecían pequeños soles.

Cuando anunciaron: “Grupo de volcán: Raúl, Diego y Mateo”, el corazón de Mateo hizo pum-pum, pum-pum, más fuerte. Se tocó la piedra del bolsillo. Estaba fresca.

Subieron al escenario. Raúl sonrió al micrófono.

—Buenas tardes. Somos…

El micrófono crepitó… y se apagó. Un sonido de “pff” como globo pinchado. Raúl abrió y cerró la boca. Diego hizo un gesto al técnico. El técnico estaba en el fondo, peleando con un cable.

Mateo sintió que el miedo saltaba de la silla y se ponía de pie. “¡Público sin micrófono! ¡Imprevisto!”, gritaba.

Raúl respiró y habló sin micrófono, lo más alto que pudo:

—Somos Raúl, Diego y Mateo. Hoy vamos a…

Se escuchaba, pero justo entonces, un niño de infantil estornudó tan fuerte que dos filas rieron. Diego, que iba segundo, se quedó mirando el estornudo como si el estornudo fuera un volcán. El guion se volvió nubes en la cabeza.

Mateo notó el hueco. Miró a la seño Clara, que le sonreía con ojos chiquitos. Miró a Inés, que desde la penúltima fila le hizo el gesto de la “caja”. Dibujó su caja. Cuatro, cuatro, cuatro, cuatro. Apretó la piedra. Sus pies en el suelo. Vale.

Se adelantó medio paso. Sin pensar tanto, dijo:

—A veces los volcanes hacen ruidos raros —bromeó, señalando hacia donde había estornudado el niño—. Este no estornuda, pero sale espuma.

Varias personas rieron flojito. Diego parpadeó, volvió a sí.

—Eso —siguió Diego—. Sale espuma porque el bicarbonato es una base y…

Raúl sostenía la botella de vinagre. Mateo sintió su guardia interno bajar el volumen. “Sigue. Puedes.” Habló:

—Y ahora… —miró a las primeras filas, buscando un rostro amable. Vio a una niña de su clase, Alicia, que le hizo un pulgar arriba—. Listos para la erupción.

Su voz sonó clara. No perfecta, pero clara. Vertió el vinagre con cuidado. El volcán respondió con paciencia roja. La espuma se abrió camino despacito primero, luego más rápido, llenando el plato de cartón. Un “ooooh” colectivo nació en el salón.

Mateo sonrió, de verdad. Se dio cuenta de que estaba sonriendo mientras aún sentía el corazón rápido. El miedo no se había ido, pero estaba a su lado, con su casco, mirando la lava juntos.

Raúl remató:

—Y recordad: las reacciones suceden hasta en las cocinas. El vinagre del ensaladero y el bicarbonato de vuestros armarios pueden hacer ciencia.

Aplausos. Muchos. Mateo miró sus manos: ya no sudaban tanto.

Al bajar del escenario, Diego le susurró:

—Ese chiste del estornudo… te lo robo para siempre.

Mateo soltó una risa que le aflojó los hombros.

—Yo me quedo con tu “base y ácido”. Y con tu cara cuando se apagó el micro —bromeó.

La seño Clara se acercó a la salida, con una mirada que decía “lo vi todo”.

—¿Qué aprendisteis? —preguntó, sin darles su conclusión.

Raúl respondió:

—Que, si una parte se cae, el equipo levanta.

Diego añadió:

—Que el público también respira.

Mateo miró su bolsillo, sintió la piedra, y dijo:

—Que puedo tener miedo y, aun así, hablar.

Capítulo 5: Después de la erupción

En el patio, durante el recreo, otros equipos se agrupaban para comentar. El de arco iris había salido precioso, el del puente aguantó más peso del que esperaban. Había risas, abrazos, y también alguna cara tensa.

Sentado en un banco, Adrián, de su clase, arrugaba un papel. Su equipo presentaba después del recreo, y él tenía que hacer la introducción. Sus dedos apretaban el papel hasta casi romperlo.

Mateo se acercó con Raúl y Diego.

—¿Todo bien? —preguntó Raúl.

Adrián se encogió, igual que antes se encogió Mateo.

—Tengo miedo. Me sudan las manos. Me sé lo que tengo que decir, pero… me quedo en blanco.

—El blanco se llena —dijo Diego—. Antes se nos fue el micro.

Mateo se sentó a su lado, sin prisa.

—A mí me temblaba la voz. ¿Quieres probar algo que hice? Es raro, pero ayuda.

—¿Qué? —preguntó Adrián, con los ojos grandes.

—Dibujar una caja de respiración. Cuatro tiempos. Y tocar algo que te ancle. Yo tengo una piedra, pero puede ser tu banco, tus zapatillas.

Adrián imitó la caja en el aire. Inhaló. Mantuvo. Exhaló. Pausa. Se apoyó con los pies firmes. Diego miró alrededor.

—Además, busquen a alguien que les sonría en el público. Yo miré a una abuela con bufanda de flores y me calmé.

Adrián soltó una risita que le hizo bien.

—¿Y si me equivoco?

Raúl le encogió los hombros, con serenidad.

—Dirás “uy” y seguirás. No es un examen de robots. Es ciencia de personas.

Mateo añadió:

—Puedes empezar diciendo que estás nervioso. A veces decirlo en voz alta hace que se haga pequeño.

Adrián respiró otra vez. El papel dejó de pelear con sus manos.

—Gracias. ¿Podéis escucharme una vez? —pidió.

Los tres asentieron. Adrián se levantó y ensayó su introducción. Se trabó en una palabra, dijo “uy”, sonrió y continuó. Al final, se quedó quieto.

—¿Qué tal? —preguntó.

—Te oí clarito —dijo Mateo—. Igualito que yo anoche.

En ese momento, Inés apareció con una bolsa de mandarinas y la dejó en el banco como si fueran medallas.

—Para los científicos —dijo—. Vitamina C para los nervios.

Diego peló una, ofreciéndole un gajo a Adrián. Hablaron de otras cosas: del partido del sábado, de una película tonta, del olor a pegamento del aula de plástica. El miedo, al parecer, también se alimentaba de compañía tranquila y de mandarinas.

Capítulo 6: Cartas al miedo

El lunes siguiente, la seño Clara pidió una tarea rara.

—Quiero que escribáis una carta a una emoción. La que queráis. No para pelearos. Para hablarle. Decidle cuándo os visita, para qué creéis que sirve, y qué os ayuda a convivir con ella.

En el silencio del aula, los bolígrafos empezaron a cantar. Mateo apoyó el suyo con cuidado y escribió:

“Querido miedo:

Sé que vienes cuando algo me importa. Eres como un guardia con casco que a veces grita demasiado. Te noto en mis manos, en mi barriga, en mi garganta. A veces me dices: “Escóndete”. Otras veces, solo: “Cuidado”.

El viernes viniste al salón de actos. Te sentaste conmigo y me hiciste compañía, aunque al principio te pusiste pesado. Yo te miré. Te hice una caja con aire. Toqué una piedra. Busqué ojos de amigos. Hablé despacio. Dijiste: “Ay, vale”. Me dejaste hablar.

No te quiero echar de mi vida. Solo te pido algo: que no conduzcas. Puedes ir en el asiento de atrás, con cinturón. Si hay perro peligroso, me avisas. Si hay micro apagado, me ayudas a reír. Si no estoy en peligro, te sientas y me dejas probar.

Gracias por cuidarme. Yo también te cuido.

Mateo.”

Levantó la vista. Diego fruncía el ceño, una lengua de lado, escribiendo: “Querida emoción de risa, gracias por aparecer en momentos raros, como los estornudos.” Raúl, serio, escribía despacio, quizá a la paciencia o a la calma.

La seño Clara no les obligó a leerlas. Solo pidió voluntarios. Alicia leyó una carta a la rabia. Adrián, más tarde, levantó la mano y leyó una linea de la suya al miedo: “Si me equivoco, no me muerdas. Dame la mano.”

Cuando sonó el timbre, Diego guardó su carta doblada.

—¿Sabes? —le dijo a Mateo—. Cuando me toque hacer de rey mago en Navidad y me dé vergüenza la barba, me voy a acordar de la caja. Y de la piedra. Y del estornudo.

Raúl cerró su cuaderno con un golpe suave.

—Yo me acordaré de que no voy solo. Si me bloqueo, os miro.

Mateo apretó la piedra en el bolsillo, ya tibia de tanto tocarla.

—Yo me acordaré de que tener miedo no es fallar. Es sentir. Y que sentir es parte de estar vivo.

Salieron al patio. El cielo estaba del color del agua, con nubes ligeras como el vapor del vinagre. Corrieron tras un balón que alguien había tirado, todavía riéndose de nada y de todo. El miedo, ese guardia con casco, caminó unos pasos detrás, más tranquilo. A veces, al pasar cerca, les tocaba el hombro. Y ellos, sin enfadarse, le mostraban la caja en el aire, respiraban juntos y seguían jugando. Porque así son los días: con emociones, con amigos, con pequeños volcanes que nos enseñan que, incluso cuando la voz tiembla, podemos decir “listos para la erupción” y vivir lo que viene.

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Sustancia química que se utiliza en la cocina y en experimentos científicos, especialmente para producir gas.
Emoción
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