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Cuento disparatado y absurdo 11/12 años Lectura 19 min.

El volcán de espuma y la gota más lenta del mundo

Alma y Leo descubren un volcán de espuma escondido en el museo que provoca burbujas y travesuras, y con ingenio y libros se embarcan en una aventura inesperada para controlar su desorden.

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Alma, niña de 12 años, alegre y asombrada, con dos trenzas, sudadera amarilla y zapatillas azules, emerge riendo de una nube de espuma blanca y rosa sosteniendo un gran libro azul gastado; Leo, chico de 12, sorprendido y divertido, pelo castaño alborotado y camiseta verde, está a la izquierda señalando una burbuja en la frente de Alma y con una pequeña burbuja de espuma en la mejilla; Don Burbujón, hombre de 40‑50 años, serio pero benevolente, con pequeño bigote, casco fluorescente y chaleco naranja, está a la derecha junto a una compuerta metálica, con una libreta y un silbato; el gimnasio se ha transformado en un volcán de espuma con una montaña central de espuma brillante, burbujas gigantes translúcidas rosadas y blancas, paneles metálicos, luces neón rosas y una puerta de mantenimiento calzada con un gran libro rojo; escena principal: Alma sale por un tobogán túnel de espuma entre burbujas que estallan en purpurina, Leo la mira maravillado y Don Burbujón protege la compuerta con el libro, ambiente divertido, colores vivos y expresiones kawaii. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La carrera de la gota más lenta del mundo

La gota cayó. No “plop”. Más bien “plooooo…”. Tardó tanto en decidirse que Alma, 12 años, se quedó mirándola como si fuera una serie en cámara súper lenta.

Estaba en el Museo Municipal de Cosas Rarísimas (que en realidad era el centro cultural de su barrio, pero alguien había escrito “Museo” con rotulador gordo y ya nadie se atrevía a borrarlo). Alma había ido con su clase, y en ese instante se había despegado del grupo para observar un grifo que goteaba sobre un cubo.

—¿Por qué no cae? —susurró, como si la gota pudiera sentirse presionada.

La gota, por fin, soltó un milímetro y se quedó colgando, temblorosa y orgullosa.

—¡Vamos, campeona! —animó Alma—. Tú puedes. Tú… puedes…

A su lado apareció Leo, su amigo, que siempre tenía cara de estar pensando en una broma.

—¿Estás viendo… agua? —preguntó, incrédulo.

—No es “agua”. Es “una decisión en proceso”.

Leo miró el grifo como si fuera a aplaudirle.

—Si tarda un poco más, le ponemos nombre.

—Se llama Goti —dijo Alma, sin pestañear.

Goti, como si entendiera, decidió caer. Y al caer, en vez de hacer “plop”, hizo “ping”, como una campanita diminuta.

El cubo vibró.

Luego, el suelo vibró.

Y luego, el cubo… se deslizó solo, como si tuviera patines invisibles, y se apartó del grifo con una dignidad sospechosa.

—Eso… no lo enseñan en Ciencias Naturales —murmuró Leo.

Del cubo salió una burbuja, grande como una sandía, hecha de espuma perfumada a chicle. La burbuja subió, giró y explotó en el aire con un “puf” alegre, dejando caer un papelito.

Alma lo atrapó.

En el papel, con letras torcidas, ponía: “OFERTA ESPECIAL: VOLCÁN DE ESPUMA. ENTRADA POR LA PUERTA DE MANTENIMIENTO. TRAER VALENTÍA Y UNA TOALLA. P.D.: SI ERES ALMA, MEJOR.”

—¿Cómo saben tu nombre? —preguntó Leo, abriendo los ojos.

—Tal vez soy famosa en el mundo del goteo —dijo Alma, y una sonrisa le saltó a la cara como un resorte—. Vamos.

—¿A dónde?

Alma señaló una puerta al fondo, con un cartel que decía “MANTENIMIENTO” y otro debajo que decía “NO ENTRAR”. El segundo estaba doblado, como si alguien lo hubiera intentado guardar en el bolsillo y se hubiera rendido a mitad.

—A donde dicen que no entremos —respondió Alma, con energía de cohete.

Leo suspiró, como quien se mete en una piscina fría: con queja, pero se mete.

—Si nos regañan, tú dices que fue idea de Goti.

Capítulo 2: La puerta que se creía tambor

La puerta de mantenimiento no era misteriosa. Era más bien… ofendida. Tenía pintura descascarillada y una mancha con forma de patata. Alma empujó.

La puerta hizo “¡BOOOM!”, como si dentro hubiera un grupo ensayando percusión.

—¿Desde cuándo las puertas hacen eso? —susurró Leo.

—Desde que se sienten artistas —contestó Alma.

Empujaron otra vez. “¡BOOOM!”

Alma se puso seria, como una investigadora en una peli.

—Necesita… un calzo.

Miró alrededor. Había cajas, un carrito con ruedas, una escoba triste y una estantería con libros viejos, de esos que nadie presta porque huelen a aventura guardada demasiado tiempo.

Alma agarró un libro gordo de tapa azul. El título decía: “Manual de Cosas Que No Deben Pasar”.

—Perfecto —dijo—. Si no deben pasar, entonces están a punto de pasar.

—Eso no tiene lógica —murmuró Leo.

—Claro que sí. Es la lógica del museo.

Alma colocó el libro en el suelo, junto a la puerta, como si estuviera poniéndole una almohada.

—Quieto ahí, Manual —ordenó—. Tu misión es evitar que la puerta se cierre y nos deje fuera o dentro o… en una dimensión incómoda.

Empujó de nuevo. La puerta se abrió y, gracias al libro, se quedó sujeta, como un monstruo domado por la lectura.

—¡Funciona! —dijo Leo—. Un libro haciendo de tope. Mi madre estaría orgullosa.

Del otro lado no había un cuarto normal. Había un pasillo con luces que parpadeaban como guiños. El aire olía a jabón de fresa.

Y al final del pasillo… se oía un sonido muy raro: “fssssss… blup… fssss… ¡prrrt!”

—Eso suena… educado y maleducado a la vez —opinó Leo.

Alma avanzó sin dudar. Cada paso hacía “chof”, aunque el suelo estaba seco. Eso ya era una pista clara de que el lugar tenía sentido del humor.

Al llegar al final, encontraron otra puerta. Esta sí tenía un dibujo: un volcán, pero en vez de lava, tenía espuma. Y una flecha que decía “ENTRADA”.

Alma tocó el picaporte.

El picaporte estaba tibio. Como si estuviera sonriendo.

—Si esto explota, prométeme que gritarás mi nombre de forma heroica —pidió Leo.

—Prometo gritarlo de forma cómica —respondió Alma, y abrió.

Capítulo 3: El volcán que eructaba burbujas

Entraron en una sala enorme, parecida a un gimnasio, pero en el centro había una montaña de espuma blanca y brillante. Era un volcán, sí, pero un volcán que olía a chicle y sonaba como una cafetera contenta.

De su cráter salían burbujas gigantes que flotaban un segundo y estallaban en “pof” con la alegría de un globo que no sabe guardar secretos.

—Esto es… —Leo buscó la palabra— …demasiado.

—Esto es justo lo necesario —corrigió Alma, con los ojos brillantes.

A un lado había un señor con chaleco fluorescente, bigote fino y un casco que decía “SUPERVISOR DE ESPUMA”. Sostenía una libreta y un silbato.

—¡Ah! —exclamó al verlos—. ¡Alma! Llegas a tiempo.

—¿Usted quién es? —preguntó Alma, pero sin miedo, como quien pregunta la hora.

—Me llaman Don Burbujón —dijo él, haciendo una reverencia que casi lo hace resbalar—. Responsable oficial de que lo imposible ocurra de manera segura y con buena fragancia.

Leo levantó una mano.

—Disculpe, ¿esto es… legal?

Don Burbujón lo miró como si hubiera dicho una palabra antigua.

—Es… municipal.

En una esquina había un cartel: “VOLCÁN DE ESPUMA: EXPERIMENTO ARTÍSTICO-CIENTÍFICO. NO LAMER (AUNQUE TIENTE).”

—¿Por qué nos buscaba? —insistió Alma.

Don Burbujón consultó su libreta.

—Porque el volcán está a punto de hacer… la Gran Erupción Espumosa, y necesito una persona energética que no se asuste de la espuma y que sea capaz de… —bajó la voz— calzar una puerta con un libro.

Leo apuntó a Alma con el dedo.

—Ella ya lo hizo. Con un manual.

Don Burbujón se llevó una mano al pecho, emocionado.

—¡Qué profesionalidad tan precoz!

Alma cruzó los brazos.

—¿Qué puerta?

Don Burbujón señaló una compuerta metálica junto al volcán, con un letrero: “SALIDA DE EMERGENCIA (A VECES ENTRA LA ESPUMA).”

—Cada vez que el volcán se anima demasiado, la espuma intenta escapar por ahí y hace cosquillas a la alarma. La alarma se ríe, se descontrola y llama a los bomberos… y los bomberos no disfrutan cuando los llaman para una montaña de champú.

—Tiene sentido —dijo Alma, porque en ese lugar, eso sí lo tenía.

En ese momento, el volcán hizo un sonido como un estornudo gigante.

—¡AAACHÚ… POF! —y lanzó una nube de espuma que cayó lenta, como una manta.

Leo recibió un copo en la nariz.

—Ahora huelo a fresa. No estoy seguro de cómo sentirme al respecto.

Don Burbujón sopló el silbato.

—¡Posiciones! Alma, tú cerca de la compuerta. Leo, tú… haz lo que hacen los ayudantes valientes: observa y comenta.

—Eso se me da excelente —dijo Leo.

Alma caminó hacia la compuerta. A cada paso, la espuma le subía un poquito por las zapatillas, como si la saludara.

—Hola, espuma —dijo Alma—. No me caes mal, pero no te escapes sin permiso.

La espuma burbujeó, como si riera.

Capítulo 4: La misión del libro tope

La compuerta tenía una manija y un muelle que la hacía cerrarse con fuerza. Y a su lado, una rendija por donde ya asomaba espuma, ansiosa, como un perro mirando por debajo de la puerta de la cocina.

—Necesitamos mantenerla entreabierta, pero controlada —explicó Don Burbujón—. Si se cierra del todo, la presión hace que el volcán… se ofenda. Si se abre demasiado, la espuma se va de paseo por el museo y se mete en la sala de cerámicas. Y luego tenemos jarrones con bigote.

Alma asintió. Plan claro: ni mucho ni poco. Como cuando te echas ketchup.

—¿Y el libro? —preguntó.

Don Burbujón le entregó otro volumen, aún más grueso, con tapa roja: “Enciclopedia Breve de Puertas Caprichosas (Tomo 7 de 7)”.

—¿Breve? —repitió Leo—. Eso es un ladrillo con letras.

—En el mundo de las puertas, todo es relativo —respondió Don Burbujón.

El volcán volvió a rugir, pero no como un monstruo, sino como una barriga con hambre.

—Brrrrruuup.

—¿Acaba de… eructar? —preguntó Alma.

—Sí —dijo Don Burbujón, sin inmutarse—. Es un volcán con modales mejorables.

La espuma salió en una ola suave y resbaladiza, avanzando hacia la compuerta. Alma se colocó frente a ella, el libro en las manos, preparada.

La compuerta se abrió un poco con la presión: “ñiiii”.

—¡Ahora! —gritó Don Burbujón.

Alma metió el libro como cuña, con precisión de jugadora de hockey, pero sin hockey. El libro se quedó trabado.

La compuerta intentó cerrarse. No pudo. La espuma intentó salir. No pudo del todo. Quedó una ranura exacta, como una sonrisa controlada.

—¡Perfecto! —dijo Don Burbujón—. Has encontrado el ángulo de la serenidad.

Leo se acercó, fascinadísimo.

—Estoy viendo un libro detener una puerta y una puerta detener espuma. Es como una cadena alimenticia rara.

Alma apoyó una mano sobre la compuerta. Estaba vibrando.

—Siento que la espuma está… empujando.

—Está emocionada —explicó Don Burbujón—. Cuando está emocionada, se cree lava. Pero es espuma, así que su drama es suave.

El volcán hizo otro “brrrrruup”, más grande. La espuma subió y subió, formando una especie de ola que se quedó suspendida en el aire un segundo, como si estuviera posando para una foto.

Y entonces… ¡plaf! cayó encima de Alma.

No fue peligroso. Fue como caer en un montón de almohadas perfumadas. Pero Alma desapareció bajo una cúpula espumosa, y solo se veía una zapatilla moviéndose, como un pez en un acuario de champú.

—¡Alma! —gritó Leo—. ¡Te ha comido el jabón!

Desde dentro se oyó su voz, amortiguada:

—¡Estoy bien! ¡Esto hace cosquillas en las orejas!

Don Burbujón se llevó el silbato a la boca, dudó y decidió no pitar.

—Esto pasa a veces —dijo con calma—. El volcán elige a alguien para… un abrazo.

La espuma se infló alrededor de Alma, creando un túnel, como si el volcán la invitara a entrar en su interior.

—¡Oye! —dijo Leo—. ¡Eso parece una trampa de parque acuático!

Alma, que era energética incluso cuando estaba enterrada, avanzó gateando por el túnel espumoso.

—Si el volcán me abraza, yo lo abrazo de vuelta —dijo—. Pero sin babas.

Y, sin querer, se deslizó.

Capítulo 5: Dentro del falso volcán

Alma cayó por un tobogán de espuma. No rápido: la espuma era tan densa que la bajada era como ir en una escalera mecánica perezosa.

—Voy… bajaaaando… —canturreó ella—. Bajando… bajand— ¡achís!

Estornudó y salió disparada una nube de burbujitas, como confeti. La espuma respondió con un “prrrt” juguetón.

—¡Qué educación tan… creativa tienes! —le dijo Alma al volcán.

El interior no era de roca. Era una cueva blanda, brillante, con paredes que parecían merengue. Había objetos atrapados aquí y allá: una chancla, un paraguas, una pelota de tenis… y, sorprendentemente, una etiqueta que decía “PROPIEDAD DEL MUSEO. NO PERDER”.

—Un volcán ordenado. Eso sí es nuevo —dijo Alma.

A lo lejos vio una puerta pequeña, como una salida de servicio. Y justo en esa puerta, una alarma con una luz roja que parpadeaba alegremente, como si estuviera contando un chiste.

La puerta temblaba. La espuma la empujaba desde dentro y también desde fuera, como si todo el universo quisiera colarse por la rendija.

Alma se acercó. La puerta intentó cerrarse y abrirse al mismo tiempo, haciendo un “clac-clac-clac” nervioso.

—Tranquila —le dijo Alma—. No hace falta bailar.

En el suelo había… otro libro. Uno mojado, hinchado, con las páginas pegadas como panqueques.

Alma lo levantó. Se podía leer, con dificultad: “Cómo Mantener la Calma Cuando Todo Es Pegajoso”.

—Me está dando instrucciones la vida —murmuró.

La puerta hizo “clac” fuerte y se movió un centímetro.

Alma entendió: necesitaba calzar esa puerta también, desde dentro, para que el volcán dejara de empujarla como si fuera un juego.

Apoyó el libro en el suelo, con cuidado, y lo empujó bajo la puerta.

—Tú, libro calmante, ahora eres un héroe —susurró—. No te quejes.

La puerta se quedó quieta. El “clac-clac” se convirtió en un simple “clic” satisfecho. La alarma, ofendida por no tener drama, dejó de parpadear como loca y empezó a parpadear normal. Si una alarma pudiera bostezar, habría bostezado.

La espuma, al sentir que ya no había pelea, dejó de apretar y se acomodó como un gato gigante.

Alma se sentó un momento, respirando. Olía a fresa y a victoria.

—Vale —dijo—. Ahora solo tengo que salir.

En ese instante, una burbuja enorme apareció frente a ella. Dentro, como en una pantalla, vio a Leo y a Don Burbujón al otro lado, mirándola.

Leo pegó la cara a la burbuja.

—¡Estás viva! ¡Y estás… muy brillante!

Don Burbujón levantó el pulgar.

—¡Excelente calzado interno! ¡Eso suena rarísimo, pero es correcto!

Alma habló a la burbuja.

—He calzado otra puerta con un libro. Estoy oficialmente en mi etapa de “Arquitecta de Emergencias”.

Leo señaló algo detrás de ella.

—¿Y esa… escalera de espuma?

Alma se giró. Donde antes había pared de merengue, ahora había escalones formándose, lentos y suaves, como si el volcán los estuviera amasando con paciencia.

—Parece que el volcán quiere que suba por ahí —dijo Alma—. Qué considerado. Un volcán con buen servicio al cliente.

Subió. Cada escalón hacía “puf” y la impulsaba un poquito, como si la aplaudiera en silencio.

Capítulo 6: Una salida, dos puertas y un final que se desacelera

Alma emergió del volcán por la parte de arriba, justo cuando el volcán soltó su última erupción: no una explosión, sino un suspiro espumoso, como quien se estira antes de dormir.

—Fffff… —y una lluvia de burbujas cayó suave, sin prisa.

Leo corrió hacia ella.

—¡Pareces un helado de nata con piernas!

Alma se sacudió. La espuma voló en copos diminutos. Uno se le quedó a Leo en la ceja, como una ceja nueva.

—Ahora tienes doble expresión facial —le dijo ella—. Úsala con responsabilidad.

Don Burbujón consultó su libreta, satisfecho.

—La presión está estable. La compuerta está contenta. La alarma está… aburrida. Perfecto.

Alma miró la compuerta de emergencia, donde seguía el libro rojo haciendo de cuña, firme como un guardián.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora —dijo Don Burbujón— devolvemos los libros a su lugar… cuando se sequen. Y ustedes vuelven con su clase, como si nada.

Leo levantó una mano.

—¿Como si nada? Yo huelo a fresa y he visto un volcán eructar.

—Detalles —dijo Don Burbujón—. La vida está llena.

Alma recordó la primera puerta, la de mantenimiento, y el manual azul que había dejado calzándola.

—¡Mi libro tope! —dijo, y corrió por el pasillo.

El pasillo ya no parpadeaba tanto. Las luces parecían cansadas, como si también quisieran irse a merendar.

Llegaron a la puerta de mantenimiento. El “Manual de Cosas Que No Deben Pasar” seguía ahí, aguantando como un campeón.

Alma lo recogió con cuidado. Estaba seco y orgulloso.

—Buen trabajo, Manual —le dijo—. Has permitido que pasen cosas que no debían pasar. Pero han pasado bien.

Leo abrió la puerta lo justo para asomarse al museo. Se oían voces de su clase, lejanas. La excursión seguía como si el mundo no hubiera decidido ponerse espumoso.

—Volvemos —dijo Leo—. Antes de que la profe nos convierta en tarea extra.

Salieron. Alma cerró la puerta, esta vez sin “BOOOM”. Solo hizo un “clic” tímido, como si la puerta quisiera portarse.

Caminaron hacia su grupo. Alma notó que, aunque tenía energía de sobra, el cuerpo se le estaba relajando. La espuma le había dejado el cerebro suavecito, como almohada recién sacudida.

Leo bajó la voz.

—¿Crees que volverá a pasar?

Alma miró el techo del museo, donde una burbuja rezagada flotaba despacio, despacísimo, como la gota del principio pero al revés.

—Si pasa —dijo—, que sea con un libro cerca.

La burbuja se deshizo sin ruido. Casi como un suspiro.

Y, por primera vez en toda la tarde, Alma caminó sin correr, acompañando el paso de su clase, mientras el olor a fresa se iba quedando atrás, poquito a poco, como una canción que termina despacio para que te dé tiempo a sonreír.

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Un bolígrafo grueso que sirve para escribir o dibujar con tinta visible.
Percusión
Familia de instrumentos que se tocan golpeándolos, como tambores o platos.
Compuerta
Una puerta metálica o fuerte que controla el paso de algo, como agua o espuma.
Muelle
Una pieza en espiral que devuelve fuerza, hace que algo cierre o rebote.
Cuña
Objeto que se mete para sujetar algo y evitar que se cierre o se mueva.
Eructar
Sacar aire del estómago por la boca con un sonido fuerte.
Fragancia
Olor agradable y tenue que desprende algo, como jabón o perfume.
Serenidad
Estado de calma y tranquilidad en una persona o en una situación.
Precoz
Que sucede antes de lo normal, especialmente en una persona joven.
Enciclopedia Breve de Puertas Caprichosas (Tomo 7 de 7)
Título de un libro que reúne información sobre puertas especiales y raras.

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