Parte 1: El taller de Don Ernesto
Don Ernesto se despierta con el canto alegre de los pájaros. El sol entra despacito por la ventana y le hace cosquillas en la nariz. Don Ernesto sonríe y se estira como un gato dormilón. Hoy será un día especial en su pequeño taller de inventos.
A Don Ernesto le encanta imaginar cosas nuevas. Tiene el cabello blanco como la espuma de la leche y unos lentes redondos que brillan cuando piensa mucho. Su taller es un lugar mágico: hay tuercas, botones, maderas, rueditas y cajitas de colores. Todo huele a madera y a pan tostado.
En el pueblo, todos quieren a Don Ernesto porque siempre ayuda a sus amigos. Cuando alguien tiene un problema, él piensa: “¿Y si invento algo para ayudar?” Y así, con un clic-clac, una sonrisa y mucha paciencia, Don Ernesto crea cosas maravillosas, suaves como un susurro.
Parte 2: Un problema para la señora Rosa
Una mañana, la señora Rosa llega corriendo al taller. Lleva un delantal azul con manchitas de harina y tiene los ojos muy abiertos.
—¡Don Ernesto! —dice la señora Rosa—. Mis manos están cansadas de amasar el pan. ¿Me puedes ayudar?
Don Ernesto se rasca la barba y sonríe tranquilo.
—Claro que sí, señora Rosa —responde—. Los inventores pensamos, probamos y… ¡sorpresa! Algo bonito sucede.
Don Ernesto empieza a buscar en su taller. Saca una caja llena de cucharas, un pedazo de tela suave y dos rueditas que hacen “ru ru ru”. Piensa y piensa. De pronto, una idea salta como una rana saltarina en su cabeza.
—¡Ya sé! —dice alegre—. Voy a inventar un rodillo que cante.
La señora Rosa ríe y aplaude. Don Ernesto trabaja despacito, tarareando una canción suave. Pone una manivela aquí, una campanita allá. Corta, pega y atornilla con mucho cuidado. Y al final, el rodillo está listo. El rodillo tiene rayitas de colores y, si lo giras, suena “pi pi pi”.
Parte 3: Un invento que ayuda y alegra
La señora Rosa prueba el rodillo en su mesa de pan. El rodillo canta “pi pi pi” y hace cosquillas a la harina. Sus manos ya no se cansan y el pan queda redondito y feliz.
—¡Gracias, Don Ernesto! —dice la señora Rosa con una gran sonrisa—. ¡Eres el mejor inventor!
Don Ernesto sonríe y le guiña un ojo.
—Inventar es pensar en los demás, ayudar y no rendirse —dice suavecito—. Y siempre hacerlo con cariño.
La señora Rosa reparte pan calientito para todos. Don Ernesto se sienta en su sillita y mira cómo todos disfrutan. El aire huele a pan y a alegría.
Los niños del pueblo cantan: “¡Don Ernesto inventa, Don Ernesto ayuda, Don Ernesto sonríe y todos le saludan!” Y Don Ernesto se ríe bajito, porque inventar es como soñar despierto.
Esa noche, Don Ernesto apaga la luz de su taller. Sus gafas brillan en la oscuridad. Sabe que mañana habrá nuevas ideas, nuevos inventos, y siempre, siempre, mucho cariño para compartir.
Y así, el pueblo duerme tranquilo, mientras el rodillo canta en la cocina: “pi pi pi”, y la luna sonríe desde el cielo, suave y redonda como un pan recién hecho.