Capítulo 1: La idea más brillante (y más tonta)
A Tomás le dolía la cabeza de tanto pensar.
—Tiene que ser algo increíble —murmuró, paseando por su pequeño taller lleno de cacharros—. Algo que cambie el mundo… aunque sea un poquitito.
En las estanterías había de todo: una tostadora que solo tostaba por un lado, un reloj que marcaba la hora en “casi”, “más o menos” y “uy, tarde”, y unos patines que avanzaban hacia atrás.
Tomás se dejó caer en una silla giratoria y comenzó a dar vueltas.
—Piensa, Tomás, piensa —se dijo, cada vez un poco más mareado—. ¿Qué necesita la humanidad?
De pronto, se le ocurrieron dos ideas a la vez. Dos. ¡Eso ya era un milagro!
—Idea número uno —dijo, levantando un dedo—: ¡la Máquina Dobladora de Deberes! Metes los deberes por un lado… y salen ya hechos y doblados por el otro. Ordenaditos. Perfectos. Sin una sola borra de goma de borrar.
Sonrió, imaginando a todos los niños del barrio haciendo cola frente a su casa con mochilas gigantes.
Luego levantó otro dedo.
—Idea número dos: el Traductor de Pensamientos de Gato. Te pones un casco, se lo pones al gato… y ¡zaz!, entiendes todo lo que el minino piensa. Incluso cuando mira la pared sin razón.
Tomás cerró los ojos y comparó.
La Máquina Dobladora de Deberes parecía muy útil. Demasiado útil, incluso. Podía cambiar el mundo escolar. Podía hacer millonario a Tomás. Podía… convertir los recreos en fiestas eternas.
El Traductor de Pensamientos de Gato, en cambio, era completamente inútil.
—A ver —se dijo—, ¿para qué quiere nadie saber lo que piensa un gato? Si ya sabemos que piensan: “Dame comida, humano” y “Qué silla cómoda, lástima que la estés usando”.
Tomás se miró las manos llenas de grasa y sonrió.
—Perfecto. ¡Lo inútil gana! —exclamó—. ¡Construiré el Traductor de Pensamientos de Gato!
Porque, en el fondo, a Tomás le encantaban las cosas que nadie pedía, pero que hacían reír a todo el mundo.
Capítulo 2: Tornillos, maullidos y un casco ridículo
Tomás sacó una libreta manchada de café y escribió en la portada: “Proyecto G.A.T.O. (Gran Aparato Traductor Oficioso)”.
—Suena importante —dijo, orgulloso.
Durante tres días, el taller retumbó con ruidos extraños:
—¡CLONC!
—¡ÑIIIIIIC!
—¡PLAF!
Cada vez que algo se caía, Tomás decía:
—Eso era totalmente parte del plan.
Sobre la mesa fue apareciendo un casco gris plateado con antenitas que parecían fideos tiesos. Llevaba pegatinas de peces, ratones sonrientes y una que decía: “Prohibido lamer”.
Además del casco para el gato, Tomás hizo uno para humanos: rojo chillón, con un pequeño micrófono en forma de sardina.
El problema era que Tomás no tenía gato.
—Detalle insignificante —dijo—. ¡Iré a buscar uno prestado!
Bajó las escaleras y salió al patio del edificio. Allí estaba Don Ernesto, el vecino gruñón, leyendo el periódico. En sus rodillas dormía su gata gorda, Manchitas, que en realidad tenía solo una mancha, pero muy grande.
—Don Ernesto, ¿me presta a Manchitas para un experimento científico importantísimo? —preguntó Tomás.
El vecino levantó una ceja.
—¿Va a explotar algo?
—Probablemente no.
—¿Va a volar algo?
—Probablemente tampoco.
Don Ernesto suspiró.
—Está bien. Pero si a Manchitas le sale otra mancha rara por su culpa, se queda usted con ella para siempre.
Tomás alzó a la gata con cuidado. Manchitas abrió un ojo, lo miró como diciendo: “Ya empezamos…” y volvió a cerrarlo.
—Tranquila, felina valiente —susurró Tomás—. Vas a hacer historia. Inútil, pero historia.
Capítulo 3: Primer intento… y un pensamiento muy claro
En el taller, Tomás colocó a Manchitas sobre un cojín mullido y le puso el casco plateado.
El casco le quedaba tan ajustado que sus orejas se doblaron un poco, como dos croissants tristes.
—Miaaau —protestó la gata.
—Ya voy, ya voy —dijo Tomás, apretando tornillos con suavidad—. Es por la ciencia.
Luego se puso él el casco rojo y conectó los cables: azul con azul, rojo con rojo, verde con… esteee… bueno, con el cable que quedaba.
Tomás respiró hondo y apretó el botón principal, un botón grande y amarillo que gritaba: “PÚLSAME”.
—¡Tres, dos, uno…!
El taller se llenó de un zumbido eléctrico:
—BZZZzzzzZZZzz…
En la pared, una pantalla vieja de ordenador comenzó a parpadear. Aparecieron letras, poco a poco:
“PENSAMIENTO DETECTADO…”
Tomás contuvo la respiración.
La pantalla escribió:
“TENGO HAMBRE”.
Tomás se rascó la barbilla.
—Mmm… No es muy revolucionario, la verdad. Probemos otra vez.
Esperó un poco más.
“TENGO MÁS HAMBRE”.
Tomás miró a Manchitas.
—¿De verdad no piensas en otra cosa?
Manchitas bostezó.
De repente, la pantalla volvió a escribir:
“ESTE CASCO ES FEO”.
Tomás abrió mucho los ojos.
—¡Funciona! ¡Funciona! ¡FUNCIONA! —saltó de alegría—. ¡Es inútil, pero funciona!
La gata miró la pared, indiferente. En la pantalla aparecieron más palabras:
“TENGO SUEÑO. TENGO HAMBRE. ¿ESTE HUMANO SABE ABRIR LATAS?”
El traductor vibró con fuerza. Un pequeño tornillo salió volando y rebotó en la frente de Tomás.
—Ay.
Tomás sonrió igual.
—Pequeños detalles técnicos.
Capítulo 4: Dudas de inventor (y comparación peligrosa)
Esa noche, Tomás no pudo dormir. Estaba contento, pero algo le daba vueltas en la cabeza, como una lavadora a máxima potencia.
Se sentó en la cama y sacó de debajo de la almohada su otra libreta: “Proyecto M.D.D. (Máquina Dobladora de Deberes)”.
La abrió despacio. Dentro había dibujos de una gran caja con rodillos suaves, bolsillos secretos para lápices, y una cinta transportadora que escupía cuadernos perfectos.
—Esta —pensó— sí que cambiaría la vida de muchos niños.
Se imaginó una clase entera:
—¡Niños, sacad los deberes!
Todos sacaban cuadernos impecables y los profes no sabían si reír o llorar.
Luego pensó en el Traductor de Pensamientos de Gato.
—Esta… bueno, solo sirve para saber que los gatos tienen hambre, sueño y que todo les parece feo.
Suspiró.
—La Máquina Dobladora de Deberes es súper útil —murmuró—. El Traductor de Gatos es… un chiste caro.
Miró los dos cuadernos, uno en cada mano.
—Lo útil… o lo inútil. Lo serio… o lo tonto.
Se levantó, fue hasta el taller y se quedó mirando el casco rojo en la mesa.
En ese momento, la pantalla, que él creía apagada, se encendió sola. Aparecieron unas letras grandes:
“¿POR QUÉ ESTÁS TAN SERIO, HUMANO?”
Tomás parpadeó.
—¿Eh?
Debajo, la pantalla escribió:
“SOY UN INVENTO INÚTIL, PERO ME HAS HECHO CON CARIÑO”.
Tomás se inclinó hacia delante.
—Yo no he programado esto…
La pantalla parpadeó de nuevo:
“SIEMPRE ESTÁS ARREGLANDO COSAS ÚTILES QUE NADIE RECUERDA. YO, EN CAMBIO, HARÉ REÍR A TODOS”.
Tomás se quedó callado un rato. Luego, sonrió de lado.
—A lo mejor lo tonto también es importante —susurró.
Guardó la libreta de la Máquina Dobladora de Deberes en un cajón.
—Tú esperarás un poco más, amiga seria —dijo—. Ahora le toca brillar a lo inútil.
Capítulo 5: El gran día de los maullidos
Al día siguiente, Tomás colgó en la puerta del edificio un cartel enorme:
“HOY: PRUEBA OFICIAL
DEL TRADUCTOR DE PENSAMIENTOS DE GATO
ENTRADA GRATUITA (GATOS INCLUIDOS)”
En menos de una hora, el patio se llenó de vecinos curiosos, niños del barrio y, sobre todo, gatos. Gatos gordos, flacos, rayados, negros, naranjas y uno que parecía una alfombra con bigotes.
Don Ernesto llegó el último, con Manchitas en brazos.
—Si esto sale mal —dijo—, lo denunciaré a la Asociación Internacional de Gatos Enfadados.
—No se preocupe —respondió Tomás—. Como mucho se enfadarán un poquito.
Tomás subió a una silla.
—¡Bienvenidos a la demostración más inútil del año! —anunció—. Hoy conoceremos la mente profunda, filosófica y… hambrienta de los gatos.
Los niños aplaudieron. Los adultos cruzaron los brazos, tratando de no reír demasiado pronto.
Tomás colocó el casco plateado a Manchitas y se puso el casco rojo. Encendió el aparato. La pantalla gigante, conectada a su viejo ordenador, brilló.
“TENGO HAMBRE”.
Los niños se partieron de risa.
—¡Otra, otra! —gritaron.
La pantalla escribió:
“QUIERO UNA CAJA VACÍA”.
“QUIERO LA CAJA DE ESE OTRO GATO”.
“QUIERO TU SILLA”.
“AHORA NO QUIERO NADA”.
Hasta los adultos empezaron a reírse.
Los demás gatos del patio miraban la pantalla, ofendidos, como si alguien estuviera contando sus secretos.
Entonces, algo raro pasó. La pantalla se llenó de letras a toda velocidad, mezclando pensamientos de varios gatos a la vez:
“NO ME GUSTA MI PIENSO NUEVO”
“ESA PLANTA ME MIRA RARO”
“HUÉLEME LA NARIZ”
“EL HUMANO ES LENTO ABRIENDO LA PUERTA”
“¿Y SI ME SUBO A ESA CORTINA?”
El aparato emitió un “BZZZZZ” muy largo.
—Uy, uy, uy —dijo Tomás—. Demasiada información gatuna.
Un pequeño humito blanco salió del casco. Manchitas maulló indignada:
—¡MIAAAAU!
En la pantalla apareció:
“EXIJO CHUCHES”.
Todos se quedaron en silencio un segundo… y luego estallaron en carcajadas.
—¡Es lo mejor que he visto en toda mi vida! —gritó una vecina, limpiándose las lágrimas de risa.
—Es totalmente inútil… —añadió Don Ernesto—. Y totalmente maravilloso.
Capítulo 6: Un futuro lleno de ideas raras
Cuando la demostración terminó, los niños rodearon a Tomás.
—¿Puedo usar tu casco con mi hámster? —preguntó una niña.
—¿Puedes hacer uno para perros también? —dijo otro niño—. El mío siempre me mira como si supiera algo.
—¡Y uno para plantas! —añadió un tercero—. Quiero saber si mis geranios me odian.
Tomás levantó las manos, riendo.
—Uno por uno, por favor. Mi taller no es tan grande.
Don Ernesto se acercó con Manchitas, que parecía bastante orgullosa de su nuevo papel de estrella del barrio.
—Oiga, Tomás —dijo el vecino—. Si algún día inventa la Máquina Dobladora de Deberes… yo le traigo a mi nieto. Los míos todavía están desordenados.
Tomás abrió mucho los ojos.
—¿Cómo sabe usted de eso?
—Se le cayó esta libreta del bolsillo —respondió Don Ernesto, alzando la libreta de la M.D.D.—. Estuve echándole un vistazo.
Tomás se sonrojó.
—Bueno… esa máquina sí que sería útil.
—Precisamente —sonrió el vecino—. A veces lo útil también está bien. Pero lo de hoy… —miró a Manchitas— ha sido de lo mejor que he visto en años.
Tomás miró su taller por la ventana. Estaba lleno de cosas raras, ruidosas, locas. Y, por primera vez, le parecieron todas preciosas.
Esa noche, se sentó en su mesa, abrió dos libretas a la vez, la del Traductor de Gatos y la de la Máquina Dobladora de Deberes.
—Creo que puedo hacer las dos —susurró—. Una para reír y otra para ayudar.
Escribió en la portada de una nueva libreta: “Proyecto F.U.T.U.R.O. (Fábrica Universal de Trastos Útiles y Traviesos, Requetelocos y Optimistas)”.
Se escuchó un maullido en la ventana. Era Manchitas, sin casco, mirándolo con ojos brillantes.
La pantalla, que seguía conectada, mostró una última frase:
“BUEN TRABAJO, HUMANO”.
Tomás sonrió de oreja a oreja.
—El futuro va a estar lleno de ideas raras —dijo en voz baja—. Algunas servirán para mucho. Otras, solo para reír. Pero todas… harán el mundo un poquito más alegre.
Apagó la luz del taller. Desde la oscuridad, sus inventos parecían estar sonriendo también, listos para el próximo experimento loco.
Y, aunque nadie lo sabía todavía, en aquel pequeño taller empezaba a encenderse un horizonte nuevo, lleno de cables, colores, maullidos… y un optimismo tan grande como el corazón del propio inventor.