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Cuento sobre las vacaciones de verano 7/8 años Lectura 16 min.

El verano de los pequeños intentos

Mateo, un niño tímido, pasa el verano en un centro de ocio donde enfrenta pequeños miedos, hace amigos y aprende poco a poco a atreverse a probar cosas nuevas.

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Un niño de 8 años, Mateo, sonríe tímido y sostiene maracas de plástico corriendo hacia su amigo; Miguel, también de 8 años, lo recibe alegre con una postal en la mano junto a una piedra a orillas de un pequeño lago; la madre de Mateo, en sus treinta, está sentada en una manta de picnic a la izquierda, aplaudiendo; atardecer sobre el lago con agua naranja y rosa, hierba con margaritas, un sendero de guijarros, bancos de madera, luciérnagas, una cometa roja en la hierba, manteles a cuadros, platos de cartón y farolillos colgados, reunión de picnic de fin de verano, ambiente cálido y festivo. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1

El sol entraba por la ventana como un brillo suave. Mateo, de ocho años, se sentó en el borde de la cama. Miró su mochila azul. Dentro había una botella de agua, una gorra con dibujos de estrellas y un cuaderno para escribir. Su mamá lo llamó desde la cocina: "¿Listo para el centro de ocio, Mateo?" Él abrió la puerta y respiró hondo.

—No sé si podré —dijo bajito—. ¿Y si me pierdo? ¿Y si no conozco a nadie?

Su mamá sonrió y le acarició el pelo.

—Hoy es el primer día, cariño. Solo recuerda: respira, pregunta y sé amable. Está bien sentir nervios.

Mateo se puso la gorra. En el camino al centro de ocio, el aire olía a pan recién hecho y a flores del jardín. Los pájaros cantaban. Todo parecía grande y nuevo. Cuando llegaron al centro, había carteles con colores y niños que reían. Mateo sintió un nudo en el estómago, pero también notó que la brisa le pegaba en la cara como una caricia.

La monitora, Carla, les dio la bienvenida con una voz suave.

—Bienvenidos, bienvenidos. Hoy haremos juegos, pintaremos y iremos al patio. Si te sientes incómodo, ven y dímelo. Aquí estamos para ayudarnos.

Un niño con una camiseta roja se acercó y dijo:

—Hola, soy Pablo. ¿Quieres jugar conmigo?

Mateo abrió la boca, pero el nudo del estómago le apretó. Iba a decir que no. En vez de eso, salió un murmullo:

—Sí, vale.

Caminaron hacia el patio. Había bancos de madera, una fuente pequeña que hacía un murmullo de agua y una mesa para pintar. El sol calentaba la espalda de Mateo. Al principio estava callado, pero cuando Pablo le contó un chiste de una rana que quería volar, Mateo sonrió. Poco a poco, la piedra del nudo se hizo más pequeña.

Antes de volver a casa, la monitora entregó a cada niño una postal en blanco.

—Escribe una frase para un amigo —dijo—. Puede ser sobre tu primer día. Mañana las ponemos en el mural.

Mateo miró la postal. Pensó en su mejor amigo, Miguel, que se quedó en el pueblo con su abuela. Mateo sentía como si una parte de él no estuviera en este centro. Sentía la falta de Miguel como un hueco cálido. Se sentó bajo un árbol, mientras las hojas hacían sombra y un olor a hierba recién cortada subía.

Sacó su lápiz. "¿Qué le cuento?", se preguntó. Las palabras se le enredaron.

—Escribe lo que sientes —dijo Pablo, que volvía con su madre—. A Miguel le gustará saber cómo hueles el verano desde aquí.

Mateo rió. Esa imagen le hizo sentir mejor. Escribió despacio: "Hola Miguel, hoy fui al centro de ocio. Huele a pan y hojas. Hice un amigo que se llama Pablo. Te echo de menos."

No es todo, pensó Mateo, y dibujó una rana con una pequeña corona. Cuando la monitora recogió las postales, le sonrió.

—Muy bonito —dijo—. Mañana la pondremos en el mural.

Esa noche, en la cama, Mateo pensó en el centro. Sintió orgullo y un poco de cansancio. Antes de dormir, tomó otra hoja de papel y escribió un mensaje más largo para Miguel. Quería contarle todo con calma.

Capítulo 2

Las mañanas siguieron con juegos y risas. El centro de ocio funcionaba todo el verano. Tenía actividades diferentes cada día: pintura, teatro, cuentos sentados en un círculo, juegos con pelotas y pequeños experimentos con agua y arena. Mateo comenzó a conocer a más niños. Algunos eran ruidosos; otros hablaban despacio. Él se quedaba un poco atrás a veces, mirando los movimientos y observando.

Una tarde, la monitora anunció una actividad nueva:

—Hoy haremos una pequeña obra de teatro. Cada uno elegirá un personaje y ensayaremos.

Mateo tragó saliva. Hacer teatro le parecía difícil. Tenía que hablar frente a otros. El pensamiento le dio un mareo suave. Vio a Pablo levantar la mano y decir:

—Quiero ser el príncipe sapo.

Otra niña, Ana, dijo:

—Yo seré la princesa.

Mateo pensó en no participar. Tenía miedo de olvidar sus líneas. Le vino a la memoria la tarjeta que había escrito a Miguel. Pensó que Miguel le diría que lo intentara. Respiró hondo y levantó la mano:

—Yo... puedo ayudar con las cajas y los sombreros —dijo.

La monitora se acercó y le susurró:

—Si quieres, puedes ser el cuentacuentos. No hace falta gritar. Solo pon tu voz como si contaras a un amigo.

Mateo sonrió. La idea de contar historias le gustaba. En casa, a veces contaba historias pequeñas sobre nubes que se convertían en gatos. Se apuntó como cuentacuentos. Ese día, practicaron en un rincón con cojines. La voz de Mateo tembló al principio:

—Había una vez... —dijo—...una nube que quería bajar a bailar.

Los niños escuchaban en silencio. Lo que más le gustó fue ver las caras atentas. Cuando terminó, alguien aplaudió. Fue un aplauso tibio, pero para Mateo fue un sol.

Después del ensayo, Mateo fue al rincón de manualidades. La mesa olía a pegamento y a pintura. Una niña llamada Sara le mostró cómo hacer maracas con botellas y arroz. Mateo llenó la suya con cuidado. Al empezar a agitar, el sonido le pareció un ritmo de fiesta suave. Sonrió.

Pero no todo fue fácil. Un día, el centro organizó una caminata corta por el campo cercano. Había que cruzar un prado con flores. Mateo miró el camino y el cielo se sintió enorme. Se preocupó por alejarse, por torcerse un tobillo o por no encontrar a su grupo. Su corazón empezó a latir rápido.

—Ven, Mateo —dijo la monitora—. Iremos despacio. Yo estoy contigo.

Le tomaron de la mano y caminaron entre mariposas. El sol calentaba la piel y el olor a trébol llenaba el aire. Mateo vio una mariquita en una hoja. Dejó que su curiosidad ganara. Se inclinó y casi olvidó el miedo. El grupo hizo un descanso bajo un árbol. Allí, Mateo comió una naranja que sabía a verano. El nerviosismo se fue transformando en una sensación de logro pequeño, como un escalón que subes con cuidado. Se sintió más valiente.

Esa noche, escribió otra postal a Miguel. En las cartas escribió frases cortas: "Hoy vi una mariquita. Fui cuentacuentos. Hice maracas. El prado olía a trébol. Te espero el martes." Al doblar la hoja, respiró y pensó que, aunque le costara, cada día era un intento que valía la pena.

Capítulo 3

Una mañana hicieron un concurso de cocina sencilla. Los niños prepararon sándwiches creativos. A Mateo le tocó mezclar la crema de queso con hierbas. Tenía que usar una cuchara grande. Su mano tembló casi imperceptiblemente porque no quería tirar nada. Pensó que si estropeaba la mezcla, los demás se enfadarían.

—Tranquilo, Mateo —le dijo la monitora—. Toma tu tiempo.

Puso la música del centro, una canción alegre de verano. La cocina olía a pan y a limón. Mateo cerró los ojos un segundo. Recordó cuando Miguel le enseñó a untar mantequilla sin romper el pan. Sonrió y empezó a mezclar despacio. Su mano encontró el ritmo. Cuando terminaron, los sándwiches tenían formas divertidas, con caritas hechas de aceitunas y rodajas de tomate.

Al probar su sándwich, Mateo sintió una calidez en el pecho. "Lo logré", pensó. Se sentía un poco más capaz.

Una tarde, invitaron a los niños a hacer una excursión al pequeño lago del pueblo. Era un lugar cercano donde cada verano la gente iba a pasear. Mateo escuchó las señales: "No te acerques solo", "permanece en el grupo". Sabía que debía seguir las indicaciones, pero dentro de él había una parte que quería mirar el agua silenciosamente. Mientras caminaban, vio a lo lejos una cometa roja que volaba y a niños que reían mientras corrían. El centro colocó unos bancos cerca del lago para descansar. Mateo se sentó y observó su reflejo en el agua. El viento refrescaba su cara. Cerró los ojos y escuchó la música del lago: una mezcla de ranas, hojas y voces lejanas.

De pronto, escuchó un ruido de petardeo. Un grupo de niños estaba construyendo un pequeño barco con palitos y pegamento. Mateo se acercó tímidamente. Uno de los niños rompió un palito sin querer y empezó a llorar.

—No pasa nada —dijo Mateo—. Podemos usar este.

El niño miró sorprendido. Mateo ofreció un palito que había escondido en su bolsillo por si acaso. Ese gesto simple le dio una sensación curiosa: ayudar no le quitó nada, y además le gustó la mirada agradecida. Hizo una amistad inesperada con Juli, que era de otra escuela.

Al volver al centro, la monitora les propuso escribir en el mural del verano algo que habían aprendido.

—Puede ser una palabra, un dibujo, una sensación —explicó.

Mateo pensó en todas sus pequeñas victorias: el cuentacuentos, la caminata, el sándwich, ayudar a Juli. Tomó un color verde y escribió con letra lenta: "Intentar". Luego dibujó una pequeña rana con una corona y una cometa roja. Se sintió orgulloso. Esa noche, en su postal, escribió: "Hoy ayudé a construir un barco. Me llamo Mateo el Intentador. ¿Y tú?"

Capítulo 4

El verano avanzaba. Hubo días de viento y días de calma. Mateo aprendía a respirar antes de hablar. Empezó a notar que muchos niños también tenían miedos pequeños. Ana le confesó que le daba miedo subirse a la tirolina. Pablo dijo que le costaba levantarse temprano. Mateo sintió que no estaba solo en sus dudas.

Un día, anunciaron el gran día de la fiesta de verano en el centro. Habría música, puestos de juegos y una pequeña presentación final de teatro. Mateo sintió una mezcla de alegría y nervios. En la presentación, él tenía una parte: abrir el telón y contar una frase. Era una frase cortita, pero la noche, las luces y la gente le parecían enormes. La idea de fallar le hizo sudar las manos.

Esa tarde, mientras practicaban, ocurrió algo que lo puso a prueba. La cortina se atascó y no quería abrirse. Los niños se miraron unos a otros. La monitora intentó con cuidado, pero la cuerda se enredó. Nadie sabía qué hacer. Mateo tuvo la sensación de querer marcharse y esconderse. Su corazón se apretó. Respiró y recordó la palabra que había escrito en el mural: "Intentar".

—Intentemos entre todos —dijo Mateo—. Tal vez si aflojamos la cuerda...

Los demás lo miraron. Pablo estiró la mano, Ana cogió un extremo de la cuerda y Mateo tiró con cuidado. La cuerda se soltó y la cortina se movió despacio. Un aplauso pequeño, casi un suspiro colectivo de alivio, llenó el salón.

Esa noche, la fiesta fue brillante. Linternas colgaban como luciérnagas, había olor a manzana asada y a algodón de azúcar. Mateo abrió el telón con la mano un poco temblorosa. Dijo su frase con voz clara:

—Esta historia es para intentar.

Los niños aplaudieron. Mateo sintió calor en la cara. Después de la función, su mamá lo abrazó y le susurró:

—Vi cómo ayudaste con la cortina. Estoy orgullosa.

Mateo miró a Miguel en sus pensamientos. No estaba allí, pero las postales seguían llegando a su amigo cada día. Una noche, recibió en el centro una postal pequeña pegada en el mural. Era de Miguel, escrita con una letra firme:

"Hola Mateo, me encanta tu rana. Me gustaría ver el centro. Cuando vuelvas, jugamos a construir barcos. Ánimo, sigue intentándolo. Tu amigo, Miguel."

Mateo sonrió hasta que le dolieron las mejillas. Leyó la postal otra vez y otra vez. Fue como recibir una ola cálida.

Capítulo 5

El fin del verano se acercaba. Quedaba un día importante: el picnic de despedida. Las familias vinieron al centro. Había mantas en el césped y platos con comida casera. Mateo miró a su mamá y su papá, que se sentaban cerca. También vio a Miguel, que había llegado desde el pueblo con su abuela para pasar la tarde. Mateo corrió hacia él con las manos llenas de maracas hechas en el taller.

—¡Miguel! —gritó feliz.

Miguel respondió igual de contento. Se abrazaron con fuerza. Durante el picnic, Mateo y Miguel caminaron hacia el lago. Mateo le contó todo: la postal, el cuentacuentos, la cortina, la rana con corona y la palabra "Intentar" en el mural. Miguel escuchó con los ojos grandes.

—Me alegra que lo intentes —dijo Miguel—. Yo también quiero intentarlo si me da miedo.

Se sentaron en una piedra a mirar el agua. Un viento suave levantaba pequeñas ondas. Mateo sintió que, aunque seguía teniendo dudas de vez en cuando, había aprendido algo valioso: no pasa nada por sentirse inquieto. Lo importante es decirlo, pedir ayuda y seguir intentando. Cada intento era una pieza que formaba un puente hacia cosas nuevas.

Antes de irse, Mateo escribió la última postal para Miguel y la puso en el buzón del centro. En ella escribió: "Gracias por tus palabras. Volveré el año que viene. Prometo seguir intentando."

Al entrar en casa esa noche, el verano parecía meterse en la almohada. Mateo guardó sus maracas, la rana dibujada y la postal que Miguel le había enviado. Se acostó y su mamá le leyó un cuento corto. Él cerró los ojos con una sensación tibia en el pecho. Había tenido miedo muchas veces, pero también había hecho muchas pequeñas cosas valientes.

En la mañana, se despertó con el sol otra vez. Pensó en el centro de ocio, en las risas, en el lago y en su muro donde brillaba la palabra "Intentar". Sabía que habría días difíciles en el futuro. Pero ahora tenía una decisión que lo acompañaría: volvería a intentar cuando algo le costara. Lo haría despacio, con ayuda cuando la necesitara, con palabras pequeñas y con la certeza de que cada intento es un paso hacia adelante.

Se levantó, abrió la ventana y dejó que el aire de verano entrara. Cerró la puerta y sonrió. "Mañana", se dijo, "intentaré otra vez."

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Centro de ocio
Lugar donde los niños van a jugar y hacer actividades en su tiempo libre.
Monitora
Persona que cuida y ayuda a los niños en las actividades del centro.
Murmullo
Sonido muy suave, como voces bajitas o agua que corre.
Postales
Hojas pequeñas con un dibujo o mensaje que se envían a un amigo.
Manualidades
Trabajos hechos con las manos usando papel, pegamento y pintura.
Maracas
Instrumentos que se agitan y hacen sonido con granos dentro.
Tirolina
Cuerda o cable alto por donde te deslizas sujetado con seguridad.
Cometa
Juguete de papel o tela que vuela en el cielo con una cuerda.
Mural
Pared o cartulina donde se pegan dibujos y mensajes de muchas personas.
Intentar
Hacer un esfuerzo para probar algo, aunque dé miedo o cueste.

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